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“Iron Kingdom: Rise and Downfall of Prussia 1600-1947” – Christopher Clark

Christopher Clark es un historiador australiano pro-germano que nos ha venido recomendado de muchos sitios (como si eso hiciera falta siendo pro-germano). Aparte de algún título sobre la previa de la primera guerra mundial donde le da lo suyo a los serbios, esta es seguramente su obra más conocida: una historia del reino de Prusia durante la edad moderna. A diferencia de otros libros que me he comprado para aprender “desde cero”, aquí yo contaba con la ventaja de conocer ya los mitos fundacionales, hitos históricos y anécdotas esenciales (que iré metiendo en el texto para darle vidilla, no quiero que esto parezca un formulario prusiano) de Prusia, con lo cual este libro me ha servido para contraponer una opinión algo más seria a un cuento ya conocido.

 

El mito fundacional

¿Y cuál es ese mito fundacional de Prusia? Cedemos el micrófono al pueblo prusiano: “Pues muy agradecido que nos deje contarlo. Mire, aquí en el principio no había nada, y no había nada porque nosotros de toda la vida hemos sido pobres. Pobres de solemnidad. Pobres como ratas. Pero ojo: honrados, ¿eh? Y lo poco que llegamos a tener pues apenas nos duraba, porque como estamos aquí en mitad de todo, pues todo el mundo pasa por acá y nunca nos dejaban nada. ¡Y las hostias que nos hemos llevado! No se lo creería si se lo contamos: siglos y siglos de yoyah nos hemos llevado de nuestros vecinos. El Jesucristo de las naciones, eso somos, aunque luego ese título siempre se lo lleva otro, está muy politizado, y a nosotros nunca nos han reconocido nada. Puta vida tete. Pero nos sobrepusimos, ¿sabe usted? Y nos sobrepusimos por las virtudes que la pobreza inculcó en nosotros, y gracias a los dirigentes que nos mandó la providencia, que no vamos a llamar divinos porque sería faltarle al respeto al Altísimo, que es quien nos mandó también las yoyah en su infinita sabiduría, pero si junta usted a los Patriarcas de la Biblia con los Clásicos desde César hasta Alejandro Magno, esa es la liga en la que jugarían nuestros dirigentes. Unos dirigentes sabios, audaces y virtuosos que nos pusieron al fin donde nos correspondía, en pie de igualdad con los demás pueblos. A los que nunca deseamos nada malo, ojo. Vale, hubo gente que no compartía el gran proyecto de nuestros líderes, a algunos hubo que convencerlos un poco a empujones, no se puede hacer una tortilla sin romper los huevos, no sé si me entiende. Pero al final lo logramos: un estado grande, fuerte e independiente. Centrado en conservar lo que tenía. Sin ambiciones desmedidas. En paz con sus vecinos. Pero claro, esto no interesaba, que estuviéramos nosotros en el cogollo de todo, exigiendo nuestra justa parte. La envidia, que es muy mala. Así que se confabularon para dividirnos y reducirnos. Y al final lo consiguieron. Lo dicho, puta vida.”

Verán ustedes que la historia es muy genérica y huele a rancio. Eso es porque ya lleva unos cuantos usos. Desde los atenienses justificando su preeminencia en la Liga de Delos y con pequeñas variaciones, casi cualquier nacionalidad que haya sido la “columna vertebral” de una nación o estado la ha usado. Los ingleses en Gran Bretaña, los serbios en Yugoslavia, los castellanos en España, los rusos en la URSS… todos le contarán alguna variante. En el caso de Prusia, sin embargo, bastantes de estos mitos tienen la virtud de ser ciertos: en origen, Prusia era un estado pequeño y sin recursos naturales. Sin una posición insular o al menos unos Pirineos para servir de frontera natural. Nada más que una manchita en la Gran Llanura Noreuropea que se extiende desde el Atlántico hasta los Urales, tan plana y vasta que parece que Dios solo la creó para poder jugarse unas partidas de miedo al General Panzer [1]. Lo único que tuvo para distinguirse fueron pues sus “recursos humanos”: su población, su organización y el talento que pudiese aprovechar. Y con eso y prácticamente desde la nada, llegó a disputar la preeminencia de Europa a otros estados mucho mayores. De ahí la fascinación que ejerce: es un monumento al ingenio humano y a las posibilidades de la organización social.

 

Del final al principio

Sabiendo algo de la historia de Prusia, ya conocía el significado de la fecha de 1947 del título sin leerme ni la introducción: el 25 de febrero de dicho año (hace 67 años tan solo; hoy Prusia parece historia antigua, pero casi todos los jubilados españoles habían nacido ya) los Aliados vencedores vencedores de la Segunda Guerra Mundial [2] decretan la extinción del estado de Prusia y de su gobierno e instituciones. Su patrimonio se reparte entre las administraciones supervivientes y Länders de nuevo cuño, y su nombre es borrado de la faz de la tierra por ser supuestamente el origen de todos los males de la Alemania nazi: militarismo, belicismo, autoritarismo, represión, reacción y fanatismo es lo menos que le dice de ella, y es la imagen que ha quedado para muchos.

 

Los Reyes de Prusia. Les dices que su reino se extinguirá por culpa de un cabo austriaco y les da un jamacuco de cuidado.

 

Una imagen que obvia muchas cosas: que en Prusia el NSDAP no sacaba particularmente más votos que en el resto de Alemania, y que Prusia fue pionera en muchas cosas que no formaban parte precisamente del acervo conservador en el momento de introducirlas: una administración pública eficiente y absolutamente insobornable, una justicia digna de tal nombre, altas tasas de alfabetización, amplia tolerancia religiosa, el primer estado europeo en abolir la tortura como instrumento de la justicia… Esa es la imagen buena de Prusia, la del estado eficiente por mor de sus ciudadanos, capaz de salir adelante y reponerse tras todo tipo de catástrofes a base de generar normativas. Entre esas dos imágenes, dice Clark, él va a buscar las razones para el sorprendente ascenso de Prusia.

Sin embargo, la curiosidad me asalta con y desde el principio: ¿por qué empezar una historia de Prusia en 1600? Porque al contrario que el final, Clark no asocia el comienzo a ningún evento concreto. Podría haber empezado igual en 1417, cuando un noble de Núremberg, de nombre Federico von Hohenzollern (la dinastía unida a Prusia hasta 1918), le compra el margraviato de Brandenburgo al emperador del Sacro Imperio por 400.000 monedas de oro (lo que hoy serían Berlín -un poblacho que incluso 200 años después apenas contaría 10.000 habitantes- y alrededores, un territorio del tamaño de Extremadura; la cosa vendría a ser como si un noble asturiano le comprara a Alfonso VIII la provincia de Ciudad Real y 400 años después el Reino Castellano-Manchego unifica España con capital en Puertollano). Las crónicas más amables del territorio lo describen como una caja de arena, con suelos magros en los que no crece nada. No obstante, el pedregal venía con una perita en dulce: la Kurwürde, razón por la que también verán usados los nombres Kurfürstentum Brandenburg o Kurbrandenburg. Es decir, su gobernante legal, fuese cual fuese, era uno de los siete príncipes electores que debían elegir al nuevo Emperador del Sacro Imperio cuando se producía una vacante. Esa palanca para meter baza en la política imperial seguramente fuera la principal ambición del primer Hohenzollern, que por lo demás se limitó a machacar a algún noble levantisco, pactar unos impuestos regulares con los demás, y nunca llegó a residir de forma permanente en sus nuevos dominios. Ese habría sido un comienzo posible, pero lo cierto es que los siguientes dos siglos no aportan gran cosa: una rama de los Hohenzollern se muda de manera definitiva a Potsdam (capital histórica de Prusia, situada al lado de Berlín), conversión formal al luteranismo en 1563, conversión del marqués al calvinismo en 1613 (creando una curiosa dualidad entre una población luterana y una dinastía calvinista, que sentará las bases para la afamada tolerancia religiosa prusiana), ampliación del territorio mediante alianzas y matrimonios provechosos, una ley de sucesión que impedía la disgregación de los territorios… Nada emocionante. Nada específicamente “prusiano” todavía.

