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La Vía Española

Ayer hubo una importante movilización de catalanes que pedían, directamente, de forma más abierta que nunca, largarse. Alto, fuerte, claro, festivo, reivindicativo… y en un número más que notable. Hace ya mucho tiempo que en LPD venimos diciendo que esto no es un sarampión que se pase en unas semanas [1] y que la cosa esta de la desafección catalana va más o menos en serio, que refleja un desajuste estructural, una quiebra real, muy profunda y, lo que es más grave, creciente. Pero Españaza, ¡ay, nuestra querida Españaza!, la de la #MarcaEspaña y Madrid 2020 [2], a estas alturas, ya sabemos todos cómo es. Que si todo es una cuestión de dinero, que si se arregla en dos patadas en cuanto Mas no gane las elecciones, que si es una estrategia de CiU para tapar los recortes… Y así llevamos meses, como antes los llevábamos con lo de que el tema era sólo de una parte radical de la sociedad catalana sin importancia y antes de esa fase, todavía, si se acuerdan, lo de “Pujol, enano, habla castellano”. En este sentido hay que reconocer, la verdad, que parece que la cadena de ayer ha conseguido una cosa: que al menos en el RestoEspaña se haya pasado al fin de fase y se sea consciente de que sí, de que la junta de la trócola está más o menos jodida o como mínimo seriamente dañada, por lo que habría que ponerse a arreglarla, si eso, ya tal. Luego ya las reacciones a esa constatación pueden ser diversas, desde el silencio y la inacción como estrategia rajoyana de no acción a liarse a palos en plan demócrata de toda la vida, pasando por insultar un poco más a los catalanes o escribir todo eso de las mayorías silenciosas (silenciosamente 2 a 1 a favor de la independencia, según todas las encuestas) que viene en toda la prensa cortesana de hoy junto con editoriales gloriosos sobre la sedición catalana. Ninguna de esas reacciones, la verdad, son demasiado interesantes. Pero quizás sí valga la pena explorar qué podría ser una Vía Española con pinta de poder competir en algarabía e ilusión con la Vía Catalana esa de ayer, que desde lejos parecía tan alegre y jacarandosa, de los catalanes.

Para hacer una buena Vía Española, que valga la pena, lo primero es entender nuestra propia letra. Así pues, no está de más recordar un par de cosas sobre el asunto catalán de fondo, por muy obvias que sea, para situarnos. La primera, como ya se ha dicho, es que esto no es un sarampión sino un desencuentro muy profundo, muy estructural y que como no puede ser menos con las cosas profundas lleva mucho tiempo larvándose. De la misma manera que no se ha generado en dos días, tampoco se va a arreglar en dos días. Porque no tiene que ver con ERC o con CiU, ni con las estrategias de Mas para mantenerse en el gobierno o la capacidad política de Junqueras para marcar palmito, ni siquiera con lo ceporros que son Rajoy y Zapatero (ambos, por cierto, representantes de las sensibilidades más presentables de sus partidos en estas materias). Tiene que ver con una visión ciudadana, que viene de abajo, cada vez más compartida porque claramente parece más adecuada para explicarle al catalán cómo es su vida cotidiana y a santo de qué vienen ciertas cosas que vienen desde las instituciones del Reino y sus Emprendedores del BOE. Un visión que, hay que reconocerlo, parece que es radicalmente diferente sobre cómo ha de estructurarse la convivencia conjunta (en cuanto a las reglas para funcionar, para repartir el dinero, para fijar los horarios e incluso para decidir cuándo y cómo se puede hablar) entre lo que es la mayoría (creciente) de la sociedad catalana y la mayoría (¿creciente?) del resto del país.

