- La Página Definitiva - http://www.lapaginadefinitiva.com -

El precio del trono, de Pilar Urbano

Un Estadista que lo ha dado todo, básicamente todo lo que le pedía Franco, para poder hacernos el favor de reinar y ser aforado para toda la eternidad

Por culpa de todo esto de los Borbones, de que las cosas se hayan puesto tan feas que hayan tenido que dar la patada al primero y pillar a la carrera al Preparado [1] con media de notable en una carrera de figuras intelectuales como es cursar Derecho en España y que además, pásmense, se sabe coser un botón y todo, a los de La Página Definitiva nos han fastidiado el verano. Nosotros pensábamos, tan felices, que íbamos a tener tiempo de tomar el sol mientras soñábamos con el paraíso de la ETA bolivariana que nos prometía Pablemos, pero entre que nuestra casta política se lo ha tomado también en serio y se ha asustado [2], que los números económicos que les han pasado del próximo lustro deben dar penita y que el pensamiento mágico en torno a Cataluña empieza a desaparecer a golpes de realidad que envían discretamente los embajadores políticos y económicos de la Unión Europea y los amos de Washington… nos han montado con un año de adelanto el primer show del Combo-2015 que venimos anunciando en esta página desde hace tiempo: Abdicación-Gran Coalición-Enjuague Constitucional.

Total, que ante tanta precipitación [3], hemos tenido que desempolvar los libros de investigación de la España de hoy para documentarnos un poco sobre el pasado a fin de entender mejor nuestro futuro, el de todos, el del ilusionante reinado de Pre-parado I [4]. Y como de Borbones va la cosa, ¿quién mejor que Pilar Urbano para ponernos al día? Pilar Urbano, como es sabido, es la periodista que ha establecido el canon de lo que es el libro periodístico de investigación de la España moderna, consistente en que lo que investigas, sea mucho o poco, luego lo presentas con una mezcla de exposición y diálogos ficcionados para que tenga más punch. No sólo todos los figurones del periodismo español, desde Jesús Cacho a los más  importantes, que son los que lidian con temas futbolísticos y, en concreto, con los problemas de vestuario del Real Madrid Club de Fútbol por las tensiones generadas porque unos y otros se escondan la marca de acondicionador de pelo que usan para que no se la copien (el MEMYUC es así, y por ello sólo los más osados se atreven a infiltrarse en medio de esas capilares), han copiado el sistema. Un vistazo a cómo está evolucionando el periodismo anglosajón nos demuestra que la línea de Pilar Urbano iniciada hace ya más de tres décadas es la que se va a imponer en el mundo civilizado. Para un referente mundial que tenemos, pues mejor si lo aprovechamos y nos leemos en LPD sus libros, ¿no? ¡Que no todo va a ser leer cosillas sin repercusión más allá de la dehesa castellanoandalusí como las obras de nuestros queridos intelectuales como Muñoz Molina!

Además, Pilar Urbano, para informar sobre los Borbones, disfruta de ventajas adicionales para hacer un trabajo imponente al alcance de muy pocos. O, directamente, de nadie que no sea ella misma . En primer lugar, que la mujer se informa, para lo que son los cánones al uso (y no digamos en España, donde “ej que lo he leío en Tuister” justifica titular a cinco columnas), más o menos concienzudamente. Con eso de que es de la Obra, pues se lee todos los libros de memorias que escriben los personajes a los que analiza y sus entornos, obviamente con mucho más interés si cabe si ellos mismos son también seguidores del Camino, y anota minuciosamente coincidencias y divergencias entre los relatos de unos y otros. Así que para entender la España de las postrimerías del franquismo aporta algo que sólo ella ha sido capaz de hacer en el mundo, pues es una tarea donde uno puede morir en el intento por exceso de ingestión de prosa pemanística: leerse todo lo escrito por los ministros franquistas y aledaños, con especial atención, como se ha dicho, a los relacionados con la Obra, que han sido muchos e importantes. Yo no sé cómo lo verán todos Ustedes, pero en lo que a mí se refiere, que no tengo la más mínima intención de meterme entre pecho y espalda ese tipo de libros de memorias y que a lo más que me he atrevido en esta vida es a zamparme el de Calvo Sotelo o el de ZP [5], con lo que ya ha absorbido mi cuerpo más roentgens de los que se supone que la OMS autoriza para toda una vida lectora, delego en Pilar Urbano todo ese trabajo y, en justa correspondencia, confío en su buen criterio y honorabilidad a la hora de identificar lo que dicen o han dejado de decir todos esos personajes de la España casposa del tardofranquismo y la primotransición.

