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La Guerra de Churchill – Max Hastings

Max Hastings es un prolífico autor de bestsellers sobre “El Tema”, es decir, la II Guerra Mundial. De él me he leído su análisis del último año de la guerra en Europa (Armagedón) y del enfrentamiento EEUU-Japón en el Pacífico (Némesis), además del libro que nos ocupa. Como puede verse, Hastings suele destacar por sus títulos con gancho, ideales para recibir RT en Twitter, “Me gusta” en Facebook y votos en Menéame sin necesidad de –qué cansado- leer el contenido. Sin embargo, lo anterior no debe leerse como una crítica a los libros del autor, sino como una alabanza a su sentido del marketing. Los libros en sí están bien trabajados y resultan razonablemente ecuánimes.

El enfoque de este libro, además, es bastante original: el análisis de la guerra desde la perspectiva británica, centrada en torno al papel de Winston Churchill. Gran Bretaña fue el enemigo más antiguo de Alemania, el que más tiempo pasó en el conflicto, y también, paulatinamente, el más débil. Primero por el coste (económico y humano) de permanecer en la guerra y después por la irrupción en el conflicto de superpotencias mucho más poderosas y vigorosas (EEUU y la URSS), que acaban abocando a los británicos a un segundo plano.

Una vez consumada la rendición de Francia y la expulsión de los ingleses del continente europeo, la guerra llega a un impasse difícil de romper. Es absolutamente imposible que Gran Bretaña, en solitario, gane esa guerra. El ejército alemán es mucho más grande y mucho más eficaz en el combate. Pero, al mismo tiempo, parece claro que los alemanes no se atreverán a cruzar el canal de la Mancha (sobre todo después de la batalla de Inglaterra), con lo que Gran Bretaña, afirma Hastings, tampoco puede perder. La cosa está, pues, abocada a un empate (aquí no estoy completamente de acuerdo: no sé qué habría pasado si Alemania logra expulsar a los británicos del norte de África, Oriente Medio y Gibraltar, algo perfectamente factible antes de la invasión de la URSS; o una reedición del sometimiento por hambre vía guerra submarina que estuvo a punto de tener éxito en la Primera Guerra Mundial [1]). Pero un empate en el que los británicos están en clara desventaja, dado que lo mejor que pueden hacer es adoptar una posición defensiva y observar pasivamente lo que sucede al otro lado del canal de la Mancha.

Esta actitud de forzosa pasividad seguirá rigiendo el enfoque británico de la guerra casi hasta el final del conflicto. Los ingleses no quieren ni oír hablar de un enfrentamiento directo, y por eso prefieren adoptar estrategias indirectas, como el bombardeo aéreo, o escenarios secundarios (los Balcanes, Italia, los continuos proyectos por desembarcar en Noruega). Y, en definitiva, prefieren que otros luchen por ellos.

Sobre todo, destaca Hastings, los rusos. La mística occidental, reflejada en miles de productos culturales y en la visión idealizada de las democracias oponiéndose valientemente al fascismo, deja sistemáticamente en segundo plano la realidad: quienes vencieron al Ejército alemán, arrostrando la mayor carga del conflicto, fueron los rusos. Para ello, perdieron veinte millones de personas (los ingleses menos de 500.000) y pusieron en pie de guerra un ejército de casi 500 divisiones (Gran Bretaña llegaría a unas 20 en el frente occidental). Y, sobre todo, se “comieron” casi en solitario los años más duros (1941-1943), cuando el ejército alemán era más potente y Alemania una superpotencia que se aprovechaba de los recursos de toda Europa, mientras Gran Bretaña miraba el show desde su isla.

Esto, de hecho, provocó los mayores conflictos entre los socios de la siempre frágil alianza contra el nazismo, con continuas quejas de los rusos por los retrasos en la apertura de un segundo frente. Fueron los británicos los que lo retrasaron todo lo que pudieron, pues eran conscientes de lo que se podían encontrar si desembarcaban prematuramente en Francia: una carnicería como la que estaban sufriendo los rusos en el Este. Así que los ingleses ponían buena cara y decían que sí, que la cosa estaba en marcha, que el segundo frente era inminente, pero que qué mala suerte, precisamente el mes que viene no me viene bien… ¿Por qué no meternos en Túnez, mejor, contra el terrible ejército de la Francia de Vichy, que ni siquiera sabemos si querrá combatir? ¿Por qué no acabamos antes con la participación de Italia en la guerra, que como todos sabemos es fundamental para garantizar el éxito del Eje? Y todo así.

