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“A Line in the Sand: Britain, France and the Struggle That Shaped the Middle East “ – James Barr

En este año 2014 se cumple un siglo de la “catástrofe original” del siglo XX: la Primera Guerra Mundial. Dicha guerra puso fin a lo que algunos historiadores llaman “el largo siglo XIX” (1789-1914), puso las bases para la siguiente guerra, y actuó como un gigantesco catalizador, acelerando procesos históricos y definiendo lo que sería el “corto siglo XX” (1914-1989). Como soy tremendamente influenciable por este tipo de modas, tras mi entusiasta “Wishlist Época Clásica” ahora se me viene encima una no menos entusiasta “Wishlist Primera Guerra Mundial”. ¡Casi ná! Así que prepárense para una retahíla de libros sobre el tema.

Comparada con la Segunda, la Primera Guerra Mundial siempre ha sufrido un cierto menosprecio. ¡A veces parece que su único papel es prepararle el camino a la Segunda! A nuestra querida Cultura de la Transición, huelga decir, también le gusta mucho más la Segunda que la Primera; ahí está El Mundo, que hace poco utilizó el centenario para lanzar una colección de cine bélico… donde hay más películas de la Segunda [1] que de la Primera. Y es que la Segunda ofrece unas lecciones morales muy al gusto de nuestra Cultura de la Transición, a saber: que las democracias liberales –o lo que ellos entienden como tal- son lo más mejor porque ganaron al nazismo (en este relato, los soviéticos con sus 20 millones de muertos son meros comparsas), pero por otra parte Hitler y Mussolini ganaban elecciones y referéndums, así que también extraen la otra lección grabada a fuego en la CT: tampoco hay que pasarse con la democracia; alejémonos de populismos y demagogia, y dejemos el gobierno en manos de profesionales, o incluso en manos de gente nacida y educada desde siempre en el deber y la vocación de servicio a su pueblo.

Esta visión sobre la Segunda, tan cara a la CT, se deja no ya los dientes sino media mandíbula en la Primera: porque cuando estalla en 1914, todos los combatientes -salvo Francia, y no por falta de monárquicos- son monarquías donde gobiernan “los de siempre”, y son estas élites aristocráticas las que alegremente mandan a sus súbditos a la picadora de carne; diez años después, y en agradecimiento a esa gran vocación de servicio que se saldó con 16 millones de muertos (tirando por lo bajo), todos salvo Italia y UK habían dado la patada a sus reyes, zares, sultanes, emperadores y káiseres. Y de los que quedaban, pocos reinarían pasados otros 30 años.

Esta guerra, tan poco “ideológica”, que empieza como simple realpolitik como tantas otras en el Siglo XIX pero librada con los medios “totales” del siglo XX, y sin un reparto claro de buenos y malos, resulta precisamente por ello fascinante si les gusta la historia al margen de fanboys de uno u otro bando, porque además tiene una tremenda influencia en todo el siglo XX. Y hoy, LPD les trae un libro que analiza un aspecto concreto del mismo: el reordenamiento de Oriente Medio, entre Francia y Gran Bretaña, nacido de la Gran Guerra.

(Lo de Palestina es lo más parecido a hablar de la ETA catalana en cuanto a tema polémico, así que por favor recuerden que me compré este libro para aprender y que me limito a resumir lo que dice Barr, y no se ceben en los comentarios).

Jugando al Age of Empires. ¿O más bien al Risk?

 

El reparto de la tarta otomana

El imperio otomano, “el enfermo de Europa”, entra en la Primera Guerra Mundial de la mano de Alemania, temeroso de Rusia y su ambición de llegar a Estambul para controlar los Estrechos. Inaugurando la tradición “Inglaterra se ceba con los aliados de Alemania mientras Francia recibe la del pulpo”, los británicos, operando desde Egipto, instigan revueltas entre los súbditos árabes de la Puerta Dorada, prometiéndoles la independencia, se atraen a los judíos prometiéndoles un estado propio en Palestina, y calman a los franceses prometiéndoles un reparto a pachas de las provincias árabes del imperio otomano.