La autora une a esta capacidad para enfrentarse a la nomenklatura española en sus escritos un súper-poder adicional. Con ese salvoconducto especial que en España te abre las puertas de ciertos ámbitos de poder que es un rosario muy gastadito, esta buena mujer se entrevista personalmente con muchos de ellos, en diálogos que imaginamos deben de ser como si alguien pretendiera sacar algo a Chernenko o Andrópov a base de invitarlos a chocolate con picatostes y con el señuelo de ser pionero de la RDA a pesar de tener ya más de 60 años. Pues así, más o menos, Pilar Urbano se reúne en torno a una mesa camilla con brasero con toda esta gente, anota y anota lo que van diciendo en libretitas (que es la tecnología punta de su generación) y luego mete en el libro cosas que, supuestamente, le han dicho y que coinciden con lo que otro u otros han contado en libros, preferentemente de memorias. Vamos, que yo no sé muy bien cómo uno no puede fiarse de sus conclusiones. ¡Sólo falta el sello oficial de la Comisión Nacional del Mercado de Valores español para que esté claro que no hay riesgo alguno en tomar todo lo que cuenta, y todas las cuentas, al pie de la letra, como efectiva narración histórica de lo que pasó, palabra por palabra, onomatopeya por onomatopeya!

Por último, un factor adicional convierte a Pilar Urbano en referente en materia de Borbones. Es verdad que, con su última obra, La gran desmemoria, ha generado cierto revuelo y ha enfadado a la Casa real y a todos los palanganeros a su servicio por insinuar que el Rey, lejos de salvar la democracia el 23-F lo que hizo en realidad fue ponerla gravemente en peligro jugueteando con un grado de implicación que nunca ha estado claro hasta dónde llegó. Esto, como recordarán, generó cierto revuelo. Y si no lo recuerdan ya me están tardando en leerse lo que pasó tal y como lo contó LPD, que no es como si lo contara Pilar Urbano en cuanto a rigor histórico, pero casi [6]. Incluso eminentes escritores oficiales de nuestra Cultura del Régimen como Javier Cercas, que en un libro que cuidadosamente presentó como “novelado” (¡España es asín, señora!, las supuestas novelas luego va y resulta que su autor te dice que es una investigación histórica contundente; los libros de investigación, en cambio, se recrean en diálogos entre los protagonistas y te desmenuzan los tacos que decían y todo) venía a dejar caer lo mismo atacó con furor el libro por irresponsable. Y, en general, la clase intelectual y periodística española desacreditó a Urbano, a la vez y sin pestañear, por lanzar infundios sobre Su Majestad que eran una sarta de patrañas y por hacerlo a base de contar cosas ya por todos sabidas y relatadas mil y una veces, sin aportar nada nuevo. En fin, las cosas de este Reino nuestro, aunque esta vez con participación estelar de Suárez Illana, que siempre aporta nivel intelectual a todo lo que toca. Pero el tema es que, salvado este episodio, Pilar Urbano puede acreditar un historial de autora al servicio de la Casa Real como pocos. Es, de hecho, la autora de la biografía autorizada de la Reina Sofía y de un libro de conversaciones con ella que, suponemos, no fue publicado tras haberla secuestrado y mantenida en un zulo poniéndole el bucle los mejores discursos de Pedro Sánchez presentándose como reformista para forzarla a confesar. De hecho, hace sólo cuatro añitos había publicado el libro que hemos decidido leer para ponernos al día en Borbonología plus, en homenaje a Preparado y al cambio a la cabeza de la dinastía. Un libro elogioso con el Borbón y publicado en medio del aplauso de la Casa Real y de todos los sectores monárquicos del país. El libro que este lío de la abdicación nos ha obligado a leer trabajosamente para Ustedes a lo largo de este último mes: El precio del trono [7].

