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La victoria nacional – Michael Seidman

En estas fechas tan entrañables, en las que nos sentimos más españoles que nunca, resulta oportuno acercarnos a uno de los factores que más peso han tenido en el devenir de nuestro país para que continúe atesorando, a estas alturas, características tan envidiables: la victoria del bando franquista en la Guerra Civil Española.

Este libro se centra en analizar uno de los aspectos de la Guerra Civil a los que normalmente se le ha prestado menos atención: la organización económica y social, la función de la retaguardia y los aspectos logísticos que contribuyeron a la victoria de los rebeldes frente a la República. Se ha estudiado hasta la saciedad esta guerra, desde múltiples puntos de vista, pero es verdad que habitualmente se ponía más énfasis en los aspectos militares, la dimensión internacional del conflicto y las tensiones y problemas en el campo republicano, que contribuyen a explicar la derrota de la República. En cambio (al menos, en mi experiencia), no es tan habitual encontrarnos libros que estudien con rigor cuál fue la organización de la España Nacional, cómo funcionó la producción de alimentos, las comunicaciones, la recaudación de impuestos, la moneda, …

En todos estos aspectos se centra “La Victoria Nacional”, un libro que, como no pone tanto énfasis en los factores exógenos (la ayuda de la Italia fascista y la Alemania nazi, el Comité de no Intervención, etc.) para explicar la victoria del bando conservador, es muy del gusto de dicho bando. Y aunque, por supuesto, también se hace hincapié en la brutal represión de cualquier forma de disidencia para explicar el índice de productividad de la zona nacional (superior, en todos los órdenes, a la republicana), en general considera que otros factores, como la fiabilidad de los pagos y de la moneda en el bando nacional, una alimentación regular o el espacio dejado a la iniciativa privada, son más importantes. Con todo ello, ya tenemos en Seidman a un firme candidato a ser invitado a conferencias inaugurales en FAES, cuya obra, de hecho, ha sido referenciada, fundamentalmente, en medios de la derecha española. Pero no teman: no estamos ante un oportunista, sino ante un historiador serio: ¡figúrense que no cita a Moa, ni a César Vidal, en la bibliografía, y sí lo hace, en cambio, con Enrique Moradiellos, Ángel Viñas o Paul Preston, tres de las bestias negras de nuestra derecha montaraz! (Y también cita a historiadores del gusto de los conservadores, como Salas Larrazábal o Stanley Payne, que además figura en contraportada diciendo lo mucho que le ha gustado el estudio).

El punto de partida del libro compara la Guerra Civil, más que con la Primera Guerra Mundial o con la que se produjo a continuación, con guerras civiles en las que tomaran parte otros movimientos contrarrevolucionarios, como los rusos blancos [1] o los nacionalistas chinos. Dos conflictos en los que las fuerzas contrarrevolucionarias contaron con una ayuda material del exterior muy superior a la de sus oponentes comunistas, que además se combinaba en algunos casos (la guerra civil china) con una acusada superioridad numérica… Nada de lo cual serviría, a la hora de la verdad, para vencer.

Seidman se pregunta qué tuvo de particular el bando franquista para lograr la victoria, dado que inicialmente la población que controlaba, y los recursos económicos e industriales, eran significativamente menores a los de la República. Por supuesto, contaban con un ejército superior, mucho mejor pertrechado y más experimentado (especialmente al principio), pero sólo eso, dice el autor, no explica el éxito de los rebeldes. Además, el incipiente régimen franquista fue mucho más eficaz que la República en explotar sus puntos fuertes, entre los que se contaban:

