- La Página Definitiva - http://www.lapaginadefinitiva.com -

El telón de acero – Anne Applebaum

Este libro viene enormemente recomendado. Su autora es una periodista del Washington Post especializada en Europa del Este, ganadora de un Pulitzer por una investigación sobre el sistema del Gulag soviético. Corresponsal en Polonia en los años cruciales del hundimiento del comunismo, está casada con el ministro de Asuntos Exteriores de Polonia. Sí, sí, uno de los adalides de la estrategia de quitarle Ucrania a Putin (y ya ven: ¡Putin les quita Ucrania a los encargaos del nuevo gobierno ucraniano!).

La temática (los primeros años de desarrollo del bloque comunista en Europa del Este, hasta la desaparición de Stalin en 1953 y el posterior estallido de la revolución húngara de 1956) es muy interesante, aunque cuenta con dos debilidades fundamentales. La primera, que Applebaum se centra sólo en tres países: Alemania del Este, Hungría y Polonia, obviando prácticamente cualquier referencia a Bulgaria, Rumanía y Albania, y con alusiones muy esporádicas a Checoslovaquia y Yugoslavia. Esta selección, que no se justifica explícitamente, tal vez obedezca a razones de oportunidad: Applebaum es de origen polaco. Es probable que también se maneje bien con el alemán. En cuanto a Hungría y el húngaro (que no es una lengua eslava, con lo que el asunto se le complica a cualquier investigador), su interés se justifica, si se pone ese marco temporal hasta 1956, porque es en ese país donde se produce el estallido contra la URSS con el que finaliza el libro.

Personalmente, me habría parecido mucho más interesante incorporar un estudio de la implantación del comunismo en Checoslovaquia, dado que fue el único país que era una democracia antes del estallido de la Segunda Guerra Mundial, con lo que el trauma del paso de ese sistema democrático a la ocupación de dos totalitarismos de diverso signo posiblemente fue más acusado. Y, en general, es hasta cierto punto engañoso que se hable de “Europa del Este” cuando, en realidad, la autora sólo habla de la mitad de Europa del Este.

Pero, sobre todo, hay una debilidad sistémica que llega a poner de los nervios al lector, y es el extremado partidismo con el que se maneja la autora. La óptica de partida asume que los regímenes comunistas fueron exclusiva imposición de la URSS; que nadie los quería en los países en los que se impuso; y que fueron un fracaso. Aunque todo esto sea cierto, que lo es, el afán evangelizador de la autora resulta excesivo. Sobre todo porque no se limita a explicarnos lo malo que era siempre el comunismo en todo, cómo todas y cada una de las decisiones que se adoptaban eran malvadas, totalitarias y además contraproducentes. Sino que Applebaum también se afana en ofrecernos continuas lecciones morales sobre lo buena que es la alternativa, en cada caso: el sistema capitalista es siempre mucho más eficaz que cualquier otro, guiado por la mano invisible del mercado y el interés legítimo de los particulares; la unidad de los demócratas es indispensable, si bien hay que reseñar que algunos demócratas (los socialdemócratas) no lo son tanto; y, naturalmente, la Iglesia, como ejemplo de la necesaria colaboración entre razón y fe tan propia de los sistemas liberales, es lo más grande.

Ello ubica a Applebaum en un horizonte moral e intelectual muy característico, con tal nivel de implicación que no nos explicamos cómo es posible que esta periodista no esté aún en un montón de tertulias de los medios españoles; pero, en lo que se refiere al libro, resulta a menudo innecesario, al menos para el lector que no busca, a estas alturas, que le hagan constantemente pedagogía recordatoria de lo bien que estamos y lo mal que podríamos estar, de que “hemos ganado”… ¡Y menos mal! Y, en determinados aspectos (la Iglesia), resulta además muy irritante, y hasta ridículo. Veamos, por ejemplo, esta desgarradora descripción de cómo los malvados comunistas polacos tratan de ocultar un genuino milagro:

Tal vez el mayor estallido espontáneo fuera el que se produjo en 1949, en la ciudad polaca de Lublin. Empezó en verano, el 3 de julio, cuando una monja de la zona advirtió un cambio en el rostro de la imagen de la Virgen María que había en la catedral de la ciudad. La Virgen (…) parecía llorar. La monja llamó a un sacerdote. También él presenció el milagro, y ambos empezaron a rezar. Otros se sumaron a ellos. Con sorprendente velocidad (…) la noticia del milagro de la Virgen que lloraba se difundió por toda la ciudad (…) Por supuesto, no se produjo un anuncio público del milagro, y el régimen hizo lo que pudo para desanimar a los fieles (…) Los dirigentes comunistas se sintieron frustrados. Al principio evitaron que la historia apareciera en los periódicos con la esperanza de que se olvidara pronto. Sin embargo, cuando la gente siguió llegando al lugar, y cuando la plaza de la catedral se llenó de peregrinos, cambiaron de táctica (…) Las autoridades gubernamentales examinaron atentamente el cuadro milagroso, concluyeron que había resultado dañado durante la guerra y dijeron que las aparentes marcas en su rostro se debían a la humedad. Los altos cargos eclesiásticos, entre ellos el cardenal Wyszynski, fueron presionados para que declararan que el milagro era falso (pág. 538-539)

