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ISIS en LPD (I): los fundamentos socioeconómicos

No quiero adoptar ninguna actitud de superioridad, pero les pido a todos aquellos que tengan algún conocimiento de la Historia que se enfrenten cara a cara con los problemas que se le plantean a un estadista británico cuando está en una posición de supremacía sobre grandes razas como la de Egipto y las de los países de Oriente. Nosotros conocemos la civilización egipcia mejor que la de cualquier otro país. La conocemos desde sus inicios, de una manera más íntima, sabemos mucho sobre ella […]

 Las naciones occidentales desde el  momento en que aparecen en la historia dan testimonio de su capacidad de autogobierno, que tienen por méritos propios.  Pueden ustedes revisar la historia completa de los orientales, de las regiones que de una manera general denominamos Este y nunca encontrarán rastros de autogobierno. Todas sus grandes contribuciones a la civilización […] se realizaron bajo un gobierno absoluto. 

Esta es la realidad; no es una cuestión de superioridad o inferioridad. Supongo que un verdadero sabio oriental diría que la labor de gobernar que nos hemos propuesto en Egipto, y en cualquier otro lugar, no es digna de un filósofo, es la tarea sucia e inferior de hacer lo que es necesario hacer.

Arthur Balfour, discurso ante la Cámara de los Comunes, 1910.

Corría 1910 y ya estaba por terminarse -aunque los ilustres diputados de los Commons no lo sabían- la época eduardiana, pues aquél año había de morir Eduardo VII, el Pacificador, hijo y heredero de la Reina y Emperatriz Victoria. Aún faltaban cuatro años para el estallido de la Gran Guerra, que entonces era inimaginable: el progreso tecnológico -el aeroplano, el automóvil, la tercera oleada de Revolución Industrial- y los avances sociales conseguidos por el movimiento obrero empujaban a Gran Bretaña, como al resto de Europa, a un lento progreso convergente dónde la paz y el entendimiento parecían el único horizonte posible. Por entonces, Londres era el centro financiero del mundo, Gran Bretaña dominaba la sexta parte del globo y había salido victoriosa sólo unos años antes de la Segunda Guerra de los Boérs, que había amenazado su posición en Sudáfrica. En aquella balsa de aceite, un día cualquiera surge un debate parlamentario marginal: J.M Robertson, un diputado raso del noreste, pregunta cuánto cuesta mantener a Gran Bretaña en Egipto, y si realmente todo ello resulta rentable para los intereses del país.

Lord Arthur James Balfour se siente interpelado y decide responder. Por aquél entonces sólo portavoz de la oposición torie a un gobierno liberal, Balfour lo había sido prácticamente todo: Ministro del Tesoro, de Educación, para Irlanda, de Asuntos Exteriores, Portavoz de la Cámara y finalmente Primer Ministro. En el transcurso de su carrera política, que empieza en 1876, el mismo año que Victoria es proclamada emperatriz de la India, Balfour asiste al congreso de Berlín a propósito de los Balcanes, participa en las negociaciones en el Transvaal que conducen a la Guerra de los Boérs, vive de cerca el incidente de Fashoda que está a punto de costar una guerra con Francia y la guerra contra el Mahdi (autoproclamado sucesor de Mahoma) en el Sudán. Pero es su experiencia en la gobernación de Egipto y su hondo interés por el particular lo que le hace reaccionar y defender con tanta vehemencia el papel redentor de Gran Bretaña en el valle del Nilo.

La pregunta de J.M. Robertson no es baladí. En 1910 existe un fuerte malestar entre los oficiales del ejército egipcio por la ocupación británica: Gran Bretaña controla de facto el país, convirtiendo al sultán en un gobernante títere y subsidiario, desde 22 años atrás. En 1882, Ahmed Urabi, coronel del ejército egipcio, popular por su ideario nacionalista y bien conectado con los intelectuales de la universidad Al Azhar de El Cairo, la más grande del mundo árabe, había liderado una revuelta contra el khedive o virrey Tewfik Pashá, teóricamente dependiente de Istanbul pero en la práctica una marioneta de los británicos y franceses. Tawfik Pashá cedió y Urabi fue elegido Ministro de la Guerra por un nuevo parlamento dónde los nacionalistas tenían una representación importante: el nuevo gobierno planteaba en su programa aspectos como acabar con la dependencia económica frente al exterior, el control de infraestructuras estratégicas -como el Canal de Suez-  y ¡oh sorpresa! reestructurar o impagar la inmensa deuda externa contraída por Mohamed Alí e Ismail Pashá, los anteriores jedives, para sus grandes programas de obras, modernización y gasto corriente.