El Precio del trono es la historia de una familia, la Borbón, desde el abuelo (Alfonso XIII) hasta el hijo (Juan Carlos de Borbón) pasando por el padre (Juan de Borbón), que tiene muy claro que son los reyes de España y deben seguir siéndolo. Narra las desventuras desde que salen por Cartagena porque la gente vota masivamente contra la dinastía y el régimen monárquico hasta que vuelven, reinstaurados por decisión personal y única de Francisco Franco, Caudillo de España por la Gracia de Dios, a la muerte de éste. Es una historia narrada, marca de la casa, al estilo Pilar Urbano, con diálogos ficcionados y abundante  supuesta documentación a partir de libros de memorias, cosas sacadas de archivos raros y confidencias extraídas a los protagonistas (lo que incluye cosas dichas tanto por el propio Juan Carlos de Borbón como por Sofía de Grecia, por eso de que Pilar Urbano, hasta hace bien poco, no era considerada como un Pablemos del periodismo sino como alguien de fiar, sólida, buena chica, decente y temerosa de Dios). El libro, lógicamente, no es crítico con los Borbones, sino antes al contrario, legitimador de la Monarquía española y de la Dinastía Borbón. Está escrito partiendo de la base de que lo natural, lo correcto, lo bueno para España es que un Borbón esté al mando por sus mejores cualidades. Y no sólo eso, sino que es manifiesta la buena consideración que tiene la autora de la capacidad de Juan Carlos de Borbón (y señora) para mandar en España, así como de la bonhomía y sentido del Estado o afecto por los españoles de su abuelo, por no mencionar la entrega con la que alaba el espíritu de sacrificio, inteligencia política y voluntad inequívocamente democratizadora y de concordia de alguien como Juan de Borbón. Este enfoque, así como contar con testimonios de primera mano de personas cercanas a la Familia, amiguetes, siervos varios y compañeros de parranda, que abundan en estas ideas, es lo que lo hace, precisamente, tan divertido.

Así, el libro puede a la vez relatar cómo Alfonso XIII colabora en la financiación de la rebelión armada contra la República, refiriendo incluso los documentos y evidencias que vinculan al propio Borbón con el pago, vía Juan March, del alquiler del Dragon Rapide para trasladar a Franco desde Canarias a África mientras señala la voluntad del antiguo rey de ser neutral y no llegar a una restauración monárquica por medio de un golpe militar. Puede explicar que Don Juan siempre tuvo muy claro que su papel debía ser reconciliar a los españoles y traer la democracia a España mientras expone con detalle su esperpéntico intento de unirse al frente franquista en Navarra frustrado por unos requetés navarros que lo envían sin contemplaciones de vuelta a la frontera o transcribe la emotiva carta en que pide a Franco embarcarse en el crucero Baleares para combatir al comunismo (ofrecimiento que el jefe de la rebelión militar, sagazmente, rechaza). Hay una parte maravillosa de la obra donde Pilar Urbano explica cómo una vez acabada la guerra, y cuando ya Alfonso XIII ha cedido sus derechos dinásticos a su hijo Juan (preteriendo al primogénito Jaime apelando a una supuesta sordomudez incapacitante), Don Juan quiere traer la democracia a España y para eso maniobra una y otra vez contra el malvado dictador a través de su entorno y su equipo, que era un equipo de demócratas avanzados como nadie en el país en esa época… y que era también un equipo de asesores y asistentes pagado íntegramente por el Caudillo. Pero no de tapadillo, no. Oficialmente. Con dos cojones. En realidad, la patética figura de Don Juan, en el libro, queda claramente de manifiesto. La obra dibuja bien, aunque sea a pesar de los intentos de la autora, lo que era ese pobre hombre: alguien cuya única obsesión era ser Rey de España, al precio que fuera: camisa azul mahón, pacto con potencias extranjeras, que el Caudillo le pusiera a él, ya fuera pronto o tarde… Incluso, si hubiera sido posible, Don Juan habría sido el Rey de Santiago Carrillo si éste hubiera tenido capacidad de ponerle en el trono (algo que Santiago Carrillo, como demostró años después, tampoco habría tenido problema alguno en hacer si de ello se hubiera derivado alguna ganancia, siquiera fuera mínima, para sus intereses). En definitiva, una figura que, por más que Pilar Urbano intenta lastimosamente a lo largo de páginas y páginas de vestir de dignidad y coherencia es manifiestamente un patético monigote que vivía a gastos pagados a cargo del Estado y cuya única preocupación era, pues eso, ser Rey para seguir viviendo a gastos pagados, pero más y mandando un poco más (aunque fuera algo, una miajilla, que le concediera el Caudillo). Como tanto una cosa com la otra dependían de quien dependían, de Franco, está claro dónde estaba el grueso de su lealtad, por mucho que no habría tenido problema alguno en cambiar de camisa una vez más si el trono se lo hubiera podido ofrecer algún otro.