Dicho reparto, llamado también Acuerdo Sykes-Picot por los negociadores Mark Sykes y Georges-Picot, trazaba literalmente una línea en la arena donde nunca había habido fronteras estatales. Pero dicho acuerdo casi desde el principio es agua mojada, pues los que llevan el peso de la guerra en esa zona del mundo son los británicos, que crean hechos consumados sobre el terreno, como la incorporación de Mosul (y sus ricos campos de petróleo que les permitieron reemplazar al carbón como combustible de la Royal Navy; los ingleses sentaron directamente a un directivo de BP en la comisión encargada de trazar las fronteras) a Mesopotamia; la zona de Mosul ni siquiera era árabe, sino kurda, y bajo la lógica “libertad para las provincias árabes” habría debido quedarse con Turquía, pero iba a ser que no y por eso Irak tiene un cacho del Kurdistán. Al mismo tiempo, hay que dejarle a Siria una salida al mar, respetar las exigencias de los saudíes reduciendo Jordania a su mínima expresión –pero sin negarle su salida al mar-, crear una provincia para los judíos y que llegue a ambos mares… el resultado es un mapa lleno de países hechos con retales y mal encajados.

 

Fronteras étnicamente “correctas” para Oriente Medio. De aquí puede salir una wishlist enterita.

 

Entretanto, los franceses sienten que están llevando el peso frente a los alemanes, perdiendo hombres a porrillo, mientras los ingleses amplían su imperio. Hay momentos en los que parece que el enemigo de verdad está al otro lado del Canal, y no de las trincheras del Marne, sensación que se arrastra a lo largo del libro.

Finalizada la Gran Guerra, la Sociedad de Naciones oficialmente divide la zona en sendos Mandatos, uno para Francia y el otro para Gran Bretaña, con los consabidos cambios sobre Sykes-Picot: los ingleses se quedan Mosul y su petróleo, y los franceses se comen los mocos y las primeras revueltas de los árabes (las cuales, sospechan, cuentan con apoyo o al menos benevolencia de los ingleses). Lo siguiente es sacar el petróleo al Mediterráneo, para lo cual hay que montar un oleoducto, que los franceses quieren que vaya de Mosul a algún puerto libanés, y los ingleses prefieren que ni siquiera toque territorio francés y llegue a Haifa. ¡Si no fuera por los alemanes, esta gente andaría a la greña todo el santo día! La solución finalmente será la inglesa, para lo cual tienen que meter a los americanos como accionistas en la Turkish Petroleum Company (que de turca no tiene nada), logrando de paso su apoyo para que Mosul caiga en el Mandato británico y no retorne a Turquía. Empieza así la fiesta del petróleo en Mesopotamia, clamando muertes desde el primer segundo (literalmente: cuando los prospectores pincharon la primera burbuja de petróleo, la fontana resultante mató a dos operarios).

Tras las revueltas en la zona francesa durante los años 20, lideradas por los drusos, en los años 30 empiezan las revueltas en la zona inglesa, principalmente por la continua inmigración de judíos sionistas a Palestina. Estos llegan de Europa y compran tierras, primero a terratenientes que viven en Siria y que prefieren deshacerse de unos bienes que ahora están al otro lado de una frontera, y más tarde a campesinos árabes empobrecidos que tienen que malvender sus tierras para poder pagar sus deudas. Esto y su presencia cada vez mayor (solo en 1934, con la llegada de Hitler al poder, emigran 60.000 judíos a Palestina, elevando el total a 360.000) crean resentimiento entre los árabes, que de una manera casi constante empiezan a rebelarse. Los ingleses responden con guerra sucia y derribando las casas de los guerrilleros que pillan, o castigando a pueblos enteros por los crímenes de uno de sus habitantes. Al igual que los franceses, se alían con las minorías (los franceses con los cristianos del Líbano, los británicos con los judíos) creando protectorados específicos –Líbano y Palestina- para que cada una sea mayoritaria en su terruño.