Una de las primeras preguntas parlamentarias del joven Balfour fue, en el mismo 1882, plantear al Ministro del Tesoro si, ante el riesgo de impago, era posible cargar al Imperio Otomano, de forma subsidiaria y como responsable último, la deuda contraída por el gobierno egipcio.  En ésas mismas sesiones se planteó el riesgo de bloqueo del Canal de Suez y lo que ello habría supuesto para el comercio con la India; finalmente los disturbios de Alejandría contra comerciantes, empresarios y funcionarios europeos forzaron al gobierno de Gladstone a actuar. Primero se bombardeó la ciudad, y finalmente se ocupó completamente el país, con escasa resistencia de entidad. Egipto, que desde la expedición de Napoleón se había abierto paulatinamente al comercio europeo en pos de su modernización económica, era ahora una economía enteramente dependiente de Europa, a través del monocultivo del algodón y la amplia penetración de bancos y aseguradoras británicos y franceses. Además de las obras públicas, la gestión del jedive había estado jalonada de gastos caros:  como ejemplo, el Palacio de la Ópera de El Cairo, donde Giuseppe Verdi estrenara su ópera Aída en la Navidad de 1871, escrita a modo celebración de la apertura del Canal de Suez dos años antes.

Balfour sigue “Si nuestra misión es gobernarlos, tanto si nos lo agradecen como si no, tanto si recuerdan auténtica y verdaderamente todas las pérdidas de las que les hemos librado como si no, y aunque no se imaginen todos los beneficios que les hemos proporcionado; si ese es nuestro deber, ¿cómo debemos llevarlo a cabo? Inglaterra exporta lo mejor que tiene a estos países”.  Efectivamente, tanto si hablaba en sentido literal como figurado, las exportaciones británicas a Egipto en 1910 equivalían a las que realizaba al resto de África entera. Un país ocupado, endeudado, dependiente del exterior y con una balanza comercial desastrosa. Pero Balfour no necesitaba aportar ninguna cifra o estadística fehaciente: apelaba al sentido común de sus interlocutores, el conocimiento de Occidente sobre Oriente -signifique lo que signifique Oriente- es poder, y un gran poder conlleva una gran responsabilidad.

Mientras tanto, en los círculos de oficiales del ejército crecía el resentimiento y se perpetuaba con las generaciones y nuevas promociones -no en vano eran el único cuerpo funcionarial de élite de extracción mesocrática y popular con acceso a estudios superiores. Al Urabi había dejado una semilla duradera, pero después de los éxitos británicos en Sudán, Sudáfrica y después en la Primera Guerra Mundial, los oficiales consideraron que atacar frontalmente a las fuerzas de ocupación británica era un suicidio, y decidieron esperar mejores oportunidades. Ésta no llegaría hasta 1952 -otra vez de la mano de un Coronel, Gamel Abdel Nasser. A través de Anuar Sadat, Hosni Mubarak y finalmente Al Sissi, la tradición llega hasta hoy: los militares son quienes gobiernan de facto el país desde la salida de los británicos. Los Iraq y Siria baazistas, la Libia de Gaddafi o la Argelia del FLN -el caso más extremo, dónde el ejército controla casi todoa la economía del país- son ejemplos en la misma línea.

El monocultivo del sector primario y el uso intensivo de los recursos naturales -en particular hidrocarburos- y una alta dependencia de la tecnología, por tanto inversión y créditos del exterior, han caracterizado a estos gobiernos desde su ascenso. El baile geopolítico -en esencia, entre Rusia, los Estados Unidos y ahora China- y el poderío de la OPEP -en particular las petromonarquías del Golfo e Irán- han permitido cierta cintura a éstos gobiernos. Pero la dependencia sigue siendo flagrante: un país como Egipto, que no dispone de hidrocarburos, depende en gran medida de grandes créditos de bancos extranjeros -como el Banco Islámico de Desarrollo, la inversión directa norteamericana en tecnología militar -más de 3000 millones de dólares al año- además de las divisas turísticas.

El tejido social y productivo egipcio de principios del siglo XX tenía, pues, motivos para sentirse traicionado. Por una parte, sujeto a los precios abusivos y condiciones de las compañías occidentales en un mercado abierto y fluctuante, que dificultaban la supervivencia en un país fundamentalmente agrícola y crecientemente superpoblado; por otra el gobierno efectivo a todas las escalas de funcionarios y ejecutivos extranjeros, que ocupaban los puestos clave y respetaban escasamente la cultura de los autóctonos “incapaces de autogobernarse” en términos de Balfour. Finalmente, decepcionado por su clase dirigente, incluidos sus militares, que se mostraba sumisa y temerosa de enfrentarse a la potencia colonial, si no directamente connivente con ella.

La Hermandad Musulmana, formada en la ciudad egipcia de Ismailiya en 1928, nacía con el objetivo de construir una sociedad sobre los valores islámicos en una sociedad que parecía estar perdiendo sus raíces ante el liberalismo y la ocupación británica.  Ismailiya, situada en medio del canal de Suez, en una región entonces prácticamente gobernada por la compañía, ésta pérdida de valores y costumbres parecía una realidad más palpable. Crecida en un entorno no democrático y de profunda desconfianza hacia las instituciones, la Hermandad se esforzaría en desarrollar su propia red de bienestar -educación, atención sanitaria, bibliotecas y hasta un holding empresarial capaz de proporcionar empleos directos.  El movimiento puramente político creció a partir de esta red, configurándose como muy resiliente al cambio y capaz de soportar altos niveles de represión. Como movimiento antiliberal y ambivalente respecto al Estado presenta similitudes con el carlismo español a principios del siglo XX, el anarquismo de la CNT en los 30, o la Democracia Cristiana en Italia, Holanda o Bélgica.