La segunda es que asistir a un proceso de independencia en un país más o menos desarrollado y donde la gente no se muere de hambre, en tiempos de paz, es algo realmente notable, que diría el señor que no lee su propia letra. ¡Españaza está haciendo Historia y todos somos un poquito responsables! Tiene mucho mérito que una región que representa, a fin de cuentas, una quinta parte de España pero no más, esté siendo capaz de plantear la independencia con opciones y credibilidad, con pinta de que puede acabar saliendo, aunque sea a base de un crecimiento gradualista de la mala leche que no tiene por qué generar una ruptura mañana mismo. Y en efecto es el caso que, aunque sea poco a poco, si la deriva es la que es, tarde lo que tarde, no parece que la solución final sea otra que el adiós a España. Lo que, aunque cueste todavía quince o veinte años, hay que volver a decirlo, no deja de tener mucho mérito. Pero, la verdad, el mérito no es tanto de los catalanes. Cuando pasa algo así, y esto de España es un ejemplo paradigmático, tan increíblemente difícil, es que el fuerte, el que tiene casi todos los ases en la mano, se lo ha currado con verdadero empeño para irlos perdiendo, uno a uno. Ése es el caso de España. Una España que salió de la Dictadura de Franco con un empuje renovador que se suponía que iba a compensar los sapos que la Transición hizo tragar a todos los demócratas y que duró, la verdad, bien poquito hasta que esto se convirtió en un desastre de pelotazo, verticalidad, trampas al solitario y Borbones Campechanos marcando la pauta y el negocio que, año tras año, década tras década, ha ido empeorando las cosas. Salir de este Reino de España fallido es más fácil que de un país exitoso. Y lo es, además, porque no es poca la parte de los “fallos” que tiene que ver con los problemas que agudizan, justamente, el cabreo catalán.

Por esta razón sería interesante reflexionar sobre si sería posible una Vía Española que no sólo pudiera servir para hacer más atractivo el proyecto de estar juntitos, en plan bonito, casi como lo explicaría Bambi ZP antes de la crisis del euro que le agrió el carácter, a los catalanes sino, ya puestos, a todos. Algo que, en primer lugar, como se ve, empieza por asumir una cosa tan sencilla como que lo normal en estas cosas es hacer el camino juntos si nos apetece a todos y, si no… pues no pasa nada. La mejor forma de organizar la convivencia, pero no sólo respecto de Cataluña sino también en lo que se refiere a España, es hacer caso a lo que la gente quiere, permitir que participen (participemos) todos de la toma de decisiones y no imponerlas a partir de ideas preconcebidas (Unidad, Patria, Monarquía, LoQueSea…) que deban ser sí o sí respetadas… porque siempre ha sido así, porque la esencia es lo importante, porque la tradición, o la Patria o lo que dicen los de arriba… determinan que mejor tenernos calladitos. Esto significa, claro, que lo normal es que si en Cataluña quieren votar la independencia porque claramente una grupo muy importantes de sus representantes, en conexión con lo que pide la gente, así lo consideran, pues que voten. Pero la Vía Española a la Normalidad Democrática y a la Modernidad Europea Como si Tal Cosa podría, y debería, ir más allá y extender esta idea a otras esferas, la verdad. Por poner ejemplos recientes, hay ciudades europeas donde preguntan a la gente antes de decidir si tiran a la basura un billón de pesetas en aventuras olímpicas para mayor gloria de las constructoras y de la casta política de la capital. Y no sé, por mencionar otra cosita sin importancia, a lo mejor no vendría mal preguntar a la gente si esto de que Pre-parado I esté a punto de meter la cabeza con aspiraciones de pasarse cuatro décadas ahí haciendo servicios a la Patria nos parece bien y así lo comentamos entre todos un poco antes de meternos en el compromiso de financiar a más parentela y sus negocios por tantos años.