Esta intrínseca maldad del comunismo, capaz incluso de ocultar hasta los milagros más evidentes y clamorosos, abarcaba todos los aspectos de la sociedad, y ahí está Applebaum para relatárnoslo. Si uno era comunista, era siempre por medrar. La buena gente odiaba el comunismo, le tenía miedo, y hacía lo que podía o bien por ignorarlo, o bien por socavarlo.

Es una lástima, porque este enfoque tan clara y explícitamente partidista le resta mucho valor a una obra que, en sí, guarda muchos aspectos interesantes. Por ese motivo, es mucho mejor la parte inicial del libro, en la que estos países acaban de verse liberados del nazismo, las cosas no están totalmente controladas por el comunismo y Stalin medio disimula y permite que haya pluralismo político. También es una fase de absoluto caos, por razones obvias: con las ciudades destruidas y enormes masas de población desplazadas de sus hogares, que además se combinan con la brutal reordenación étnica que se produce en muy poco tiempo a lo largo de Europa del Este. Y no solo con los alemanes:

El régimen polaco finalmente se movilizó para deportar a los ucranianos, no a la Unión Soviética –allí podrían causar problemas-, sino a antiguos territorios alemanes del norte y el oeste de Polonia (…) A finales de abril iniciaron la Akcja Wisla, la Operación Vístula, una importante operación militar en la que participaron cinco divisiones de infantería, 17000 soldados, 500 miembros de la milicia, zapadores, pilotos y tropas del Ministerio del Interior (…) A finales de julio, esta enorme fuerza había conseguido desalojar a unos 140000 ucranianos de sus casas, los había subido a furgones mugrientos y los había trasladado a las zonas del norte y el oeste de Polonia (pág. 196)

Ese contexto inicial, más interesante y menos conocido, nos llega con mucha más objetividad que el rosario de calamidades que desplegará la autora para certificar lo malo que es el comunismo, que acaba desdibujando los hechos que narra. Entre otras cosas porque, más que hechos, lo que cuenta son testimonios ilustrativos de diversas clases sociales, o actitudes ante el comunismo, para explicar qué hacían los disidentes, los colaboracionistas, el público menos politizado, … Y concluir siempre lo mismo. Comunismo = ETA perroflauta con una muleta letal. Oposición al comunismo = Adolfo Suárez [1].

Esa es la debilidad fundamental del libro, que le hace perder enteros y cuyos contenidos acaban palideciendo (aunque sean mucho más minuciosos, por específicos) frente a obras mucho más imparciales, como la mítica “Postguerra” de Tony Judt [2]. Es la constatación de que un libro que está continuamente denunciando un malvado sistema político caracterizado por el dogmatismo y la uniformidad ideológica se caracteriza, a su vez,… por el dogmatismo y la uniformidad ideológica. Poca autocrítica para tanta crítica.

Y es que uno, la verdad, tampoco acaba de entender el porqué de tanta inquina con los rusos y la URSS. Total… ¿qué tiene la autora, polaca -de adopción y creo que también de origen-, contra los rusos, eh? ¿Qué le han hecho los rusos a ella? ¿Tres repartos sucesivos del reino polaco en el siglo XVIII, hasta que éste acaba desapareciendo? ¿Una vida de servidumbre durante 150 años bajo el yugo de los zares hasta lograr la liberación en la Primera Guerra Mundial? ¿Otra guerra, justo a continuación, entre Polonia y la URSS en la que los bolcheviques hacen el ridículo? ¿Un ataque a traición para repartirse Polonia con los nazis en los inicios de la Segunda Guerra Mundial? ¿La técnica de los “dos pasos a un lado” de Polonia (es expresión de Churchill [3], el adalid de la democracia y los principios), quedándose con territorios alemanes a cambio de los territorios orientales que se había pillado la URSS? Casi cincuenta años de colonialismo ruso-soviético teniendo al país más católico de Europa bajo el comunismo? ¿Eso es todo? ¿Y así pagáis tantos años de cooperación e intercambio cultural, montando folloncitos en Ucrania?