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Comer sin miedo – José Miguel Mulet

Hace muchos, muchos años, en un apartamento muy lejano en el que vivía con mis padres, me acerqué a la cocina para tomar algo, recién llegado de las vacaciones de Pascua. Pero, antes de abrir la nevera, escuché un ruido estremecedor, similar a un papel arrugándose, pero con toque siniestro de “estás viendo una película de serie B sobre zombis nazis”. Miré, horrorizado, hacia el lugar del que había salido el ruido y allí estaban. Bichitos negros. Muchos, muchísimos bichitos negros, que salían de una alacena ordenadamente, uno a uno, para desperdigarse por la cocina.

Como soy un hombre racional y ponderado, apliqué refinadas técnicas de deducción policiales y pensé “si salen de la alacena, será porque hay más dentro”. Abrí la alacena y en efecto: un horrendo espectáculo de bichitos por todas partes, dispuestos a fundar una civilización de Super Bichitos empecinados en hacer lo mismo que estaban haciendo entonces (corretear y merodear por nuestra cocina) durante toda la eternidad.

Los bichitos provenían de un paquete de arroz ecológico que mis padres habían comprado (supongo que en un ramalazo hipster avanzado a su tiempo). Luego se les olvidó convertirlo en una paella, nos fuimos de vacaciones y ahí se quedaron los bichitos, creciendo y multiplicándose con un entusiasmo que ni en la Biblia. A esas alturas, de hecho, el paquete de arroz ecológico era, casi íntegramente, bichitos (un kilo de ellos, más o menos). Lo cogí y tiré los bichitos por el váter (¡perdón! ¡Perdón! ¡Tal vez sobrevivieran!), y luego me pasé unas cuantas horas exterminando bichitos, como si no hubiera un mañana (estoo… Bueno, estos tal vez no sobrevivieran). Descubrí algunas cosas sobre mí: que nunca podría formar parte, como ejecutor, de ningún genocidio y que odiaría, por siempre, la comida ecológica, que para mí pasó a ser “bichitos disfrazados de comida sana”. Sobre todo porque, por contraste con el horripilante arroz ecológico, también había por ahí un paquete de arroz Sos, bien lleno de conservantes, naturalizantes y esterilizantes. Algunos bichitos habían entrado en el paquete creyendo que aquello era arroz friendly y el señor Sos se los había cepillado sin despeinarse. Así, sí.

Toda esta introducción para decirles que el libro que nos ocupa es cojonudo. Su autor, José Miguel Mulet, escribe muy bien, y lo hace con mucha retranca, desplegando un agudo sentido del humor típicamente valenciano (si pudiéramos, le ficharíamos para La Paella Rusa [1]). Y, sobre todo, Mulet explica con claridad, y sin compasión, las muchas tonterías que se hallan detrás de algunos productos “ecológicos” y sus miedos respecto de todo lo que pueda identificarse como moderno o producto del malvado progreso, en esta peculiar alianza que ha hecho la parte más verbenera, analfabeta e impresentable de la izquierda con toda una retahíla de paraciencias, brujerías y misticismos, como la homeopatía o las dietas milagrosas, algunas consistentes en no comer nada de nada, como la “dieta de la Luz”:

En 2010 se estrenó un documental titulado Vivir de la luz, basado en una creencia absurda llamada respiracionismo, según la cual podemos alimentarnos solo con la luz, sin comer ni beber. Una de las principales líderes de este movimiento es Ellen Greve, conocida en el mundillo New Age como Jasmuheen. Esta iluminada (nunca mejor dicho, puesto que se alimenta de luz y de aire) asegura que eliminó su necesidad de comer y beber en 1993. Al ser invitada por un programa de televisión para comprobar si era verdad, en condiciones controladas solo fue capaz de estar dos días sin comer ni beber, después de los cuales tuvo que interrumpir el experimento por mostrar una evidente deshidratación. La gurú achacó el fracaso a que el aire estaba contaminado y no tenía la pureza necesaria para servir de alimento, y siguió con sus libros y conferencias (…) La escocesa Verity Lynn falleció mientras practicaba una limpieza espiritual según ese método, al que se atribuyen otras tres muertes. Jasmuheen alega que no lo siguen de forma correcta y así evita toda responsabilidad (…) En el campo de la medicina alternativa, o pseudomedicina, parece que haya una competición por ver quién dice la tontería más grande (…) A veces conviene recordar lo más básico y evidente: es absolutamente imposible vivir sin comer ni beber o ingerir nutrientes y líquidos por alguna vía. Además, estas creencias caen por su propia absurdidad. Asumamos que fuese cierto, que fuera posible mediante meditación, luz del sol, aire, fotosíntesis o píldoras mágicas vivir sin comer. Millones de personas en el mundo pasan hambre… Acabar con esa necesidad terminaría con tan terrible problema. Cómo puede ser que algo que podría salvar la vida de millones de personas solo lo sepan una señora que da conferencias, un tipo que vende pastillas y dos o tres santones (págs. 31-33).

