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Caesar: Life of a Colossus – Adrian Goldsworthy

Cayo Julio César es probablemente el romano más conocido de todas las épocas de la historia de Roma. Fue general, político, escritor e incluso sacerdote, y en todos estos campos brilló con luz propia, teniendo una influencia enorme y notoria sobre la Historia. No extraña, por tanto, que abunden biografías suyas, incluyendo esta. Por supuesto, ninguna biografía de César puede superar las de Suetonio y Plutarco, ya que todas son tributarias de estas. Pero acudir a las fuentes tiene el problema de leer a historiadores de otra época, que dan por sentados conocimientos que no tenemos por ser hijos de la nuestra. Incluso para los más frikis de la Historia Clásica, hace falta un cierto contexto. Proporcionar este contexto –suficiente para humanizar y entender a César, pero no tanto como para que se diluya- es el gran mérito del profesor Adrian Goldsworthy, que en esta colosal obra nos acerca al coloso romano, su vida y su día a día; biografía más meritoria por cuanto hablamos de alguien que vivió hace dos milenios y cuya vida, sin embargo, conocemos muy bien (por cierto, la pueden encontrar también en castellano, bajo el sugerente título “César, la biografía definitiva [1]”, por si su ánglico es nivel relaxing cup).

Cuesta imaginarse hoy día a un político como César. Por hacer una comparación absurda con alguno, tomemos a Alberto Ruiz Gallardón (no tan absurda en lo que se refiere a ambición desmedida y ser un figurín): imagínense que Gallardón (nacido en 1958) se hubiese casado sucesivamente con una hija de Franco -en vida de este- y una nieta del Rey, que de joven hubiese sido sodomizado por Nicolau Ceaucescu, que hubiese sido secuestrado por un comando de ETA y que posteriormente hubiese fusilado a todos sus miembros, que hubiese tenido amoríos con la mujer más poderosa de su tiempo –una mezcla entre Ángela Merkel y Carla Bruni- y con las mujeres de Zapatero y Rajoy, y una relación de amante muy especial, duradera e íntima con Ana Botella, que nos hubiese regalado amplias obras públicas de miles de millones de euros (pero ojo: pagándolas de su bolsillo), que hubiese ocupado los cargos de ministro de Fomento, interventor del estado, secretario general de la Conferencia Episcopal y presidente del Gobierno, que tras gobernar descaradamente a favor de Polanco y Botín a finales de los años 90 hubiese sido enviado como delegado del gobierno a Ceuta y Melilla, que con los legionarios y guardias civiles de ambas ciudades hubiese conquistado Marruecos y media Argelia -siendo además el primer occidental en llevar un ejército al Sahel-, que hubiese desatado una guerra civil para llegar de nuevo a presidente, que en esta ocasión gobernara tan bien que se hubiese resuelto la crisis y tuviésemos pleno empleo, que en sus ratos libres hubiese escrito una obra equiparable a El Quijote y combatido una grave epilepsia, y que en 2014 muriese apuñalado en el estadio de la Peineta por unos conspiradores liderados por “uno de los españoles más honestos y prestigiosos”: Jose María Aznar Junior. Pues estamos en 2013 y Gallardón, supuestamente uno de los políticos más extravagantes y “verso suelto” del panorama patrio, apenas ha llegado a miembro de un gobierno al que solo le falta el Ministerio de Andares Raros para irse de gira con los Monty Python. Políticos: antes molabais.

 

Veni, vidi, legi.

El pequeño Cayo

Cayo, de la gens Julia, de la familia de los César, nació en el año 100 antes de la era cristina, en una antigua familia patricia, si bien algo venida a menos y con considerables adiciones plebeyas. Su padre alcanzó la pretura, pero murió cuando Cayo tenía 15 años, convirtiéndose Cayo en el pater familias, la máxima autoridad del hogar, aunque su madre, Aurelia, ejercería una considerable influencia sobre él durante muchos años más (lo cual entierra el mito de que nació por cesárea: con la medicina de la época, Aurelia no habría sobrevivido). Del resto de su familia, cabe destacar a su tío Sexto Julio César, cónsul en el año 91 a.C., y a su tía Julia, esposa de Cayo Mario, líder del partido de los populares – esto es, los del pueblo, como opuestos a los nobles, los optimates.

