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La devaluación interna mola, ¿verdad?

Como llevamos unos cinco años de crisis, más o menos (siempre dependiendo de dónde empecemos a contar), estamos empezando a llegar a un punto en que incluso una parte de los economistas españoles, algunas de las personas a las que gusta pontificar sobre todo e incluso parte de la opinión pública comienza a entender qué está pasando y a intuir algunas de sus causas [1]. Obviamente, todavía hay quienes creen que no hay duda de que la culpa es de las Comunidades Autónomas y los paletos de pueblo que no hacen caso a Madrid (abundan, de hecho, mucho entre los intelectuales del régimen [2]) o pueden pensar que eso de la burbuja inmobiliaria es un engaño de la percepción, que en España los fundamentos de la economía son sólidos, que nuestros sector financiero funciona muy bien y está regulado como ningún otro en el mundo e, incluso, que el euro nos ha reportado grandes ventajas de tipo económico. No es extraño, además, que quienes así de convencidos viven sean los que han controlado y siguen controlando el cotarro. En parte porque hasta qué punto son burros y tienen poca idea de qué va la cosa, como estos eventos están demostrando, es una triste evidencia. En parte también porque su propia posición como grandes beneficiarios de cómo está montado el tinglado les dificulta mucho percibir con claridad hasta qué punto el que ellos salgan muy bien en la foto no significa que la cosa vaya bien para el país.

En estos momentos, el gran argumento de los defensores institucionales del euro en España es algo así como que mejor estar ahí porque, si no, seríamos libres y, como somos una mierda de país, usaríamos fatal esa libertad, con lo que mejor encontrarnos atados de pies y manos y obligados a seguir políticas que, aun no estando diseñadas por y para nosotros y siendo moderadamente (o muy, según épocas, contextos y momentos) nocivas para nosotros, siempre serán mejor que nuestra tendencia natural a convertir este país en una mierda en beneficio de unas clases extractoras de rentas que instrumentalizan todo el aparato estatal en su beneficio. Personalmente, no voy a negar atractivo a este argumento (muy caro al independentismo catalán, por otra parte), pues la debilidad del Estado español [3], la chunguez (en cuanto a nivel formativo y en cuanto a preocupación por los demás) de nuestras supuestas elites y lo razonable que es querer pedir la independencia y que nos anexione a Gibraltar no es algo que a mí me resulte muy ajeno. Más o menos, ésta es la tesis de la gente alfabetizada que en España sigue defendiendo a muerte el euro: por terribles que sean los daños que provoque la moneda única peor todavía serían los que nos autoinfligiríamos como país si nos dejaran solos (léase una exposición más o menos reciente de Fernández-Villaverde, Garicano y Santos en este sentido [4]). Lo mínimo que se puede decir de este argumento es que, por poderoso que pueda ser, no deja de ser tristísimo. Hincándole el diente más a fondo, y reconociendo que la gran ventaja de la pertenencia de España a la UE es justamente ésta (ojo, a la UE, no al euro) pues nos han impuesto reglas desde fuera muy sensatas e importantes que desde dentro es dudoso que hubiéramos tenido tan rápido, la cuestión es si el arbitraje entre lo perdido y lo ganado en el caso de la pertenencia al euro compensa. Máxime teniendo en cuenta que se puede estar en la UE sin estar en el euro, tratando de maximizar ventajas y reducir inconvenientes. El problema, claro está, es que una cosa es el resultado de ese arbitraje ahora y otra en el futuro, donde estar en la UE sin estar en el euro puede permitir acumular esas ventajas pero sin posibilidad de influir y pintar en la toma de decisiones. La cuestión con todo, sigue siendo parecida, ¿es más importante eso -teniendo en cuenta que España en ningún caso va a pintar mucho- o los perjuicios que ya todos conocemos de seguir en el euro?

A estos efectos, conviene tener en cuenta que el euro es un desastre de gran magnitud económico a escala europea pero que, hay que reconocerlo, y en contra de la retórica habitual y de lo que suele leerse al respecto, las elites centroeuropeas que están dirigiendo esto desde hace unas décadas y más claramente en estos movidos y procelosos tiempos (lo que suele llamarse en España, para simplificar, “Merkel”) lo están haciendo increíblemente bien para estabilizar la crisis y poner remiendos a un diseño que tiene casi imposible arreglo. El sistema para gestionar el carajal en que se ha convertido la zona euro, con sus pasitos atrás y adelante, con sus dudas, titubeos y acciones de última hora, vamos, lo que Ulrich Beck ha llamado el “merkievelismo” [5], está funcionando increíblemente bien. Que a estas alturas no haya habido ninguna baja en la zona euro es prácticamente un milagro (que Grecia siga en el euro, que ni siquiera un país pequeño como Chipre haya salido a pesar de su poca importancia y del mega-follón que había con su modelo económico de casino especulador lo dice todo). Por no hablar de que, en medio del caos y de la agitación generados por las numerosas vías de agua, el buque siga a flote y, además, con cierta sensación de calma en cubierta en los últimos meses. Que algo así haya ocurrido demuestra varias cosas:

1. Que Alemania ha resuelto el “dilema alemán [6]” y lo ha hecho de una manera clara: apostando por el euro, su mantenimiento y su defensa. Lo cual no significa que la apuesta vayan a poder mantenerla para siempre necesariamente, porque como las cosas sigan pudriéndose los costes de mantener no ya a Grecia sino a España o Italia dentro del euro pueden ser enormes, pero sí que, al menos como punto de partida, desde Centroeuropa se tiene clara cuál es la apuesta y que, a pesar de sus dificultades, van a tratar de mantenerla y asumir buena parte de los costes de su mantenimiento… porque creen que salen ganando a medio y largo plazo, y mucho, con este diseño.

