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Balanzas fiscales estivales para españoles

Con esto de que se acerca el mes de agosto, que es siempre la temporada de sacar la basura en política española (ya sea la producida por Bárcenas [1], ya la generada por esas cuentas andorranas de Pujol que aparecen de repente ahora que dicen que se ha hecho independentista tras 35 añitos de nada [2]), el gobierno del Reino ha tenido a bien publicar las conocidas como balanzas fiscales, que ahora se llaman “Sistema de cuentas públicas territorializadas” [3], para disfrute del populacho (tienen en esta web [4]del Ministerio de la Hacienda del Reino [4], bastante apañada, toda la información oficial [4]).

Explicación de la falla a partir de una infografía de El País, mucho mejor que la del propio Ministerio a efectos de visualizar los datos: http://elpais.com/elpais/2014/07/23/media/1406145100_135175.html

La publicación de los datos ha generado la inevitable polémica, pues Madrid se considera muy perjudicada por tener que sacrificarse dando soporte con el sudor de la frente de todos los madrileños a todos los Ministerios y organismos públicos, Barajas, el Instituto Oceanográfico Nacional, la sede de Puertos del Estado y añadiendo a ello la carga de soportar infraestructuras que pasan por su territorio tan onerosas como el corredor mediterráneo para canalizar las mercancías que llegan por mar a la península y enviarlas a Europa; los catalanes por su parte dicen que hay tongo y que a ellos les salen otras cifras mientras la prensa les acusa de troleros y dicen que la tienen mas corta que los de la capital; vascos y navarros silban mirando al techo; y en el País Valenciano las cosas se ponen muy calientes (o todo lo calientes que se pueden poner allí) ante la enésima constatación de que algo va muy mal [5] pero en esta ocasión con tintes verbeneros más en consonancia con la feria en que se ha convertido esa región, aportados por los empresarios locales, que amenazan con abandonar a los fiables gestores del PP valenciano [6] para pactar con el PSOE de allí, con los nacionalistas radicales de Compromís e incluso con montar un partido de empresarios por la juerga cementera para amenazar con una posible independencia lograda por la vía de ser expulsados de España a la vista de la impresentabilidad de sus representantes. De modo que, ante tal disparidad de enfoques, LPD servicio público va a tratar de dejar claro qué se ha de leer y extraer en rigor de esas cuentas y a ver si así zanjamos de una vez esta discusión, que tenemos que hacerlo todo siempre nosotros, desde explicar al mundo de qué iba lo de la primavera árabe en Túnez gracias a nuestro gran conocimiento del terreno [7] a dar consejos sobre marxismo aplicado al ligue avalados por los éxitos que tan a la vista están [8], como darse una vuelta por los comentarios de cualquier artículo publicado en LPD en los últimos 15 años pone de manifiesto.

Esto de las balanzas fiscales, como es sabido, es un poco de lío. En primer lugar, porque a diferencia de lo que pasa en los países de nuestro entorno con un modelo de reparto territorial del poder equiparable [9], aquí ha habido muy poca costumbre de publicar estos datos, ya sea en bruto, ya mínimamente elaborados, por lo que estamos poco acostumbrados. Además, tienen números y eso, lo que en un país con un legendario orgullo anumérico para todo lo que requiera operaciones que vayan más allá de sumar resultados de partidos de fútbol genera problemas adicionales (el 1-7 de Alemania a Brasil está en el límite de lo que el debate público español es capaz de asumir en complejidad matemática). Además, ideológicamente, se nos ha explicado siempre que las balanzas esas son malas y crean división entre la buena gente de bien. La idea era que como “los impuestos los pagan los ciudadanos y no los territorios” no había que dar información sobre lo que aportaba y recibía cada territorio (sin que por ello se extrajera, paradójicamente, la conclusión de que sí se debía dar la información de los ciudadanos, como pasa en algunos países nórdicos o incluso en algunas fases se ha hecho en la Italia del mismísimo Berlusconi, pero es que aquí también se asume que eso de saber si los ricos pagan o no impuestos generaría tensiones horribles entre las buenas gentes de bien) aunque lo que reciben los ciudadanos, a diferencia de lo que aportan, sí depende (y bastante) de asignaciones regionales de recursos. Como los catalanes tienen la obsesión de que pagan mucho para lo que es el estándar de solidaridad habitual en Europa (se fijan especialmente en Alemania, que ha reformado muchas veces la Constitución sobre este tema para ir ajustando lo mejor posible las cosas), pedían los datos con insistencia y finalmente el Gobierno de Rodríguez Zapatero publicó las famosas balanzas fiscales de 2005 [10] aplicando los diversos métodos de cálculo que suelen ser empleados para estas cosas. Mientras tanto, y en los años anteriores, el debate estatutario catalán ya había generado, como se recordará, la famosa discusión sobre la regla de la “ordinalidad” (muy querida a los catalanes, que la trataron de importar precisamente desde Alemania, donde fue introducida en una de sus reformas constitucionales sobre el tema) consistente en que los flujos de solidaridad territorial no pueden ir más allá de una situación en la que quien más aporta acabe recibiendo menos que quien menos aporta (si uno aporta 120, otro 100 y otro 80 el límite de la solidaridad quedaría en que al final de la historia recibieran, sin alterarse pues el orden previo, respectivamente, 101, 100 y 99). La idea subyacente a esta medida es que, al igual que pasa con las personas cuando tributamos (cada uno de ustedes es libre de entender apropiado o no este paralelismo), no es justo que después de aportar quedemos en peor condición que el que menos ganaba y además que así sea desincentiva el esfuerzo personal. El caso, en fin, es que desde entonces el gobierno español no había publicado balanzas fiscales oficiales, aunque el catalán si lo ha venido haciendo anualmente (presentando los diversos cálculos alternativos según los criterios que se empleen para asignar territorialmente ciertos gastos, como por lo demás es práctica común por ahí, al parecer).

