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EZLN, entre la selva y la noria

Ayer se cumplieron 20 años. Era 1 de enero, empezaba 1994, y de acuerdo con el mainstream occidental hacía ya dos años que la Historia había terminado. Con la URSS en desmembramiento y los Estados Unidos que acababan de ejercer su recién estrenado poder omnímodo en el Golfo Pérsico. Los esfuerzos en el patio trasero norteamericano parecían fructificar: aquél mismo 1 de enero entraba en vigor el TLCAN, el Tratado de Libre Comercio de América del Norte, por el que Canadá, y especialmente México abrían su mercado para la convergencia económica con los Estados Unidos, a un precio social muy alto. Y entonces apareció una pequeña piedra en el zapato: en el margen meridional de México, el pobre y olvidado Estado de Chiapas, fronterizo con Guatemala, una nueva y misteriosa guerrilla se alzó en armas. Se hacían llamar Ejército Zapatista de Liberación Nacional, o EZLN.

Sumaban poco más de 3.000 combatientes, y aquella operación masiva era su salida oficial de la clandestinidad; apenas 10 años antes, tal y cómo confesaron sus líderes posteriormente, apenas eran 6 personas, supervivientes de distintaos movimientos políticos y armados de los 70. Aunque intentaron tomar las principales ciudades del Estado, con sus escasos efectivos y equipos pronto hubieron de replegarse ante la acción del ejército federal, con unas fuerzas de 10 a 20 veces superiores y empleo de medios aéreos. Finalmente, el 14 de enero, el gobierno federal de Carlos Salinas de Gortari decretó un alto el fuego y se avino a negociar. Las hostilidades ya no se reanudarían.

Entonces apareció el icono. El Subcomandante Marcos, un hombre con pasamontañas de voz sugerente, que fumaba pipa con estilo y un amplísimo bagaje cultural con el que no era difícil identificarse, sobretodo para el público hispanoamericano. Escritores y poetas tanto históricos como contemporáneos componían su mensaje, que sonaba actual, conectaba con la cultura pop y hablaba para todo el mundo. Apelando a un mundo globalizado dónde todo el mundo es indígena de alguna forma, el EZLN encontró su mensaje internacionalista. Pronto, miles de jóvenes, en especial occidentales, activistas y voluntarios adscritos a las más diversas corrientes políticas de la izquierda, empezaron a visitar Chiapas. La Selva Lacandona fue el gran lugar de peregrinación dónde se encontraron por primera vez los posteriores protagonistas en Seattle, Génova o Porto Alegre: Marcos y el EZLN son al menos uno de los progenitores del movimiento antiglobalización.

El Subcomandante Marcos con su característica pipa de agua

A partir de aquí el personaje empieza a disociarse en dos partes difíciles de casar: el símbolo Subcomandante Marcos y su reflejo en la cultura política de izquierdas, en especial entre la izquierda europea y occidental, con grandes reflexiones filosóficas y productor de grandes certezas; por otro la(s) persona(s) detrás del EZLN, un movimiento resultante de la cultura política mexicana y centrado en intervenir en la política mexicana, con sus aciertos, fracasos y contradicciones. Este último con muy poco espacio en las efemérides y panegíricos: es difícil resumirlo en pocas frases sin contextualizar. El discurso ha quedado en una loa genérica a la transformación del mundo al margen de las instituciones como un principio filosófico, algo que está lejos de explicar y ayudar a entender la complejidad de la sublevación neozapatista y su influencia en el México moderno: una práctica política más motivada por las propias limitaciones y interés estratégico del movimiento y sus líderes que por una creencia ideológica arraigada como la de los Autónomos Italianos de los 70.

