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La realidad es ETA catalana

Llega un momento en que no resulta tan sencillo destruir empleo. Cuando has destruido tanto empleo, durante años, y además todo indica que tu plan de reactivación se resume en sentarse y esperar a que la cosa mejore (para -cuando mejore- ver cómo los empleos sin cualificación que antaño se pagaban bien ahora, con la reforma laboral y el maravilloso mundo de los minijobs, se pagan a 300 € / mes), la gente deja de buscar trabajo activamente, deja de apuntarse al paro, deja de cobrar el subsidio de desempleo, y muchos de ellos acaban marchándose del país.

Entre ellos, gente muy formada, que se ha pasado años estudiando, aprendiendo, para que luego sean otros países los que se beneficien de sus capacidades, puesto que en su país no es posible aplicar su conocimiento especializado. Ahora porque no hay trabajo, y cuando lo haya porque el poder político y económico parece centrado en que sea trabajo de camarero o de paleta de obra.

Tras seis años de crisis, cunde una mezcla de desánimo y cabreo soberano. Pero eso, por supuesto, es la sensación que uno se lleva si es antiespañol y se pone a observar cómo funcionan las cosas. Si uno mira las noticias en la mayoría de los medios de comunicación, la verdad es que tampoco estamos tan mal [1]. Sí, estamos pasando dificultades (la herencia era muy pesada [2]); sí, hubo que hacer sacrificios (hay bancos cuyos beneficios apenas han mejorado en estos años; ¡hasta ahí ha llegado el ajuste!); y sí, aún queda un largo camino por recorrer hasta alcanzar la recuperación, que será evidente allá por mayo de 2015, y clamorosa en noviembre de 2015. A no ser, claro, que se adelanten las Elecciones Generales. En tal caso, la recuperación se hará carne el primer día de campaña electoral.

Hace tiempo que en el Gobierno llegaron a la conclusión de que, contra todo pronóstico, los mercados no iban a convertir a España en el nuevo “tigre ibérico”, la inversión no volvería como un maná y los millonarios, multimillonarios y archimillonarios de todo el mundo no iban a venir aquí para disfrutar de EuroVegas, de Madrid 2020 o de los miles y miles de complejos resort en Soria y Badajoz que íbamos a montarles, con 144 hoyos de golf como mínimo cada uno, gracias al tirón y la eficacia del Mejor Sector de la Construcción del Mundo (¡pregunten en Panamá, pregunten!). Y eso, para el Gobierno, es un problema.

Más que nada porque el Gobierno, gestionar, lo que se dice gestionar, de eso no tienen ni puñetera idea, y nos han dado sobradas muestras de ello a lo largo de estos dos años, pues han sido incapaces de solucionar, o al menos poner en vías de solución, absolutamente ningún problema de calado que se nos haya planteado a los ciudadanos; han agravado muchos de los que había, e incluso se han sacado de la manga unos cuantos más.

Uno no sabe si ya es por joder al ciudadano o porque son así de incompetententes, pero el caso es que lo están haciendo tan mal que, fíjense lo que voy a decir, en sólo dos años han logrado hacer bueno al PSOE (sí, al PSOE. Con todas las letras lo digo; ¡con un par!). El PSOE da mucha grima, [3] pero el PP le ha dejado atrás en muy poco tiempo, para qué engañarnos. Todo ello para felicidad de cualquier opción electoral que no sea PP o PSOE.

Existe un riesgo cierto de perder el poder. Casi todo el poder. El poder en muchos municipios y CCAA, e incluso el poder en el Gobierno central (aunque aquí mucho me temo que en el peor de los casos intentarán salvar los muebles con una Gran Coalición, un certificado definitivo de defunción del PSOE). Y, como la realidad no acompaña, desde la vuelta del verano tenemos al Gobierno empecinado en vender, cual telefilme vespertino de serie B, la historia de la recuperación. Recordemos que el Gobierno abandonó ese verano con el caso Bárcenas en plena efervescencia y un rosario de pruebas, difíciles de eludir, que involucraban a la cúpula del PP, y a Rajoy también, en un sistema de cobro de sobresueldos en dinero negro proveniente de empresarios españoles [4], que desde luego no financiaban a la FAES (como Juan Roig, presidente de Mercadona, reconoció hace unos días) por su entusiasmo con las simplezas de pijos del barrio de Salamanca que allí se publican.