El Gobierno de Mariano Rajoy, que es más innovador en todo de lo que parece, decidió cambiar este estado de cosas pero de modo ambicioso y en lugar de no publicar las balanzas fiscales de marras optó por modificar su cálculo y presentación y ya puestos revolucionar la ciencia económica mundial. Además de cambiar el nombre al invento, nombró a unos expertos en la materia (capitaneados por Ángel de la Fuente) que se han montado un sistema de cálculo propio, diferente a los que se aplican por ahí (más completo y matizado, alegan). La intención del Gobierno era exhibir que los cálculos demostrarían, si se hacían bien y no como en el pérfido extranjero, que aquí todo funcionaba perfectamente y de acuerdo con el orden natural de las cosas (si descontamos el maltrato a Madrid, como es obvio, pero es sabido también que en el orden natural de las cosas también entra que Madrid se sacrifique por el resto de los españoles). Por si están interesados, tienen una explicación bastante asequible del planteamiento a partir del cual explica De la Fuente cómo calculan las balanzas (y algunas de las correcciones al método tradicional que introducen) y qué resultados más o menos le salen (en un artículo publicado en la revista  [11]El Cronista [11] que es muy interesante).

Como se puede ver en el gráfico, si cambiamos la metodología para calcular el tema y superponemos los números que nos salen entonces a los de otros países calculados con las metodologías que hemos rechazado no hay problema alguno: ¡España está en la norma! (bueno, para eso no han de aparecer, al parecer, ni Alemania ni Austria y eso, pero vamos, la idea se pilla, ¿no? (el gráfico está extraído de De la Fuente, “Las balanzas fiscales: una breve introducción”, El Cronista, nº 42

Tras la publicación oficial el propio De la Fuente se ha encargado de señalar que, en efecto, lo que el mismísimo Mariano Rajoy intuía es cierto. ¡En España no pasa nada grave ni anómalo, todo está bastante bien! Si algunos aparentemente pagan más eso es, sencillamente, porque son más ricos y es justo que así sea [12]. En su caso, habría que ajustar, dicen De la Fuente y los comentaristas que han abrazado esta línea, pequeñas cositas que tienen que ver con eso de que unas Comunidades Autónomas reciban mucho más que otras para prestar los mismos servicios y que, vale, sí, hay que reconocer que no es está muy bonito. Pero a su juicio son temas menores y no estructurales. Con un retoque aquí y allá del concierto vasco y el convenio navarro que haga que no puedan llegar a recibir el doble de dinero per capita que algunos territorios para prestar servicios como la sanidad o la educación, ajustando las anomalías de algunos sitios que pagan muy pocos impuestos (básicamente, los enclaves imperiales de Canarias, Ceuta y Melilla, donde se tiene a la población contenta y adherida emocionalmente a España por la vía de hacerles pagar muy poco) y viendo a ver qué pasa con esos mediterráneos que son los únicos que aportan a la solidaridad general (junto a Madrid, vale, pero ya sabemos que Madrid va al margen porque su innata generosidad es un elemento de base de toda ecuación en este tema) para luego recibir menos que nadie para pagar servicios públicos (Baleares, Valencia, Murcia) incluso en el caso, escandaloso y absolutamente único en Europa, del País Valenciano (que ha de aportar un pastizal en solidaridad… a regiones mucho más ricas que la propia valenciana, caso de extracción de riqueza de modelo colonial que De la Fuente ha comentado a la prensa regional de la zona que no le parece tampoco para tanto y que si los valencianos se han tenido que endeudar para pagar sanidad y educación que será problema suyo y que muy mal que se gasten su dinero en quemar fallas, circuitos de fórmula 1 o ciudades de las artes y las ciencias [13]) todo arreglado.