Ya en la Primera Declaración de la Selva Lacandona, el punto principal de las demandas era una marcha sobre México DF para derribar a un gobierno -el de Carlos Salinas de Gortari- considerado ilegítimo. Salinas venció en las elecciones de 1988 de forma turbia, llegando a quemar los votos emitidos para evitar un segundo recuento. Tras ello, aplicó un programa de privatizaciones y liberalización que conduciría, en 1994, al tratado TLCAN. La izquierda institucional mexicana, el PRD, tras ganar casi con seguridad las elecciones de 1988 y ser privada del triunfo, observaba la aplicación de un programa regresivo que truncaba algunas de las pocas conquistas sociales conseguidas durante el siglo XX, a causa de la Revolución, y que eran el fundamento del apoyo popular de que aún gozaba el PRI. Sin éste desencanto, no se pueden entender los apoyos de que gozó la sublevación zapatista en otros estados mexicanos y en las grandes ciudades e impidieron al Gobierno Federal acabar con ella por la fuerza.

La referencia a Zapata y su uso como fundamento de la insurrección conectaban no sólo con la lucha de los indígenas del sur de México, sino también con el imaginario mexicano de la Revolución. Tras la independencia y los gobiernos autoritarios y fallidos que la sucedieron, con la dictadura de Porfirio Díaz como colofón, la Revolución Mexicana -una sucesión de episodios caóticos y guerras intestinas que se prolongaron durante casi dos décadas- se considera el punto de inicio del México contemporáneo y su núcleo de legitimación. El PRI tiene en el Revolucionario, aunque sólo sea ya el nombre, su fundamento. Zapata, División del Norte, Madero, Pino Suárez, Insurgentes, Aguascalientes: las referencias a la Revolución y sus protagonistas copan el callejero y el mapa del metro del Distrito Federal y las grandes ciudades mexicanas.

Villa, Zapata y sus compañeros en Ciudad de México, 1914. Villa se sienta en la silla presidencial, en tono jocoso, mientras que Zapata se niega a hacerlo.

El desencanto colectivo con el PRI -y sus partidos antecesores- tardó varias décadas en germinar. Heredero directo de los ganadores de la Revolución, el partido gozó de una gran legitimidad a causa de los grandes presidentes que dio en el pasado, como el general Lázaro Cárdenas, contemporáneo de Roosevelt, impulsor de la reforma agraria -que Emiliano Zapata diseñara en su momento- y de la nacionalización de los petróleos. Fue, además, el gran amigo de la II República Española y quien se ofreció de acoger al grueso de los exiliados en 1939. Aunque los sucesivos gobiernos fueron endureciendo su política, la capa de pintura revolucionaria pervivió: el gobierno mexicano acogió y apoyó a varios movimientos de izquierda latinoamericanos hasta los años 60, cómo el caso de Fidel Castro. La brutal represión de su propio mayo del 68, la matanza de Tlatelolco, disiparía toda duda y marcaría a toda aquella generación revolucionaria sin causa que tan brillantemente retrató Roberto Bolaño en Los Detectives Salvajes y de la que el propio Subcomandante Marcos y sus compañeros forman parte.

El PRD, liderado entonces por Cuáuhtemoc Cárdenas, el hijo del general Lázaro Cárdenas, perdedor de las elecciones y fundador del partido tras haberse escindido del PRI, ofreció un apoyo más o menos tácito al EZLN. El PRD, un partido de implantación básicamente urbana, tenía a gran parte de sus bases entre los simpatizantes -si no militantes activos- del EZLN, que para mediados de los 90, con las negociaciones en marcha, había crecido espectacularmente fuera de Chiapas. El PRD, con numerosos diputados y ostentando el gobierno municipal del Distrito Federal, facilitó el acceso de los neozapatistas al Parlamento y les ofreció cobertura para realizar sus actos en el DF. Aunque las bases urbanas eran muy similares, entre los dirigentes, no obstante, nunca existió demasiada confianza: procedían de culturas políticas muy distintas.