Su infancia fue como la de cualquier otro joven patricio, y su educación corrió a cargo de profesores privados que acudían a casa a enseñarle. Lo más relevante de la educación de un joven patricio era, por supuesto, la historia de Roma en general, el destacado papel de la familia del joven en ella en particular, y la conciencia de que se iban a medir sus logros con los de sus ancestros. Así, desde niño, Cayo adquirió una enorme conciencia del lugar que correspondía a su familia y una no menor ambición (impulsada aún más por sus padres al ser el único hijo varón), incluso para un patricio de la época. Ambición que se plasmó en un deseo de figurar y de destacar.

Sus primeras acciones como adulto emancipado dan cuenta de ello: con 16 años se divorcia (o más probablemente anula un matrimonio pactado) de Cosutia, hija de una familia muy rica pero plebeya y sin influencia política, para casarse con Cornelia, la hija de Lucio Cornelio Cina, aliado de Cayo Mario y en aquel momento cónsul y tirano de Roma. Como regalo de boda, Cina le nomina para Flamen Dialis, sacerdote de Júpiter, uno de los pocos cargos públicos reservado todavía a los patricios; es más, reservado para un patricio casado con una patricia por el antiquísimo rito del confaerratio. El cargo, de un enorme prestigio y tradición (una de las muchas supersticiones que lo rodeaban era que al sacerdote solo podía afeitarle y cortarle el pelo un hombre libre usando cuchillas de bronce, señal de la enorme antigüedad del cargo), por un lado habría impedido a Cayo Julio desarrollar una carrera política al uso, pero por otro le habría permitido sentarse en el Senado a una edad muy temprana. Finalmente no llega a ocuparlo porque el Pontifex Máximus, sumo sacerdote que debía confirmar su nombramiento, se negó (el flamen debía ser además hijo de patricio y patricia casados por confaerratio, y Aurelia era plebeya, de modo que en puridad Cayo no podía ocupar ese puesto). Para cuando Cina elimina este inconveniente –vía eliminación del Pontifex-, la guerra civil entre populares y optimates acaba con victoria de estos últimos. Lucio Cornelio Sila, dictador optimate, restaura la antigua constitución patricia y persigue a los partidarios de Mario y Cina. César, con apenas 18 años, está ya muy arriba en la lista, pero Sila en principio se conforma con exigirle que se divorcie de Cornelia. César se niega –único de los partidarios del “régimen” en rechazar una salida tan sencilla, Goldsworthy lo ve como parte de su deseo de destacar a toda costa- y Sila decreta su persecución. Las numerosas intercesiones de familiares y amigos logran que Sila le perdone, aunque no antes de soltar la profética frase: “vigiladle, en este César veo muchos Marios.”

 

La Reina de Bitinia

Tras este episodio, César pone tierra de por medio y se va a Asia. Asia no era aún el nombre del continente, sino solo de una provincia romana en el oeste de Turquía (igual que “África” denotaba la provincia romana en la actual Túnez). Su padre había sido gobernador de la misma, y César forma parte del gabinete del gobernador actual, distinguiéndose en la toma de la ciudad de Mitilene, en la que gana la corona cívica, la más alta condecoración al valor de la República. Sin embargo, antes se produce un incidente que perseguirá a César toda su vida: el encuentro con Nicomedes de Bitinia.

El incidente tuvo lugar en la corte de Nicomedes, rey de Bitinia, y al parecer fue relatado por unos empresarios romanos que estaban por allí de viaje de negocios. Según el relato, César llegó a Bitinia como enviado especial del gobernador romano, y Nicomedes montó una fiesta de lujo asiático en su honor. El vino, las atenciones, la música, los regalos, el lujo… una cosa llevó a la otra, y hacia el final de la fiesta un César muy animado y embriagado fue llevado a los aposentos de Nicomedes con ropajes púrpuras para lo que ustedes se imaginan.

La homosexualidad, sin ser un crimen penal –aunque lo era en el ejército-, estaba muy mal vista por los romanos, que la consideraban una de las causas de la decadencia griega. Sumado esto al odio que sentían los republicanos romanos por los reyes en general, el hecho de que Nicomedes era un anciano decrépito y que Cayo Julio evidentemente había sido el pasivo, aquello fue un golpe muy duro a su reputación. César siempre negó que hubiese pasado algo, y la mención de aquel incidente era casi lo único que podía sacarle de sus casillas, pero no pudo evitar que le pusieran el mote de “Reina de Bitinia”. Goldsworthy ve el incidente como muy creíble, aunque aclara que las difamaciones de tipo sexual eran muy comunes en Roma.

Treinta años más tarde, en su triunfo por la victoria en las Galias, los legionarios de César, en los tradicionales cánticos burlones, hicieron referencia a este episodio; César reaccionó con un juramento solemne en el Foro asegurando de nuevo que no había pasado nada – aunque más que despejar dudas, hizo un poco el ridículo.