En resumen, y en aras a entendernos todos y quedar como amigos, ¿qué panorama nos queda? Pues asumiendo tanto la metodología de De la Fuente y de la Hacienda del Reino (es decir, tomando sus números) como las ideas expresadas también por ellos de lo que sería un buen sistema (aquel en el que, aunque no necesariamente con ordinalidad, y pudiendo quedar matizada por otros factores como envejecimiento o dispersión de la población, la idea es que para los mismos servicios -ojo que muchas veces se calcula lo que reciben algunas CCAA sin tener en cuenta que hay diferencias en el nivel de competencias de unas y otras- y esencialmente para los más básicos y que son esenciales para la igualdad de los ciudadanos de un país -sanidad, educación, servicios sociales- dado que están tributando más o menos lo mismo y deben ser tratando con cierta equidad, debería recibirse más o menos la misma financiación per capita), ¿nos sale un sistema que funciona bien o que funciona mal? Y, sobre todo, esos desajustes, sean grandes o pequeños, ¿tienen fácil o difícil arreglo? Pues, en contra de lo que sostiene De la Fuente, el tema es bastante grave (que se lo digan a los valencianos, baleares o murcianos) y tiene difícil arreglo (que se lo digan a los catalanes, que para lograr medio arreglar lo suyo han tenido que poner el país patas arriba desde hace década y media).

España, a efectos de balanzas, cuentas públicas territorializadas o financiación autonómica, como lo quieran ver desde distintas perspectivas, se divide a día de hoy en:

– Los dos Conciertos: Euskadi y, de rondón, Navarra, consiguieron en la Transición blandir su especificidad foral y otros factores (en parte, de nombre Euskadi ta Askatasuna) así como ciertas pocas ganas de formar parte de España de parte de su población (lo que no concurría tanto en Navarra) para mantener el régimen fiscal privilegiado que las provincias leales al Caudillo (Navarra, Álava) habían conservado ya tras 1939 y además extenderlo a Guipúzcoa y Vizcaya. El concierto y el convenio, como es sabido, funcionan con las Haciendas forales recaudando y gestionando y entregando luego un cupo a la Hacienda del Reino para pagar los servicios que desde el Estado se prestan en esos territorios o los servicios colectivos de que se benefician Euskadi y Navarra, así como una cuota de solidaridad que debería ser importante pues ambas son CCAA con rentas per capita entre las más elevadas de España.  Sin embargo, y a pesar de que este modelo podría no generar, pues, grandes distorsiones, el resultado es que ambas Comunidades tienen una financiación autonómica para prestar sus servicios que dobla la de muchas regiones españolas. Es decir, que parece que en la práctica no está del todo ajustado. Hablando de ajustes, por cierto, y dado que el cupo se calcula asignando por parte del Estado un valor a los servicios generales que presta éste que repercuten en los ciudadanos de estos territorios (por ejemplo, defensa o servicios diplomáticos), De la Fuente debería explicar cómo es posible que su cuantificación de los beneficios que obtenemos los ciudadanos de estos servicios no coincida con la que oficialmente determina la Hacienda del Reino cuando conviene el cupo con las haciendas forales. El caso es que, se quiera o no, el desequilibrio está ahí. Y parece que no es sencillo de modular o arreglar, pues años llevamos con el tema y no parece que mejore.