Los americanos, en cambio, no querían saber nada de estas estrategias de dilación, y eran partidarios de abrir un segundo frente cuanto antes. El argumentario para hacerlo era muy americano: ¿por qué esperar? ¿Acaso no puedo hacer lo que quiera cuando quiera? ¡Eso es antiamericano!

Hastings, en este conflicto, le da la razón a los ingleses, y considera que las cosas sucedieron cuando tenían que suceder. Que en 1942 los aliados, sencillamente, no tenían la infraestructura necesaria para crear un segundo frente (ni tropas, ni lanchas de desembarco). Y que en 1943 habría sido arriesgadísimo. Sin embargo, esto no deja de ser un argumento à posteriori que no puede desligarse de los resultados de invadir Francia en 1944, y no antes (cuando ya estaba bastante claro que Alemania iba a perder la guerra en el Este, aunque hubiera aguantado un año más, o dos, el ímpetu de los rusos de no mediar el segundo frente). La falta de compromiso de los británicos con el segundo frente les permitió retrasarlo hasta el momento en que EEUU ya había movilizado totalmente su economía y sus fuerzas armadas y, sencillamente, pudo permitirse ignorar a los británicos (que es lo que hizo, en líneas generales, desde el Día D hasta que finalizó la guerra). Retrasarlo durante dos años en los que (sobre todo en 1942) no estaba en absoluto claro, ni tan predeterminado como dice Hastings, que los Aliados fuesen a ganar la guerra [2]. Porque, de la misma forma que dicha guerra la ganó, en esencia, la URSS, habría que ver cuál habría sido la resolución de un escenario en el que la URSS acaba rindiéndose en 1942-43 y EEUU-Gran Bretaña tuviesen que afrontar una guerra contra todo el ejército alemán, no sólo la cuarta parte del mismo.

Esto tampoco debe leerse como una alabanza al compromiso soviético por contraste con la mezquindad occidental, por un motivo: el pacto germano-soviético de 1939, que de hecho siguió funcionando hasta el mismo día en que comenzó la operación Barbarroja contra la URSS (los alemanes esperaron a que llegasen los últimos envíos de materias primas soviéticas y luego lanzaron la ofensiva). Las enternecedoras alusiones de Stalin a cómo su pueblo se estaba desangrando en la lucha contra los nazis mientras los Aliados occidentales no hacían nada resultan mucho menos impresionantes, en lo que se refiere al papel de Stalin como líder de la lucha, a la luz de ese recuerdo. Al menos, los ingleses le declararon la guerra a Alemania antes de que se la declarasen a ellos, aunque lo hicieran tarde y mal.

En cuanto a la figura central del libro, Winston Churchill, Hastings no puede evitar mirarle (explícitamente) con mucha simpatía, a pesar de sus muchos defectos, que tampoco oculta, y sólo en ocasiones trata de justificar. Defectos como su incompetencia, su tendencia al victimismo y al lloro incontinente por cualquier cosa, y sobre todo su propensión a defender ideas absurdas, generalmente ofensivas militares excéntricas [3] (en todos los sentidos) que comporten un desembarco de tropas. Es decir, lo mismo que hicieron los Aliados en los Dardanelos en 1915 (con “magníficos” resultados). Churchill abogaba por desembarcar en Italia, en Túnez, en Sumatra, en Noruega, en Grecia, … Casi en cualquier sitio, salvo en el norte de Francia. La verdad es que no puede decirse que sus ideas de bombero fuesen mucho mejores que las de Hitler, y de hecho la suerte de Gran Bretaña fue que, al menos, Churchill se dejaba convencer por las razones de su Estado Mayor (y, por supuesto, a partir de 1942 por el escepticismo de EEUU). Esta obsesión de Churchill por los desembarcos comportó algunos pequeños desastres, como la invasión de las islas del Dodecaneso (islas griegas ubicadas frente a la costa oeste de Turquía) a finales de 1943, pero nada demasiado grave.