No, 1600 es una fecha de “mah o menoh”, porque justo después comienza algo que va a marcar la historia y el carácter de Alemania para siempre: la Guerra de los Treinta Años (1618-1648). En España, esa guerra es una gran desconocida, y apenas se la recuerda como “la de la rendición de Breda”. En Alemania, marcó un antes y un después pavoroso, y hay quien dice que todo lo que esa gente ha hecho desde entonces tiene sus raíces allí, en el trauma: toda una generación vivió sin conocer otra cosa que la guerra; una guerra, además, de una atrocidad y bestialidad desconocidas hasta entonces. Es difícil saber cuánto de lo que nos ha llegado en relatos espeluznantes es cierto, pero basten los censos y estudios demográficos: en 1648, la Marca de Brandenburgo tenía la mitad de habitantes que en 1618. La mitad. Cifras similares aplican al conjunto de Alemania. Y en aquel tiempo no había armas de destrucción masiva, imagínense matar a tanta gente uno a uno, más la ocasional epidemia causada por los estragos y la falta de comida.

Brandenburgo, plana como un plato, sufrió el paso de casi todos los ejércitos: los polacos, los sajones, los suecos –particularmente temidos-, los daneses, las tropas imperiales, cosacos incluso… y todos saquearon, rapiñaron y mataron a gusto. Todos los esfuerzos del Hohenzollern del momento, Jorge Guillermo (1613-1640), no sirvieron de nada. La historia le recuerda como un borracho incapaz, pero es improbable que nadie hubiese podido hacer nada ante las fuerzas desatadas. En 1640, sin embargo, le sucede su hijo, Federico Guillermo, que ha pasado a la historia como der Grosse Kurfürst – el Gran Príncipe Elector. Federico Guillermo apenas tiene 20 años, todos vividos en diversos exilios y bajo la sempiterna amenaza de la guerra, pero va a aplicar con incansable vigor una serie de lecciones que con el tiempo acabarán marcadas a fuego en la conciencia colectiva prusiana. La primera: esto nos pasa por no tener un ejército propio. Federico Guillermo dedicará buena parte de su reinado a construir un ejército moderno y eficaz, y a mantenerlo al día entrando en múltiples alianzas que le llevan a guerrear por toda Alemania, aplicando la segunda lección: es mejor ir a librar batallas lejos que esperar a tener que librarlas en casa. En cuanto a su política de alianzas, el hombre era una peonza: capaz de pactar tres veces con Francia en seis años, y romper el pacto otras tantas veces.

Y sin embargo su falta de lealtad funcionó, porque sus tierras se libraron de invasiones externas. Solo una vez en su largo reinado de 48 años, en 1675, los suecos entraron a saco en Brandenburgo. Federico Guillermo reaccionó de inmediato y se enfrentó a un ejército de suecos el doble de grande que el suyo, al que sin embargo puso en fuga en la batalla de Fehrbellin, persiguiéndolos hasta arrojarlos al mar y conquistando la estratégica Pomerania sueca. Prusia empezaba a asomar la patita. Y aquí vino la tercera lección, pues los grandes del momento, Francia y Austria, le dieron un toque diciendo “oiga, qué es eso de robarle a un rey cristiano sus posesiones, ande, devuelva Pomerania”: da igual lo que conquistes por tu propia fuerza, el sistema siempre se protege de los jugadores chicos; así que tienes que tenerlo tan en cuenta como a tus propias fuerzas.

Junto a estos éxitos militares, Federico Guillermo también impuso profundas reformas en el interior, donde les arrebató a los nobles las prerrogativas fiscales para poder financiar su ejército. El centralismo prusiano también empezaba a tomar formas. Y en 1657, el rey de Polonia le cedía el control absoluto del Ducado de Prusia.

 

Y ahora hablemos de Prusia

¿Prusia? Hoygan, ¿no llevamos ya un rato hablando de la buena señora? Pues no, esto solo es la historia de la Marca de Brandenburgo. Prusia es otra cosa. Otra fecha tentadora para empezar la historia habría sido 1525, año en que la Orden de los Caballeros Teutones se seculariza, y convierte el ducado de Prusia en una entidad política terrenal. Aquí nos aparece por primera vez el nombre de “Prusia”, en latín “Borussia”, que se deriva de los prusios (“bajo los rusos”), una tribu primitiva que habitaba aquellas tierras del lejano este, allá donde Polonia se une con Lituania. Conquistadas durante la Edad Media por la Orden Teutona para cristianizar a sus habitantes, era un lugar apenas menos pobre que Brandenburgo y que ni siquiera se encontraba dentro de los límites del Sacro Imperio, y sus habitantes una mezcolanza entre paganos bálticos, inmigrantes germanos y eslavos, y elementos escandinavos, tártaros y cualquier otra tribu que hubiesen escupido las llanuras euroasiáticas. Aunque culturalmente germanizados, lo cierto es que la mayoría de aquellos prusianos no hubiese pasado las leyes de pureza racial del Tercer Reich.

 

Autonomías y canonjías esperando a un rey centralizador.

 

En 1603 los Hohenzollern obtuvieron del rey de Polonia el gobierno efectivo del ducado de Prusia (también llamado “Prusia oriental”, para distinguirlo de la Prusia occidental o polaca), sobre el que ya tenían algún derecho por pactos dinásticos y alianzas matrimoniales. No como anexión, que de todos modos era absurda dado que Prusia y Brandenburgo estaban separados geográficamente por Pomerania, sino como unión personal. Prusia, en todo caso, no tiene una historia mística como otras naciones, por eso la historia de Prusia es la historia del estado prusiano, no de la nación prusiana. Empezando por como ese lejano ducado dio nombre a todo el reino, una historia que es un pequeño monumento a la vanidad humana.

