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Por qué fracasan los países – Daron Acemoglu y James A. Robinson

Daron Acemoglu, profesor de Economía en el Massachusetts Institute of Technology (MIT), y James A. Robinson [1], profesor de Ciencias Políticas en la Universidad de Harvard, quieren probarnos que su respuesta a la pregunta del título de su libro, Por qué fracasan los países (Why nations fail según el título original, traducido de forma que evita un término discutible y discutido) es la correcta. Para afirmarse en su respuesta y refutar otras hipótesis [2], los autores recurren a contar hechos históricos en muchas ocasiones. Al final algunas de las historias llegan a resultar un poco pesadas, por repetirse tanto como el pepino del gintonic de Pedro J., pero no les quito su valor divulgativo; y tienen el aliciente de ser narradas desde un punto de vista diferente del habitual en la grandiosa historia [3] contada en nuestras escuelas.

La respuesta de los autores a la pregunta parece muy simple y sensata, aunque seguro que los seguidores de postulados anticapitalistas tendrán mucho que criticarle, al menos en parte. Otra duda es si a partir de ahora, con la globalización, se va a poder aislar el éxito o fracaso solo en términos nacionales, cuando las relaciones económicas internacionales son mucho más complejas. Tampoco tengo claro si todas las naciones pueden ser «suficientemente» ricas a la vez, o  si la competencia de unas con otras va a generar que unas sean muy ricas y otras muy pobres. Finalmente, sus buenos deseos para el futuro de Egipto no parece que se estén cumpliendo.

Como el habitual lector de «La Página Definitiva» ya debería saber, el propósito de las reseñas de libros no es solamente comentar lo que nos parece el libro, sino también evitar que el lector tenga que comprar, ir a la biblioteca o descargar el libro para poder presumir en su bar de confianza de conocer al dedillo los detalles más jugosos (a falta de escabrosos) del mismo y que, de paso, pueda ampliar su vocabulario con términos como círculo vicioso, destrucción creativa o instituciones destructivas, que le vendrán fenomenal para replicar a su parroquiano marxista [4] cuando le hable de superestructuras o lúmpenes. En esta reseña debo señalar que he empleado con liberalidad la técnica de la intertextualidad [5] para dar una visión más fidedigna del libro con la que espero disimular mis más que escasos conocimientos económicos, pero en esta vida hay que ser atrevido [6].

La frontera entre México y EE.UU. separa a dos pueblos que se llaman Nogales, con grandes diferencias de riqueza y bienestar; sin embargo, su historia solo diverge desde hace menos de dos siglos (c) Wikipedia.

Para empezar, los autores analizan diferentes respuestas que se han dado a esta pregunta para rebatirlas. La primera hipótesis que descartan es la que argumenta que una nación fracasa o triunfa debido a que está en un lado del planeta o en el otro: el Imperio Azteca era mucho más rico que los cuatro indios que habitaban el actual territorio de EE.UU., mientras que hoy en día es al revés (aunque, cierto es, que ahora en EE.UU. solo quedan dos indios borrachos en las reservas).

Otra respuesta habitual es achacar la pobreza a causas culturales, como las danzas típicas, obras de teatro o idiomas del lugar. Esta respuesta está basada en los trabajos de Max Weber, que señalaban que la reforma protestante, y la ética que floreció a partir de ella, jugó un papel fundamental para que surgieran las modernas sociedades industriales en Europa occidental. Según esta hipótesis, África (aquí no indica si África comienza en los Pirineos o tras el Mediterráneo, aunque el contexto es clarificador) es pobre porque carece de ética del trabajo, lo mismo que los países de latinoamérica que sufren de la cultura «ibérica» o de «mañana» (tal cual: los anglófonos se inventan palabras como laser o robot mientras los hispanohablantes exportamos las palabras de siempre como «siesta» o «mañana»). Pero a los autores no les convence esta respuesta y proponen contraejemplos como Nogales y Corea. Nogales (Arizona, EE.UU) y Nogales (Sonara, México) se separaron en 1853, tras los primeros impulsos yanquis por exportar la democracia, y pese a que los habitantes a ambos lados de la raya son prácticamente los mismos que entonces, sin embargo su nivel de vida es muy diferente. Y lo mismo se puede decir de Corea: tanto los coreanos del norte como los del sur se reían con los mismos chistes hasta su separación tras la Guerra de Corea, después de la II Guerra Mundial. Pero ahora sus condiciones de vida son muy diferentes y a los coreanos del norte solo les hacen gracia los chistes que cuenta su magnífico y amado líder [7].

