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Red Plenty

Quisiera comenzar esta crítica literaria sobre una obra con un cierto contenido económico de la única forma en que puede hacerlo una persona de bien y temerosa de Dios: con mi más enérgica condena a Cuba y Corea del Norte, estados intrínsecamente malvados, y a sus dirigentes cleptocráticos, tiránicos y despóticos, contra cuyas dictaduras el mundo libre debe luchar, sin desfallecer ni dudar, hasta el último aliento.

La URSS hace llorar a Marx

La caída de la URSS –y con ella del comunismo como alternativa al capitalismo- no tiene una causa única a la que señalar con el dedo. Varias causas influyeron [1]. Sin embargo, con el paso del tiempo, la historia cae en el olvido, e igual que hemos reducido la Guerra de Secesión a “esclavitud”, ahora la caída de la URSS ha quedado en el tópico “Gorbi se acojonó en Reikiavik ante el tamaño de los genitales de Reagan” y “el capitalismo ejj lo mejor”.

Este análisis nace de una cierta prepotencia: como “ganamos”, suponemos que entendemos mejor lo que pasó, y a la URSS mucho mejor que sus propios habitantes. Pues no. Este libro ayuda a entender mejor a la URSS. Entre otras cosas, que no solo “ganamos” por mérito, sino igualmente o incluso más por demérito ajeno. El autor, Francis Spufford, un profesor inglés de literatura que ni siquiera habla ruso, nos cuenta en escenas sueltas estampas de la vida en la URSS, aunque siempre con la economía como eje. Es una “novela económica”, si ustedes quieren. Aunque eso pueda echar para atrás (¿conocen alguna obra interesante protagonizada por economistas?), la obra es muy amena.

Spufford no quiere explicar la caída de la URSS, eso requeriría una biblioteca entera y un análisis mucho más concienzudo, ni si era factible su supervivencia, o si una democracia puede existir sin capitalismo, o si es viable una economía centralizada (aunque son preguntas que asaltan al lector de manera automática). Su objetivo, mucho más modesto, es plantear adecuadamente la siguiente pregunta: ¿podría la economía de la URSS haber ofrecido a sus ciudadanos un nivel de vida similar al de los estados occidentales de haberse llevado a cabo ciertas reformas en los años 60? Reformas por las que abogaron personas “del régimen”, economistas y matemáticos de las academias y universidades del estado, es decir, un intento de reformar el sistema desde dentro, no con perroflautas en la calle ocupando la plaza Roja con asambleas autogestionadas.

Para ello, se desvincula del contexto histórico previo, es decir, de las barbaridades del estalinismo. Se mencionan y queda claro que estaban ahí, pero no interesan de cara al tema principal, que es la economía y su desarrollo durante lo que podemos llamar la primera primavera rusa.

La edición en inglés que me compré por ese instrumento capitalista adictivo que es Amazón, solo que aquí sale sin la portada doblada

También, claro, hay que conocer como llegó la URSS a ese momento. Para empezar, explica Spufford, no era ni de lejos lo que Marx había predicho. Marx postulaba que la dictadura del proletariado llegaría inevitablemente cuando una sociedad industrializada cubriera con su enorme productividad todas las necesidades humanas imaginables, pero nadie pudiese comprar sus productos debido a la continua rebaja de los salarios necesaria para competir. La Rusia de 1917 era cualquier cosa menos eso; era un estado feudal y agrario cuyos nobles extraían rentas para pagarse unos lujos absurdos mientras la mayor parte de la población vivía en la miseria y la más oscura ignorancia. No se trata de decir “Marx tenía razón, pero sus implementadores se equivocaron”, pero sí de dejar claro que los bolcheviques no aplicaron un programa previo, sino que se tuvieron que inventar casi todo.