Y parecía tan formalito…

Abogados, adulterios y piratas: los principios de una carrera política

En la década de los 70 César se dedica a perfeccionar sus artes oratorias en la escuela de Rodos, a seducir a mujeres casadas, y a ejercer de abogado (los juicios eran públicos; así César se dio a conocer como brillante orador pese a perder la mayoría de pleitos). También se dedica a pasearse por Roma hecho un pimpollito (Sila había muerto en 78 a.C.), como hacían muchos jóvenes patricios, aunque al contrario que la mayoría, su despilfarro en ropas llamativas -aunque siempre correctas- contrastaba con su frugalidad en el comer y el beber, así como con su casa en el barrio más bien humilde de Subura. La cuestión era destacar, hacerse un nombre, para satisfacer su inmenso ego.

Es posible que en esto esté la explicación de su incansable esfuerzo por seducir a las mujeres de otros hombres. Aunque, como afirma Goldsworthy con flema británica, “no podemos descartar, solo porque es un argumento muy básico, que César tuviese abundante sexo con tantas mujeres solo por el mero placer de tenerlo”, lo cierto es que César podía haber obtenido todo el sexo que quisiera con esclavas o prostitutas, cosa que no estaba mal vista siempre que se llevase con discreción. Que las mujeres seducidas estuviesen todas casadas no debe llamar la atención, ya que las casaban siendo prácticamente unas niñas, se las volvía a casar en cuanto quedaban solteras –para establecer alianzas familiares- y muchas se pasaban años sin ver a sus maridos cuando estos servían a Roma en las provincias. La razón más profunda debía ser la voluntad de César de demostrar que podía ser superior a cualquier hombre, ya fuese en el Foro o en la cama.

En esta época cae también un episodio que revela mucho de su personalidad: durante un viaje por mar, su barco fue asaltado por unos piratas que le tomaron prisionero y solicitaron un rescate de 20 talentos. César se rió de ellos y les dijo que exigiesen 50, que él los valía. Luego, mientras sus sirvientes recaudaban el rescate de 50, César convivió con los piratas sin inmutarse, regañándoles cuando su cháchara no le dejaba dormir, leyéndoles poemas, y afirmando que los iba a crucificar a todos. Los piratas se reían de él… y una vez libre, César reclutó hombres y barcos y capturó a los piratas en la misma playa donde le habían liberado. Pero el gobernador romano no quiso crucificarlos sino venderlos como esclavos (y así embolsarse un beneficio), así que César, contraviniendo órdenes, los crucificó allí mismo, aunque como les había tomado cariño ordenó que los degollaran antes. Dado el extraordinario suplicio de la crucifixión, esto fue un acto de -relativa- clemencia por parte de César, que siempre se mostró magnánimo en la victoria. Cuando Marco Licinio Craso, en la misma época, derrota a Espartaco y crucifica a 6000 esclavos a lo largo de la Vía Apia, no tiene ese detalle.

 

Calentamiento para el partido

Estamos en el año 70 a.C. César tiene 30 años, ha ejercido el cargo de tribuno militar, ha sido elegido sacerdote (no el Flamen Dialis sino un sacerdocio inferior), se ha hecho un nombre y está dispuesto a volver a entrar en la gran política. Fracasada la vía rápida –braguetazo con la hija del mandamás-, César inicia su “marcha por las instituciones”, siempre dentro de la constitución patricia impuesta por Sila (rechaza unirse a Sertorio o a la rebelión de Lépido, los últimos partidarios de Mario). A lo largo de los años 60 es elegido pretor, cuestor, edil, Pontifex Máximus (nada que ver con el Papado actual, más bien una mezcla entre ministro de cultura y presidente de la conferencia episcopal) y encargado del mantenimiento de la Vía Apia. Pasa un año en Hispania Ulterior como ayudante del gobernador, y vuelve siete años después como gobernador (y se trae como ayudante al hijo del gobernador con el que sirvió; indicio de algún tipo de alianza familiar que era muy común en Roma, y que se extendía a las élites provinciales). Incluso ha pegado un “contrabraguetazo” y se ha casado con Pompeya, una nieta de Sila. Así, para el año 60, está ya listo para dar el salto al puesto más alto: el consulado.