La otra hipótesis popular es que las naciones son pobres porque tienen gobernantes tontos que no saben cómo convertir sus países pobres en ricos. Pero no fue por no saber lo que hacía que el presidente mexicano Porfirio Díaz fomentara instituciones económicas que enriquecían a las élites, de las cuales él formaba parte, mientras los presidentes estadounidenses, como Theodore Roosevelt o Woodrow Wilson, hacían lo opuesto. El principal obstáculo, contrariamente a lo que piensan la mayoría de los economistas y responsables políticos occidentales, no es la ignorancia para adoptar políticas para reducir los fallos del mercado y promover el crecimiento económico, sino las restricciones impuestas por las instituciones políticas y económicas de sus sociedades.

Portada del libro

Por lo tanto, no son las reformas económicas las que producen incentivos para que después haya una revolución política, sino que son los cambios políticos los que determinan que se puedan llevar a cabo las reformas económicas. Y esta es precisamente la respuesta que defienden los autores: las naciones tienen distintos éxitos económicos porque tienen diferentes instituciones, reglas para influir sobre la economía e incentivos para motivar a la gente. Si se espera que los resultados del trabajo van a ser robados, expropiados o van a ir íntegramente para impuestos, habrá pocos incentivos para trabajar, por no decir el plantearse invertir o innovar.

Los autores mantienen que para que haya generación de riqueza hacen falta «instituciones económicas inclusivas» que aseguren los derechos de propiedad y las oportunidades económicas, no solo para la élite, sino también para una amplia porción de la sociedad. Además, es necesario un Estado que garantice la ley y el orden y suministre ciertos servicios públicos esenciales: la sociedad necesita una red de carreteras y de transportes para poder trasladar las mercancías, infraestructuras públicas para que pueda florecer la actividad económica, regulación básica para impedir el fraude y las malas conductas, etc. A pesar de que muchos de estos servicios públicos los pueden ofrecer los mercados y los particulares, el grado de coordinación necesario para hacerlo a gran escala suele ser exclusivo de una autoridad central. Es revelador el caso de Somalia, donde no existe una autoridad central que pueda dar yoyas a nadie. La sociedad está dividida en clanes profundamente antagónicos, que se dedican a darse yoyas entre ellos sin oficio ni beneficio. Esta distribución del poder, extremadamente plural, no conduce a instituciones inclusivas, sino al caos [8].

Las instituciones económicas inclusivas crean mercados inclusivos, que no solamente dan a las personas libertad para ejercer la profesión que mejor se adapte a su talento, sino que también proporcionan igualdad de condiciones que les den la oportunidad de hacerlo. Quienes tengan buenas ideas, serán capaces de crear empresas. L [9]os trabajadores tenderán a ejercer actividades en las que su productividad sea mayor y las empresas menos eficientes serán sustituidas por las más eficientes [10]. Las instituciones económicas inclusivas también allanan el camino para otros dos motores de prosperidad: la tecnología y la educación. El desarrollo económico sostenido casi siempre va acompañado de mejoras tecnológicas que permiten que las personas (mano de obra), las tierras [11] y el capital existente (edificios, maquinaria, etc.) pasen a ser más productivos.