El libro arranca 40 años después de la Revolución de Octubre: la URSS parece tener un futuro brillante por delante. La victoria en la Gran Guerra Patria ha convertido a lo que era un país atrasado y volcado en sí mismo en una potencia mundial. Kruschev ha cerrado la época estalinista con una Transición a la rusa (y aunque aquello estaba lejos de ser una democracia, recuerden que in the Land of the Free en aquellos años a los negros los detenían por atreverse a sentarse en el lado equivocado del autobús), la colectivización del campo está cerrada, una industrialización forzosa ha permitido a la URSS montar un ejército que la hace inatacable y empezar ganando la carrera espacial, y se han superado más o menos las heridas de las guerras civiles y de la Segunda Guerra Mundial [2]. Hasta tienen a la generación mejor preparada de la historia y todo. El crecimiento económico es asombroso. La sensación es de optimismo (y en Occidente, de temor y hasta de pavor). Es el momento, siente Kruschev, de legitimar el régimen ofreciendo a los ciudadanos un nivel de vida más elevado, comparable a las democracias europeas, e incluso aspirando a igualar a los Estados Unidos. La economía, orientada a la industria pesada y a grandes proyectos estatales, debe redirigirse hacia productos de consumo. Kruschev incluye en el programa del partido la promesa de una “plenitud roja” para 1980.

El libro abarca grosso modo los años de Kruschev y sus sucesores inmediatos (1958-1970). Mediante las vivencias personales de personajes reales e inventados, vemos como se toman las decisiones, y como las medidas van afectando a la gente. El libro es una obra de política-ficción, saltando de un lado a otro: igual acompañamos a Nikita Sergeyevitch en triunfal gira por Nueva York que en su defenestración, que acompañamos a unos economistas intentando ligar durante una fiesta veraniega, que vivimos junto a un “conseguidor” el día a día en la economía soviética. Finalmente, los intentos de reorientar a la industria fallan, las reformas fracasan, y al final se imponen los burócratas para dejarlo todo como está, “que esto al menos lo conocemos, y podemos darle a la gente comida y un techo”.

El principal problema de la economía soviética, lo que desbarajusta todo el sistema, explica el libro, es la imposibilidad de determinar el valor de las cosas. En el capitalismo, esto se hace mediante precios que oscilan según la oferta y la demanda. En la URSS, el estado impone los precios, llegando al absurdo de que una vaca le reporta al koljós 56 kopecs, pero criarla cuesta 88. El resultado es que no hay carne – salvo en el mercado negro, donde el precio sí es el real. Los economistas de la escuela “reformista” proponen una subida de precios para que estos reflejen el valor real, y la consecuencia es un inmenso descontento. Porque aunque de repente hay carne, resulta que los sueldos se congelan o bajan. Y mientras los economistas filosofan si es mejor que la carne sea barata aunque no haya suministro, o que la carne sea muy cara pero sí haya suministro, el ejército reprime a tiros las manifestaciones.

Otro de los problemas es que los planes quinquenales inicialmente imponen objetivos de producción, no de beneficios. Las empresas tienen que cumplir con su cuota –de acero, viscosa, textiles o juguetes-, no hacer beneficio, lo cual impide que se aprovechen las tímidas reformas encaminadas a introducir precios “de mercado”, aunque los reformistas por supuesto no se atreven a llamarlos así y hacen verdaderos malabares lingüísticos para dejar claro que ellos no son capitalistas. Se produce de acuerdo a los designios de un burócrata, no a necesidades reales. Al principio funciona, porque en 1930 la industria es un fin en sí mismo, y su principal objetivo es construir más industria y ampliar capacidades, y esa es una ecuación con pocas variables y un burócrata competente puede resolverla (porque la URSS tenía funcionarios competentes: ni Stalin ni Kruschev tenían problemas en decapitar –a veces literalmente- a la gerencia y poner gente nueva si no se alcanzaban los objetivos). Corea del Sur también es un buen ejemplo de tales planificaciones. Pero una vez hay suficiente industria ninguna burocracia es capaz de resolver un sistema mucho más complejo, como lo es una economía con millones de consumidores con demandas muy variables, con cadenas de valor muy alargadas y en continuo cambio. Los desajustes del sistema se trasladan a lo largo de la cadena y acaban castigando al eslabón más débil, que es precisamente el consumidor final.

Una trama secundaria explora la posibilidad de gestionar el sistema mediante potentes computadoras. Algo muy utópico, a mi entender, nacido de la fe casi ciega en las posibilidades de la tecnología que reinaba en los años 50-60, y que ha contagiado al autor. El caso es que las autoridades acaban desistiendo de invertir en ordenadores salvo para aplicaciones militares y espaciales. Para lo demás, corta-pega de IBM.