 

Decretos de Nueva Planta

El principio del siglo XVIII fue un tiempo de unificaciones; se ve que era una moda que les dio a los reyes. Junto al Decreto de Nueva Planta y al Act of Union, no obstante, hay una tercera unificación en 1701 poco conocida: la creación de la corona de Prusia. En 1688, el Gran Elector es sucedido por su hijo Federico III, un hombre cuya gran ilusión en la vida es muy sencilla: quiere ser rey. Así, con un par. Ni tener una colección de Ferraris, ni follarse a actrices de serie B que salen en televisión, ni pagar la hipoteca en menos de 10 años, no: él quería ser rey (con buen criterio, porque siendo rey las otras tres cosas te vienen solas). De modo que le escribe a su señor feudal, el Emperador del Sacro Imperio, “porfa porfa porfa déjeme usté ser rey que es mi gran ilusión”. El Emperador prefiere cortarse la mano que admitir a un rey dentro del Sacro Imperio que le pueda hacer sombra, pero en 1700 estalla la Guerra de Sucesión Española [3] y piensa que ese eficiente ejército prusiano le vendría bien (si es que a los españoles la monarquía nos gusta tanto que queremos que todos tengan reyes), así que le dice a Federico “mira, yo no te voy a hacer rey, pero si quieres proclamarte rey fuera del Sacro Imperio, como por ejemplo en ese cortijito siberiano tuyo, Prosia o comosellame, estoy dispuesto a reconocerte… y a sugerir a los demás que te reconozcan también.” El problema es que Prusia ya tiene un rey, el rey de Polonia, que es su señor feudal, pero eso tiene una solución fina y elegante: el título oficial de Federico no será “Rey de Prusia”, sino “Rey en Prusia”. Como Rey en el Norte [4], no sé si me entienden. Gracias a la Reforma Protestante, al menos no tiene que pedirle bula al Papa de Roma (quien, con poca comprensión cristiana por el sencillo sueño de aquel hombre, continuará mandando la correspondencia oficial al “Marqués de Brandenburgo”; Federico por su parte responderá a la atención del “Obispo de Roma”).

Federico ve cumplido su sueño de princesa Disney, y monta una ceremonia tan fastuosa que incluso a las adolescentes quinceañeras de Beverly Hills que salen en el Callejeros les parecería excesiva. El momento cumbre de dicha ceremonia, celebrada el 18 de enero de 1701 bajo un frio de pelotas en Königsberg, capital de Prusia, es la coronación: el buen hombre, con su cara de oveja solemne, se sienta en el trono y empieza a sacar las alhajas reales de la bolsa de los regalos, y mostrando que no le debe la corona a nadie, va y se la calza en la cabeza él mismo. Acto seguido, le calza otra a su mujer (a quien la ceremonia aburrió tanto que según ciertas fuentes intentó amenizarla esnifando tabaco). Trompetas, y ya tenemos a un nuevo rey en Europa. Todos los territorios quedan unificados bajo la corona de Brandenburgo-Prusia, acortado muy pronto a “Prusia”. Federico III de Brandenburgo se resetea en Federico I de Prusia, y se monta una corte real tan fastuosa y despilfarradora que el embajador inglés tiene que pedir pasta a sus jefes para no quedar mal. Por lo demás, no hay absolutamente nada reseñable en su reinado.

La creación del reino y su ceremonia, no obstante el ridículo, es un punto crucial en la historia de Prusia, por servir de manto para unificar los dispersos territorios de los Hohenzollern. Y aunque tanto el hijo como el nieto de Federico rechazan repetir la ceremonia por lo ostentoso y despilfarrador, esta siguió presente en la memoria dinástica, pues 170 años después, cuando los príncipes alemanes proclaman emperador a Guillermo de Hohenzollern, también lo hacen un 18 de enero.

 

Der Soldatenkönig

Pero eso queda lejos en el futuro. El presente corresponde a Federico Guillermo I, hijo de Federico I y conocido como el Rey Soldado. ¡Y eso en Prusia, donde a todo rey se le suponen virtudes militares! Promete, ¿verdad? Lo primero que hace el Rey Soldado es un ERE en la corte que no deja títere con cabeza: despedidos dos tercios de los cortesanos, y recortes del 75% a los restantes. Todos los recursos sirven para la duplicación del ejército permanente hasta 80.000 efectivos, el cuarto de Europa. De esta época viene el dicho de que otros países tienen un ejército, mientras que en Prusia es el ejército el que tiene un país. El sanedrín de nobles consejeros es sustituido por el Colegio del Tabaco: una reunión de ocho o diez notables en la que se fuma, se bebe, y se habla de todo, desde política exterior hasta las particularidades de los diversos olores que las féminas emiten. El tono es franco y campechano, y los notables tienen prohibido levantarse cuando entra el rey, que insiste en ser tratado como uno más y va a todas partes con uniforme militar. No era infrecuente acabar a bofetadas algún debate, Clark relata una disputa teológica que acabó a puñetazos.

En cuanto a la personalidad del rey, es una mezcla entre sargento chusquero y cuñado destilado, con ocasionales brotes esquizoides. Combinaba esto con una capacidad de trabajo brutal, y una verdadera obsesión por el detalle. Y todo, claro, para el pueblo, en plan despotismo ilustrado. Muy agradecido no debía quedar el pueblo, pues según una anécdota sus súbditos huían al verle por la calle, a lo cual él los perseguía y los golpeaba con su bastón al grito de “¡que me améis, malditos canallas!”

Seguro que esperan ustedes que semejante bruto ande metido en guerras todo el día. Pues curiosamente no: montó un ejército enorme pero apenas lo usó. Aquí podemos debatir sobre si esa es la ventaja de gastarte mucho en armas, que acojonas tanto que nadie te toca, pero yo tengo la impresión de que era algo más psicológico: el ejército era para él un juguete, y la gestión de su continua expansión su hobby, como el que monta maquetas de trenes en el sótano y añade más y más sin poder parar. Una guerra habría significado una “fuerza mayor” que le hubiese impedido jugar tranquilo y a su absoluta voluntad.

El que usará su ejército es su hijo, Federico II, que tuvo con él una relación de tragedia griega. Conocido alternativamente como Federico el Grande o el Viejo Fritz, gobernó durante 46 años, y con él vamos a ver realmente la Prusia que esperamos. Y como sabe que la esperamos, aquí es donde Clark mete un par de capítulos de relleno, para hablarnos de élites locales y cuestiones religiosas, que nos leemos a la carrera porque queremos que empiece de una vez la parte jugosa.

 

Der Alte Fritz

Federico II es uno de los personajes más fascinantes de la historia de Alemania. En parte por su compleja personalidad (retraída y llena de contradicciones y dobleces, desarrolladas para escapar a la inhumana tiranía del padre), en parte por su genialidad, y en parte porque resulta la quintaesencia del déspota ilustrado. Hay por lo demás una cierta tendencia a estructurar la historia de Prusia alrededor de los reinados principales, pues los reyes tienen bastante chicha, si bien a partir de Fritz solo viene morralla. En lo personal, Fritz era un rácano por convicción y educación -una rareza en una Europa de cortes despilfarradoras-, un afrancesado que hablaba y escribía mejor en francés que en alemán, y un workaholic que trabajaba 12 horas al día. También era un escéptico sin convicciones religiosas que volcaba sus ganas de trascendencia en el estado, y que al ser preguntado si un católico debía poder adquirir posesiones en Prusia contestó:

 

“Todas las religiones son iguales e igual de buenas mientras quienes las profesen sean gentes honradas, y si viniesen turcos y paganos a poblar las tierras les construiríamos mezquitas y templos.”

