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El abogado del terror

Tal vez mi conciencia obrera de izquierdista pata negra se encontraba algo sensible porque estaba volviendo de mis vacaciones en Alemania, haciendo escala en Zurich, y no podía comprarme ni una chocolatina para que no llorase el niño Jesús viéndome pagar esos precios. Tuve que echar la noche en el aeropuerto sin más entretenimiento que un International Herald Tribune que me había traído conmigo de Berlín. No soy un tipo bien informado como José María Carrascal, elegí esta cabecera por un motivo de peso: los daban gratis en Tegel.

El caso es que hubo una noticia que me llamó la atención. Había muerto Jacques Vergès, alias el ‘defensor de los villanos’. Y me dije, en estos tiempos en que es tan desagradable que los presos tengan derechos, si hasta resulta irritante que se juzgue a la gente cuando se la puede tirar al mar o sodomizarla con un palo, qué personaje más curioso, el abogado de los jemeres rojos -concretamente de Khieu Samphan, el sucesor de Pol Pot en 1985.

Al llegar a casa me procuré un documental sobre este hombre que figuraba en la necrológica. ‘El abogado del terror’, de Barbet Schroeder, de 2007. Es un repaso a la vida del letrado, con entrevistas al protagonista y a sus amigos, además de muchos terroristas de los años 70, sus clientes, de cuando el poner bombas y secuestrar aviones era glam.

En el reportaje no se andaban con titubeos. En las primeras imágenes Vergès sale hablando de Pol Pot. ¿Los muertos de los jemeres me pregunta? ¿Y los bombardeos americanos? ¿Y el embargo? replica como un lince (sólo falta un ¡vamos a hablar de todo, vamos a hablar de todo!) para señalar que la cifra de crímenes que le imputaban al líder camboyano estaba inflada según él.

Pero el asunto tiene mucha más enjundia, por eso el director, a partir de estas declaraciones incendiarias propias de una tertulia política española, se pasa a hablar de su vida. Vergès hizo la II Guerra Mundial como artillero de la armada francesa. Sobre este periodo cuenta que lo que más miedo le daba de los combates era que le hirieran en la cara o perder salva sea la parte pisando una mina o por cualquier otro desafortunado percance. No obstante, sólo se hirió en una mano en toda la guerra. “Fue abriendo una ostra con la navaja”, admite sonriendo.

Queda claro que al tío le gustaba la vida, pero su afán por la izquierda no llegó de la mano de su pasión por el marisco y los vinos franceses para disgusto de Pedro Jota. Vergès tenía cierta sensibilidad por los pueblos del Tercer Mundo porque su madre era vietnamita. La lista de agravios que sufrían en colonias los que no eran franceses era larga y él la conocía punto por punto. En este sentido, recuerda que el día en que se produjo la capitulación de Alemania en la guerra, el 8 de mayo del 45, en Argelia los franceses mataron a entre 10.000 y 45.000 personas reprimiendo manifestaciones pacíficas. Se conoce como la Matanza de Sètif, aunque fueron varias.

Cinco años después de rodarse el documental, el presidente francés, François Hollande, reconoció que en un día tan señalado como ese en el que “acabó la barbarie” en Europa, “Francia olvidaba sus valores universales” en Argelia. Pedir perdón ya no, pero al menos reconoció oficialmente que aquello había existido sin remontarse al 34 para explicarlo.

La respuesta en Argelia tras estas brutalidades fue la la lucha armada. Se produjeron atentados, algunos indiscriminados, con bombas en bares en los que se podían llevar por delante a casi cien personas. En este contexto Vergès conoció a la que luego sería su mujer, Djamila Bouhired, una joven argelina detenida, y torturada, que se enfrentaba a la guillotina. Sería interesante indagar en la relación entre abogados y terroristas redentores, porque Carlos ‘El Chacal’ también se casó con su abogada. Además, como enlazaba por el rito musulmán, también pudo casarse con su compañera terrorista, Magdalena Kopp, y una tercera mujer, palestina al parecer. No sé si el mote vendrá más por ahí que por sus atentados de dudosa eficacia.

Pero volviendo al tema, Vergès se ofreció para defender a la terrorista argelina y la táctica que empleó rompió con lo que consideraba que hasta el momento habían hecho “los abogados llegados de París”, de ir y decirle “cuchi, cuchi”, según entendía Vergès, a los jueces. Su estrategia fue diametralmente opuesta, trató por todos los medios de montar el pollo, que no hubiera ni diálogo racional. Creó escuela, bien lo sabemos aquí.

“Si le dicen que ha matado, dice que no, que ha ejecutado a un traidor; si le dicen que que forma parte de un grupo de malhechores, dice que no, que de la resistencia”.

Su convencimiento y determinación provenían de haber constatado que el terrorismo argelino, muy al contrario que algunas acciones que habían tenido lugar en Francia por grupos de extrema izquierda en los 50, sí que tenía apoyo popular. Con este show que pilló a todos con el pie cambiado, la salvó de la guillotina y, de paso, se casó con ella. Aquí es uno de los puntos más divertidos del documental, cuando aparece un amigo del abogado que estaba alucinando, no con que se casase con ella, sino con que fuera a dejar el alcohol y el cerdo para hacerlo. Pero la madre de Djamila no estaba nada contenta con eso de que su hija se casara con un no musulmán. La pela ya no es la pela, ahora es el euro, pero las suegras siempre serán las suegras.