Para mí es un misterio por qué hay tanta gente que cree que las cosas iban mejor en la Edad Media, y quieren volver a ella, empleando en el camino también los modelos de evaluación de la realidad propios de la Edad Media. Es decir: lo sobrenatural, la adivinación, el aura, la astrología, como criterios explicativos de por qué pasan las cosas. No sé qué es peor, si que los gurús que elaboran tanta vuelta al pasado se crean lo que dicen o que sea simplemente un negocio para engañar a los más incautos.

Mulet se posiciona frente a la alimentación ecológica no sólo por su vinculación, en ocasiones, con este tipo de paraciencias, sino por una cuestión práctica: los modernos sistemas de producción de alimentos consiguen alimentar a mucha más gente, y los sistemas de control de calidad garantizan que sus efectos perniciosos para la salud de la gente sean menores que en el pasado (otra cosa, claro, es que la gente considere que nada ha de vulnerar su derecho constitucional a desayunar seis donuts o cenar todos los días en el Burger King). Y luego está, claro, el espinoso asunto de qué tipo de gente se dedica a la agricultura ecológica:

Si vamos a Europa, el principal productor de agricultura ecológica es el príncipe Carlos de Inglaterra. Si alguien tiene la imagen de que la agricultura ecológica es el abuelo con la azada y el gorro de paja, que se la quite de la cabeza, porque no me lo veo con Camila cavando surcos y el nieto jugando al lado. Aunque, eso sí, va dando conferencias sobre el decrecimiento y diciendo que tenemos que vivir con menos. Él solo tiene tres o cuatro residencias oficiales, tipo Balmoral, Windsor o Buckingham (págs 99-100).

También encuentra tiempo para cachondearse de algunos argumentos que defienden no consumir determinados alimentos porque “no es natural”:

Entre las leyendas urbanas destacan las relacionadas con la leche, posiblemente por ser uno de los alimentos más populares y por estar con nosotros desde que nacemos. La principal leyenda urbana serían los presuntos dietistas o pseudointelectuales que dicen que beber leche es el origen de todos los males y produce no sé cuántas enfermedades. Los argumentos que utilizan a veces son tan contundentes como que ‘ningún animal bebe leche en su etapa adulta’ o que ‘hay gente que no puede beberla’. Tampoco ningún animal es capaz de cocinar un bacalao al pilpil y eso no es argumento para decir que el bacalao es mao (…) Por cierto, las personas que dicen que beber leche no es natural nunca van desnudas por la calle ni viven en cuevas, demostrando una absoluta falta de coherencia (págs 163-164).

En el camino, explica las ventajas de los alimentos transgénicos para conseguir este propósito (producir más a precios más baratos) y la obsesión de la Unión Europea por legislar contra ellos; y también las razones, a veces muy peculiares, por las que triunfa una especie concreta de un producto natural y fracasan sus alternativas. Por ejemplo, el éxito de las horribles mandarinas clemenules, mucho peores que otras especies de mandarina, pero mucho más fáciles de pelar. O las razones por las que el tomate que compramos en el supermercado tiene cada vez mejor aspecto y es cada vez más insípido. Por un lado, porque se arrancan de la mata cuanto están verdes, para que maduren à posteriori, y así prolongar el período apto para consumo y venta. Por otro, porque paulatinamente se impuso la especie de color rojo, cuanto más vivo mejor, que es el que prefería la gente por oposición a las variedades verdes o amarillas. Y es precisamente la variedad de un color rojo más vivo la que tiene menos sabor. Y luego está mi favorita, la zanahoria, inicialmente de color blanco, y que mutó al color naranja porque los agricultores holandeses crearon dicha variedad como homenaje a la dinastía gobernante, la casa de Orange.

En resumen: un libro muy interesante y muy divertido, con el que uno puede aprender muchas cosas mientras se ríe de las inconsecuencias de determinadas prácticas, que vienen a sustituir o complementar a las brujas del tarot y las pulseras magnéticas, y que han alcanzado un predicamento que resulta muy sorprendente… Hasta que uno pone la tele y ve qué es lo que hay.