Con los años, el papel primordial de El Cairo -junto con Beirut- de capital cultural de los árabes, el peso poblacional de Egipto y su influencia exterior extendió rápidamente la matriz del partido por todo el mundo árabe en forma de franquicia. Cada partido de la Hermandad Musulmana se adhiere en virtud de un programa ideológico más o menos vago que esconde prácticas políticas muy distintas: la lucha armada en Yemen, la clandestinidad en Siria o Arabia Saudí, la participación parlamentaria crítica en Kuwait o Jordania, el apoyo a gobiernos en Sudán o Argelia, y el ejercicio del gobierno en Marruecos, Egipto -hasta el golpe de estado- o Túnez, que por estar inmerso en un proceso constituyente abierto desde 2011, seguramente es el caso más interesante de los que hay en curso.

Aunque en la mayoría de estos países la red tejida por los islamistas no ha sido ni de lejos tan densa como en Egipto, no sería posible entender el predicamento del islamismo sin este caldo de cultivo social que trasciende a los estados, mayoritariamente débiles: el FIS en Argelia, Hezbolá en el Líbano y las escuelas coránicas en el sur chíita de Iraq presentan una tipología muy similar a la de la Hermandad, y mantienen este carácter antiliberal y escéptico con el Estado-nación, en buena parte arbitrario y producto de los Tratados Internacionales.. En cierta manera presentan similitudes con Latinoamérica, donde los estados hijos de los procesos de emancipación del XIX han sido, en buena parte a causa de su dependencia exterior, en aquél caso de los Estados Unidos, débiles para desarrollar su Estado de Bienestar y hasta para mantener el monopolio de la violencia.

Éste mismo tipo de red, muy relacionado con los imanes y las mezquitas, es el que ha permeado con éxito en Europa, sobretodo en áreas dónde el Estado de Bienestar se ha retirado o quizá no ha llegado a echar raíces nunca: hablamos en particular de los suburbios franceses o británicos. Lejos de las explicaciones culturalistas sobre el gran número de yihadistas occidentales que se han encontrado en Iraq, Afganistán o Chechenia, acostumbran a abundar perfiles de clase media y segunda generación que se han socializado en éstas redes de afinidad y solidaridad. Más que odio a Occidente en un sentido abstracto, como gusta vender a los medios, nos encontramos con el reverso del ascenso de la ultraderecha entre los jóvenes descendientes de autóctonos y antiguos obreros, más relacionado con la crisis del Estado de Bienestar y el modelo de representación que con una genuina identificación ideológica.

Aún así, y como el análisis en clave social y de desigualdad está proscrito de los marcos de análisis occidentales, han proliferado las visiones culturalistas como la que propugnó Samuel P. Huntington en los 90, la “Teoría del choque de civilizaciones” según la cuál nos hallamos ante una perspectiva de choque cultural tectónico e inevitable, no sólo con el islam (una categoría que abarca desde Marruecos a Indonesia) sino también con Rusia, China, Sudamérica o la India; una teoría que se parece mucho al planteamiento falangista de la España católica y cruzada que César Vidal se encargó de refreír la pasada década bajo el nombre de España contra el islam.

El relato que presenta al islamismo como una consecuencia del atraso secular del mundo árabe e islámico, un fenómeno aislado y estanco de una sociedad o civilización distinta, ignora -a veces deliberadamente- todas éstas cuestiones, y hasta qué punto el caldo de cultivo del islamismo moderado, el radical y el yihadismo tienen unas pautas socioeconómicas aprehensibles. La unificación cultural y simbólica del mundo árabe a través de Internet y la televisión por satélite es uno de estos ejemplos: el Islam atraviesa una globalización económica y cultural que a su vez pone su foco en lo ultralocal, aquello de think global, act local aplicado a sus propias coordenadas.

Aún con todo ello, es sorprendente que ante la exhibición de barbarie de ISIS, el grueso de la intelectualidad occidental tire de islamofobia y no haga ningún esfuerzo por aproximarse a su cultura política; sólo destaque el aspecto de la condición de periodistas de los dos decapitados -sin conceder apenas importancia al grueso de muertes locales, violaciones, destrucción de patrimonio- y tampoco al carácter eminentemente propagandístico y viral que tienen estos actos. Que el califato del IS o los ayatolás de Irán dispongan de twitter y respondan a preguntas del público en la más pura línea de coach postmoderno nos debería hacer plantear si nos hallamos delante de casos de retraso atávico o de rabiosa modernidad.

PS: Siempre quedan cosas en el tintero: en el próximo capítulo ISIS en LPD (II): líneas en la arena nuestro amigo Arthur Balfour recuperará su cartera de Ministro de Exteriores y prometerá a los judíos un hogar nacional en Palestina; y con sus amigos Clemenceau, Sykes, Picot, Allenby y T.E. Lawrence dibujarán unas simpáticas líneas en la arena que dejarán Oriente Medio hecho un patchwork, amén de recordar como le robaron la cartera al emperador Heraclio y a los Estados Cruzados de Oriente. Les esperamos.