Es importante recordar que durante estos años César aún no es “EL CÉSAR [fanfarria de trompetas]”, sino solo “Cayo Julio, ya sabes, [guiño-guiño] la Reina de Bitinia”, es decir, un senador ambicioso y con futuro, pero solo uno de muchos. Otro es Catón el Joven, que será su gran rival político y del que Goldsworthy destaca paralelismos muy interesantes: también Catón es ambicioso y busca llamar la atención, pero donde César lo hace con extravagancia, él lo hace con un despliegue de viejas virtudes romanas: camina descalzo, rechaza sobornos y combate corruptelas, no usa joyas ni telas de colores, y se adhiere rígidamente a las virtudes de los antiguos, virtudes que seguían en alta estima en Roma incluso cuando ya casi nadie las seguía. También es el hermanastro de Servilia, la amante y confidente de César y madre de Marco Junio Bruto (el Bruto de “tu también, hijo mío”; aunque César le quería como a un hijo por su relación con Servilia, la diferencia de edad de solo 15 años hace muy improbable que fuese su padre).

Catón el Joven: Plutarco dice que se casó virgen y todo.

También andaba por ahí Marco Tulio Cicerón, gran prosista y orador, y que llegó a cónsul (el primero de su estirpe, lo que se denominaba un homo novus) y combatió la conspiración de Catalina. Bastante más voluble que Catón, se vio sobrepasado por los acontecimientos. Es una de las principales fuentes de la época gracias a sus cartas, que mandó publicar. No es objetivo, pero como nos recuerda Goldsworthy, ninguna fuente sobre César lo es.

Pero son dos hombres distintos los que dominan la política en Roma: Marco Licinio Craso y Cneo Pompeyo Magno. Ambos fueron partidarios de Sila y en principio optimates, aunque posteriormente no dudaron en deshacer la constitución silana para agraciarse con los plebeyos con medidas populares (recordemos que populares y optimates no eran partidos como los entendemos hoy, sino más bien corrientes; la política romana es fundamentalmente individual, e importan mucho los logros personales). Craso ha aplastado la revuelta espartaquista, y dedica mucho tiempo a cuidar sus relaciones políticas en Roma. Pompeyo es un general con un impresionante historial de victorias para la república, aunque pasa tanto tiempo en campaña que está algo desconectado del día a día. Indicando claramente por donde empieza a estar el verdadero poder, ambos son los hombres más ricos de Roma, Craso incluso proverbialmente (“rico como Craso” se dice aún hoy; Craso afirmaba que ningún hombre podía llamarse  rico si no podía reclutar su propio ejército).

Ese verdadero poder lo usa también Cayo Julio, que al empezar su carrera política ya tiene una deuda de 31 millones de sestercios (para que un plebeyo ascendiera a la clase de los équites, tenía que demostrar un patrimonio de 400.000 sestercios), y no cesa de acumular más en cada cargo. Así, como edil organiza fiestas enormes, y como encargado de la Vía Apia la mejora con fondos propios. Tuvo deudas con varios deudores, aunque poco a poco pasa a ser patrocinado casi en exclusiva por Craso.

En el año 60, Pompeyo y Craso están cabreados con el Senado. El primero ha recibido del Senado un varapalo negándole el triunfo, la confirmación de sus leyes para ordenar el Oriente, y la cesión de tierras a sus veteranos. El segundo ha prestado dinero a unos publicani (empresas que asumían servicios públicos) que habían pagado fuertes sumas en un concurso público para hacerse con la recaudación de impuestos de las provincias orientales, solo para encontrarse que tras las guerras de Pompeyo no quedaba mucho que recaudar, y como buenos liberales -ciertas cosas no cambian- pretendía que el estado los rescatara, a lo que el Senado se negó.

En este momento César retorna de Hispania para recibir un triunfo por una victoria sobre los lusitanos y ser elegido como cónsul. Catón retrasa el triunfo con artimañas parlamentarias para que César no pueda entrar en Roma y presentarse en el Foro como candidato al consulado, como exigía la ley, pero César le sorprende (a él y a todos) saliéndose por la tangente: renuncia al triunfo (un hecho casi sin precedentes en Roma, donde el triunfo era la gloria más alta a la que pudiese aspirar un romano) y se presenta en el Foro, siendo elegido cónsul para el año 59. Ha llegado a primera división. Puede empezar el partido.

 

El triunvirato

Durante su consulado del año 59, Cayo Julio se dedica a aprobar todas las leyes que Pompeyo y Craso desean. Sorprendentemente, Craso apoya las pretensiones de Pompeyo, y este las de Craso, cuando ambos habían estado enfrentados hasta ese momento. César ha muñido un acuerdo entre los tres para provecho mutuo, llamado el Primer Triunvirato, y los senadores optimates no logran hacerle frente. Para blindar el acuerdo, César casa a su hija Julia con Pompeyo.

