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Lepa sela lepo gore (Los pueblos hermosos arden bonito)

Una de las circunstancias más llamativas de la primera fase del hundimiento de Yugoslavia fue el diálogo de sordos entre nacionalismos. Se supone que siempre es así. Los nacionalismos enfrentados no se miden el nacle guardando el turno de palabra con modales dieciochescos como en La Clave. Pero en el caso yugoslavo la cosa tuvo su aquél porque lo que ponía encima de la mesa cada salvador de la patria eran problemas que en realidad no tenían nada que ver entre sí.

El sentimiento que subyacía en las más desarrolladas Eslovenia y Croacia era que querían, claramente, largarse lo antes posible en brazos del capitalismo, Europa, la OTAN y todo lo que no fuera la ruina del socialismo. Cuando tomaron esta decisión con firmeza, apretando los dientes y arriesgándose a cualquier desgracia que pudiera ocurrir, la URSS todavía no se había disuelto de esa manera tan sorprendente de la que lo hizo (mediante la independencia de Rusia).

Es posible que todo hubiera sido muy distinto si no se hubiera llegado a ningún punto de no retorno antes de diciembre del 91. Pero enfrente tenían a un gobierno serbio que, antes de finiquitar el socialismo, su problema prioritario con Eslovenia y Croacia era recuperar un estatus de igualdad dentro de la Federación. Serbia era la única república dividida en provincias autónomas y los serbios fuera de Serbia no tenían ningún estatus como estas provincias.

Hay que entender que cuando se echó a los nazis de Yugoslavia, en Serbia hubo simultáneamente una guerra civil entre los monárquicos (chetniks) y los partisanos. Ganaron los comunistas y por eso, en las elecciones posteriores para reafirmarse los comunistas en el poder, fue en esta república donde menos apoyo tuvieron. Estas cosas siempre se comentaban, de padres a hijos, pero cuando llegó la crisis, faltó el pan en la mesa, ocurre en todas partes que las historietas con las que te han calentado la cabeza tus padres se trasladan al debate público.

En Croacia, por ejemplo, el sentir popular no era muy distinto. Tudjman llegó a poner a España de ejemplo de reconciliación. Dijo que el Valle de los Caídos, con los dos bandos enterrados juntos, ponía de manifiesto que era posible regenerar así un país. Su sueño era poder enterrar a los ustachi (fascistas croatas) junto a las víctimas del campo de concentración de Jasenovac. Ya ven, qué gran idea y qué buen referente, las dos Españas que firmaron la paz para siempre en esa Abadía Benedictina del Escorial, como todos sabemos.

Pero la otra realidad era que La Liga de los Comunistas de Yugoslavia, en los 70, terminó dominada por los partidos comunistas esloveno y croata dentro de las luchas de poder entre los apparátchik. De esto se quejaban los serbios, de su estatus de desigualdad, cuando los otros ya hacían cuentas con los ‘fondos de cohesión’, el socialismo internacional se iba a tomar por saco y se promovían estas reconciliaciones intraétnicas. Un no me chilles que no te veo.

Eso no quita que a mucha gente en todas las repúblicas el nacionalismo le importase bastante poco. Los matrimonios mixtos, las familias de los funcionarios comunistas educados en el antinacionalismo, la gente de la cultura, los movimientos juveniles de corte occidental, etcétera. De esta visión de los hechos, de la de esta gente, hablaremos hoy con la reseña de esta película.

Muchos de estos ‘no nacionalistas’ encontraron su lugar en el nuevo conflicto que se estaba planteando, aunque estuvieran al margen a priori, por la fuerza de los hechos. Que te maten a alguien, por ejemplo, suele ser muy persuasivo. Que te despidan de la administración por tu origen étnico… A otros, si no pudieron largarse a tiempo, que fueron muchos los que lo hicieron, sólo les quedó el asco, la vergüenza, el desencanto, la depresión. Srđan Dragojević, el director de ‘Lepa sela lepo gore’ era uno de estos, de los ‘asqueados’. Chico joven, de Belgrado, urbanita, hijo de un periodista comunista. Nacido en los 60, montó su grupo de new wave en los 80. Estudió Psicología, Cine e hizo sus pinitos como periodista. No es difícil de imaginar que lo que esperaría de su país fuese más apertura, más democracia y que, al fin y al cabo, los de ‘No sólo música’ le entrevistasen en algún espacio músico artístico de Belgrado. Y sin embargo, en lugar de aparecer la neoyorquina oriental de Telecinco con un jorobado epiléptico cámara al hombro, lo que vino fue la guerra, el aislamiento de Serbia, más crisis, nacionalismo hasta en la sopa.