Volvimos del verano… y llegó la felicidad. Rajoy anunció que en 2014 anunciaría que en 2015 habría una bajada de impuestos (y hace poco cumplió su promesa: anunció que en 2015 anunciaría una bajada de impuestos, aunque no queda claro si en 2015 los bajaría o simplemente lo anunciaría otra vez, como en 2012, 2013 y 2014), el caso Bárcenas se desvaneció en el sopor de agosto (aunque no tanto para la maquinaria judicial) y los medios, casi todos los medios, se afanaron en la construcción de una historia de éxito.

Se supone que Rajoy es un señor muy tranquilo y pasota, pero la verdad es que su control del espacio mediático es superior al de cualquier otro Presidente del Gobierno en la democracia [5]. Un control logrado gracias a la crisis, y a las grandes oportunidades que la crisis ha ofrecido a los poderes públicos para meter la zarpa en los medios de comunicación, arruinados por las consecuencias de dicha crisis y por sus propios errores, incluso más de lo que ya era habitual en un país como España.

La defección de Pedro J. Ramírez [6] es el último ejemplo: como Pedro J. ha arruinado su periódico, ha sido sencillo moverle del sillón (no se le mueve del sillón por la ruina, sino porque Pedro J. ha sido “malo”, aunque motivos sobrados había para echarle, dadas las cifras) y –previsiblemente- acordar una trayectoria del periódico a partir de ahora más complaciente con Rajoy. Pero no es, en modo alguno, el único. En general, el rajoyismo mediático es menos estridente que el aznarismo (y por eso algunos de sus principales problemas los ha tenido con los medios más cavernícolas, como Libertad Digital o Intereconomía); el rajoyismo no es tanto los medios freaks como La Razón o ABC, que ya no lee nadie, cuanto su capacidad para conseguir que no quede casi nada importante fuera de su órbita.

Por ejemplo, los medios audiovisuales, donde Rajoy ha logrado un predominio casi absoluto, en el que sólo falla Tele5 (que, como siempre, busca la audiencia). No falla, en cambio, La Sexta, la principal televisión de oposición al PP, propiedad de Planeta, también propietario de La Razón. Es oposición dentro de un orden, como también lo es la del diario El País, a partir un piñón con Rajoy y su recuperación económica desde que la banca española, convencida por los candorosos argumentos de Soraya Sáenz de Santamaría, arrimó el hombro para salvar lo que quedaba de PRISA.

Los medios despliegan una historia prefabricada, para clases medias-altas a las que la crisis no haya afectado tanto y para jubilados que se puedan creer aún a estas alturas que todo es culpa de los socialistas y de la ETA, que quieren quitarles la pensión para dársela a los catalanes. Una historia en la que las cosas mejoran y el PP lo vuelve a hacer, como en la gloriosa época de Aznar. Una historia que, a pesar de todo, probablemente no funcione demasiado bien, dado que casi todo el mundo puede ver, en su experiencia personal, hasta qué punto no se corresponde con la realidad [7]. La realidad es demasiado omnipresente, aunque no salga en la tele, o aunque las cifras de los sondeos experimenten saltos entre voto directo y estimación de voto cada vez más llamativas [8], como diciendo “ya ha terminado la caída de los dos grandes partidos, como la del desempleo: a partir de aquí, hacia arriba. Esto es lo que hay”. Puede que en esto último hasta sea verdad que la gente oculta su voto masivamente y luego hará lo de siempre, pero como no se hayan calibrado suficientemente bien los efectos de una crisis económica como esta en la fidelidad del voto el hostión puede ser espectacular.

El milagro de los panes y los peces