Prusia aún andaba recuperándose demográficamente de la Guerra de los Treinta Años y reclutaba todo tipo de colonos para sus tierras baldías, pero aún así sorprende la frase. ¿Se imaginan a algún Borbón del XVIII –o del XX, ya que estamos- soltando algo similar? Aunque esto no se aplicaba a los judíos, que eran clasificados en seis categorías diferentes según su utilidad al estado (la primera de todas, equiparable a los cristianos, eran los banqueros). También empezó la redacción de un código civil unificado, pionero de su especie, protegió las artes y las ciencias, albergó a Voltaire en su corte, eliminó muy pronto la tortura como elemento de la justicia, y dio impulsos a lo que se ha llamado “ilustración prusiana”… que consistía básicamente en que “los ciudadanos dicen libremente lo que quieren, yo hago lo que me da la gana”.

Sobre su condición sexual también se ha escrito bastante, dado que se movía en un ambiente muy masculino y militar (legendario su saludo a su mujer –con quien nunca consumó el matrimonio- tras volver de la Guerra de los Siete Años: “Madame ha engordado”) y que tenía un amiguito del alma, Katte, con el que estuvo a punto de fugarse de joven (el Rey Soldado mandó ejecutar a Katte, mientras unos soldados agarraban a Fritz y le obligaban a mirar), pero la razón puede haber sido su aludida doblez y ganas de engañar a todo el mundo. Llegó a indultar a un mozo de granja, condenado a muerte por practicar la zoofilia con un asno, diciendo

 

“en mi reino hay libertad de conciencia y de pene”.

Misántropo que era, al final pidió ser enterrado junto a sus perros de caza. Otras fuentes hablan de una enfermedad venérea que contrajo de joven y cuyo tratamiento chapucero le habría dejado impotente y asexual, volcándose sus energías en sus tareas como rey.

 

¿Castrar príncipes daría mejores reyes? Ahí lo dejamos.

 

Tareas que empezaron, a los pocos meses de llegar al trono, con una rápida guerra preventiva (en vez de armas de destrucción masiva, la excusa eran unos supuestos derechos dinásticos que databan de hacía siglos): la Primera Guerra de Silesia (1740-1742) con la que arrebató la rica provincia de Silesia a la corona de Austria, cuyo Emperador había muerto sin hijos varones. Decimos preventiva porque Sajonia-Polonia, en unión personal, ya le habían echado el ojo a Silesia, así que era un esfuerzo preventivo de Federico por no quedar rodeado, pero más bien fue una pura guerra de conquista, y un paseo militar para los prusianos (aunque el rey huyó durante su primera batalla), así como la Segunda Guerra de Silesia (1744-1745), en la que Federico ya dio muestras de su genio militar aplastando a los austriacos en Hohenfriedberg.

 

Prusia conquista Canadá

Y con esto llegamos a la Tercera Guerra de Silesia, que se inserta en la Guerra de los Siete Años (1756-1763), la primera guerra verdaderamente mundial. La que hace que Prusia suba del peso mosca al semipesado y se lleve el cinturón mundial tras aguantar siete durísimos asaltos contra cuatro adversarios a la vez en el ring, mientras su coach británico le anima por el móvil desde el parking, donde está abriéndole el coche al boxeador francés para llevarse el radiocasete.

Tras dos intentos vanos por recuperar Silesia, los Habsburgo austriacos se han dado cuenta de que los prusianos no son unos simples insolentes, sino una amenaza existencial, pues representan una alternativa a su dominio dentro del Sacro Imperio. Por ello, en una revisión total de su política exterior, se alían con la Francia borbónica, su tradicional enemigo, y suben al carro a Sajonia y Rusia. Más tarde se unirá Suecia. Todos unidos contra el novato, Prusia, que se está haciendo demasiado fuerte y necesita una lección. Algo así como una alianza entre Castilla y León, Aragón, La Rioja, Cataluña y País Vasco contra Navarra. Prusia se alía con lo que le queda: Gran Bretaña, que en seguida manda ayuda… en forma de dinero. Los soldados británicos, resulta, eran demasiado valiosos y estaban ocupados en otra parte: mientras Prusia se ve amenazada por todas partes y los franceses mandan un ejército tras otro para ser destrozado por el Duque de Braunschweig, los británicos navegan tranquilamente a Canadá y barren a las tropas coloniales francesas. Con Nueva Francia en el zurrón, bajan al sur y se quedan con la Cuba española (que en el tratado de paz cambiarán por Florida). Resuelto el conflicto en América y como Prusia aún se aguanta de pie tras besar dos veces la lona, la Royal Navy sale hacia la India (conquistando Senegal y Gambia en route), donde expulsan a los franceses y derrotan a sus aliados locales, sentando las bases para el Raj. Un imperio mundial, a buen precio y por estrenar, y todo porque los franceses andaban perdiendo el tiempo por Silesia (que hoy, por cierto, es polaca; ya ven para qué poco sirvieron aquellas tres guerras).

¿Y Prusia? Pues desangrándose al servicio de las ambiciones británicas, pero soltando unas yoyah de aquí te espero. En siete años de guerra que arrasaron el país (perdió un 10% de población), logran sobreponerse a varias derrotas y a la ocupación de Berlín, y aplastan repetidas veces a fuerzas el doble o triple de grandes. Clark no dedica demasiado tiempo a esta guerra, y es una pena porque aquí es donde Prusia no ya asoma la patita, sino que tira la puerta abajo del patadón y se planta con dos regimientos en el salón de las grandes potencias europeas mientras toca una alegre tonadilla [5] y Federico mira con el ceño fruncido tanto despilfarro versallesco. Aquí se forja la imagen bélica y victoriosa de Prusia tal y como nos ha llegado. Y la de Fritz como estratega, pues aunque pierde batallas, logra mantener viva la lucha, y además se implica personalmente en la contienda. No obstante, cuando los ingleses opinan que ya han conquistado lo suficiente, le cortan los subsidios a Prusia, que está a punto de capitular cuando muere la zarina Isabel. Su sucesor Pedro III cambia de bando, Federico aplasta una vez más a los austriacos en Freiberg, y se firma una paz que devuelve a todos al status quo ante y reconoce definitivamente a Silesia como parte de Prusia. Que no es poco, habida cuenta de que todos sus vecinos se habían unido para desmembrar a Prusia y devolverla a la condición de estado pequeño.

 

Freiberg, Lobositz, Rossbach, Leuthen, Zorndorf, Liegnitz, Hohenfriedberg… la guerra son 100.000 contra 100.000 y al final gana Prusia.