Sin embargo, también existen «instituciones económicas extractivas» que tienen como objetivo extraer rentas y riqueza de un subconjunto de la sociedad para beneficiar a un subconjunto distinto, ejemplos de los que nuestra casta nos proporciona numerosas muestras [12]. El bajo nivel educativo [13] de los países pobres se debe a que las instituciones económicas no logran crear incentivos para que los padres eduquen a sus hijos, y a que las instituciones políticas no inducen al gobierno a construir, financiar y dar apoyo a las escuelas y a los deseos de los padres y sus hijos. El precio que pagan estos países por el bajo nivel educativo de su población y la falta de mercados inclusivos es elevado. No consiguen movilizar su talento incipiente.

La política acompaña a las instituciones por la sencilla razón de que, aunque las instituciones inclusivas pueden ser buenas para la prosperidad económica de un país, algunas personas o grupos, como la élite del Partido Comunista de Corea de Norte [14] o los propietarios de plantaciones de caña de azúcar de la Barbados colonial [15], estarán mucho mejor estableciendo instituciones que sean extractivas. Cuando hay conflictos sobre las instituciones, lo que suceda dependerá de qué personas o grupos ganen en el juego político: quién puede conseguir más apoyo [16], obtener recursos adicionales [17] y formar alianzas más efectivas [18]. En resumen, el ganador [19] depende de la distribución del poder político en la sociedad. Con instituciones políticas absolutistas como las de Corea del Norte y la América Latina de la época colonial, quienes ejerzan este poder serán capaces de establecer instituciones económicas para enriquecerse y aumentar su poder a costa de la sociedad. En cambio, las instituciones políticas que reparten el poder [20] ampliamente en la sociedad y lo limitan [21] son pluralistas. En lugar de concederlo a un individuo o a un pequeño grupo, el poder político reside en una amplia coalición o pluralidad de grupos.

Un factor que resaltan los autores es que el crecimiento económico y el cambio tecnológico están acompañados por lo que el gran economista Joseph Schumpeter denominó «destrucción creativa». Sustituyen lo viejo por lo nuevo [22]. El proceso de crecimiento económico y las instituciones inclusivas en las que se basan crean perdedores [23] y ganadores [24] en el escenario político y en el mercado económico. A menudo, el temor a la destrucción creativa tiene su origen en la oposición a instituciones políticas y económicas inclusivas, y más, me permito apuntar, cuando lo viejo a destruir es el propio medio de vida con el que se consigue pagar la hipoteca, el pan y hasta el lujo de una cocacola pepsi de vez en cuando. El crecimiento económico no es solamente un proceso de más y mejores máquinas, y de más y mejores personas con estudios, sino que también es un proceso transformador y desestabilizador asociado con una destrucción creativa generalizada [25]. Por lo tanto, el movimiento solamente avanza si no queda bloqueado por los perdedores económicos, que prevén que perderán sus privilegios económicos, y por los perdedores políticos, que temen que se erosione su poder político. Si los grupos que se oponen al crecimiento son los ganadores, pueden bloquear con éxito el desarrollo económico y la economía se estancará, como le ocurrió al Imperio Austro-Húngaro, que quedó fuera de la revolución industrial al impedir la aristocracia la formación de centros urbanos que menoscabaran su poder.

No existe ninguna razón por la que las instituciones políticas deban ser automáticamente pluralistas, centralizadas o inclusivas, resultando entonces en un nivel de bienestar mayor para los habitantes del país. Es el devenir circunstancial de la historia, en el que pequeñas diferencias provocan que dos países vayan por caminos muy diferentes.

Las instituciones extractivas son muy habituales en la historia y pueden generar cierta prosperidad limitada. Sin embargo, el desarrollo generado por las instituciones extractivas es muy distinto del que se crea bajo instituciones inclusivas. Lo más importante es que no es sostenible. Por su propia naturaleza, las instituciones extractivas no fomentan la destrucción creativa y generan, en el mejor de los casos, solamente una cantidad limitada de avance tecnológico. Por lo tanto, el desarrollo que crean dura mientras duran dichas instituciones. La experiencia soviética es un ejemplo claro de este límite. La Unión Soviética generó un crecimiento rápido, ya que pronto se puso al día de algunas de las tecnologías avanzadas del mundo y asignó recursos del muy ineficiente sector agrícola al sector industrial. Al final, los incentivos en todos los sectores, desde la agricultura hasta la industria, no pudieron estimular el avance tecnológico. Esto tuvo lugar solamente en algunos núcleos [26] en los que se dirigían los recursos y donde la innovación era fuertemente recompensada, debido a su papel en la competencia con Occidente. Sin embargo, el desarrollo soviético, a pesar de ser rápido, estaba condenado a durar poco [27], y ya perdía impulso en la década de los setenta. También los autores pronostican un fin del crecimiento de China si no es capaz de cambiar sus instituciones extractivas, ya que, como con la Unión Soviética, su crecimiento hasta ahora se ha basado en el paso de un ineficiente sector agrícola al sector industrial.

