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Ciudad liberal o ciudad justa

Las ciudades están de moda. También en la economía. El espacio urbano, que tanto en el enfoque económico clásico como en el marxista era visto como un algo contingente y neutro donde se desenvolvían los fenómenos sociales -en particular, el espacio residencial alejado de las fábricas, auténtico núcleo de la economía- cobró fuerza a partir de los 60, cuando empezó a estudiarse como la distribución de los factores productivos afectaba a la productividad y a la marcha de la economía. Desde entonces, el área de estudio se ha extendido para explicar e intervenir sobre otros factores conexos, como la educación, el mercado inmobiliario, la movilidad o el crimen organizado.

La comprensión del espacio urbano ha evolucionado en las últimas décadas, desde un modelo monocéntrico -con un distrito de negocios rodeado por áreas residenciales- a uno policéntrico basado en dinámicas de red. Los modelos han dado entrada a fenómenos como el cambio y conflicto generacional o la ocupación de la calle como generadora de valor intangible. El estreno de Ramon Marrades, uno de los referentes más solventes de la economía urbana en el Estado español, en la edición valenciana de ElDiario.es “Una ciudad liberal contra los desequilibrios generacionales” [1] apunta en esta dirección: las herramientas de análisis que ofrece la economía urbana en las respuestas a la crisis, con especial énfasis en el caso de Valencia.

El artículo hace especial énfasis en las dinámicas urbanas existentes en una ciudad como Valencia -la bicicleta, el monopatín, la música en vivo, las iniciativas vecinales- y como el uso de la ciudad como constructo social -en cuanto espacio de convivencia abierto y no segregado- atempera las desigualdades existentes y ejerce como motor de cohesión social. El análisis se sustenta sobre dos pilares argumentales: el primero, que la desigualdad primaria es de tipo generacional, vinculada a la dualidad del mercado laboral; la segunda, que los problemas provienen fundamentalmente de una hiperregulación por parte de los actores públicos, que ejerce de freno para la marcha de la propia ciudad. De manera muy simplificada, su tesis es que las instituciones están monopolizadas por individuos de mayor edad, y éstas les sirven como instrumento limitativo y coactivo contra las generaciones jóvenes. La solución propuesta, en clave generacional, es una retirada de las instituciones en beneficio de la iniciativa individual de las “clases creativas”, nuevo motor económico de la sociedad.

Es curioso hasta qué punto éste planteamiento calca el análisis marxista tradicional para el que el Estado -y por extensión las instituciones- son un simple instrumento al servicio de la clase dominante. Simplemente sustituye la clase social -ese molesto dogma del pasado- por el conflicto generacional. Aunque lo más interesante es que no es cualquier conflicto generacional, puesto que el “sujeto revolucionario” no son la totalidad de los jóvenes, sino un sector muy particular: las clases creativas, proyectos de profesionales liberales que viven del trabajo intelectual autónomo. El conflicto que se dibuja, es, pues, entre una clase dirigente con trabajo fijo e ingresos consolidados y una potencial clase dirigente -urbana y con estudios superiores- privada por la coyuntura de ocupar el puesto que cree que le corresponde en el orden social.

Si intentáramos poner éste conflicto sobre el mapa de una ciudad cualquiera, estaríamos hablando apenas de algunos barrios del centro: los distritos de negocios y los cascos históricos, dónde se dan los procesos de gentrificación. A su alrededor, se extienden hectáreas de ensanches, bloques de pisos que alojan a decenas y decenas de miles de personas, barrios sin apenas equipamientos ni zonas comunes. Según el análisis anterior, son prácticamente espacios vacíos, pero dónde la desigualdad tiene otro rostro: las sucesivas crisis extendidas en el tiempo -la crisis del petróleo, la reconversión industrial, el estallido de la burbuja inmobiliaria- han dejado un escenario de paro estructural elevado, que en muchos de estos barrios supera el 50%.