También destaca el amor de Churchill por las operaciones especiales y los comandos enviados al continente europeo en apoyo de la resistencia. Al parecer, Churchill pensaba que los europeos se levantarían en armas contra el opresor alemán a la mínima oportunidad, y por eso, entre otros factores, apoyaron los diversos movimientos de resistencia europeos, a menudo contradictorios o directamente enfrentados entre sí. Con sumo escepticismo, Hastings, en el que es, para mí, el mejor capítulo del libro, relata los escasísimos efectos de la Resistencia en toda Europa (con dos excepciones: Rusia y Yugoslavia), así como las segundas intenciones, casi siempre presentes, de los grupos de resistencia. En particular, en los Balcanes. Por ejemplo, en Albania:

Algunos de los oficiales británicos más extravagantes (…) fueron lanzados en paracaídas desde las montañas de Albania para que colaboraran con los partisanos del país. Casi todos, sin excepción, acabaron odiando al país y a su gente. Comprobaron que los albaneses estaban más dispuestos a quedarse con las armas y a robar los pertrechos y las provisiones que a luchar contra los alemanes. ‘Qué contento estaré de regresar de nuevo a la civilización’, confió un oficial británico a su diario, ‘de estar entre personas en las que uno puede confiar y no verme rodeado de suciedad, basura y malos modales… No es como si estuviera uno haciendo aquí algo útil o como si pudiera hacerlo. Hay tan poca caridad entre esta gente, que no pueden creer que alguien recorra un camino tan largo para venir hasta aquí a ayudarlos… Son presumidos y vanidosos sin tener nada de lo que poder presumir ni de lo que poder envanecerse. No tienen valor, ni aguante ni sentido del honor’ (pág. 578).

Claro que los ingleses quizás miraban el movimiento de Resistencia, y en particular su papel como instigadores, tras un cierto prisma colonial-romántico:

Los críticos han señalado a menudo que el entusiasmo del primer ministro y de los agentes de la SOE reflejaban un ‘complejo de T.E. Lawrence’, una ilusión tremenda basada en la perspectiva de que unos pocos oficiales británicos bien parecidos habrían sido capaces de influir en el comportamiento de toda la sociedad balcánica en apoyo de los objetivos de la política exterior británica (pág. 577)

¿Y qué me dicen de este maravilloso “Momento Letizio” que pudo vivirse en Grecia?

Los agentes británicos tenían una predisposición a apoyar a los monárquicos. Cuando Napoleon Zervas, líder del grupo republicano EDES, relativamente pequeño, dijo en 1943 a la SOE que apoyaba la restauración del rey Jorge, fue recompensado con el doble de lanzamientos de armas que recibieron los comunistas del EAM/ELAS, aunque éstos eran seis veces más numerosos y estaban llevando a cabo toda la lucha. Zervas pagó la generosidad de los británicos estableciendo una tregua tácita con los alemanes y dedicando la mayor parte del tiempo a perseguir sus propios fines (pág. 579)

Hastings incide muchísimo, como es lógico, en el papel de Churchill para forjar la mítica “relación especial” entre Gran Bretaña y EEUU. Es de agradecer que aquí el autor, como casi siempre, sea objetivo y no caiga en el embrujo místico de lo que realmente fue dicha relación: tanto EEUU como Gran Bretaña se guiaron en todo momento por sus exclusivos intereses nacionales, que en muchas cosas eran divergentes, lo que, de hecho, se hizo más y más patente a medida que avanzaba el conflicto. Gran Bretaña salió de la guerra arruinada y sin imperio (a los pocos años), y en buena medida ambos factores se debieron a EEUU, con su programa de Préstamo y Arriendo y su anticolonialismo, siempre y cuando no se tratase de colonialismo “bueno” (de los EEUU).