Las instituciones inclusivas crean un «círculo Pablemos virtuoso» que permite que perduren. Las instituciones inclusivas se basan en límites que se ponen al ejercicio del poder y en una distribución pluralista del poder político en la sociedad, consagrada en el Estado de derecho. La capacidad de un subconjunto de imponer su voluntad a los demás sin ningún límite, aunque esos otros sean ciudadanos ordinarios, amenaza precisamente ese equilibrio, y el sistema debe reaccionar para evitarlo si no quiere sucumbir. El círculo virtuoso surge también porque las instituciones políticas inclusivas tienden a apoyar a las instituciones económicas inclusivas. De esta forma, se tiende también a una distribución más igualitaria de la renta, lo que confiere poder a un segmento más amplio de la sociedad y hace que las reglas del juego político sean más equitativas. Esta situación limita lo que se puede lograr usurpando poder político y reduce los incentivos para recrear instituciones políticas extractivas. Además, el pluralismo crea un sistema más abierto y permite que prosperen los medios de comunicación independientes [28], lo que facilita que los grupos que tienen interés en la continuación de las instituciones inclusivas estén prevenidos y se organicen si aparecen amenazas contra estas instituciones.

De forma opuesta, las instituciones extractivas cuentan también con un mecanismo de defensa, el «círculo vicioso [29]». Las instituciones políticas extractivas no proporcionan control contra los abusos de poder. Cuando Franklin D. Roosevelt deseó utilizar su poder presidencial de una forma que él pensaba que sería beneficiosa para la sociedad, sin las trabas impuestas por el Tribunal Supremo, las instituciones políticas inclusivas estadounidenses le impidieron dejar a un lado los límites a su poder. Cuando existen instituciones políticas extractivas, hay poco control del ejercicio del poder, por muy erróneo y sociópata que haya llegado a ser. En 1980, Sam Bangura, gobernador del Banco Central de Sierra Leona, criticó las políticas del presidente Siaka Stevens por ser despilfarradoras. Poco después, fue asesinado y arrojado desde la planta superior del edificio del Banco Central a la calle, llamada precisamente Siaka Stevens. Pero otro mecanismo para el círculo vicioso es que las instituciones extractivas, al crear un poder ilimitado y una enorme desigualdad de rentas, aumentan la apuesta potencial del juego político. Quien controla el Estado se convierte en beneficiario de este poder excesivo y de la riqueza que genera. Por lo tanto, las instituciones extractivas crean incentivos para las luchas internas [30] por el control del poder y sus beneficios, que pueden llegar a ser muy cruentas.

La lógica interna de las oligarquías y, de hecho, de todas las organizaciones jerárquicas es que, según afirmaba el sociólogo Robert Michels en la que denominó la «ley de hierro de la oligarquía», se reproducirán no solamente cuando el mismo grupo esté en el poder, sino incluso cuando el control esté en manos de un grupo completamente nuevo. Lo que Michels no previó quizá fue un eco del comentario de Karl Marx [31] de que la historia se repite, la primera vez como tragedia, y la segunda, como farsa. No es solamente que muchos de los líderes postindependencia de África se trasladaran a las mismas residencias, utilizaran las mismas redes de patrocinio y emplearan las mismas formas para manipular los mercados y extraer recursos que los regímenes coloniales y los emperadores a los que sustituían, sino que también empeoraban las cosas. Fue realmente una farsa que el firmemente anticolonial Siaka Stevens controlara Sierra Leona de la misma forma que los británicos: los nuevos líderes que derrocaban a los viejos con promesas de cambio radical solamente aportaron más de lo mismo. Únicamente en algunos casos, en sociedades como Botsuana, utilizaron coyunturas críticas para iniciar un proceso de cambio político y económico que preparó el terreno para el desarrollo económico. Por lo tanto, no se debe presuponer que cualquier coyuntura crítica conducirá a una revolución política de éxito o a un cambio para mejor.