Suburbios de México DF, ejemplo de  masificación urbana sin planificación

El sistema económico, más allá de las crisis, dibuja un escenario de baja productividad, paro estructural elevado y desigualdades sangrantes en materia de renta. Renta no sólo entendida en términos salariales, sino también implícitos, como las infraestructuras públicas; o sistemas de transporte público netamente regresivos en cuanto al precio y de acceso difícil en la periferia. Las desigualdades económicas, más allá de análisis interesados, persisten, y el desmantelamiento forzado de la clase media las agudiza. Parece, pues, que en las ciudades hay algunos desequilibrios más que los generacionales, que, intentando tener una visión de conjunto son bastante más relevantes para la mayoría de la población que las habita.

Hay otro tipo de problemas transversales a toda la ciudad y a clases sociales: el tráfico de drogas o la especulación inmobiliaria vinculada al sector turístico y el blanqueo de capitales son algunos de los ejemplos de dinámicas macro que se ceban especialmente en las partes más degradadas y pauperizadas del entorno urbano. Problemas, junto a la del paro y la desigualdad que las iniciativas espontáneas e individuales de la pregonada “Ciudad liberal” no son capaces de afrontar, por su simple magnitud. Sólo el sector público dispone -al menos teóricamente- de las herramientas para afrontar -lo que no significa necesariamente poder resolver- estos problemas.

Desarrollando el concepto de Foucault de las leyes como dispositivo de dominación, y reflejo del equilibrio de poder en un momento concreto, varios economistas urbanos de raíz marxista, a la cabeza de los cuales se encuentra el norteamericano David Harvey, han teorizado que el espacio urbano funciona de la misma manera, y cristaliza luchas económicas y políticas por el poder. David Harvey relaciona los procesos de urbanización y construcción de infraestructuras con los procesos de acumulación, hasta qué punto las grandes crisis modernas tienen una íntima relación con las burbujas y las implosiones del mercado inmobiliario, y la relación con ello de las luchas que las suceden. El ejemplo histórico paradigmático es el París de Napoleón III y su gran reforma desde la revolución de 1848 hasta la Comuna de París de 1871; y cómo la Comuna incorpora demandas básicas de naturaleza urbana, como el precio de los alquileres y acceso a la vivienda.

La centralidad identitaria del acceso a la vivienda urbana en los nuevos movimientos sociales -los Estados Unidos, España y la PAH, China ante su emergente burbuja inmobiliaria- se une a los estallidos de rabia de los grandes suburbios ante la crisis económica y los centros gentrificados -la banlieue francesa de 2005, Londres, Brasil. Estos últimos ejemplos son curiosos, puesto que ante la insistencia gubernamental y mediática de plantearlos como episodios de violencia étnica, especialmente en el caso francés, hubo numerosos detenidos con patronímico ranciamente europeo: hablamos de marginación ligada a la planificación urbana -barrios de casa baratas, sin equipamientos ni oportunidades- no de estallidos étnicos [2].

El marco conceptual de “ciudad liberal” profundiza en la creencia de cierta academia económica -altamente hegemónica en los medios de comunicación y generosamente regada con dinero público- que sostiene que, dado el poco éxito del intervencionismo económico de tipo keynesiano en el ciclo económico anterior, lo que deben hacer las instituciones es retirarse en la medida de lo posible del campo económico. Sería reiterativo profundizar aquí en las limitaciones del concepto de libre mercado, mano invisible, etc; dejémoslo en que aplicado al entorno urbano, supone pensar que la distribución del espacio es natural, y no resultado concreto de ninguna planificación -o falta de planificación- previa, y por tanto la intervención institucional habría de ser poco menos que residual en un entorno perfectamente capaz de autorregularse.

Sean los nefastos resultados del ciclo anterior “excesos” o más probablemente el resultado más lógico de los incentivos puestos sobre la mesa -moneda sobrevalorada, crédito barato, política gubernamental activa de fomento a la compra de vivienda vía deducciones fiscales, legislación urbanística laxa- parece tramposo inferir que son defectos inherentes a cualquier acto de planificación económica o regulación en el entorno urbano, al mismo acto de intervenir.