 

De agrandarla un poco más ya se encarga Federico unos años después, durante la Primera Partición de Polonia de 1772: a cambio de apoyar a Stanislaw Poniatovsky, amante de la zarina, como rey de Polonia, y aceptar que Rusia se quedara con gran parte del este del país, Austria y Prusia se comen cada una un cachito de Polonia. Federico obtiene la “otra” Prusia, la occidental (con lo que ya deja de ser “rey en Prusia” y puede llamarse “rey de Prusia”), ya con numerosos pobladores germanos. Los nacionalistas germanos de siglos posteriores justificarían con esto la anexión, viendo a Federico como un proto-nacionalista, pero Fritz nunca usó este argumento, sino de nuevo argumentos dinásticos (que, obviamente, ya no se creía ni el becario más verde del ministerio). Para él, el principio ordenador del mundo no era la nación sino el estado.

 

Nueva ronda de palizas

Con Prusia como una de las grandes potencias de Centroeuropa, Federico muere en 1786 y le suceden unos reyes entre bufonescos e incompetentes, a los que se les viene encima la Francia revolucionaria como un tren desbocado. Tras evitar meterse en coaliciones belicosas, Napoleón les provoca a una guerra en la que Prusia entra sin aliados. La derrota de Auerstedt-Jena en 1806 (un what if recurrente entre historiadores alemanes: ¿quién habría ganado en un enfrentamiento entre Federico el Grande y Napoleón?) echa por tierra todo el prestigio ganado por el viejo Fritz y provoca que las fortalezas y guarniciones se rindan sin presentar batalla. En la paz subsiguiente, Prusia pierde la mitad de su territorio y queda reducida a mero estado satélite de Francia con unas condiciones draconianas (que incluyen el pago de reparaciones, debe ser algo en el ADN francés provocar a los alemanes exigiéndoles dinero).

La reacción es inmediata, con las reformas Stein-Hardenberg que suponen una “revolución desde arriba”: abolición de monopolios, servidumbres y privilegios fiscales para la nobleza. Eliminación de aduanas internas. Creación de un cuerpo de Gendarmería. Emancipación completa de los judíos. Reforma educativa a cargo de Wilhelm von Humboldt. Elecciones locales. Y una reforma militar que unifica las diferentes armas y basa los ascensos en el mérito y no en la antigüedad o el título aristocrático. Como siempre, son los golpes más duros los que nos hacen madurar (aunque del papel a la realidad hay un trecho: las reformas económicas salieron rápidamente y convirtieron a Prusia en la locomotora de Alemania, las político-sociales se arrastraron durante décadas). Ese debe ser el problema de España: que como caemos tan bien a todos pues nadie termina de darnos una paliza lo bastante dura como para que espabilemos. Prusia en cambio cae mal. A lo mejor es eso.

El ejército reformado pronto pudo demostrar de lo que era capaz: en la Batalla de las Naciones y en Waterloo, los prusianos resultan decisivos. Es también durante la fase final de la guerra cuando Prusia se gana el apodo de reino de hierro: las autoridades requisan todo el oro de los ciudadanos para financiar la guerra, dándoles a cambio adornos patrióticos de hierro, y Federico Guillermo III crea una condecoración militar acorde: una simple cruz de hierro negro (posteriormente le añaden un borde plateado para que destaque sobre los uniformes), inspirada en la cruz negra de los Caballeros Teutones, para méritos de guerra, abierta por primera vez a todos los soldados sin distinción de rango, lo que la hará enormemente popular.

 

Recompensar el valor con hierro en vez de con oro. Muy prusiano. Muy fans.

 

Sin embargo, las reformas se paran al llegar a cierto nivel. Pese a que la participación de los ciudadanos resulta esencial para expulsar a los franceses y el propio rey emite un edicto “A mi pueblo” en el que les asegura que “esto lo resolvemos entre todos”, luego lo de gobernar ya tal. Vamos, que no se va a gobernar “entre todos”. Ni constitución ni participación política, más allá del nivel local. Vuelta a la “extraordinaria placidez” del XVIII, como si la Revolución no hubiese existido, todo bajo la dirección de una camarilla de amigotes reaccionarios del rey, entre los que destaca –no se rían- un tal Ludwig Friedrich zu Sayn-Wittgenstein.

 

¿Alemanizando Prusia o prusianizando Alemania?

En el Congreso de Viena de 1815 Prusia queda como uno de los cinco grandes de Europa, a la par con Austria en la Confederación Alemana, la entidad que sucede al Sacro Imperio, pero con interesantes matices: Prusia cede territorios polacos a Rusia en el este, y gana amplios territorios alemanes en el oeste, entre ellos Westfalia, donde la cuenca del Ruhr está a punto de despegar como el motor de la industrialización alemana (cosa que en Viena no se sabía, claro, la idea de los ingleses era que Prusia actuase como tapón de Francia). Austria en cambio pierde territorios alemanes y los gana afuera. Prusia se “alemaniza”, por decirlo de alguna forma, mientras Austria empieza a tener sus intereses fuera de Alemania (y por tanto busca debilitar una Confederación más prusiana que antes, al revés que antes cuando trataba al Sacro Imperio como su cortijo y era Prusia la que se buscaba las lentejas fuera).

Como resultado, la mitad de los súbditos prusianos viven en territorios que no eran parte de Prusia en tiempos del viejo Fritz y no se sienten prusianos, hay que “prusianizarlos” de alguna manera, cosa complicada sobre todo en Westfalia, territorio ya fuertemente afrancesado y con mayoría católica. Y todo ello negándole a la gente las deseadas constitución y participación política.

Según Freud, la represión de deseos lleva a la neurosis. Clark nos habla de un revival de las religiones (y los conflictos religiosos) en estos años: conflictos con la Iglesia Católica sobre la obligación de educar en el catolicismo a los hijos de matrimonios mixtos, o el intento por parte de las autoridades de crear una Iglesia Prusiana Unida, unificando a la fuerza a calvinistas y luteranos. Y emancipación completa de los judíos, pero intentando asimilarlos mediante conversión al cristianismo. Todo esto es también un intento de las autoridades por crear un “prusianismo” a partir de la religión. Otro vector para crear una identidad nacional es la glorificación del estado –y sus virtudes prusianas- como elemento unificador. Esta filosofía tiene a su predicador de cabecera en Hegel, quien dirá (pensando específicamente en el estado prusiano, suponemos) que “el estado es el paso de Dios sobre la Tierra, y su base es el poder de la razón actualizándose a sí misma a voluntad.” En los círculos hegelianos de Berlín, por cierto, tendrá su epifanía un joven estudiante de las nuevas provincias prusianas del oeste, un tal Karl Marx [6].

 

Berlín en los años de 1830: Marx aprende a amar Prusia a los pies de Hegel.

