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Danza de Dragones, de George R.R. Martin

A todos nos gusta mucho Juego de Tronos [1]. Nos gusta que un escritor decida construir un mundo imaginario, pero sólidamente realista, verosímil, anclado en el mundo real, y luego lo llene de dragones y muertos vivientes, pero, eso sí, sin ápice de magia. Nos encanta que los personajes hablen como si estuvieran siempre tuiteando, con frases claras, tajantes, severas, inapelables, frases de “Hasme RT y si no FAV, reshulón”, porque así constatamos lo mayores y serios que somos nosotros al verlo o leerlo, no vaya a ser que alguien se llame a engaño comprando alguno de los libros de la saga en la sección “Fantasía”. Fantasía, sí, pero dentro de un orden. Fantasía, la justa, que aquí encontramos complejos planteamientos sociopolíticos que “te hacen pensar”.

También nos gusta de Juego de Tronos que su autor extienda más y más la saga, inicialmente planteada para tres volúmenes que ya se han extendido a siete. Sobre todo nos gusta porque, al mismo tiempo, su autor prolonga más y más la entrega de cada uno de los volúmenes (va por el quinto), y dado que el hombre ya está mayor, y no parece que goce de muy buena salud, algunos fans, juiciosamente, le han tuiteado amenazas de muerte: “Martin, termina Juego de Tronos o te mataré, ¿sabeh? ¡No me puedo quedar sin saber el final! #matar #JuegodeTronos #khaleesi”.

Nos encanta, claro está, que haya sexo. Mucho sexo. Ese sexo omnipresente, imprescindible para perfilar a los personajes y asentar en sólidos pilares la trama. Ese sexo que hace que Juego de Tronos sea “de mayores”, que por algo hay sexo. Y sobre todo, por encima de todo, nos gusta que los últimos dos libros de Martin sean lo que a todas luces son. Que lo que comenzó como una saga de voluntariosa literatura juvenil, con dinamismo para enganchar a los lectores cual Dan Brown (pero sustituyendo la santería católica por dragones y muertos de ojos azules), se esté convirtiendo a marchas forzadas en Cristal, Pasión de gavilanes, o como quiera que se llamen ahora los culebrones de moda: una historia que no tiene ningún sentido en la que los personajes vagan como almas en pena, entrecruzándose, viajando, interaccionando con nuevos personajes. ¡Todo con tal de que la saga dure más, llene más páginas y más royalties!

Nos gusta, en resumen, que el último libro de la saga, “Danza de Dragones”, sea una mierda. Un coñazo sin sentido en el que no pasa nada y en el que, al final, una vez queda bien patente que el objetivo del autor es alargar el asunto todo lo posible, que no sabemos si tiene final previsto, pero está muy claro que tiene previsto llegar al final cuanto más tarde mejor. Nos gusta, porque nos facilita la tarea: con libros como Danza de Dragones, la preceptiva crítica en LPD se escribe sola.

Recordemos que Danza de Dragones surge como medio libro. Hace unos cuantos años Martin vio que el cuarto volumen de la saga se le alargaba más y más, de manera que, cuando tuvo completa la historia de la mitad de los personajes (con alusiones a lo que les pasaba, se supone que en paralelo, a los demás personajes)… ¡Lo publicó! ¡Con un par! [2] Y dejó escrito algo así como “no os preocupéis, fans, que en un añito saco la otra mitad de la historia”. Cinco o seis años después, aparecía Danza de Dragones, con esta maravillosa descripción en la contraportada del libro:

George R.R. Martin sigue añadiendo sutiles e intrincadas tramas a su impresionante retablo de intrigas y pasiones, y sumando admiradores incondicionales. Rebasa las barreras de los géneros como si nunca hubieran existido. Danza de Dragones marca su consagración definitiva entre los más grandes creadores de la historia de la literatura, más allá de cualquier distinción de etiquetas.

La mejor otra literaria de todos los tiempos. Con un par

Con Tormenta de Espadas [3], Martin se convirtió, porque lo dice la editorial que se lucra vendiendo los libros de Martin, en el mejor autor del siglo XXI. Bueno, y del XX también, qué coño. Tras “Festín de Cuervos [2]”, la verdad, aún no estaba claro si poner a Martin por delante de Shakespeare y Cervantes. Hombre, más que Dostoievsky y Balzac sí, que a ellos nunca se les ocurrió eso de partir un libro por la mitad. Pero Cervantes y Shakespeare medio aguantaban. Pero ahora, joder, que Danza de Dragones tiene más de mil páginas! ¡Si lo sumas todo es más que El Quijote! Y aquí tenemos el nuevo ranking mundial – universal de todos los tiempos:

1. George R. R. Martin
2. William Shakespeare
3. Miguel de Cervantes
4. Dan Brown
5. José María Aznar
6. Otto von Bismarck por Mamerto el de 50 Sombras de Grey para tíos, que para algo lo publicamos en esta página
7. Amy Martin
8. Irene Zoe Alameda
9. Uno de la editorial Gigamesh
10. José María Aznar

¿Y qué tipo de novela es Danza de Dragones, para consagrar definitivamente, a codazos, pero con entereza, a su autor como uno de “los más grandes creadores de la historia de la literatura, más allá de cualquier distinción de etiquetas”? Pues básicamente es lo que ya se apuntaba en la cuarta novela, pero más. Con tres grandes arcos argumentales. El primero, el del enano, que básicamente consiste en pasear al enano primero por aquí, luego por allá. Luego por aquí, y después por allá. Así en todos sus capítulos. El enano pasa de aquí para allá, siempre con ese toque clásico de los culebrones y los bestsellers de aeropuerto las mejores novelas de todos los tiempos: generar incertidumbre en el lector, en plan “¿y qué será de él ahora?”, al final de cada capítulo. Aunque después no pase nada de nada.

