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Forbrydelsen

La vida es deprimirse

Una advertencia: no vean esta serie si son de lágrima fácil o propensos a caer en la depresión. Vean alguna serie que celebre la alegría de vivir y la convivencia pacífica, incluso alguna comedia adolescente. Yo me tenía que poner un episodio de Community [1] para no acostarme con mal cuerpo. Tampoco la vean si son de vicio fácil: mira que me parecían muchos 20 episodios para la primera temporada y me supieron a poco. Y sobre todo no la vean si combinan ambas cosas: se meterán depresión en vena y encima se arrastrarán a por más.

Así empieza todo. Y de ahí a peor.

 

¿Y cuáles son los factores deprimentes con que te hunde esta serie? Pues unos cuantos:

  1. El mundo está lleno de gente malvada que quiere hacer daño a tus hijos.
  2. La policía apenas puede ayudarte porque está podrida.
  3. Las élites gobernantes son una panda de cabrones sin igual capaces de las mayores tropelías con tal de seguir en el machito. Si alguna vez alguien íntegro asciende a posiciones de poder, ya se encarga el sistema de destruirlo. O, más común y deprimente aún, de convertirlo.
  4. Hay países que cabrían dentro de Aragón, con poblaciones menores que las de la provincia de Madrid incluso mandando cuatro veces a los habitantes de Móstoles a buscar apasionantes oportunidades afuera, y con un idioma que no se habla fuera de sus fronteras, que fabrican y exportan series de televisión tan cojonudas que eres capaz de aplazar el visionado de Deadwood por ellas. Y encima desde la televisión pública, como si la tarea de un medio público fuese crear programas de calidad en vez de glosar las loas del cacique de turno. Es echar un vistazo al Cuéntame [2] y mirar qué te piden para obtener la ciudadanía danesa (son 9 años de residencia).

 

Añadan una ambientación “invierno escandinavo”, con nieve sucia por las calles y noche cerrada a las cinco de la tarde, y ya tenemos todo listo para deprimirnos a gusto. Y si esperan liberalismo nórdico y algo de tetamen para darle alegría a la vida macarena, olvídense: cadáveres aparte, el único desnudo frontal integral que recuerdo es masculino (queridas mujeres que leéis LPD: hasta donde yo lo puedo apreciar, el tío está “bueno”, o al menos musculado y depilado según los cánones que marca nuestra época para considerar que un hombre está “bueno”).

 

De qué va esto

Pues en principio de un asesinato, como dice su traducción al inglés, donde la serie se llama “The Killing”. En danés, “Forbrydelsen” significa “Crimen”, pero aquí han optado por usar el título en inglés, combinarlo con una oración subordinada, y no meter la palabra “crimen” por ningún lado: el resultado es “The Killing: crónica de un asesinato”. En la tercera temporada, el asesinato es sustituido a priori por un secuestro, así que quedará un poco raro lo de “The Killing tercera parte: crónica de un secuestro” cuando la traduzcan.

En la primera temporada, una chica de 19 años, Nanna Birk Larsen, aparece brutalmente asesinada un lunes tras desaparecer el viernes en una fiesta de su colegio. El caso cae en manos de Sarah Lund, comisaria de la división de homicidios de la policía danesa, que está en su último día de trabajo, pero no antes de la jubilación, eso sería muy americano: su último día antes de irse a vivir a Suecia con su prometido sueco, asunto que el compañero de la prota usa para chistes recurrentes (“¿me trajiste algo para cenar?” “creía que ya solo comías salchichas suecas”). Algo así como dejar tu trabajo de Policía Nacional en Valencia para irte a Barcelona a trabajar con los Mossos.

Conforme avanza la investigación, vemos que todos los implicados están pringados y nadie es trigo limpio, como en las buenas novelas negras. Además, y al contrario que muchas series americanas, uno tiene la impresión de que le muestran a gente real, no a productos de marketing diseñados. Nanna Birk Larsen, por ejemplo, es de una familia trabajadora y vive encima del garaje desde donde su padre dirige una pequeña empresa de mudanzas. Pero lo que parece un simple asesinato pasional pronto se complica: aparecen indicios que apuntan al ayuntamiento de Copenhague, concretamente al Partido Liberal y a su candidato Troels Hartmann (interpretado estupendamente por Lars Mikkelsen, aunque el personaje de entrada está muy currado), inmerso en la recta final de las elecciones municipales contra un alcalde, todo hay que decirlo, que no juega muy limpio y que me hacía pensar, les juro que no sé porqué, en Rita Barberá.