 

Lo que Clark apenas detalla (a partir del XIX es más complicado separar la historia de Prusia de la de Alemania en su conjunto, pero Clark sigue centrándose casi exclusivamente en Prusia) es que todos estos intentos de crear identidades fracasarán frente a una identidad más fuerte aún que se desarrolla en estos años, y que es la del nacionalismo alemán. Los gobernantes aristocráticos de los 39 pequeños principados que conforman la Confederación Alemana ven en este nacionalismo un peligro para su orden “de toda la vida y por la gracia de Dios”, especialmente porque las insatisfacciones políticas de sus súbditos confluyen con el movimiento nacionalista (que adopta los colores negro-rojo-dorado como bandera: negro por Prusia, dorado por Austria, rojo por los estados hanseáticos) y lo hacen más revolucionario cuanto más aumenta la represión. Será Bismarck –aunque prusiano de pura cepa – quien asuma que el nacionalismo es imparable y más fuerte que el prusianismo artificial que se intenta crear, y por ello pondrá a Prusia a liderarlo para lograr una unificación alemana en los términos de los aristócratas y no de los revolucionarios.

Antes sin embargo habrá una revolución en 1848, coincidente con la de Francia. La revolución empieza triunfando, con todos caminando, el rey primero, por la senda negro-rojo-dorada, pero posteriormente fue aplastada militarmente. Una “Ley para la protección de la libertad individual” permitía a la policía detener a gente que, no habiendo cometido delito, “pudiese cometerlo” (cualquier parecido con la actual Ley de Seguridad Ciudadana es casualidad, ¿eh?). Con ánimo de apaciguar, en 1849 el rey concedió una constitución, muy conservadora, y que se mantuvo hasta 1918. El voto, ni secreto ni directo, estaba dividido por clases tributarias, de modo que el 80% más pobre apenas elegía un tercio de los parlamentarios, se añadió una cámara solo para nobles, y para colmo ese parlamento no tenía control sobre los asunto militares. El ejército continuó siendo un estado dentro del estado, respondiendo solo ante el rey, una disfuncionalidad fatal que la futura Alemania iba a heredar de Prusia. Mientras, una asamblea “nacional” se reúne en Frankfurt para desarrollar una constitución para Alemania en su conjunto. El principal debate era Grossdeutsch versus Kleindeutsch, que para aquellos de ustedes que no dominen esta bella lengua es “Alemania grande” vs “Alemania chica”; es decir, si Alemania debía incluir a todos los estados alemanes (y con ello todo el imperio multiétnico austriaco, que sería dominante) o solo a los territorios poblados por alemanes (dándole con ello la preeminencia a Prusia). Finalmente ganó Kleindeutschland, y una delegación de constituyentes le ofreció la corona de Alemania a Federico Guillermo IV, quien, pásmense, la rechazó por ser

 

“una corona ofrecida desde el vil arroyo, […] con la pestilencia de la revolución, mancillada con barro y suciedad.

Esa delegación humano-burro-perro-cerdo-gato de Frankfurt, con su marrana constitución, no son quienes para ofrecerme a mí una corona…”

Kleindeutsch

Aunque los intentos de unificación alemana bajo signo revolucionario o burgués habían fracasado, ello no frenó el sentimiento nacionalista, que continuó siendo una bandera bajo la cual unificar los descontentos populares de toda laya. Alguien tenía que hacer algo, o tarde o temprano el nacionalismo iba a estallarles en la cara a los principitos alemanes. Aquí entra en escena Otto von Bismarck, genio político y último de los “grandes dirigentes” que va a dar Prusia, y unificador de Alemania, al que Clark describe muy adecuadamente (sus mini-retratos de los prusianos relevantes son en general muy acertadas e interesantes) como un político imprevisible, es decir, que no se ajustaba al papel prusiano-agrario-monárquico que uno habría esperado por sus orígenes.

Bismarck empieza de embajador en distintos países europeos durante los años 50, y en 1862 es nombrado canciller de Prusia por el rey Guillermo I (conocido en su juventud como “príncipe metralla”). Su primera medida: aumentar los gastos militares y justificarlo con un discurso que deja claro que a prusiano no le gana nadie:

 

“las grandes cuestiones de nuestro tiempo no se resolverán con discursos y mayorías parlamentarias –ese fue el error de 1848 y 1849-, sino con sangre y hierro.”

 

Bismarck se pasa por el parlamento para mostrarle sus respetos a la soberanía popular.

 

Rápidamente empieza a limpiar la mesa eliminando el principal obstáculo a una Alemania prusiano-protestante: Austria. Austria aún creía ser el líder de Alemania y no dejaba pasar ocasión para demostrarlo, como Bismarck bien sabía: en 1851, siendo delegado en el Parlamento de la Confederación Alemana, el delegado austriaco se puso a fumar un puro en mitad de una sesión, sin que nadie se atreviese a decirle nada. La reacción de Bismarck: sacarse otro puro y pedirle fuego. Varios delegados lo reportaron a sus superiores: para Bismarck, Prusia no iba a ser nunca menos que Austria.

Bismarck comienza una guerra con Dinamarca para postularse como defensor de la minoría alemana en Schleswig-Holstein (y para poder decir: ¿veis como hacía falta aumentar el gasto militar?); durante el reparto del botín, intriga para que Austria –arruinada y con un ejército anticuado- le declare la guerra a Prusia, siendo derrotada a las pocas semanas en Königgrätz (quizás conozcan esa batalla bajo el nombre –más respetuoso para las cuerdas vocales de un latino- de Sadowa). Sin embargo, hábil diplomático que era, Bismarck cortó el entusiasmo prusiano, y firmó una paz rápida en la que a Austria no se le tocó un pelo (otra cosa eran sus aliados norte-alemanes, casi todos anexionados, y sus gobernantes destituidos). Tan rápida, que a Francia no le dio tiempo a presentar exigencias por no intervenir. La Confederación Alemana dejó de existir, y Prusia firmó pactos secretos de asistencia mutua con los estados alemanes del sur. Alemania estaba en el aire, pero no terminaba de materializarse.

 

España otra vez

Pues sí, aquí vuelve a asomarse España para dar otro impulso a la unificación alemana. Tras expulsar a Isabel II en La Gloriosa de 1868, los próceres hispanos se pusieron a buscar un rey nuevo: tras fracasar las candidaturas portuguesa, francesa, italiana y la de Baldomero Espartero, le llegó el turno a Leopoldo de Hohenzollern, pariente del rey Guillermo I (pero de la rama que se quedó en Núremberg tres siglos antes y permaneció católica, que una cosa es que la Constitución de 1869 por fin graciosamente permitiera a los españoles creer en algo distinto a lo que dictase la Iglesia sin ser quemados en la hoguera, y otra poner a un putohereje en el trono).

 

Prim, Serrano y Topete subastan la corona, suponemos que para reducir el déficit.

 

Ante la posibilidad de quedar rodeado por los Hohenzollern, el emperador francés, Napoleón III, exigió una renuncia. El rey Guillermo, entendiendo la preocupación del francés y contra el parecer de Bismarck, se avino. Pero entonces a Napoleón le pudo la soberbia, y exigió que Guillermo le diese su palabra de honor de que nunca jamás de los jamases un Hohenzollern volvería a postularse al trono español. ¿Nunca jamás? ¿Palabra de honor? Guillermo se negó y dejó plantado al embajador francés que le había abordado en el balneario. El incidente –presentado por Bismarck con algunos retoques, pero sin añadir ni una palabra- disparó los sentimientos nacionalistas franceses, y Napoleón le declaró la guerra a Prusia.