– El tercer y gran Concierto: Vinculado a este “problemilla” técnico de cuantificar lo que suponen todos esos servicios para el resto de españoles está el tema de lo que podríamos denominar el “Concierto del Gran Madrid”, consistente en imputar rentas a esa Comunidad originadas en toda España (hola, impuesto de sociedades de las compañías con sede en la capital, con especial mención a los antiguos monopolios públicos) que inflan lo que teóricamente aportan los madrileños de manera artificial, más las rentas derivadas de tener ahí todo el aparataje institucional de la capital del estado, más una dotación infraestructural brutal e incluso una dotación en equipamientos culturales que dan servicio en teoría a toda España que harían avergonzarse a los mismos parisinos. Como justo correlato, además, los beneficios de todas estas instalaciones se distribuyen entre todos. Así, como valenciano, parte del gasto estatal en el museo del Prado se entiende que se hace en mi beneficio, o las subvenciones a los teatros de la ópera allí radicados y diversas cosas como las orquestas y coros de entes como RTVE (que, por supuesto, también hay que imputar a todos los españoles al menos en parte porque, como es obvio, nos dan servicio a todos y hasta se retransmiten esos conciertos para que los no capitalinos los veamos). Madrid, a cambio de padecer las desventajas de dar servicios al resto de España como el aeropuerto de Barajas (el tercero más caro del mundo, en un listado donde todo el top 10 son dictaduras autoritarias y centralistas, menos nuestro caso, claro), tiene que ver cómo se conciertan ciertas cosas, en forma de AVEs o autopistas radiales que se computan en parte como gasto público para todos los españoles, para que se le compense el sacrificio.  De nuevo, guste o no guste, se entienda justificado o no este Conciertazo, el caso es que está estructuralmente enhebrado con la realidad española. No es fácil empezar a descentralizar cierto gasto en infraestructuras o instituciones como si fuéramos europeos, incluso franceses, para dejar de perjudicar a los madrileños con tantos Tribunales Constitucionales, candidaturas olímpicas o corredores ferroviarios de mercancías para conectar los puertos mediterráneos que se dirigen desde la capital. No es algo que se pueda hacer así como así una vez está la paraeta montada. De modo que, guste o no guste (a De la Fuente no le desagrada demasiado esta realidad, no la ve problemática), esto tampoco será fácil de cambiar o siquiera modular.

– La España que paga menos impuestos para que la patria rente más que Marruecos: Un tercer ámbito es el conformado por Canarias y Ceuta y Melilla, que como son pequeñitas y al parecer tienen un valor militar estratégico pasan inadvertidas en esto de que no aporten nada y chupen mucho. Son regiones ultraperiféricas, que se dice, una de ellas y luego dos ciudades que tarde o temprano tiene mucha pinta de que serán marroquíes también en cuanto a su sujeción política. Mientras tanto, y para evitar que puedan tener sus habitantes tentaciones de confraternizar en exceso con sus vecinos, tienen un trato final beneficioso que el resto del Reino asume como consecuencia de los gastos inherentes a guardar y cuidar las joyas imperiales de la abuelita. De nuevo, importantes diferencias en trato a los ciudadanos se deducen de esta situación. De nuevo, no parece que vaya a ser sencillo cambiar esto en el futuro… excepto si media invasión marroquí, claro.

– La España occidental: A la vista de los números, parece que el sistema de financiación funciona relativamente bien en Galicia, Asturias, Cantabria, Rioja, Aragón, las dos Castillas, Extremadura y Andalucía. Si España lo fuera sólo estas CCAA y viéramos sus datos tendríamos la imagen de un país muy homogéneo e igualitario donde las transferencias de rentas producen que más o menos se cuente con unas cantidades semejantes para prestar servicios. Territorios con ciertas disparidades en renta que han ido convergiendo y han podido irse dotando de servicios públicos. Mirando a esta parte del mapa, pues, no parece haber demasiados problemas, confirmando lo que sostiene De la Fuente. El problema, claro, es que además del Gran Madrid y la España occidental, aunque haya que fijarse mucho desde la Castellana, hay más regiones por ahí, donde vive gente y todo (ya que los territorios no importan, hay que asumir que los españoles que viven allí, que son algunos millones, sí deberían ser tenidos algo en cuenta más allá de para que sirva cubatas a extranjeros para lograr equilibrar la balanza de pagos o a madrileños que van allí unos días al año a hacer bromas con lo paletos que son esos tipos que ni estudian ni nada y están ahí dedicados a ayudar a gestionar, los muy idiotas, lo poco que España puede vender en el extranjero).