Para buscar las raíces de ésta idea, cabe intentar aventurarse a los inicios de la misma. La escuela austríaca de Hayek y von Mises, tan importante en la economía neoclásica, la Escuela de Chicago y aquello que se ha denominado neoliberalismo. Von Mises y compañía vivieron de primera mano la desintegración del Imperio Austrohúngaro, la única realidad que habían conocido, y su sustitución por la minúscula República de Austria, con unos equilibrios económicos y de población muy diferentes.

El Imperio Austrohúngaro se había sustentado en sus ciudades -Viena, Budapest, Praga, Lemberg, Cracovia, Trieste- multiculturales, con una importante presencia judía en su vida económica y cultural y un movimiento obrero robusto, seguidor de la corriente austromarxista. Tras la desintegración de los Tratados de Saint-Germain y Trianon, Viena quedó aislada como una gran metrópolis moderna con hegemonía izquierdista inserta en un país rural y agrario de sólida hegemonía conservadora. Durante los años 20 y principio de los 30, mientras que el gobierno de la República de Austria estaba controlado por los democristianos, la izquierda tenía su feudo en el gobierno municipal de Viena, que concentraba más de un cuarto de la población. La “Viena Roja” [3], la llamaban entonces.

El gobierno municipal de Viena invirtió gran parte de su presupuesto y capital político en consolidar su hegemonía haciendo uso de sus competencias: construyó decenas de miles de viviendas sociales destinadas a obreros, barrios enteros con sus correspondientes equipamientos deportivos, sanitarios y educativos [4]. Durante la Gran Depresión, los cuadros de la derecha -entre los que se encontraba, asesorando al gobierno conservador, el propio Von Mises- echaron la culpa de la crisis a los grandes gastos gubernamentales y la planificación económica izquierdista, simbolizada en los nuevos barrios obreros. Durante la guerra civil que precedió al golpe de estado de 1934, los paramilitares de derecha bombardearon repetidamente los barrios obreros, símbolo de todo aquello que odiaban.

Amalienbad, piscina pública construida por el Ayuntamiento de Viena en los años 20.

Los economistas ultraliberales de la futura “escuela austríaca”, en su ulterior exilio norteamericano -tras el golpe de estado derechista de 1934 y la ulterior invasión nazi-, lucharon decididamente por evitar la intervención del gobierno en la economía, que creían el origen de la guerra civil y la dictadura en su propio país. Es sorprendente hasta qué punto el concepto de “ciudad liberal” y la teoría que la subyace puede ser hija de los traumas personales de un grupo de exiliados austríacos en torno la planificación urbana a escala municipal y la inversión en los barrios obreros.

Achacar los grandes problemas urbanos a la hiperregulación o a un problema generacional no es necesariamente un análisis erróneo; simplemente es una visión de conjunto un tanto obtusa de las grandes cuestiones. Para resolverlas, el planeamiento urbano, entendido en sentido amplio, es la herramienta más potente, que además de la necesaria participación ciudadana a través de entidades -que tiene sus limitaciones y sesgos, atendiendo al tiempo, la clase social, el nivel de estudios, etc-, necesita de un férreo soporte institucional para salir adelante.

Los grandes problemas a qué se enfrentan nuestras ciudades son de una escala mundial, que las trasciende, y necesitan ser abordados por instituciones sometidas a control democrático, aunque sea limitado. Poner voz -además de simplemente pedir el voto- a esas masas sociales que sufren la mayoría de estos problemas en sus carnes es harto complejo, implica liderazgos y procesos llenos de contradicciones. Difícil cuando la mayoría de la izquierda sociológica o bien se ríe de un mandatario extranjero por llevar chándal o les perdona el gusto estético y de paso la vida por sus persistentes victorias electorales, [5] cuándo posiblemente sus vecinos, algunas calles más allá, no sean tan distintos a sus homólogos venezolanos o ecuatorianos.

Nadie dijo que la democracia fuese fácil. Pero entender que nuestras preocupaciones individuales, grupales o gremiales no representan necesariamente aquella quimera del interés general, quizá ayudaría. Ciudades liberales… o ciudades justas.