Luego están los temas específicamente catalanes (o supuestamente específicamente) que tienen soliviantada a la gente de allí. Por ejemplo, eso del dinero, de las balanzas fiscales, de la solidaridad, de las transferencias. Pues la verdad es que aquí una buena Vía Española, tan diferente a lo que ahora tenemos, debería empezar por en primer lugar explicar las cuentas a todos. Sin trampas. Sin esos numeritos tan simpáticos que meten en la capital todo el esfuerzo fiscal de los españoles cuando pagamos impuestos indirectos por poner gasolina, encender la luz, hablar por teléfono… Y a partir de tener los números (que los catalanes se han pasado décadas pidiendo, recordemos, lo que llevó y lleva a que muchos “intelectuales” supuestamente serios los acusen de querer romper el país por aspirar a que la gente sepa los números de esa llamativa manera que sólo en España es posible), pues hablemos y analicemos entre todos la cosa. Probablemente habrá acuerdo en que es razonable que quien más tenga ponga más y que, si hemos de convivir juntos y estamos en el mismo barco de verdad, luego más o menos todos tendríamos que recibir lo mismo, sin que haya demasiadas diferencias (y que, si las hay, sean mínimas, estén justificadas por algún elemento que más o menos podamos entender y tenga cara y ojos y de modo que no hagan de peor condición al que pone más). Y digo probablemente porque esta es la conclusión a la que llegan todas las comunidades políticas que hacen este proceso con normalidad. No creo que los españoles seamos muy distintos y que catalanes, madrileños, vascos, gallegos o andaluces tuvieran demasiado problema en entender que tiene su sentido. Una Vía Española justa haría este esfuerzo y viviría con normalidad que luego nos pegáramos de lechos todos a la hora de negociar y concretar los detalles, porque es lo normal, a fin de cuentas. Pero la sangre no llegaría nunca al río por estas cuestiones si hay un pacto de normalidad, como el del resto del mundo no sometido a estructuras coloniales, que se entienda. Porque poner de tu parte, un poco más cuanto más tienes, en un proyecto común en que crees, a nadie le cuesta tanto como para dar un portazo.

Claro es que, además, hay que creer en el proyecto. Porque puedes estar bien tratado y a pesar de eso tener pocas ganas de seguir ahí… si hay otras cosas que no te convencen nada. No todo en esta vida es el vil metal, aunque respecto de los catalanes, como es sabido, sea dominante el consenso de que sí. Véase el caso de los eslovacos, que aunque recibían dinero de Chequia tenían muchas ganas de perderlos de vista. O el del País Vasco en España no hace mucho, a quien su blindaje foral no le impidió tontear con buscarse la salida hace unos años. Todo es cuestión de que te sientas parte o no del proyecto y que la convivencia se te haga grata o… y pienses que te conviene. En este sentido, por ejemplo, parece que los catalanes llevan muchos años pidiendo más autonomía política, ya sea en forma federal o con la extensión al límite del modelo constitucional que era el Estatut de 2006. Pues habrá que empezar a pensar si algo así cabe o no dentro de la Vía Española, si al resto de España le vale o no. Pero eso sería importante que no lo hicieran 12 señores del Tribunal Constitucional (a quienes supongo que si Cataluña deviene un día independiente harán una estatua en cada pueblo) cepillándose la decisión de los representantes democráticos no sólo de los catalanes, sino también de todos los españoles (y, de paso, un referéndum) que habíamos llegado a un acuerdo, con nuestros más y nuestros menos, pero que luego quedó hecho papilla.

En este sentido, el RestoEspaña (y como expresión de lo que piensan los ciudadanos restoesapañoles, sus representantes) debería analizar si la vía del PSOE de la época de ZP de intentar esponjar política y económicamente el país, descentralizando más, es tan absurda. Una Vía Española que apostara por eso, sin duda, sería (¿o quizás se podría decir habría sido?) más atractiva para Cataluña pero, la verdad, muy probablemente también lo sería para el resto de España. La obsesión por construir una gran capital en contra de la historia y de los flujos económicos españoles, con su súper-aeropuerto y sus súper-Juegos Olímpicos, con sus multinacionales y con todo lo que el BOE lleva detrás, ha sido ya muy lesiva para las dos Castillas y se ha cargado prácticamente toda la vitalidad de las ciudades de la Meseta, que ahora son para todo tributarias de Madrid, que opera como gran aspirador social y económico. Gracias a una carísima red de AVE que acorta distancias con la periferia, el proyecto del Gran Madrid es lograr eso mismo con el resto del país. Y, sin embargo, al mirar cómo está funcionando el modelo, ¿de veras es lo que nos parece mejor para España? Una Vía Española que rectificara este diseño, una vez más, sería más atractiva para los catalanes, aunque quizás sea ya tarde. Pero da igual que llegue tarde, habría que intentarla sí o sí, porque en cualquier caso sería muy buena, sobre todo y también, para el resto de los españoles. Y, por cierto, alguien tendría que plantearse qué hacemos con toda esa España interior destrozada por el modelo económico centralizado generado desde la Guerra Civil y desarrollado a lo bestia con la Segunda Restauración Borbónica. ¿Hay ganas de intentar salvarla o dejamos entre todos que siga su triste camino hacia convertirse en el mayor desierto poblacional de Europa occidental?