El segundo arco argumental, el de la khaleesi, tiene más miga. Recordemos que la khaleesi tiene como objetivo vital recuperar el trono de hierro ese, de sus antepasados ancestrales. Con esa motivación, se ha embarcado en una fútil cruzada por hacerse con un montón de absurdas ciudades en el otro extremo del mundo, con costumbres, deidades e intereses completamente distintos a los suyos. Como la khaleesi es muy buena, decide, unilateralmente, cambiar las costumbres de toda esa gente, obligándoles a pasar por el aro de lo que a ella le parece conveniente en cada momento. Naturalmente, a la mínima oportunidad, sus nuevos súbditos se le rebelan una y otra vez, constantemente. Así de desagradecidos son con gente más avanzada, que les domina en un régimen semicolonial exclusivamente por su propio bien. Que ellos, pobrecitos, no saben cuidar de sí mismos. ¡Qué pesada se hace a veces la carga del hombre blanco, no digamos la carga de la mujer con pelo blanco!

El tercer arco argumental, que denominaremos “resto”, consiste básicamente en que el autor se inventa nuevos personajes, los desarrolla, como narrador te da a entender que ojito, que estos nuevos personajes van a ser la hostia, … Y luego se los carga. ¡Martin lo ha vuelto a hacer! ¡Se ha cargado a más personajes! ¡Qué huevos tiene! Que estos personajes no tuvieran absolutamente ninguna importancia para la trama, hasta tal punto que, de hecho, los crea y los descrea en una misma subhistoria, es una cuestión secundaria. Después de todo: ¿qué importancia tiene la verosimilitud e incidencia relativa de cada personaje en la trama, si la trama misma carece de sentido?

Entre otros factores porque, a estas alturas, ya tenemos recopilados hasta tres sistemas diferentes para resucitar a los muertos, merced a la intercesión de otros tantos dioses. Así que, si alguien muere y luego los fans, con su exigente paladar de lectores avezados de Joyce y RR Martin, exigen su vuelta, pues se le resucita y ya está. Como a Bobby en Dallas, que lo resucitaron después de una temporada entera, que convirtieron en un sueño de un personaje, y en paz. Por esa razón, no impresiona demasiado el final de los últimos capítulos, rollo ¡eh, mucho cuidado! ¡Que igual mato a los personajes principales, que estoy mu loco! Porque luego habrán sobrevivido, y si es posible serán cautivos de alguien, para que tengan que escaparse, o rescatarles, o pactar, y así puedan vagar sin rumbo por más y más y más páginas.

Las mejores novelas de todos los tiempos tienen estas cosas. Que a veces alargas y alargas situaciones y personajes, los entrecruzas, los separas y los vuelves a mezclar, para que al final la historia no avance nada de nada. Entre otras cosas, cabe suponer, porque has convertido un libro en dos, cogiendo capítulos al azar, como diciendo “así nos las gastamos en la alta literatura”. O porque igual es que no sabe cómo acabar el asunto, o no quiere acabarlo, porque hay mucha familia que mantener. No lo sé. Pero sí sé una cosa: que la obsesión de los fans porque lo que gusta sea estéticamente sublime, que para algo somos fans, hasta el punto de que la editorial (o el autor, o el agente del autor, que las contraportadas a menudo las dictan ellos) tenga que decir que una saga de espada y brujería como esta es “lo más grande”, para que así los fans también parezcan los más grandes lectores de todos los tiempos (“me he leído Juego de Tronos [4], y El Señor de los Anillos y el Hobbit, y hasta las Crónicas de la Dragonlance y medio Crepúsculo; ¡ahí queda eso!”), promete darnos grandes alegrías en el futuro.

Aunque una Oscura Sombra del Norte se cierne sobre este maravilloso escenario, porque detectamos en los últimos tiempos, y es la mejor prueba de la decadencia general de esta saga, que… ¡Incluso la fe de algunos seguidores de Martin comienza a flaquear [5]! Y no es para menos; uno mismo, que se lee las novelas de R.R. Martin esperando deleitarse con caviar del bueno, ve páginas y páginas en las que no pasa nada de nada y comienza a pensar: “joder, yo que me leía esto para disfrutar de una de las mejores obras de la literatura universal y aquí no pasa nada de nada. Si lo llego a saber, paso y me releo a Proust Superlópez por tercera vigésima vez”.