“Le volvía loco el jamón y el Burdeos añejo, pero de repente empezó a beber agua y ponía el despertador a las cinco de la mañana para ir a coger dátiles antes del desayuno”, dice ese amigo.

Luego, el periodista Lionel Duroy deja otra pista sobre su matrimonio: “El había vuelto a Argelia, se había casado con Djamila y en vez de ser un gran político o pensador, se había vuelto un modesto abogado que llevaba divorcios. Creo que es lo único que le ofreció Argelia (…) ella no era la mujer de Jacques Verges, él era el marido de Djamila (…) se hizo musulmán y creo que se aburrió mortalmente, que para él fueron unos años terribles y se marchó para acabar con todo eso”.

Y desapareció. Ni el documental ni nadie ha descubierto hasta ahora dónde estuvo de 1970 a 1978, unos dicen que en Camboya con los koleg@s jemeres, pero no se ha llegado a demostrar nada. Si bien es cierto que fue amigo de Pol Pot durante muchos años. Sólo tenemos las declaraciones del propio abogado que hace chistes sobre esa etapa recordando anécdotas. Un día le descubrió una conocida, y para que la tomasen por loca cuando fuese a contar por ahí que le había visto, le gritó “¡Hola gordita!”

Tras su reaparición, algo cambiado, dicen, defendió a terroristas palestinos, se polemizó con que si era un espía comunista, o quizá uno francés, quién sabe si las dos cosas a la vez, también se volcó en la defensa de okupas, miembros de la RAF, incluso se supo que un primer ministro, Michel Debré, había ordenado su muerte. Tuvo además los santos huevos de disputarle la novia, Magdalena Kopp –de las ‘Células Revolucionarias’, grupos llamados “de terrorismo de tiempo libre” porque no abandonaban la vida civil durante la militancia- a Carlos. Sus encuentros en la cárcel son narrados con profusión por los protagonistas. El abogado le llevaba jamón de Westfalia y helados regados en licor. Ella le hizo un jersey. Algo surgió. De hecho, ella sigue llevando un anillo y una cadena de oro ambos con una pequeña ‘piedra roja’ que le regaló.

Pese a todo, la más gorda de todas estaba aún por liarse. Fue cuando Vergès decidió hacerse cargo de la defensa del nazi, pero nazi, nazi, Klaus Barbie ‘El carnicero de Lyon’. El Estado francés quería convertir el proceso en un juicio ejemplar de la II Guerra Mundial y el Holocausto. Montó hasta 700 localidades para asistir al evento, pero este abogado consiguió darle la vuelta y hacerlo descarrilar. Al menos en lo que al espectáculo se refiere. Las acusaciones se fueron sucediendo y dice Vergès que fueron tantas que lograron aburrir a las oropéndolas. “La gente estaba impaciente por ver qué inventaba el cabrón [el cabrón era él] y como el cabrón tiene imaginación, imaginaba cada día algo nuevo”.

Su objetivo era relacionar todo lo que fuera saliendo con Argelia. Fue el mayor varapalo de la Historia contra la ley de Godwin. Comparaba una y otra vez los métodos usados por la Gestapo en Lyon con los empleados por los franceses en Argelia. Y la realidad era tozuda, no eran muy distintos. El aludido Duroy explica “en su alma de colonizado, eso no lo puede soportar, y no parará de restregárselo a Francia hasta que reconozca que una parte de sus oficiales se comportaron como si fueran nazis”. Quién sabe si de pura rabia en Francia se han esperado a que muera para decir esta boca es mía con tal de no darle el gusto. La tesis de que los nazis hicieron en la que entonces era su colonia, Francia, lo mismo que Francia hacía en las suyas no tiene que ser fácil de digerir. Y Vergès remató: “No olvidemos tampoco que Klaus Barbie, en su lúgubre trabajo, el de un ejército de ocupación, tenía la legalidad de su parte. Tenía de su parte la legalidad francesa (de Vichy)”. No decía que los nazis no fueran criminales, sino que para juzgarles casi mejor no ser otro criminal igual y a los hechos se remitía. A Klaus, eso sí, le cayó cadena perpetua.

“Un día me preguntaron si defendería a Hitler. Defendería a Bush, contesté, pero a condición de que se considerase culpable”, sentencia el abogado al final. Me hace gracia que se ofreció a Slobodan Milosevic para defenderle en La Haya, pero el serbio dijo que gracias pero que ya se defendía él solo ¡con los yugoslavos hemos topado! Milosevic después murió de forma polémica en prisión. Y a Sadam, otro supervillano que se encontró con otra superintervención de la policía del mundo, tampoco pudo representarle porque su familia al final no quiso. Éste murió ahorcado. Lo que no quita que el documental sobre este abogado, con su lustrosa hoja de servicios, sea muy recomendable. Para concluir, una premonición en una de sus últimas entrevistas [1]:

“En 1941 en Europa se podía prever que las cosas cambiarían si Hitler hacía una locura. La hizo: atacó la Unión Soviética y fue derrotado. Creo que todo esto va a terminar por medio de una locura y, desgraciadamente, de una gran masacre. En ese momento se pondrá fin a este estado de hipnosis en el que vive el mundo”

¡Arriba los corazones!