– su capacidad represiva, que mitigaba con mucha más firmeza, incluyendo los siempre tradicionales fusilamientos, cualquier falta de compromiso con la causa por parte de los trabajadores o los empresarios. Aunque la evasión de impuestos, el estraperlo y los negocios a costa del Estado obtenidos con la connivencia de las clases dirigentes (todo ello muy español también), estaban a la orden del día, la sociedad de la España franquista estuvo siempre mucho más cohesionada (de grado o por la fuerza) en torno al objetivo de ganar la guerra.
– la fortaleza de su economía, y especialmente de su moneda. La peseta franquista se devaluó mucho menos que la republicana. Los pagos en esta moneda lograron adquirir mucha más credibilidad, entre otros factores porque dichos pagos llegaban regularmente. Y a partir de cierto momento, claro, también por efecto de las expectativas de victoria, que obviamente aumentaron la devaluación de la moneda republicana mientras fortalecían la nacional.
– la eficacia de las comunicaciones, a través de las vías férreas y las carreteras para enviar a las tropas rápidamente a los frentes en conflicto, que lograron desbaratar las ofensivas republicanas. O, más concretamente, el uso de las mulas para transportar pertrechos a las tropas a través de una orografía, como es sabido, muy accidentada.
– La logística militar. Aquí la cosa sí que tiene mucho que ver con la ayuda exterior. Mientras la República tuvo que obtener armas casi en cualquier sitio, con el consiguiente caos de calibres, modelos y piezas de repuesto, el bando franquista recibió un suministro regular y coherente, mucho menos variopinto, y más fácil de reemplazar. Más o menos como ocurriría unos años después en la Segunda Guerra Mundial, en beneficio de los Aliados [2]. Pero esa logística no sólo se refiere al armamento, sino también a unos ejércitos más pequeños y manejables, según el principio básico (compartido con los comunistas chinos) de no tener más soldados que los que el régimen pudiera alimentar. – Lo que nos lleva al único factor material, además de las tropas, en el que el bando franquista partió con ventaja desde el principio: la alimentación. La España nacional concentraba la mayoría del trigo, de la ganadería y de la pesca, y además tenía menos población que alimentar. Como además su eficacia en la recolección de alimentos fue significativamente mayor que la de los republicanos (gracias al entusiasta apoyo de los terratenientes, que no en vano les iba el negocio en ello, y también de los pequeños propietarios conservadores), no cabe extrañar que la diferencia en este apartado entre los dos bandos fuese cada vez más grande: los soldados de Franco estuvieron siempre bien alimentados (aunque comieran prácticamente todos los días lo mismo, latas de sardinas y pan), mientras que los de la República, al final del conflicto, se estaban muriendo de hambre. Y en la retaguardia, claro, la cosa fue aún peor. Hete aquí un ejemplo que será muy del agrado de las dos personas que han liderado y lideran, respectivamente, la derecha española en la actualidad, José María Aznar y Mariano Rajoy:

Las fábricas de cerveza, cuya fuerza de trabajo fue militarizada, aumentaron la producción de cerveza en un 80 por ciento desde mediados de 1936 hasta el final de 1937 (…) La producción de sidra asturiana se duplicó entre 1937 y 1938. El alcohol estaba demasiado al alcance de algunos soldados nacionales. A pesar de sus continuos esfuerzos, los capellanes puritanos eran incapaces de detener las frecuentes borracheras de sus hombres. Unos cuantos soldados llegaban a estar tan intoxicados que gritaban “larga vida a la República” e insultaban al propio Franco. El resultado era el encarcelamiento o incluso la ejecución. Las fuerzas republicanas tuvieron un acceso más limitado a vinos y licores (pág. 183).

Esa es, en realidad, la conclusión principal del libro, que tiene poco de epopeya: el bando franquista venció porque sus soldados comían y cobraban la paga a tiempo. Los republicanos, famélicos, abandonaban en mayor medida el frente o luchaban peor, porque además su armamento era peor, o más escaso, y a menudo no funcionaba. No era, por tanto, una cuestión de frenesí ideológico (inexistente o escaso en la mayoría de los soldados de ambos bandos), sino de condiciones de vida. De nuevo, dice Seidman, una lección ya aprendida en otras guerras civiles, pues tanto los bolcheviques como los comunistas chinos trataron mejor a sus tropas que sus oponentes (y a la población civil de su territorio, aunque aquí no puede decirse lo mismo de los rebeldes españoles).

¿Un libro sobre sardinas, productividad de cereales e imposición tributaria? ¿Pero esto qué rollo es? Pues oiga, en parte tiene razón, pero recuerde que hablamos de la Guerra Civil. Y, lo que es más importante, hablamos de España, con todas las implicaciones que cabe imaginarse:

Muy al comienzo del conflicto, los gitanos inventaron un modo nuevo –y tal vez irónico- de saludar a las fuerzas nacionales, que podría verse como un détournement desde una perspectiva situacionista. En lugar del gesto fascista habitual (exigido a nivel nacional desde el 26 de abril de 1937, o incluso antes en ciertas provincias), consistente en levantar el brazo con cuarenta y cinco grados de inclinación y la mano extendida, ellos levantaban las dos manos, calculando correctamente que los insurgentes eran una prolongación de la Guardia Civil, que con tanta frecuencia les daban la orden de “¡arriba las manos!”. En otro incidente ocurrido al comienzo de la guerra, los falangistas ordenaron a un gitano: “¡Levanta las manos!”, le registraron y le preguntaron en tono agresivo si era comunista. El interpelado replicó: “Yo que vi [sic] a sé comunista, probe [sic] de mí, si desde el día diecisiete soy banderillero”. Los gitanos trataron de mostrar un respeto hasta entonces desconocido por la propiedad privada, devolviendo de forma voluntaria mulas robadas, algo que sorprendió mucho a los partidarios del Movimiento” (págs. 276-277)