Los economistas “reformistas” insisten en que los precios fluctúen, pero los guardianes de las esencias lo ven como demasiado capitalista y, aunque hacen algunas reformas, los precios se quedan en manos de los burócratas. El Partido se impone al Estado. A partir de ahí, decadencia, momias en el Kremlin, y fantasías imperiales propias de los zares, como la expansión hacia “mares cálidos”, mediante la invasión de Afganistán. El sistema se sostiene durante 20 años más gracias al descubrimiento de pozos de petróleo en Siberia, que coinciden con la Crisis del Petróleo y permiten a la autárquica economía soviética importar productos de consumo y alimentos, pero el pescado ya está vendido.

 

¡Si no te gusta el sistema tal y como lo dejó el Padrecito Stalin vete a Cuba!

¿Habrían funcionado las reformas? A estas alturas ya resulta indemostrable y se queda en un mero debate académico. Ni siquiera el autor se atreve a afirmarlo con rotundidad, aunque no es su intención, solo dejar claro que existían alternativas. De hecho, alternativas más próximas al capitalismo: el comunismo podría haber sobrevivido de haber aprendido del capitalismo. La URSS se habría convertido en un híbrido, claro, y habría dejado de ser una economía planificada pura, pero quizás más viable. Y esa duda nos queda: si se pueden fusionar elementos capitalistas y comunistas en una economía. Al fin y al cabo, las economías capitalistas de la época no eran como las de ahora y tenían muchos más elementos de control estatal. ¿Les iba mejor? Pues defina usted en qué consiste una economía mejor: una más abierta o con mayor igualdad, mayor reparto de riqueza o más necesidades básicas cubiertas… pero ese es otro debate que excede el marco de esta crítica literaria. Lo que “Red Plenty” sí deja claro es que definir una economía como “mejor” solo porque crece más -casi siempre con la coletilla de “esto es para crear la riqueza, luego la repartiremos”- es un engañabobos. Porque la economía puede crecer como la de la URSS en 1960 –movilizando recursos e incorporando trabajadores, pero sin aumento de la productividad- o como la de Occidente en 2005 -con deudas masivas.

Servidor de ustedes no entiende de economía (requisito básico, por otra parte, para escribir en esta web [3]), pero como nenaza hombre moderno uno está en contacto con sus sentimientos, y les aseguro que mis simpatías por la URSS y el comunismo no han aumentado, así que pueden leer el libro sin peligro para sus almas, incluyendo las muy recomendables notas al final. Sigo prefiriendo vivir en Estados Unidos a vivir en Cuba (aunque prefiero Cuba a Arabia Saudí, y Francia a Estados Unidos. ¡Francia! ¡Caprichos que tiene uno!). Nadie va a cambiar su ideología por leerlo, pero sí cambiará su imagen de los ciudadanos soviéticos: pasará de “esclavos famélicos con cadenas” a “pringados que les tocó un sistema que no los tuvo en cuenta para nada”. Aunque si nuestro querido capitalismo financiero sigue haciendo de las suyas, no descarten que en unos años la gente lea este libro y se sienta identificada con un moscovita de 1981. E incluso unos años más, y sentirán sana envidia. Porque el moscovita, al final, 10 años después logró derribar el sistema en el que vivía. ¿Escribirá alguien en 2060 el siguiente párrafo en una crítica a un hipotético “Liberal Plenty”?

Los economistas “reformistas” insisten en que las deudas se condonen o devalúen y los bancos centrales combatan el paro, pero los guardianes de las esencias lo ven como demasiado comunista y, aunque hacen algunas reformas, los bancos se quedan en manos de los capitalistas. La Economía se impone al Estado. A partir de ahí, decadencia, productos de marketing en la Casa Blanca, y fantasías imperiales propias de iluminados, como la “corrección” de Oriente Medio, mediante las invasiones de Irak y Afganistán. El sistema se sostiene durante 25 años más gracias al crédito barato, que coincide con la Expansión de China y permiten a la vacía economía occidental importar productos de consumo y energía, pero el pescado ya está vendido.