El resultado del consulado de César y Bíbulo (los años recibían los nombres de ambos cónsules, pero César eclipsa tanto a su colega Marco Calpurnio Bíbulo que los cronistas hablan en broma del año de Julio y César) es enormemente satisfactorio para los tres: los veteranos de Pompeyo reciben tierras, Pompeyo su triunfo y la confirmación de su reordenación del Oriente, los amigotes emprendedores de Craso una rebaja de un tercio de lo que deben a la república, el propio Craso es rehabilitado y ve posible volver a ser cónsul algún día, y César… ¿qué gana César, que ha puesto la cara durante todo el año?

César gana un gobierno proconsular. Existía la costumbre de darle a un cónsul saliente el gobierno de una provincia lejana durante un año. Pues bien, César logra no una sino tres provincias, y no por uno sino por cinco años, con varias legiones bajo su mando, y con libertad para elegir a sus oficiales. En el año 55 a.C. el triunvirato se reúne de nuevo, y el poder proconsular de César (que ya ha dejado de ser el socio menor del triunvirato para ponerse en igualdad con Craso y Pompeyo) será prorrogado otros cinco años. Craso y Pompeyo accederán al consulado ese mismo año, y viendo lo bien que le va a César se piden su propio poder proconsular. Craso se marcha a Siria, y empujado por su codicia empieza una guerra con el Imperio Parto. Los partos le capturan y en un descarado plagio de Juego de Tronos [2] le ejecutan volcando una copa de oro fundido en su boca. Con su muerte, acaba el triunvirato; y el Senado lo aprovecha para camelarse a Pompeyo –Julia había muerto durante un parto-, temeroso del poder que está acumulando César, que acaba de completar su particular Tour de Francia.

 

La Guerra de las Galias

Hay biografías de César que se centran solo en la parte militar (despreciando la política, cuando para un romano no había realmente diferencia entre ambas). Para esos biógrafos, la chicha empieza aquí: con una guerra colonial de siete años de duración, sin ninguna justificación más allá de su sed de fama y fortuna, y en la que mueren tal vez un millón de galos. Puede que fuese un coloso, pero no era buena persona (aunque visto en el contexto de su época, no era excepcional, e incluso podía ser relativamente clemente, siempre y cuando no le perjudicara). Con la excusa de ayudar a una tribu amiga de Roma, César empieza a intervenir en los asuntos galos, cada intervención lleva a otra, y cada victoria romana a una nueva coalición gala hasta que la última coalición es destrozada en la batalla de Alesia en el 51 a.C.

Goldsworthy recalca una vez más que es esta guerra la que crea el mito de César. Hasta ese momento, la carrera de César realmente no tenía nada de excepcional. Aparentemente era rápida y brillante, pero es que tras la guerra civil y las muchas muertes en la élite senatorial había sitio y cargos para que un joven pudiese ascender deprisa. Y tampoco es tan joven: Alejandro Magno conquistó medio mundo y murió a los 33 años, Aníbal empezó la Segunda Guerra Púnica con 29 años, y Escipión el Africano le derrotó en Zama con 34 años. Cesar tiene 41 años, no ha conducido tropas salvo una campaña fácil contra los lusitanos, y no es más que un ilustre ex-magistrado enviado a administrar una provincia.

A todo esto, que su objetivo fuesen las Galias resultó casi accidental. En principio César recibe la Galia Cisalpina (la de “este lado de los Alpes” visto desde Roma, es decir, el valle del Po) e Iliria, y sus primeros movimientos de tropas sugieren que pretendía ganar fama y gloria con una guerra hacia el este, hacia los Balcanes. La muerte fortuita del gobernador de la Galia Transalpina (“más allá de los Alpes”: valle del Ródano y sur de Francia) le hace recibir de carambola una tercera provincia y más tropas. Miel sobre hojuelas, debió pensar, pero entonces la tribu gala de los Helvetii inicia una migración que trastoca el equilibrio entre tribus, tiene que empezar a mediar, y en algún momento decide que su gran campaña será en la Galia.