Pero Napoleón III solo había heredado el apellido y no el genio de su tío. Enfrente tenía a Prusia, a sus aliados del sur de Alemania, una constelación internacional neutral, y sobre todo a un tal Helmut von Moltke, jefe del Estado Mayor, de orígenes más bien humildes, anciano ya (es la única persona nacida en el siglo XVIII de la que existe una grabación de su voz), que en tan solo siete semanas había rodeado y asfixiado a los ejércitos franceses. Napoleón III en persona cayó prisionero tras la batalla de Sedan, y aquí podría haber terminado todo como una breve guerra de gabinete, pero en realidad la guerra Franco-Alemana de 1870/71 son dos guerras: esta primera contra Napoleón III, y una segunda contra la Tercera República Francesa, que no reconoció la rendición del emperador y prosiguió la lucha como una guerra del pueblo, con guerrilleros y francotiradores hostigando a las tropas pruso-alemanas, que avanzaron al interior de Francia y sitiaron París pero no eran lo bastante numerosas para aplastar del todo a los ejércitos franceses (incidentalmente, la proclamación de la Tercera República hizo que el Gobierno Provisional español desechara al duque de Montpensier y se inclinara finalmente por el candidato italiano, Amadeo de Saboya).

Dos factores se unieron para deshacer el empate y acabar con la guerra: la presión interna de los monárquicos franceses, que veían como las fuerzas republicanas amenazaban con una revolución social (el armisticio les permitió aplastar a la Comuna de París), y un pequeño destello de genialidad de Bismarck, que mandó un mensaje al zar de Rusia con una pequeña sugerencia; no una entrada en la guerra o algo así, nada tan burdo, no crean, simplemente el zar le comunicó al embajador británico que ya no se consideraba atado por el Tratado de Paris, que había puesto fin a la Guerra de Crimea y había desmilitarizado el Mar Negro. Gran Bretaña pilló la indirecta, cesó sus envíos de armas a Francia, y dio el nihil obstat a una unificación alemana. El 18 de enero de 1871, en el Salón de los Espejos de Versalles, los príncipes alemanes, liderados por el rey de Baviera (convenientemente trabajado por Bismarck a través de un cortesano al que llamaban “Duque 10 por ciento”), proclamaron a Guillermo I de Prusia como Emperador (Emperador Alemán y no Emperador de Alemania, por esas cosas raras que tiene la gente que pone numeritos tras su nombre).

 

Así SI.

 

¿De Versalles al Somme?

El nuevo Reich alemán (formalmente un Fürstenbund, una federación de príncipes) acababa con un vacío de poder de siglos en Centroeuropa, pero nació con el “pecado original” de la anexión de Alsacia y Lorena. Es opinión común que Francia nunca aceptó esto, que esto creó una enemistad permanente, y que esa enemistad llevaría a la Primera Guerra Mundial [7]. Todos los historiadores alemanes lamentan este error – pero algunos intentan exonerar a Bismarck, diciendo que esa nunca fue su intención, que fue un empeño de los militares prusianos, ansiosos por establecer un tapón de cara a una nueva guerra. Clark es de la otra escuela, diciendo que Bismarck si lo apoyó, y yo me uno a él. Francia había sido la principal potencia continental desde la Guerra de los Treinta Años, la creación de los estados nacionales de Italia y Alemania le bloqueaba las vías de expansión y la relegaba a segundo rango, y eso si que no pudieron aceptarlo jamás. A Austria no se le tocó un pelo para facilitar entendimientos futuros, si con Francia no fue así es porque la enemistad era inevitable, incluso si en vez de quitarle Alsacia-Lorena (territorios del Sacro Imperio hasta 1648, y en el caso de Alsacia con una clara mayoría de germanoparlantes incluso en 1871) le hubiesen regalado la Bélgica francófona.

Como canciller de la Alemania unificada, Bismarck jugó posteriormente un hábil juego de diplomacia para aislar a Francia, cultivando la amistad con Austria y Rusia, y manteniendo a Gran Bretaña neutral. Para ello renunció a colonias en África, que además habrían requerido el desarrollo de una flota de guerra (cuando un colonialista le presentó un mapa de África con las colonias de otros países, Bismarck dijo: “mire, aquí está Francia, aquí está Rusia, y en mitad de todos ellos estamos nosotros. Ese es mi mapa de África”). Sin embargo, en 1888 murió Guillermo I, y su hijo Federico III (optó por numerarse de acuerdo a la numeración de Prusia, no de Alemania; de nuevo estos aristócratas y sus locos cacharros), enfermo de cáncer de laringe, le siguió a los 99 días. Subió al trono Guillermo II, 29 añitos, desconocedor de los entresijos de la historia que habían llevado a Prusia y Alemania a donde estaban, inseguro y arrogante, egocéntrico y narcisista, y sobre todo completamente ignorante de las necesidades y complicaciones existentes en un estado moderno. Con su brazo izquierdo paralizado por complicaciones en el parto, se desvivía por dar una imagen viril y militar (les cuento un chiste de la época que circulaba por Berlín: Guillermo II está en el baño y grita “mayordomo, se ha roto una tubería en el baño; tráigame mi uniforme de almirante”). Su concepto de la política, paternalista y simplista, le llevó a despedir a Bismarck y a abandonar el equilibrio austro-ruso de Bismarck por una firme “alianza entre hermanos” con Austria. El conflicto austro-ruso en los Balcanes pronto empujó a Rusia a una alianza con Francia, y el programa colonial de Guillermo, con su flota de guerra incluida, acercó a Gran Bretaña a los otros dos. La constelación que en 1914 iba a apagar las luces en toda Europa había tomado forma.

El periodo 1871-1914 ya es historia de Alemania y no de Prusia. La noche antes de la proclamación, el pobre Guillermo I lloraba desconsolado porque “mañana enterramos a nuestra querida Prusia”, pero Bismarck fue implacable porque veía que si no se ponían al frente del nacionalismo, este les iba a arrollar tarde o temprano. Hoy cuesta verlo, pero en su tiempo lo que hizo fue realmente revolucionario: anexionarse principados destituyendo a sus aristocráticos gobernantes, asumir la guía del nacionalismo, poner en peligro el Concierto de Viena… Un historiador le llamó el revolucionario blanco. Y Prusia siguió existiendo, y mandando mucho por cierto. La constitución de Prusia garantizó un enorme poder a una oligarquía tremendamente reaccionaria, y la posición de Prusia en el Reich alemán lo extendió aún más. Eso ha contribuido mucho a una cierta imagen de Prusia, cuando la sociedad civil iba por un camino completamente distinto, aprovechando las libertades individuales y sociales: la industrialización, la urbanización, la emancipación de las mujeres, la aparición de nuevas corrientes artísticas… la Prusia real se separaba cada vez más de la Prusia oficial, aunque el creciente bienestar mantenía las aguas calmadas. Cuando la Primera Guerra Mundial acabó con el progreso y el bienestar, el divorcio se hizo patente con una revolución en noviembre de 1918. Guillermo II salió por piernas a Holanda.