Ocurre, claro, algo parecido con el tema de la lengua, uno de los caballos de batalla de la Sentencia del Estatut, donde las elites judiciales del país no se privaron de entrar a hacer sus razzias más queridas e internamente anheladas… y así han seguido hasta hoy. Una Vía Española debiera ser más comprensiva en esto con los catalanes… pero también con los vascos, los gallegos, los valencianos, los habitantes de las Islas Baleares, los aragoneses que hablan LAPAO o LAPIC… y los muchos extranjeros que son ya una parte de la población española y que hablan otros idiomas con normalidad. Un país moderno no es un país de fundamentalistas lingüísticos uniformizadores ni de talibanes culturales, sino que es un país que deja a las comunidades organizarse democráticamente a pequeña escala también para estas cosas… y normalmente no pasa nada, sino todo lo contrario. Que en TVE sea más fácil escuchar inglés o francés que catalán es una anomalía extravagante. Pero es que a veces parece olvidarse que aquí hay como un tercio de españoles cuya lengua materna no es el castellano. Si la Vía Española pretende serlo de verdad, esto es, española y no Madrileña, habría que mirar algo también por ahí.

Supongo que, en el fondo, está también luego eso de insultar o no, estimar o no, querer o no… Pero la verdad es que, a la hora de la verdad, no debe de ser tan importante cuando todos los que odian a los catalanes en este país… ¡son luego los más obsesionados con impedirles irse! Sin embargo, y dentro de lo que cabe, pasar de la retórica del Santiago y Cierra España que tan poco eficaz es, al explorar otras Vías Españolas estaría también bien intentar partir de un sobreentendido más simpático que hostil: que aquí lo intentamos resolver a buenas y porque nos apetece, pero no pasa nada si cada cual hace su vida, caso de que lo prefiera, pero pensamos que tenemos algo que ganar haciéndolo juntos y ayudándonos un poco unos a otros. Algo que, además, y de nuevo, no se tiene que aplicar sólo a los Catalanes. Porque todos los problemas de este país, que son muchos, estaría bien que empezáramos a pensar, entre todos y seriamente, cómo nos ponemos a intentar resolverlos. Si esa Vía Española es posible, pues a lo mejor se salva algo. Si no, ya sea con Cataluña dentro de la Marca España o fuera de ella, esta mierda de organización que nos hemos dado nos continuará haciendo peores en casi todo. Y lo de que Cataluña esté dentro o fuera, a la hora de la verdad, para el resto de españoles, acabará por ser un detalle casi menor, dado que cualquier día rezaremos para que nos invada Gibraltar.

El resumen es sencillo: los catalanes nos están haciendo un favor a los españoles con su hartazgo cívico, pues es una llamada de atención clarísima sobre las muchísimas cosas malas de nuestro país y lo mal que funciona, lo poco que es capaz de integrar. Y nos hacen un favor porque si les hiciéramos más caso y fuéramos capaces de hacer más atractivo nuestro país también para ellos esta España nuestra sería mucho mejor, sobre todo, para nosotros. A fin de cuentas, los catalanes no lo tienen tan mal como el resto: se pueden ir a poco que acaben acelerando un poco más (y, en ese caso, será su problema hacerlo mejor o peor pero, la verdad, no es muy difícil hacerlo algo mejor).