El discreto entendimiento empezó a romperse cuando se abrió el cerrojo institucional y el PRI empezó a tener opciones serias de caer. En el año 2000, el Subcomandante Marcos y los dirigentes del EZLN apostaron por no posicionarse ni intervenir en las elecciones que acabaron aupando a Vicente Fox, del derechista PAN, el primer presidente no priista desde 1929. Tras su asunción de la presidencia, el EZLN optó por una política de perfil bajo: se adujo que existia un acuerdo y sintonía personal con Fox que ayudaría a resolver el conflicto satisfactoriamente para el zapatismo. Las bases urbanas no entendieron este posicionamiento, que de hecho implicaba replegarse ante la ofensiva de un gobierno que se les antojaba más neoliberal, regresivo y pro-estadounidense que los dos anteriores. Obviamente las negociaciones no llegaron a puerto y el desencuentro se fue acrecentando: en las elecciones de 2006 el EZLN apostó directamente por organizar una campaña alternativa a los partidos: La Otra Campaña. Tampoco se interesaron por las crisis desencadenada por las fuertes suspechas de fraude en las elecciones: gran parte de la base social urbana no entendió que el zapatismo no se implicase en impedir un nuevo gobierno de la derecha que, a medio plazo -como de hecho ha sucedido- posibilitaba el retorno del PRI.

A dos décadas del levantamiento, el neozapatismo sigue siendo una fuerza poderosa en el sur de México, fundamentalmente en Chiapas, pero fuera de las comunidades autogestionadas -que, como ellos mismos reconocen, se sostienen en gran parte por la ayuda exterior- sólo cabe hablar de estancamiento, por más que el EZLN realice periódicamente demostraciones de fuerza. Cerrada definitivamente la vía militar -ya se escenificó el abandono de la lucha armada-, negada la posibilidad de un salto institucional, su liderazgo se ha diluido en el resto de México: el común de los simpatizantes no entiende muchas de las decisiones del Subcomandante Marcos y su equipo, en particular la renuncia a la construcción de un proyecto de país. El liderazgo de la izquierda queda en manos de un partido poco funcional y lleno de contradicciones como el PRD, pero que cuenta con gobiernos estatales y municipales -empezando por el mismo DF- dónde gobierna sobre millones de personas. El zapatismo, más allá de ser un símbolo estético, allá en la lejana selva, ha dejado de ser un referente político tangible para muchos mexicanos.

A la hora de valorar las dos décadas de proyecto neozapatista, cabe plantear todo su recorrido y no sólo las aportaciones estéticas: en particular, sus limitaciones. Partiendo de una insurrección armada que consigue mantener el pulso a un ejército regular durante dos semanas pero que inevitablemente fracasa, dando por cerrada la via insurreccional abierta; y a dos largas décadas de negociaciones y devaneos que a los sucesivos gobiernos mexicanos les ha interesado postergar, comprobadas ya las limitaciones autoimpuestas de su interlocutor en la vía armada y la institucional. La construcción de un contrapoder popular y autogestionado, teóricamente libre de la influencia de las instituciones y el mercado, pero que al final sobrevive por las subvenciones y ayudas de gobiernos y por el apoyo extranjero -el turismo. Para finalmente llegar a una situación de estancamiento y de abandono de las bases, que no pueden estar hipermovilizadas constantemente sin un objetivo claro.

La izquierda europea, que ha mitificado la virginal pureza de la sublevación zapatista en contraposición a las molestas contradicciones de los partidos europeos y los gobiernos latinoamericanos -insurrección armada sin tener que justificar muertos, política de masas sin el pestilente lodo institucional- quizá debería echar un ojo a estas lecciones históricas para afrontar su propio futuro. Porque si se descarta la vieja y cíclicamente renaciente tentación de los 60 de retirarse a las comunas y el desborde insurreccional del Estado -de Génova 2001 a Rodea el Congreso pasando por Atenas, los antidisturbios de la UE y la OTAN no se rinden ante manifestaciones, por masivas que éstas sean- a las nuevas izquierdas les quedan realmente pocas cartas en la manga.

“La lucha es como un círculo: se puede empezar en cualquier punto, pero nunca termina”

Dijo el Subcomandante Marcos que la lucha es como un círculo, puesto que puede empezar en cualquier punto pero nunca termina. Dos décadas después, la interpretación mayoritaria entre los que la han leído es que el círculo es una noria, y la lucha significa dar vueltas, de forma incansable, sin ni tan ni siquiera una zanahoria a la vista. Una lástima: el legado neozapatista es mucho más que eso.