Antes vino un último regalito envenenado de Prusia a Alemania. Porque solo desde la perspectiva prusiana, desde el aventurismo político-militar que les caracterizaba desde los tiempos del Viejo Fritz en el que las crisis y amenazas se resolvían a las bravas por una gallarda “acción anticipativa”, ya fuese en Silesia, en Sadowa o en Sedán, solo así se entiende que las élites se lo jugaran todo en aquella enorme apuesta a la ruleta rusa que era el Plan Schlieffen [7]. Un plan que no es que fuera una ocurrencia de último minuto, sino un esquema diseñado y perfeccionado durante años, sin que a nadie del establishment se le ocurriera que fiarlo todo a una planificación donde llegado cierto punto estabas obligado a ir a la guerra sin provocación por circunstancias más allá de tu control era una bomba de relojería. No obstante, como buen plan prusiano, la apuesta estuvo bien ejecutada y mejor planificada, y con los rusos aplastados en Tannenberg y los Lagos Masúricos, Alemania se plantó a escasos kilómetros de Paris, tal como dictaba el Plan. Allí, a orillas del Marne, con la torre Eiffel a la vista de los grupos de exploradores más avanzados, la pequeña manchita perdida en el mapa llamada Brandenburgo por un instante acarició con los dedos la supremacía continental, y puede que incluso la mundial, porque entonces Europa aún pintaba algo. Pero esta vez Prusia había estirado sus recursos una pulgada más allá de lo posible, y un tal Joseph “Papito” Joffre les paró al coste de medio millón de muertos y heridos. Durante cuatro largos años, los alemanes lucharon con el denuedo de los viejos prusianos en Silesia, pero el Kaiser Guillermo no era precisamente Federico el Grande, y el dinero y los recursos naturales ya pesaban más que la sangre y el “factor humano”. La lógica implacable de una guerra industrial llevada a sus últimas consecuencias terminó por aplastar a Alemania, y borró del mapa a la Casa Hohenzollern.

Empieza aquí la historia de la “Prusia roja”: fue gobernada por una coalición entre socialdemócratas (tan prusianos y legalistas que se aliaron con el Ejército para aplastar la revolución espartaquista), centristas y liberales de izquierdas hasta 1932, cuando el gobierno del Reich intervino su gobierno –saltándose la constitución- y nombró a Göring presidente de Prusia. En posteriores elecciones los nazis “ganaron” pero no pudieron arrebatar alcaldías ni el gobierno del Land de Prusia, así que los gobernantes fueron depuestos por ley y nombrados a dedo. Algo comprensible, según algunos, si queremos que gobierne la lista más votada (si ven en estos párrafos similitudes con la España actual, les aseguro que no era mi intención, ¡esto me está saliendo solo!). Como además –para evitar núcleos alternativos al poder central- Alemania fue dividida administrativamente en pequeños Reichsgaue, Prusia quedó hueca. Los nazis se apropiaron de varios símbolos prusianos y se aliaron con la vieja Prusia de los terratenientes logrando amplias mayorías en las zonas rurales (la más alta en Masuria, en el sur de Prusia Oriental… donde hicieron parte de la campaña en lengua polaca), pero poco apoyo entre los trabajadores, que sin embargo resultaron menos visibles que los miles de aristócratas vistiendo el uniforme de las SS. Ello llevó, al perder la guerra, a un ataque a la misma base de Prusia, con confiscaciones a los terratenientes, reformas agrarias, y en Prusia, Pomerania y Silesia expulsión de los habitantes germanos por parte de rusos y polacos. Lo que los Aliados eliminaron en 1947 ya hacía tiempo que era un cascarón vacío, poco más que una entidad legal.

 

¡Firmes para las conclusiones!

Clark afirma que él no quiere ser ni pro ni antiprusiano sino presentar una imagen equilibrada, loable empeño que a primera vista le sale fallido porque parece creer que la opinión generalizada de Prusia es la de una enorme colonia de termitas guerreras ultrareaccionarias, y que él debe corregir y matizar esa imagen, más que presentar otra. Por ello el resultado puede parecer muy favorable a Prusia, pero creo que en general logra reflejar bastante bien lo que Prusia era y los extremos entre los que se movía. Falta explicar un poco mejor como se inserta la historia de Prusia en el conjunto de Alemania, especialmente durante el siglo XIX, y sobre todo –este diría que es el principal defecto del libro- detallar más el proceso de industrialización de Prusia y sus consecuencias a nivel político.

El extraordinario crecimiento de Prusia, al final, parece ser el resultado de una población instruida y motivada, consecuencia a su vez de realizar políticas inclusivas bastante progresistas, al menos para los siglos XVII y XVIII: codificación de leyes, aparato de justicia, estado de derecho, alfabetización de amplias capas de la población, igualación de los súbditos como ciudadanos y similares. Políticas que tuvieron como protagonista al estado, que actuó como herramienta para superar el feudalismo… para sustituirlo con un estatismo bastante rígido, pero que para la época, de nuevo, era toda una liberación. Y que era necesario para organizar militarmente los escasos recursos contra las amenazas externas que la falta de fronteras naturales hacía aparecer.

Esto se logró, entre otras cosas, gracias a unos cuantos boletos afortunados en la lotería monárquica: cuando Europa se masacraba en guerras religiosas, Prusia tuvo la suerte de contar con un gobernante –el Gran Elector- que instauró un régimen de tolerancia religiosa. Cuando todos despilfarraban en lujos versallescos, tuvo a un rácano –el Rey Soldado- invirtiendo el dinero en cosas mejores que en tapices dorados. Y cuando la ilustración crea nuevas herramientas para la mejora del estado, llega un rey, Fritz, que se pone plenamente al servicio de la misma y de sus ideales. Luego la suerte se les acabó, pero surgieron figuras civiles muy capaces, imbuidas en un ideal de servicio al estado que, en un círculo virtuoso, aumentaba la eficiencia del mismo y el bienestar de los ciudadanos. Por desgracia, este estado acabó capturado por las viejas élites aristocráticas que en siglos anteriores habían intentado impedir su establecimiento, y que lo usaron para proyectar sus fantasías de dominación sobre media Europa.

Hoy, todo lo que queda de aquello es el Land de Brandenburgo: una tierra magra y despoblada, al margen de las grandes corrientes de la historia. La historia ha dado un círculo enorme para volver al principio, a lo que había en el siglo XIV. Pero entremedias nos ha legado un adjetivo-concepto, “prusiano”, que resulta difícil de definir formalmente pero que sin embargo sabemos reconocer cuando lo vemos. Prusiano es ser estricto y tolerante, mandón y leal, legalista y pragmático, duro pero justo, afanoso y austero, sin miedo a nadie e igual con todos, ordenado y pulcro hasta la nausea, y en todo ello absolutamente insobornable en su ética y en su esencia. Si tienen alguna definición mejor, háganmelo saber. Hay cosas peores en el mundo que esto. Si la nueva Alemania de nuestros días, con la muy prusiana Angela Merkel, nos va a traer ese espíritu a España, bienvenido sea. Pero a ser posible sin guerras de treinta años, por favor.