Durante sus campañas, César se revela como un auténtico genio militar, y explota hábilmente sus triunfos para ganarse a los romanos, que les tenían un miedo ancestral a los galos desde que estos conquistaran y quemaran Roma en el 390 a.C. Para ello escribe su obra más famosa, De Bello Gallico, publicada en varios tomos (uno por año, seguramente durante los inviernos que obligaban a parar la guerra) y probablemente dirigida al pueblo llano, a tenor de lo mal que suelen quedar los oficiales nobles, y lo bien que deja César a los legionarios y centuriones. Se la considera todavía uno de los mejores clásicos en lengua latina, a pesar de no dejar de ser pura propaganda (disfrazada de imparcialidad al escribir de si mismo en tercera persona). Inteligentemente, también realiza incursiones perfectamente calculadas en Germania y en Britania. No puede conquistar estos territorios (pese a su rimbombante propaganda, los medios materiales son claramente insuficientes), pero sus acciones le servirán para presentarse ante los galos como su defensor frente a los germanos, legitimando parcialmente el dominio romano, y para convencer a los britanos de que dejen de ayudar a sus levantiscos primos galos.

 

Tras diez años de juego, César llega a la pantalla final del Age Of Empires

Marcia su Roma

En 50 a.C. la Galia está “pacificada”. Roma en cambio es un hervidero, merced a un regalo envenenado que César ha dejado atrás: Publio Clodio Pulcro, según Cicerón un camorrista, mafioso y terrorista de la peor especie, siembra el terror en Roma. A su muerte en 52 a.C., sus seguidores incendian el Senado. Solo la intervención de Pompeyo, investido de poderes especiales (consul sine colega, cónsul único, ya que el título de dictador recordaba demasiado a Sila) por los optimates, restaura el orden.

Los historiadores no se ponen de acuerdo en porqué César apoyó a Clodio como tribuno de la plebe. Clodio había sido la causa de su divorcio con Pompeya Sila a causa de un supuesto amorío que llevó a César a decir aquello de “la mujer del César no solo tiene que ser honesta, sino parecerlo”. Todo esto mientras César seducía a las mujeres de Pompeyo y de Craso, y mantenía durante años una relación con Servilia, esposa del cónsul Silano, así que los líos de cama tampoco debían ser un gran problema en Roma. Algún autor especula que César esperaba que Clodio la liara parda, para poder volver de las Galias con el prestigio conseguido, restaurar el orden y convertirse en el hombre más poderoso de Roma. Si ese era su plan, los optimates se le adelantaron con el nombramiento de Pompeyo.

Para el año siguiente, César quería ser cónsul. El Senado, dominado por los optimates, le exigió que depusiese su mando sobre las provincias y legiones de la Galia. César respondió ofreciendo aceptar si Pompeyo también renunciaba a sus cargos. El Senado interpretó esa respuesta como lo que era -un desafío a su autoridad- y le proclamó enemigo público. Los tribunos de la plebe, sintiéndose “inseguros”, huyeron de Roma al campamento de César a pedirle “auxilio”. César no duda: sus soldados cruzan el rio Rubicón, frontera norte de Italia y que ningún general armado puede cruzar sin permiso del Senado, e inician su Marcha sobre Roma.

Se suele traducir como “La suerte está echada”. En realidad dijo “Alea jacta esto”: que sea echada la suerte. Y en griego. Y dijo “dado” en vez de “suerte”. Y encima la frase es de otro.

Goldsworthy prosigue la biografía de forma desapasionada, pero nosotros nos detendremos un minuto aquí. Porque este es el punto donde César deja de ser un curioso señor de la antigüedad para convertirse en un modelo, inspirador, ejemplo o espanto para la época actual. Me refiero al hecho de que César acaba de convertirse en un golpista fascista de libro. De hecho, acaba de inventar el fascismo (o al menos ha asentado el modelo estético que seguirán fascistas de toda laya en el futuro).

Con eso no me refiero a que César fuese un nostálgico del régimen marianista, ni que se pasease por tertulias soltando exabruptos mientras decía que la sanidad pública era un atentado intolerable a su libertad individual. Para todo eso, ya tenemos la palabra “facha”, un término tan manido que ya casi solo significa “opuesto a progre” en nuestro diccionario político (el mismo diccionario que define “progre” como “todo lo que no sea facha”). Con fascista quiero decir que César y sus palmeros, en lo subsiguiente, adoptan un discurso que se puede resumir en: “es hora de dejar los politiqueos y hacer las cosas. Solo un hombre fuerte puede resolver los problemas de Roma. Solo un hombre no contaminado por el sistema lo hará. Mientras mis tropas y yo nos sacrificábamos por todos en la Galia, politicuchos cobrando suculentas dietas han sangrado al pueblo de Roma y ahora van a por los tribunos y a por mí, a por el campeón del pueblo. Apoyadme y con las virtudes militares y el entusiasmo de la juventud devolveremos a Roma a sus días de gloria. Lo único que pido es que se respete mi dignidad.

