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El Hitler de la Historia. Juicio a los biógrafos de Hitler – John Lukacs

Hablamos, una vez más, de Hitler [1]. ¡Este hombre está hasta en la sopa! Lo mismo te monta escraches [2] que revoluciones en Ucrania [3]. La novedad, en este caso, es que no estamos ante una biografía más. O eso se supone, porque la verdad es que este libro resulta un tanto desconcertante, desde varios puntos de vista. El principal es que no hace demasiado honor a su título. Se supone que nos encontramos ante una especie de biografía de biografías; un libro que analiza las aportaciones efectuadas por parte de los principales biógrafos de Hitler hasta el momento de la publicación del estudio, que ya tiene unos añitos (1997). Y tiene algo de eso, sobre todo en los primeros capítulos, pero más adelante el autor se lía la manta a la cabeza, pasa de lo que tenían que decir otros biógrafos sobre Hitler, y nos ofrece su interpretación personal en torno a su personalidad, sus capacidades, y su comportamiento.

Y allí es donde nos encontramos otra cuestión enormemente desconcertante, y perturbadora. La cosa es como sigue: cuando el autor analiza a otros biógrafos, se sitúa más o menos en una perspectiva de razonable moderación: pone a parir a los revisionistas, pero también se aleja de los que quieren ver en Hitler un mero demonio, tan malvado como estúpido. En particular, dedica sus dardos discursivos a todo lo que huela a izquierda, sobre todo a izquierda marxista. El marxismo, como modelo de análisis de fenómenos históricos, es para el autor lo mismo que le sugiere el propio marxismo en tanto ideología y visión del mundo: una puta mierda. Los marxistas no son historiadores serios, afirma.

Frente a la obsesión por demonizar a Hitler hasta las últimas consecuencias, Lukacs viene a decir: sí, vale, era malvado; pero no estúpido. Tenía virtudes, más allá de la oratoria, que son las que explican por qué tuvo tanto éxito. Luego, sin solución de continuidad, también se prodiga en explicar que, si bien Hitler probablemente fuera muy malo, no lo era menos que Stalin. Es más: ¡Stalin era peor! Y, por supuesto, el sistema político que regía Stalin, el comunismo, muchísimo peor, para sus ciudadanos, para su estructura productiva, para todo, que el nazismo. Ganaron la guerra de pura chiripa.

Todo esto te lo suelta en un libro que, recordemos, se supone que busca analizar otras biografías, otros enfoques, y no tanto el propio; pero, a la hora de la verdad, prácticamente no hace otra cosa que eso. Y su enfoque, propio de un conservador anglosajón, cultivado, amante de la democracia, de la civilización, es el siguiente: Hitler era un tipo muy listo; mucho más que los que intentaron pararlo (la derecha alemana, porque, según el autor, los comunistas y socialdemócratas, a la hora de la verdad, no hicieron nada de nada). También era elocuente, culto, divertido, y encantador si se lo proponía. Por otra parte, Lukacs deja claro que, como pintor, Hitler no estaba nada mal. ¿Y su papel en la conducción de la guerra? Pues oiga, no lo hizo peor que sus generales, con tanta medalla y oropel como tenían esos prusianos tan subiditos.

Un elemento de su carácter era el del artista: era un pintor y un dibujante con talento y un arquitecto en potencia. Estos talentos a menudo fueron rechazados injustamente o clasificados de modo impreciso (…). Maser citaba a Cézanne, quien dijo que pintar en un estudio no significa nada en comparación con la pintura al aire libre: “Hitler también sabía eso y sus pocos cuadros del natural sugieren un talento extraordinario; pero no le importaba, puesto que por entonces no quería ser pintor, sino arquitecto” (pág. 67)

Ahí donde lo ven, este perro tan mono lo dibujó Hitler

En resumen, Hitler… ¡Era un tío de puta madre! Como el autor no deja de recordarnos (lo hace en unas diez ocasiones), “si Hitler hubiera muerto en 1938, habría sido considerado uno de los más grandes dirigentes alemanes de la historia”. Esta es una frase de Joachim Fest, uno de los mejores biógrafos de Hitler [4]. Pero Fest explicaba a continuación, concienzudamente, por qué el balance no puede ser ese, cosa que por lo demás parece obvia. Pero para Lukacs… ¡No es tan obvia! Sí, al final, en las conclusiones, abunda en explicar que para él Hitler es muy malo, que lo del genocidio del pueblo judío, el asesinato de millones de personas, la invasión salvaje del Este, … Sí, bueno, todo eso está mal. ¡Pero al menos no era comunista!

Bueno, un poco sí, porque Lukacs no deja de explicarnos, en una interpretación verdaderamente notable, que, a pesar de su derrota en 1945, en realidad el nacionalsocialismo ha triunfado en el mundo; que la mayoría de los regímenes democráticos son una combinación de los principios socialistas y el nacionalismo, es decir: nacionalsocialismo. Y que lo que más peso tiene, claro, es lo primero (¿lo peor?): un Estado opresor, el llamado “Estado del bienestar”, que ocupa cada vez más parcelas de la vida, friéndonos a impuestos y dificultándonos por todos los medios nuestro derecho constitucional a ser más libres y más felices. Sobre todo, claro, si somos los mejores. Los más capacitados. La clase dirigente del país.

Debemos reconocer que, a largo plazo, en un aspecto la visión de Hitler lo ha sobrevivido. Durante el siglo XX una mezcla de nacionalismo y socialismo se ha convertido en la práctica casi universal de todos los Estados. El socialismo internacional es un espejismo. Al mismo tiempo, cualquier Estado en el mundo se ha convertido en un Estado de bienestar, si puede llamarse así: el que se llamen o no socialistas a sí mismos no importa demasiado. Hitler sabía esto; la estructura económica de Alemania que concibió tenía pocas características tanto del socialismo marxista como del estatal, pero tampoco podía llamarse capitalista. Cincuenta años después no puede negarse que el nacionalismo sigue siendo la fuerza más potente del mundo; hoy día todos somos nacionalistas socialistas (pág. 208)

El libro se publicó en 1997, y claramente urge una nueva edición revisada. No por aquello de incorporar más biografías de Hitler, que espero que ya haya quedado claro que esto, en el mejor de los casos, es sólo una excusa, un aspecto menor del libro; sino para certificar que, a pesar del negro panorama de 1997 (el autor no se dejó engañar entonces por los cantos de sirena de la caída de la URSS y el bloque del Este: ¡el verdadero comunismo está entre nosotros, en Occidente!), ahora las cosas han mejorado. Ahora tenemos una crisis del sistema producida por los excesos de desregulación y desigualdad en beneficio de los más poderosos que se está solucionando… con más desregulación y desigualdad en beneficio de los más poderosos. Todo con tal de acabar con esta asfixiante dictadura del proletariado en la que vivimos. Para la próxima edición, si la hay, se impone un “Hitler, pedazo de socialcomunista: por fin te hemos vencido”.