No todos los cambios radicales están condenados al fracaso. La Revolución gloriosa [32] en Inglaterra fue un cambio radical, y condujo a lo que quizá resultó ser una de las revoluciones políticas más importantes de los dos milenios pasados. La Revolución francesa fue todavía más radical, con su exceso de caos y violencia y la ascensión de Napoleón Bonaparte, pero no recreó el antiguo régimen. Tres factores facilitaron enormemente la aparición de instituciones políticas más inclusivas tras la Revolución gloriosa y la Revolución francesa. El primero fueron los nuevos comerciantes y hombres de negocios que deseaban desencadenar el poder de destrucción creativa de la que se beneficiarían; estos hombres nuevos eran miembros clave de las coaliciones revolucionarias y no deseaban ver el desarrollo de otro conjunto de instituciones extractivas que los explotaran de nuevo.

El segundo fue la naturaleza de la amplia coalición que se había formado en ambos casos. Por ejemplo, la Revolución gloriosa no fue un golpe por parte de un grupo reducido o un interés reducido específico, sino un movimiento respaldado por comerciantes, industriales, la gentry y varias agrupaciones políticas. Ocurrió lo mismo, a grandes rasgos, en el caso de la Revolución francesa. El tercer factor está relacionado con la historia de las instituciones políticas inglesas y francesas. Crearon un marco en el cual los regímenes nuevos y más inclusivos se pudieran desarrollar. En ambos países, había una tradición de parlamentos y poderes compartidos que se remontaba a la Carta Magna en Inglaterra y a la Asamblea de Notables en Francia. Además, ambas revoluciones sucedieron en mitad de un proceso que ya había debilitado el control de los regímenes absolutistas o aspirantes a serlo. En ningún caso estas instituciones políticas facilitaron que un nuevo conjunto de gobernantes o un grupo reducido se hiciera con el control del Estado, usurpara la riqueza económica existente y construyera un poder político ilimitado y duradero.

No es casualidad que la revolución industrial empezara en Inglaterra unas cuantas décadas después de la Revolución gloriosa, donde grandes inventores fueron capaces de aprovechar las oportunidades económicas generadas por sus ideas, confiaban en que sus derechos de propiedad fueran respetados y tenían acceso a mercados en los que sus innovaciones se pudieron utilizar y vender provechosamente.

Es realmente difícil que los ciudadanos corrientes logren un verdadero poder político y cambien la forma de funcionar de la sociedad. Sin embargo, es posible, como sucedió en Inglaterra, Francia y Estados Unidos, y también en Japón (Restauración Meiji), Botsuana y Brasil (Partido de los Trabajadores de Lula). Fundamentalmente, es una transformación política de este tipo lo que se necesita para que una sociedad pobre pase a ser rica. Existen pruebas de que esto podría estar sucediendo en Egipto. Un manifestante de la plaza de Tahrir defendió: «Ahora ves a musulmanes y cristianos juntos, y a viejos y jóvenes juntos, todos quieren lo mismo». Un movimiento así de amplio en la sociedad fue fundamental para que ocurriera lo que sucedió en estas otras transformaciones políticas. Si entendemos cuándo y por qué ocurren estas transiciones, estaremos en mejor posición para evaluar cuándo esperamos que fracasen dichos movimientos, de acuerdo con lo que ha ocurrido normalmente en el pasado, y cuándo podemos esperar que tengan éxito y mejoren la vida de millones de personas.