El que fue hasta hace un mes Rey de España por decisión de Franco entra en escena, sobre todo, a partir de que el Caudillo le impone a Don Juan que se lo deje para educarlo, usarlo como dique de contención monárquico a efectos internos y tener una excusa para retrasar la cesión de poderes hasta su muerte, como efectivamente acabó sucediendo. De nuevo, Pilar Urbano reconstruye trabajosamente la historia para tratar de argumentar que hubo grandeza, generosidad y no se sabe muy qué leches en Don Juan al hacer esta entrega de su hijo, por entonces Juanito, en plan letra de cambio a unos años vista cuando lo único que había era tratar de complacer al jefe a ver si había suertecilla y así caía un día de estos el trono, a ser posible algo antes de que se le pasaran a Don Juan los años aptos para la parranda en un buen Borbón de pura cepa.

La parte de la obra destinada a explicar la educación de quien es hasta rebautizado por Franco como Juan Carlos de Borbón en España y cómo se va convirtiendo en un estadista es particularmente edificante y divertida, porque cada cosa que Urbano nos explica que es una gran virtud del Borbón hijo, el Preparado de su época, va y resulta que es algo que ha aprendido o imitado del Caudillo. Hasta tal punto la cosa es así que uno acaba el libro, la verdad, convencido de que estamos ante el gobernante más sinuosamente apto, hábil y capaz que han visto los tiempos, dada la cantidad de virtudes maravillosas que el entonces Príncipe de España va adquiriendo de su mentor político. Pilar Urbano llega al extremo, de hecho, de explicar que la democratización que se produce tras 1975, más que nada porque no había más remedio y como no se hiciera algo así el régimen acababa arrasado por una revolución a la portuguesa o a la griega que se lo llevaría por delante, muy tuteada por Estados Unidos, casi la pactan el que luego sería Rey y el propio Franco, que le encargó a su sucesor que “hiciera lo que él no podía hacer” para ir desmantelando el régimen. ¡Todo atado y bien atado! ¡Hasta la desfranquización del país!

El libro tiene cosas graciosas en su borbonismo desaforado, hasta el punto de que Urbano convierte el verbo borbonear (que normalmente se usa en LPD, como es canónico,bien para hablar de interferencias indebidas en política en plan irresponsable, a lo Alfonso XIII; bien para referirse a esa maravillosa práctica de usar a alguien y luego dejarle tirado cuando aparece la policía, que tan intensamente ha usado Juan Carlos I de Borbón y Borbón con gente como Prado y Colón de Carvajal, Mario Conde, Urdangarín, su propia hija Cristina… hasta que el gran borboneador ha sido borboneado por una clase política que le ha dado la patada para poner al nuevo Preparado de recambio cosmético) en una manifestación de genio político: borbonear, para Urbano, es llevarse a un interlocutor al terreno propio, engañarle avispadamente, lograr conseguir objetivos casi imposibles gracias a habilidades diplomáticas… Lo más gracioso de todo, además, es que para Urbano la máxima expresión de todo eso es cuando se consigue el objetivo a base de no significarse, nadar entre dos aguas, hacer de perrillo faldero de quien más manda y más poder tiene para que al final siempre parezca que has ganado tú… Una habilidad que el Borbón habría aprendido, cómo no, del Caudillo, que manejaba así como quería, por supuesto, a todos los presidentes de Estados Unidos o de Europa, por poner un ejemplo. ¡Y así de bien le iba siempre a España gracias a esas habilidades!

Así, entre genialidad y genialidad del Caudillo (que anticipa el fin de la Unión Soviética y la manera de hacerla caer, la evolución de la OTAN y la Unión Europea, e incluso que España sólo ganaría un Mundial de fútbol con el tiki-taka), pataleta miserable subsidiada a cargo del Estado y pataleta patética para que le hagan casito de Juan de Borbón, y afirmación franquista de Juan Carlos  en medio de su lozana preparación para ser el mejor Jefe de Estado del mundo mundial, transcurre el libro. Que uno lo lee y empieza a sospechar del actual Preparado. ¡Para Preparado su padre, con una formación militar impresionante, el general más joven de la Historia de Europa, arrebatando el récord al mismísimo Franco y que, además, tenía a la lucecita del Pardo para guiarle en todo y enseñarle todos los truquitos!