 

Próximamente en su suministrador de demagogia más cercano: “El Senado sobra y solo quiere mantener sus privilegios. Marchemos sobre Roma.”

César no marcha directo a Roma sino que persigue a Pompeyo y a los líderes optimates, que huyen hacia el sur y saltan a Grecia, para reunir un ejército en las provincias orientales. César retorna, se lleva seis legiones a Hispania y derrota allí a las tropas fieles a Pompeyo cerca de Ilerda (Lérida). En la propia Italia apenas hay enfrentamientos, salvando algún asedio que se suele resolver por las buenas. César es magnánimo y perdona a todos.

César en todo momento sostiene que se ha visto obligado a dar este paso porque los optimates amenazaban su dignitas. El hecho de que, ante su obvia ilegalidad, no saltasen ejércitos “con solo patear el suelo”, como decía Pompeyo, es prueba para bastantes historiadores de que la república está políticamente exhausta: el dinero y las relaciones personales lo eran todo. Todo estaba tan podrido que la llegada de un hombre como César era vista como una liberación por muchos, o al menos con indiferencia por la mayoría.

César vuelve a la carrera de Hispania a Roma, se hace nombrar dictador y cónsul, y pasa a Grecia a combatir a los optimates, a los que derrota en la batalla de Farsalia, perdonando de nuevo a los que se rinden, incluyendo a Marco Junio Bruto. Pompeyo escapa a Egipto, inmerso en una guerra civil, y el bando del rey Ptolomeo le asesina para congraciarse con César, que llega a las pocas semanas. No obstante, la hermana del rey, Cleopatra, logra llegar hasta César (oculta en una cesta de ropa sucia y no enrollada en una alfombra como a veces se dice) y convencerle de que la apoye a ella. Luego se van de crucero por el Nilo, así que no hace falta mucha imaginación para ver los “argumentos” de Cleopatra.

Pero los pompeyanos siguen sin rendirse, y César tiene que volver corriendo a Roma a ordenar cuatro cosillas, para salir enseguida hacia África, donde derrota al pompeyano Quinto Metelio Escipión en Tapso. Ante la noticia, Catón el Joven se suicida atravesándose las tripas con su espada (la herida no resulta mortal y le cosen, pero Catón –al que no le faltaban arrestos- abre las costuras con sus propias manos y se desangra). Nueva vuelta por Roma, y nueva salida hacia Hispania, donde el gobernador ha resultado tan impopular que las tropas y los nativos se han unido a los enemigos de César, y dos hijos de Pompeyo han tomado el poder. César los derrota en la batalla de Munda (escenario no localizado con precisión, pero cerca de Córdoba), y al fin puede volver triunfante a Roma. Ya no quedan enemigos.

 

Los Idus de Marzo

Tampoco iba a quedarse mucho tiempo en esta ocasión. Las fuentes aseguran que estaba preparando una campaña en el Este (Balcanes y valle del Danubio, y posiblemente una expedición contra los partos para vengar a las legiones de Craso) cuando fue asesinado.

Sus asesinos eran en gran medida senadores y optimates indultados. No tuvieron gran problema, pues César ya no usaba guardaespaldas y –viendo a Bruto entre los conspiradores- ni siquiera intentó huir. La excusa para matarlo fue que quería proclamarse rey (Marco Antonio, en calidad de sacerdote, le había ofrecido una corona semanas antes; César la rechazó, pero es evidente que era un montaje, aunque no sabemos si para sondear al pueblo o para dejar claro que él no aspiraba a ser rey), aunque ya tenía poderes comparables a un rey. Bruto y otros, seguramente, pensaban que no era compatible con la dignidad de una república el que los acuerdos se tomasen a puerta cerrada y de acuerdo con los designios de un solo hombre (aunque ciertamente todos ellos –o sus familias- se habían beneficiado de las decisiones unilaterales de Sila 35 años antes), incluso a pesar del buen gobierno de César: codificación de leyes, creación de colonias, reducción del número de paniaguados… claro que las fuentes que nos hablan de su buen gobierno proceden del Imperio, y los emperadores estaban muy interesados en dejarle en buen lugar ya que su legitimidad se derivaba de César.