James Barr estructura gran parte del libro alrededor de los principales protagonistas históricos, con un mayor énfasis en los británicos, citando de sus discursos y correspondencia. Destacan Lloyd George, el primer ministro británico que ganó la guerra y soltó aquella frase de “I want Mosul”, y T. E. Lawrence “de Arabia”, un enamorado de la cultura árabe que defiende los intereses de estos en Inglaterra. Por el lado francés, tenemos entre otros al general Gourard, que desembarca en Beirut y aplasta una revuelta árabe hasta llegar a Damasco (donde en sentido homenaje a Guy de Lusignan [2] y toda la troupe del Reino Cruzada de Jerusalén, lo primero que hace es pasarse por la mezquita donde está enterrado Saladino para decir: “Saladino, hemos vuelto”).

Este relato centrado en los actores, aunque es un bello argumento a favor de “las élites aristocráticas, tan preparadas ellas, no se encontrarían el culo ni con un mapa”, pronto se hace un poco pesado, porque en seguida hay más protagonistas que en Juego de Tronos [3], pero sin George R. R. Martin haciendo limpieza de vez en cuando con una buena boda roja. Los que mueren –y no poco- son los árabes, que durante casi todo el libro solo forman una especie de masa anónima. Además, cuando Barr salta de un personaje a otro, a veces también hace un salto hacia atrás en el tiempo, y a ratos se me hacía difícil de seguir.

 

Y ahora hablaremos de la Segunda

El personaje elegido por Barr para “guiarnos” por la Segunda Guerra Mundial es nada menos que el general de Gaulle, embarcado desde 1940 en una épica cruzada contra la traidora Francia de Vichy, contra unos pérfidos británicos que intentan aprovecharse colonialmente del postramiento de Francia, y cuando le sobra algo de tiempo y está de humor incluso contra los alemanes. La autoridad colonial en Siria se mantiene leal a Vichy, y los británicos tienen que invadirla a toda prisa (con promesas de una futura independencia para los árabes, y unos jugosos sobornos para los jeques), ante el temor de que los alemanes usen los aeródromos sirios para bombardear los campos de petróleo de Mosul. Por cortesía incorporan algunos batallones de la Francia Libre, que se dedican principalmente a molestar y además dificultan enormemente una rendición de los franceses de Vichy, que se niegan a firmar e incluso a negociar mientras haya un representante de la Francia Libre en la habitación.

Una vez “liberado” el Levante, empiezan las peleas por su administración. A la Francia Libre le falta personal, así que los británicos asumen la administración militar y de Gaulle la civil. Spears, el delegado de Churchill en Oriente Medio, planea unas elecciones civiles para Siria y Líbano que reduzcan el descontento árabe – para enfado de de Gaulle, que sabe que los gobernadores árabes que nombró perderán las elecciones. Por suerte para él, llega Erwin Rommel para echar una mano: la presencia del Afrika Corps a las puertas de El Cairo es la excusa para no convocar elecciones. Y para contrarrestar el creciente arabismo de los británicos (que intentan ganarse a los árabes prometiéndoles un estado propio y retractándose de la Declaración Balfour, que les prometía lo mismo a los judíos) empiezan a apoyar a los judíos. Un grupo de terroristas/guerreros de la libertad (tachen lo que no encaje con su cosmovisión), la Stern Gang, se identificaba de noche silbando la Marsellesa.

 

El problema con los aliados es que a veces tienen ideas propias.

Empieza el sindiós

Acabada la guerra, todo el mundo viene a cobrarse las promesas inglesas. Los árabes quieren su Gran Siria, los franceses prefieren una Siria pequeñita y con el Líbano desgajado, los judíos empiezan a llegar a raudales desde Europa, los americanos les apoyan presionados por sus lobbies, y los ingleses empiezan a perder el control. Bandas radicales de judíos (la Stern Gang, el Irgun…) inician una lucha armada/campaña terrorista (de nuevo, tachen lo que no encaje con su cosmovisión) para echarlos, que culmina en la voladura del Hotel Rey David.