En las calles de Belgrado, en lugar de gente con el pelo verde, empezaron a aparecer chavales paramilitares que volvían en autobús de línea de Bosnia de pegarse unos tiritos. Los medios de comunicación sólo daban un mensaje: “Hay una conspiración internacional contra el buen noble pueblo serbio, nos atacan por todos los lados, pero nos estamos defendiendo heroicamente”. Los periodistas que discrepaban de este mensaje, fueron despedidos. Más adelante, cuando la OTAN bombardeó el país, los mataron a tiros directamente.

La vida cultural de Serbia en los 90 pasó a ser pasto del turbofolk. Ya saben, tetudas haciendo canción tradicional con ritmos techno cantándole a los mafiosos, nuevo motor de la economía del país cuando llegaron las sanciones internacionales y el bloqueo. ¿Qué iba a sentir un pijoprogre como Srđan Dragojević? Pues asco. Aunque el tío tuvo que adaptarse. Hizo una comedia romántica, ‘Mi nismo anđeli’, que fue un éxito en toda ex Yugoslavia. También una comedia musical sobre una cantante de turbofolk y diferentes trabajos para la televisión estatal que no merece ahondar aquí en si se vendió o los hizo porque no le quedaba otra. Lo importante es que el proyecto de su vida lo pudo rodar en 1996. ‘Lepa sela lepo gore’ (Los pueblos bonitos arden hermoso) es una visión crítica del nacionalismo serbio en la guerra de Bosnia muy poco conocida y que sirve tanto como retrato de lo que fue toda aquella salvajada, como de buena película bélica. Siempre con esa tendencia tan característica que tiene el cine balcánico de mezclar géneros, comedia hilarante con tragedia espantosa, que al espectador español le puede recordar a Berlanga y Azcona hasta arriba de Anís del Mono.

La cinta trata de un par de amigos bosnios, uno musulmán y otro serbio, que se ven envueltos en el conflicto como le pasó a todo el mundo. La historia está vista desde el lado serbio. El chaval se enrola en el ejército y la película trata de relatar la efervescencia ideológica de aquellos años a través de sus personajes. Por ejemplo, el capitán es un comunista yugoslavista convencido. Dice en un momento dado “Sabíamos que Tito nos mentía, pero cómo le queríamos”. Él recorrió andando no sé cuántos kilómetros para honrarle en su tumba. Cuando cuenta esta historia, los demás se ríen. Desprecian el socialismo, son chetniks, y han vuelto. Cuando arrasan aldeas, lo primero que se llevan por delante son las Casas del Pueblo. La suya era otra guerra, aunque a nosotros nos martillearon con que el problema era que el bando serbio era el comunista de línea dura y ahí residía el origen del conflicto.

Las escenas más impactantes en este sentido llegan cuando esta unidad del Ejército de la República Serbia de Bosnia quema las casas de los musulmanes. La canción que suena es ‘Igra rock and roll cela Yugoslavia’ (Bailando rock and roll por toda Yugoslavia) de Električni Orgazam, un grupo de power pop de los 80, alegre, optimista, reflejo de aquella sociedad moderna. Las imágenes se alternan con flashbacks de cuando los dos amigos bosnios se iban de juerga escuchándola. Ahora es la banda sonora con la que se arrasa con todo, ametrallando hasta a las ovejas. La ironía del asunto es como la de la película española ‘Canciones para después de una guerra’, con la salvedad de que se estaba filmando el mismo año en que se firmó la paz de Dayton, con todos los cadáveres aún calentitos.

El papel de los medios de comunicación está muy bien retratado también. Otro de los soldados se fue a la guerra voluntario después de escuchar en un informativo de televisión el mensaje de que los musulmanes estaban matando a los serbios. Rápidamente, deja la comida en la mesa y se pone a hacer autostop para irse a la trinchera. Le coge un camionero que viene de Suecia, un inmigrante árabe, y el serbio se pone a contarle en el viaje lo malvados que son los musulmanes… a un musulmán. Es decir, no sabe ni distinguirlos. Prueba de que en Bosnia las religiones se profesaban de forma muy relajada y, aunque todo el mundo sabía quién era quién, la distinción en la vida cotidiana entre unos y otros no iba mucho más allá del nombre de pila y los apellidos.