En cualquier caso, Hastings destaca la importancia de Churchill, su prestigio en la sociedad estadounidense, para propiciar la entrada de EEUU en la guerra, su apoyo previo a Gran Bretaña, y su apoyo a la estrategia de “Alemania primero”. Aquí, de nuevo, cabría matizar el entusiasmo churchiliano recordando que, a fin de cuentas, a EEUU también le declararon la guerra. Y no sólo Japón; también Alemania. Puede que Churchill influyera en la decisión de adoptar “Alemania primero”, pero resulta difícil pensar en un escenario diferente (por mucho que los EEUU les tuviesen muchas más ganas, obviamente, a los japoneses, la amenaza real a su hegemonía era Alemania).

El perfil de Churchill que nos hace Hastings, en fin, intenta resultar simpático, pero a fin de cuentas, y aunque reconozco que a mí siempre me ha parecido mucho menos merecedor de alabanzas de lo que suele considerarse [3], nos hallamos ante un imperialista británico de la vieja escuela, racista y clasista, que sigue sus propios intereses. Como todos. Por muchos chascarrillos graciosos que suelte. Así, por ejemplo, Churchill deja morir de hambre a tres millones de personas en Bengala, en 1942, porque prefiere quedarse los pertrechos alimenticios disponibles, que sin duda escasean, para los ingleses. En general, tiene una actitud con las colonias que, por sorprendente que pueda parecer, es… Colonialista. Es decir: sacar de ahí todo lo que se pueda, dando a cambio lo mínimo posible, e impregnando el expolio con un aroma civilizatorio de “carga del hombre blanco” que es sólo un pretexto para expoliar a gusto [4]. Y luego, claro, nos encontramos con reacciones tan maravillosas como esta:

Churchill no quería ni oír hablar de las aspiraciones políticas de la India en un momento en el que el ejército japonés se encontraba a las puertas. Nadie podía esperar que olvidara que el Mahatma se había ofrecido para mediar la rendición de Gran Bretaña a Hitler, a quien el adalid de la no violencia y abanderado de la libertad de la India había calificado de ‘un hombre no tan malo’. En 1940 Gandhi había escrito una carta abierta al pueblo británico, instándolo a ‘deponer las armas y aceptar el destino que decida Hitler. Invitaréis a Herr Hitler y al Signor Mussolini a tomar lo que quieran de los países que llamáis vuestras posesiones. Dejad que tomen posesión de vuestra hermosa isla con su sinfín de hermosos edificios. Les daréis todo esto, pero no vuestra alma y vuestra mente’ (pág. 327)

Churchill, en fin, es un líder sólo preocupado por la guerra contra Alemania, que obvia o deja en segundo plano todo lo demás. Un líder providencial en los peores momentos (1940-42), pero que acaba siendo superado por sus excesos personales y por las insuficiencias de su país en el contexto de la Gran Alianza, por un lado; y por las divergencias entre la visión épico-heroica del conflicto que tiene Churchill y el cansancio cada vez mayor de la población británica con la guerra. El primer ministro británico seguía pensando en la guerra, y a lo sumo en las consecuencias de su finalización en el plano internacional, mientras que a los británicos les interesaba pensar que el mundo de postguerra solucionaría muchos de los problemas e insuficiencias padecidos, no sólo en la guerra, sino en la sociedad preexistente. Y, precisamente por eso, Churchill y los conservadores sufrieron una abultada derrota frente a los laboristas en las elecciones de julio de 1945 (de hecho, el líder laborista, Clement Attlee, sustituyó a Churchill en la fase final de la conferencia de Potsdam).

El libro es, en conclusión, muy recomendable. Cuenta, por enésima vez, “lo mismo” (la II Guerra Mundial [5]), pero lo hace desde una óptica interesante, que permite aportar datos nuevos o revisitar los ya archiconocidos. Subyace constantemente una especie de melancolía por las insuficiencias de Gran Bretaña, su constante incapacidad para hacer frente a sus compromisos y, en fin, su decadencia. Gran Bretaña lideró la lucha contra el archienemigo tradicional (Alemania), en circunstancias muy difíciles, y cuando al final tuvo éxito no fue gracias a sus recursos propios e iniciativas en solitario, sino como mera comparsa de otros. Y, además, para encontrarse en un mundo muy distinto del de la década de los años 30. Un mundo en el que Gran Bretaña (y los europeos) pintaban mucho menos que antes.