La historia de este atentado refleja el lio morrocotudo en que se empieza a convertir esto: los británicos sospechan -correctamente- que la Jewish Agency (una especie de ONG dedicada a traer e integrar judíos de todo el mundo a Palestina) juega un doble juego y sirve de enlace entre los franceses y los radicales, de modo que asaltan sus oficinas y se llevan todo el material. No encuentran evidencias, pero los radicales no lo saben y deciden volar el hotel donde se aloja la Autoridad Británica y así destruir los documentos. Seis militantes del Irgun, disfrazados de lecheros, introducen 350 kilos de explosivo en bidones de leche, los colocan junto a unos pilares maestros en un club nocturno en el sótano del hotel, y salen abriéndose paso a tiros hasta un coche aparcado -casualmente- delante del consulado francés con el que se dan a la fuga. Al poco estalla la bomba. Las llamadas de advertencia se hacen tarde, o a los números incorrectos, y no se produce una evacuación. O al menos eso dijeron los británicos, en el consulado francés hasta les dio tiempo a abrir todas las ventanas (para evitar que estallaran con la onda expansiva y los fragmentos volaran hacia dentro), aunque en un primer momento el cónsul francés dijera que la propia onda expansiva había abierto las ventanas. ¡Ni que estuviésemos conchabados con los terroristas y recibiésemos llamadas de cortesía para advertirnos!

91 muertos. Si hubiese sido un cuartel alemán, les habrían dado la Cruz Victoria.

 

El ataque/atentado deja claro que el Protectorado tiene los días contados, y Gran Bretaña ya solo aspira a salir dignamente y asegurándose un cierto control sobre el Canal de Suez. Intentan promocionar al rey de Transjordania como rey de una Gran Siria, pero ninguno de los otros estados árabes le reconoce. Mientras, los sionistas siguen trayendo a judíos desde Europa, con ayuda francesa (los comunistas franceses incluso llegan a interrumpir una huelga para que salgan algunos barcos) y pese a la prohibición británica. Los judíos, con armamento francés (Francia ya ha perdido Siria y le da igual todo con tal de que mueran británicos, además será el principal proveedor de armas de Israel hasta 1956), empiezan una guerra sin piedad contra los árabes, que responden con la misma moneda. El libro se cierra con la salida de los ingleses, el comienzo de la primera guerra árabe-israelí, y el comentario de un oficial británico diciendo que, pese a todo el bien que hicieron durante su administración, desde un punto de vista así como filosófico, pues que alomejó no debían haberse dedicado a ocupar a países lejanos para ordenarle a la gente como debe vivir, que eso es como malo para el alma o algo así.

 

Empanada franco-británica

Lo confieso: me compré el libro en parte por la Primera Guerra Mundial, y en parte por entender un poco mejor el origen de todo el galimatías de Oriente Medio. Ahora puedo decir que es un galimatías aún mayor de lo que pensaba, y que es un milagro que Francia e Inglaterra no hayan tenido una guerra entre ellas en 200 años, visto el odio que se profesan ambas. Mérito de Alemania, sin duda, cuyas contribuciones a la Paz Mundial son frecuentemente ignoradas. Dicha animadversión, en el contexto de Oriente Medio, es el gran hilo conductor del libro, así que supongo que es bueno si usted busca profundizar conocimientos es lo indicado, pero si busca una visión global se queda corto y se centra casi exclusivamente en franceses e ingleses (que por otra parte lo dice el propio título, así que mea culpa si me creí otra cosa).

Pero es que Oriente Medio es un tema que da para mucho, así que para una visión global igual hacen falta siete libros como este. Con lo cual ya empezaría yo a montar una nueva “Wishlist” cuando apenas he empezado con la actual, y creo que por ahí no paso. Sobre todo porque al ritmo que van las cosas en esa zona del mundo, igual tengo que añadir nuevos libros antes de acabar la lista.