Bueno, cuando decimos que nadie es trigo limpio, hay que decir que “excepto el profesor inmigrante árabe musulmán superintegrado”, que pese a ser sospechoso al final resulta ser un dechado de virtudes –único personaje, además, que no oculta un lado oscuro, aunque se menciona la costumbre en algunos ambientes inmigrantes de casar a las hijas contra su voluntad. Pero esto es la primera mitad de la temporada, en que se investiga a algunos sospechosos menores, preparando el terreno para el plato fuerte: la investigación en el ayuntamiento, y los turbios intentos de torpedear la investigación por intereses electorales. Todo mientras los Birk Larsen pasean sus penas por la pantalla en largos planos de silencio escandinavo.

En el camino a la resolución, la investigación alterará relaciones y lealtades. El asesino casi es lo de menos: nada volverá a ser igual para nadie (especialmente para el puñado de nuevos cadáveres que traerá el caso). Lund y su colega, el marrullero Jan Meyer, desde unas oficinas viejas y destartaladas, se las ven y se las desean para hincarles el diente a los nobles despachos del ayuntamiento, donde, allí sí, todos tienen algún cadáver metafórico en el armario y todos sospechan de todos.

 

Sarah Lund: nuestra musa

Pequeño inciso para la nueva musa de los amantes del género: la comisaria Sarah Lund, el personaje femenino menos coqueto y seductor que se puedan imaginar (la actriz Sofie Gråbøl dice que lo interpreta como si fuera un hombre), y con una vida familiar cuanto menos curiosa. O a lo mejor en Dinamarca es normal que tu madre se case de nuevo dos o tres años antes de que tú misma te conviertas en abuela. Pero la pobre Lund no está hecha para tener una feliz vida familiar: casi desde el piloto tenemos claro que lo del sueco no saldrá adelante, y viendo su relación con su madre y su hijo no nos extraña nada.

Sarah Lund: compuesta a partes iguales de la actriz Sofie Gråbøl y un jersey de las Islas Feroe que ha alcanzado estatus de culto.

 

Lund compensa sus carencias afectivas volcándose en su trabajo de investigación, o en palabras de su hijo: “¡te interesan más los muertos que los vivos!” Guiada por un innato sentido de justicia, Lund es el único punto de luz que podemos contraponer a todos esos factores deprimentes, una monja de la justicia (y lo de monja también viene por lo que le cuesta darse una alegría), una ronin de los inviernos nórdicos, aunque a veces resulta un poco ridículo verla perseguir desarmada a criminales que le doblan en peso y que sin embargo huyen como ratas. Nos da igual. No se avergüencen de decir que aman a Lund: no están solos.

 

Más Forbrydelsens: temporadas dos y tres

En la segunda temporada, la asesinada es miembro de una ONG con conexiones con el ejército danés. La parte política se centra esta vez en el nuevo ministro de justicia, que tiene que consensuar una nueva legislación antiterrorista y necesita el apoyo del Partido del Pueblo, que quiere una ley lo más dura posible. El brutal asesinato y la supuesta autoría de una yihad danesa dan lugar a un cínico juego político, con Lund obligada a trabajar a contrarreloj investigando a las instituciones pringadas, que no son pocas: el Ejército, un sacerdote, varios ministros, las instituciones penitenciarias… ¡un poco más y meten a la Monarquía!

También incorpora esta temporada a un inmigrante que no es “bueno total”. Es más, es un musulmán que odia visceralmente a los islamistas y al que le mola el rollo militar, lo que lo convierte en ¡un inmigrante skinhead! ¡La solución definitiva a los problemas inmigratorios, una inmigración que se “corrige” sola!