Para mantener esa ficción de “no es un golpe, es liberar a Roma de un tirano” Bruto y los demás líderes acordaron que solo se mataría a César, pese a que algunos conspiradores, más realistas, querían cargarse al menos a Marco Antonio. Tendrían razón, pues tres días después, en el funeral de César, Marco Antonio hizo una lectura pública de su testamento (si quieren que se les pongan los pelos de punta, lean la escena en Shakespeare) y, viendo que el pueblo respondía, los llamó a vengar a su campeón. Los conspiradores tuvieron que huir, y se inició un nuevo ciclo de guerras civiles, más crueles aún que las anteriores, y que terminó 15 años después con la victoria de Octavio, sobrino-nieto de César, su heredero principal, y futuro emperador Augusto.

Augusto es considerado como el primer emperador por haber fundado la institución del Principado, aunque él se estilaba como el heredero de César, adoptando, al igual que todos sus sucesores hasta el fin del Imperio, el nombre de “Cesar” (de ahí que Jesucristo dijese “al César lo que es del César”, refiriéndose al emperador Tiberio), y Suetonio titula su biografía de los doce primeros emperadores –incluyendo a Cayo Julio- “Vida de los doce Césares”. Es difícil saber si el Principado o algo similar era la intención de Cayo Julio César. No tenía sucesor (Marco Antonio le fue útil, pero demostró ser un fantoche, y Octavio por entonces solo un adolescente odioso), ni realmente algún plan a largo plazo para la República, todo su accionismo parecía servir solo para encubrir una falta de ideas. Tal vez eso explique el fatalismo con el que encaró su muerte.

 

Días antes de esta escena, en una discusión filosófica, César expresó que la mejor muerte era la rápida e inesperada. En ese sentido no pudo quejarse.

La muerte de la República

César, con toda su brillantez, fue un hombre de su tiempo, e hijo de una República moribunda. La causa de su decadencia ha sido analizada miles de veces, normalmente para reflejar obsesiones o temas de actualidad del analista, así que con su permiso y si todavía siguen allí después de este mamotreto que me estoy marcando, vamos a añadir las nuestras. Porque la historia no es inocente, y el análisis de épocas pasadas es la base para el análisis de la actual, y si justificamos las acciones de César, estamos invitando a Gallardón a que ocupe la Moncloa con ayuda de Ana Botella y de la policía municipal de Madrid para vertebrar España a golpe de chotis.

La República Romana fue un estado muy exitoso, al menos mientras permaneció siendo una república con una fuerte clase media de granjeros-artesanos con un respeto reverencial a la ley y a las virtudes de los antiguos. Esas virtudes hicieron que Roma se sobrepusiera a los más duros golpes (por ejemplo prohibían ceder ni un ápice, aunque eso hizo que las guerras civiles fuesen más cruentas aún al no hacer posibles las salidas negociadas). Aníbal derrotó a sus legiones por docenas, y no podía creer que no solo no se rindieran –ni siquiera tras Cannae y con los cartagineses a las puertas de Roma-, es que seguían dando guerra 20 años más hasta la victoria final. Pero con la victoria sobre Cartago, Roma se convirtió en la potencia hegemónica del Mediterráneo, y adquirió amplias provincias con poblaciones que no tenían los derechos de los ciudadanos romanos, ni siquiera de los aliados latinos. La explotación despiadada de estas provincias enriqueció rápidamente a una minoría, mientras muchos campesinos habían perdido sus granjas durante las campañas de Aníbal, o se arruinaban debido a las importaciones de trigo barato de las plantaciones de esclavos de Sicilia, y se iban a vivir a Roma como proletariado urbano, dedicándose básicamente a vivir de subsidios y a tener hijos (el nombre viene de proles, “hijos”), mientras vendían su voto a los demagogos de la minoría rica. El aumento de la desigualdad propició que los líderes ricos tuviesen demasiado que perder y por tanto se aferrasen al poder. El paso del Rubicón de César tiene que verse en este contexto: sabía que los optimates le iban a quitar todo si volvía a Roma sin ejército. Incapaz de reformarse o de acabar con la sangrante desigualdad económica –que llevó, como siempre hace, a una desigualdad política-, la República se convirtió en el campo de juego de los oligarcas, que en plan Los Inmortales lucharon hasta que solo quedó uno. Que se llamara rex, imperator, princeps o caesar augustus era lo de menos.

César fue solo uno más de los jugadores de este juego. Más hábil que la mayoría, sin duda, hasta el punto de que redefinió el concepto de liderazgo para los siguientes 2000 años. Roma estaba ya muy podrida, y no logró reformarla, si es que acaso lo intentó en lo fundamental, abriendo así el camino al Imperio como alternativa a las luchas de oligarcas. Lo cual no quita que su biografía sea fascinante, y un espejo en el que conocer aquella época. Si estas Navidades buscan un regalo para algún aficionado a la historia clásica, se la recomiendo.