También hay un profesor de la escuela socialista, deprimido profundamente con lo que le rodea, rescatando libros de la quema en cada casa… Anda por ahí la ONU, de paso, de risas. Y los periodistas anglosajones, retratados como indocumentados. Pero el quid de la cuestión también llega cuando la unidad termina en un hospital de Belgrado. En la capital de Serbia la realidad cambia. Hay manifestaciones por la paz. Las enfermeras pasan de los héroes y quieren hacer un trío con el policía militar que está de guardia. En este contexto, al soldado que antes de la guerra era un yonqui, dos amigos con similares aficiones van a verle y le dicen: “Qué bonito cuando los sueños se cumplen, toda la vida soñando con tener una aguja en las venas y, mira, lo consiguió”. Cuando luego les reprochan su actitud porque se descojonan del patriotismo y de la guerra, contesta uno de ellos: “es que mi nacionalidad es narkoman (yonqui)”

No obstante, tampoco se habla en la película de un pasado edénico. No se tiende a ese sentimentalismo fácil. El director es capaz de mofarse de la filosofía socialista que mantuvo unida Yugoslavia. En otro flashback, los dos amigos bosnios se han separado de los demás niños en el colegio. La profesora va a por ellos y les pregunta qué hacen. Dicen: “Follándonos (es un juego de huevos de pascua), primero él me lo hará a mí y luego yo se lo haré a él”. La profesora abre los ojos, les empieza a gritar y uno la interrumpe: “¿Qué pasa, que está en contra de la hermandad y unidad?”. Y ella cambia su actitud y sonríe, todo es amabilidad entonces. Es una muestra del prietas las filas del comunismo, que siempre se nos presenta, el yugoslavo, como benévolo en comparación con los de alrededor, pero seguía siendo una dictadura férrea. El “bratstvo i jedinstvo” era lo más sagrado.

Al final, los mensajes, las metáforas, pues ya son los típicos lugares comunes. Los agravios no tienen fin. Un soldado es capaz de arrastrarse por el suelo con todos los huesos rotos para matar a un soldado musulmán prisionero que está en el mismo hospital.

Pero, en su conjunto, la película es significativa y recomendable como para reseñarla aquí. Mientras lo normal en este tipo de relatos es mostrar a buenos y malos, o mensajes reduccionistas como la famosa ‘Tierra de nadie’ de Danis Tanovic, aquí es un propio serbio el que disecciona todo el nacionalismo y la estupidez que arrastró a su pueblo y lo hace sin miramientos, con una crueldad espantosa. Hay un libro por ahí, que aún no he conseguido, ‘Cloaca máxima’, que está traducido al castellano, de Vladimir Arsenijevic, serbocroata, un retrato de Belgrado en los 90 que parece que trata de lo mismo. Del asco profundo y la impotencia que sintieron algunos por sus compatriotas en esta etapa ‘gloriosa’.

Lo gracioso del tema es que la película es un clásico en Serbia, casi como El Padrino. Y para varias generaciones. Eso sí, no por la visión esperpéntica del papel que jugó su país, sino especialmente por los chistes sobre Tito y el pasado comunista. Se considera una comedia de primer orden y estas interpretaciones políticas, que a mí como extranjero me fascinan, allí pues parece que se la pelan, o las dan por hechas. Curioso.

Aunque no menos curioso que la evolución de Dragojević, que ahora se ha afiliado al Partido Socialista, el de Milosevic, e iba en las listas a las elecciones de 2012. Su última película, por el contrario, sigue en su línea de siempre. ‘Parada’ contaba la preparación del desfile del día del Orgullo Gay. Los homosexuales de la organización tenían que recurrir a la seguridad privada para poder celebrarlo y contrataban a mafiosos ex criminales de las guerras yugoslavas. Nadie se les quería ni arrimar. Es también muy recomendable, y con la mencionada dualidad de géneros, hiela la sonrisa.

En fin, si entre ustedes hay alguien que sea un extravagante, un díscolo, un extraño individuo interesado por el cine de los 192 países que hay en el mundo que no son Estados Unidos, pues tiene aquí a un buen director empeñado en mostrarnos las contradicciones de su pueblo, una buena forma de conocer lo que ocurre en otras latitudes, que además sirve para marcarse alguna que otra analogía con lo nuestro.