Toda esta exposición de las andanzas de los Borbones, conste, no la hace Pilar Urbano en plan totalmente acrítico. No, al contrario. Ella es lealmente monárquica y borbónica, pero porque están preparados y son lo mejor para España, pero no niega que ha habido “cositas por ahí”, eh. Que su compromiso con el periodismo de investigación está fuera de todo compadreo. Lo que pasa es que hay que reconocer lo que hay que reconocer. Y estos se han ganado el trono por su capacidad y entrega. Y todo, además, para traer la democracia y la prosperidad a España, de la mano del plan trazado, iniciado y luego legado por Franco. Por esta razón, en medio de sus obsesiones por el club Bildeberg, que quería un Borbón franquista al frente; la CIA, que lo mismo (para lo que, ya se sabe, se alía con la ETA para matar a Carrero, que de tan franquista errado no era demócrata ni nada, lo que le permite dedicar páginas y páginas a la Operación Ogro, que siempre mola, la verdad, porque es hablar de la ETA y eso en España es algo Bien, pero que parece un poco excesivo y uno acaba echando de menos al Borbón por momentos); al final la clave está en el propio franquismo, que estaba entregado a un Rey designado por Franco, como la autora señala al mencionar que el Ejército estaba “a muerte con Don Juan Carlos” para acabar de dejar claro que sólo él podía reflejar la apuesta por la democracia y la regeneración (y no es broma, así lo explica Urbano, que el ejército fuera a muerte con Juan Carlos, y que además lo fuera porque se lo había ordenado Franco, era la mejor prueba de que la “joven oficialidad que ya no era franquista y quería la democracia” y apostaba por un Rey constitucional para hacer una transición a la normalidad europea). Un poco lío, vale, pero no olvidemos lo importante: esa historia de esfuerzo y lucha para lograr conseguir el trono y restaurar la democracia o algo. ¿Por qué? Porque eso es lo mejor para España, pues así nos garantizamos una dinastía de Preparados empeñados en dar todo por la Patria.

De hecho, una de las primeras funciones ejecutivas del que en breve sería Rey que, a juicio de la autora, acredita palmariamente las virtudes de la Monarquía como forma de gobierno y del Rey Juan Carlos en concreto no tarda en manifestarse nada más Juan Carlos recibe poderes estando ya Franco agonizante. Es el tema del Sáhara occidental, donde frente a la decisión impresentable del Caudillo de abandonar a los saharauis y dejarlos en manos de Marruecos para que los exterminaran y deportaran, aparece la figura redentora de un nuevo Jefe, valiente, joven, entregado y altruista… que decide hacer frente a la crisis siguiendo los consejos de su esposa y del futuro golpista Armada (pero contra el Rey, eh, contra el Rey): se monta un viaje propagandístico a Al Aiun, se pasa allí tres horitas, da un discurso (que según Pilar Urbano fue muy valiente y digno, pero que luego pareció que no porque el malvado gobierno franquista lo sacó a la luz sin los párrafos clave), se vuelve a España y avala la firma de los acuerdos de Madrid que culminan el impresentable comportamiento español (pero con ciertas compensaciones económicas importantes para algunas compañías españolas) que caba de permitir… abandonar a los saharauis y dejarlos en manos de Marruecos para que los exterminaran y deportaran. Como enjuicia la propia autora, avalando la sensación dominante de los Borbones tras la excursión: un exitazo en toda regla porque sirvió “para que quedara claro que había un nuevo Rey que eso era algo bueno para todos”. Es lo que tiene dejar las decisiones en manos de los más Preparados y sus esposas, que la gente se da cuenta inmediatamente de que sólo cosas buenas pueden salir de ahí.

Nacía un nuevo modelo de hacer las cosas: joven, dinámico y preparado, con discursos bonitos (en este caso menos, por eso de la censura y tal) y realidades idénticas al modo de hacer del franquismo, aunque con muy jugosos beneficios por ser logrados en quienes frecuentaran esos entornos (según Pilar Urbano, en esto también el Borbón aprendió mucho de las prácticas de Franco por ir haciéndose un patrimonio a la vez que campaba a sus anchas por la Jefatura del Estado ). Un éxito, vamos. Y así lo cuenta Urbano, aunque reconoce que algunas renuncias e indignidades (40 años de hacer la pelota a Franco, por ejemplo) sí hubo que asumir. Es lo que ella llama El precio de un trono. Porque el título, increíblemente, no se refiere a los negocios asociados que, a efectos contables mucho más prosaicos, hace años que han permitido determinar, en efecto, cuál es ese precio. Y a quiénes nos toca pagarlo.