Al contrario que la primera temporada, la segunda y la tercera solo constan de diez episodios cada una. Los guionistas –con acierto, me parece- han optado por ahorrarnos el jueguecito de imputar/desimputar a personajes menores para despistar un poco, mientras nos presentaban a Lund y a los demás policías. A partir de la segunda eso ya no hace falta. Así mantienen el ritmo, aunque se pierde profundidad y tiempo para deprimirse; en la segunda por ejemplo las victimas nos resultan más impersonales que Nanna porque no tenemos el duelo y drama de los Birk Larsen. También falta una más obvia conexión entre el caso y la política, el ministro y Lund solo coinciden una única vez –muy forzada- en pantalla. La primera temporada es claramente la mejor y la segunda la más floja, pero creo que comparar las temporadas no es justo, son demasiado distintas, y si en la segunda se hubiesen limitado a copiar la fórmula no habría funcionado igual y se habría hecho pesado.

En la tercera temporada reaccionan al principal fallo de la segunda y nos muestran larga e intensamente el dolor y la congoja de la familia de la niña secuestrada, no sea que no nos deprimamos lo suficiente. El lado político trata un tema de bastante actualidad: las conexiones de la política con la economía. A 10 días de las elecciones generales, la campaña gira en torno a la marcha a Asia de los principales astilleros del país. En ese momento, en los terrenos adyacentes a la empresa, aparece un cuerpo despedazado, y alguien secuestra a la hija pequeña del dueño del astillero. La temporada desprende un cierto aroma a homenaje a la segunda de The Wire (la que se centra en el sindicato de estibadores, y perdonen que haya pecado contra David Simon nombrado a LA SERIE [3] solo para darle lustre a mi artículo), y es por ahora la última rodada. Y según los productores, va a ser la última de todas porque cierra al personaje de la comisaria Lund. Díganlo conmigo: vaya hijos de puta.

 

Hoygan, ¿y el servicio público?

Se habrán dado cuenta de que no les hemos aclarado quienes son los asesinos de las tres temporadas (en todas las temporadas, eso sí, el asesino sale desde el primer episodio, es pues una serie “de adivinar”). Pues si: LPD hace huelga temporal de su condición de servicio público para animarles a ver la serie. O a lo mejor trascendemos nuestra tarea, y creemos que el servicio público consiste precisamente en animarles a ver la serie, cosa que no harán si saben de antemano quien es el culpable. Pero en realidad los asesinos son lo de menos. El mensaje más profundo e inquietante es que la podredumbre social no nace de los crímenes cometidos, por muy cruentos que sean. Crímenes siempre los hubo, e incluso -según fuentes de toda confianza que hasta invitan a tapas y vino los domingos- el Jardín del Edén necesita ahora policías en forma de ángeles armados con espadas de fuego. La degradación moral de la sociedad viene cuando personas normales que no cometerían estos crímenes deciden aprovecharse de los crímenes de otros, o entorpecen el trabajo policial cuando puede perjudicarles. Por mucho daño que causen así a otros.

Ese mensaje es el corazón de la novela negra y policiaca clásica. Olvidado en años recientes, el género policiaco se ha convertido en una exhibición de técnicas forenses a lo CSI, donde los crímenes son meros accidentes dentro de una sociedad perfectamente funcional, y son resueltos científicamente por un equipo de policías jóvenes y anodinamente guapos, vestidos a la última y con sonrisa Profident. Una comisaria de cuarentaymuchos, con su jersey de punto, su pelo grasiento recogido en una coleta, su vida familiar hecha trizas, que nunca sonríe y un poco perdida con su ropa que le queda demasiado grande, y que investiga casos donde solo sale a la luz una parte menor de la podredumbre social, resulta tal vez demasiado para un público mainstream (¿se dan cuenta de la sutileza? ¡vean la serie o serán mainstream!), pero se antoja muy necesaria. Por eso hay que celebrar la aparición de series como esta, que junto a Wallander, Milenium y otras ha llevado a hablar de un nuevo género, el “Nordic Noir”. Da igual que empecemos a reconocer a los actores daneses [4] por sus nombres de pila: que es Dinamarca, ¡coño!, si Forbrydelsen llega a durar tanto como Perdidos [5] acabaremos conociendo a toda la población danesa.