– La España oriental: Y es que, por las razones que sea, en cambio, si se añade la España oriental al mapa mental de lo que es este país la cosa cambia radicalmente. De funcionar medio bien el sistema el tema pasa a ser desastroso. Hay quien señala una secular e histórica marginación de estos territorios a efectos fiscales ya desde la Unión dinámica [14] o quien incide en su acentuamiento tras la Guerra de Sucesión. Hay quien menciona cuestiones políticas más recientes. Pero sea una la razón del manifiesto desajuste u otra, el caso es que un sistema que, asumiendo los tres conciertos y la herencia imperial, podía parecer más o menos coherente, se antoja como disparatado al meter en el análisis lo que ocurre con el eje mediterráneo (en este caso, nos referimos al Mediterráneo que los paletos de provincias tenemos por tal, lo que tiene olas y sal y eso, y no a lo que los gobiernos españoles dicen que es el mediterráneo cuando piden pasta para hacer obras allí a la UE, en cuyo caso pasa por Alcázar de Sanjuán, Aranjuez, Atocha y Calatayud). Conciertos al margen, a De la Fuente le sale que sólo contribuyen a la solidaridad Cataluña, Baleares y el País Valenciano (en otros modelos se suma a esta lista también Murcia). A partir de sus propios cálculos, a De la Fuente le sale que los déficits de financiación autonómica de Murcia y de nuevo Baleares y País Valenciano son escandalosos. Cataluña, mientras tanto, ha logrado más o menos llegar a la media (aunque se discute a veces qué ocurre si el cálculo tiene en cuenta las competencias efectivamente ejercidas por cada autonomía) tras años de reivindicaciones, estatutos, revisiones del modelo de financiación supuestamente extraídas a cambio del apoyo a los gobiernos con la única idea de beneficiar brutalmente a los catalanes… y de generar con ello unas enormes tensiones que aún estamos viviendo. Para rematar, tanto Murcia (aporte o no aporte) como sobre todo Valencia (que sí aporta) padecen esta ridícula financiación autonómica, año tras año, a pesar de ser territorios con un PIB per capita sensiblemente inferior a la media estatal (en torno al 90% de esa media), lo que agrava si cabe el problema. Un problema que, por mucho que “no paguen los territorios sino las personas” luego sí sufren las personas. Porque los valencianos o murcianos o baleares, paguen mucho o poco por renta (esto es, también los que pagan poco, y hay muchos de ellos ahí, como muestran las cifras) luego reciben unos servicios de mierda en comparación a los del resto del país porque no les llega dinero como a los del resto del país. ¿Alguien lo entiende? Ni siquiera el propio De la Fuente demasiado bien, pero se muestra optimista y dice que esto se podría cambiar fácilmente. Viendo lo fácil que ha sido para los catalanes ir equilibrando lo suyo y mirando las entrañas del modelo, la verdad, cuesta imaginar cómo. Más que nada porque todo esto, para más inri, viene de la manera en que se hicieron las transferencias en su día, calculando el coste efectivo que dedicaba el estado a prestar esos servicios en cada CCAA a medida que transfería. En eso está basado el modelo, en dar por buena la manera en que entendía el Glorioso Caudillo la solidaridad. Y en las tripas del actual reparto está ese esquema aún. Ya me dirán cómo lo arreglamos “fácilmente” con “un par de retoques”.

Porque, explicado de forma breve, lo que pasa aquí es sencillamente que las zonas de España que ya con Franco tenían peores dotaciones y recibían menos recursos, gracias a cómo hemos montado el sistema (ese sistema que a De la Fuente le vale en general y juzga no demasiado malo ni problemático), han visto cómo se perpetuaba y ampliaba ese maltrato… dado que el actual modelo de financiación nace de esos cálculos de reparto y por ello condena a que se siga produciendo. Para que no sea así sólo se puede arreglar la cosa con un sistema totalmente nuevo, basado en principios de reparto equitativos por habitante (no necesariamente iguales, puede haber matizaciones justificadas), incluyan luego ordinalidad o no, absolutamente diferente a lo que de momento hay. No es, pues, en contra de lo que opina De la Fuente, una tarea sencilla la que espera a quien intente ponerse a cambiar el sistema para hacerlo más justo, sensato y razonable y no hay por ello muchas razones para ser optimistas. Un esfuerzo tan enorme, que generaría problemas sin cuento, total, para beneficiar a la Esapañ oriental esa que vive feliz en sus chiringuitos, ciclándose en los gimnasios y esas cosas, ¿de verdad vale la pena? Nada, nada, mejor unos ajustes de nada si no hay más remedio y que la cosa siga como siempre. Así que, con balanzas fiscales o cuentas públicas territorializadas, con unos mecanismos de análisis u otros, un sistema de cálculo español o europeo, con Cataluña en España o fuera, el problema va a seguir y, muy probablemente, a agravarse. Porque no tiene solución sencilla y por ello requiere, en primer lugar, ser consciente de que el problema es estructural y necesitaría, por esta razón, de un cambio muy profundo. No de una narcotizante propaganda en el sentido de que todo está bien… menos alguna cosa.