2. Que el sistema de ayudas de último momento, de cambiar soberanía por respaldo financiero, de recentralización económica, de integración brutal de las economías periféricas en un modelo de capitalismo centroeuropeo (con todo lo bueno y todo lo malo que eso puede tener), está funcionado. De nuevo, el “merkievelismo” [5] en acción. Y en este punto, a estas alturas, sí que parece evidente que no va a haber cambio de rumbo. Está, por lo demás, en el ADN de la Unión Europea que las cosas sean, porque sólo pueden ser así, de esta manera. Conviene, eso sí, que nadie se engañe. Para lo bueno y para lo malo el resultado final de esta película, si las cosas salen bien y no descarrilan, tarde más o tarde menos, está ya claro: una Unión Europea mucho más cachas y con muchas más parcelas de Unión política consolidadas. Los déficits democráticos y demás, como es obvio, no están en la ecuación. Son elementos contingentes. Pueden corregirse o no, dependiendo de muchos factores y de la presión mayor o menos de la opinión pública. Pero son irrelevantes a efectos de que se construya o no esa Europa más unida, más Europa, más tecnócrata… que de momento, y en contra de lo que suele leerse, está saliendo poco a poco fortalecida e increíblemente bien librada de esta crisis.

3. Hay países que tienen clara su apuesta y que saben hacia dónde vamos, hacia dónde quieren ir ellos y qué han de hacer para conseguirlo. Otros, como el Reino Unido, parecen haber entendido de qué va la película (si su pertenencia a la UE era para pintar e influir en sus decisiones, la crisis del euro está demostrando y fortaleciendo que en el futuro esa apuesta, trágicamente para ellos, no tiene sentido y que el marco futuro de decisión es o bien estar en la UE pero también en el euro o bien salirse de la UE). Y hay otros, como España, que van totalmente a rebufo de los acontecimientos, con unas elites políticas y económicas que interesadamente no osan siquiera cuestionar la posición en el euro y en la UE del país y que, sencillamente, van a hacer todo lo posible para mantenerse dentro del club, por muy irracional e increíble que pueda parecer. Los casos griego y chipriota son muy esclarecedores. Que después de todo lo ocurrido no sólo la mayoría de las elites sino la mayoría de la población sigan apostando por la permanencia en la UE a toda costa, sin que se haya abierto un debate serio, es un buen indicativo de por dónde irán las cosas en España cuando nos veamos en situaciones parecidas, tarde o temprano, a las vividas en esos países.

Las razones por las que la población acepta esta situación acríticamente, o al menos sin incoar un debate, son en apariencia más misteriosas. Sin embargo, las de las elites resultan sumamente sencillas de entender. Pensemos, por ilustrar la cuestión, en el caso español. Una zona euro mal diseñada y con muchos desequilibrios, más nuestra mala cabeza, se ha cargado la poca economía productiva del país y nos ha ido generando un incremento exponencial de las ineficiencias económicas del país. Todo ello oculto por un ficticio recurso al crédito barato que, junto a otros perniciosos efectos, ha hecho que cuando la cosa haya explotado lo haya hecho por todo lo alto. El problema es que, para volver a poner en marcha el país, a largo plazo necesitamos muchas cosas (ser mejores, sencillamente, en casi todo) pero para ir logrando salir del hoyo a corto plazo hay que volver, como sea, a ser competitivos cuanto antes (aunque sea sin haber hecho cambios de fondo de relieve a corto) por eso de poder comer, ir pagando las deudas y no acabar fatal. Esto, como todos sabéis, se hace tradicionalmente devaluando. Con ese respiro, vuelves a ser competitivo casi de un día para otro a cambio de empobrecer homogéneamente a todo el país y a partir de ahí, si haces las cosas bien… (como es sabido, los críticos con esta forma de hacer las cosas dicen que, claro, el problema es que tener una solución fácil a corto desincentiva a arreglar las cosas a largo… y vuelta a empezar).

Obviamente, al estar en la UE y en el euro esto de la devaluación no se puede hacer sin previamente cargarte la moneda única o salir de ella. De modo que hemos iniciado lo que ya en 2009 avisó Krugman [7] (a quien el diseño de la UE siempre le ha parecido deficiente) que sería la inevitable solución para España: la ahora muy manida y por todos conocida “devaluación interna”. Es decir, bajar salarios a saco, preferiblemente hasta llegar a ese 30% necesario que habría sido lo que habríamos devaluado si hubiéramos podido. Cuando Krugman y demás advirtieron de que esto era lo que iba a pasar, cuando explicaron que dentro de la UE no había otra que actuar así, por eso de la competitividad perdida respecto de las economías centroeuropeas y tal, prácticamente nadie se atrevía siquiera a concebir que tuvieran razón. Las explicaciones de tirios y troyanos diciendo que no, que si los ajustes, que si la coherencia, que si el sistema financiero, que si no estamos tan mal, que si “no es eso”, se sucedieron. Pero sí, era eso. A estas alturas, al menos, nadie se puede engañar ya sobre la cuestión. La devaluación interna era esto (y era, sí o sí, lo que teníamos por delante… y todavía nos queda un trecho).

Las diferencias en los efectos de una devaluación interna como la que supone estar dentro del euro y una devaluación de toda la vida de Dios son muy significativas y explican, cuando se analiza bien a quién benefician y a quién perjudican, parte del entusiasmo de ciertas elites por esto del euro, cueste lo que cueste. Básicamente porque, a ellos, les cuesta poco. Incluso nada. Así, por ejemplo:

– en una devaluación clásica, pierde todo el mundo de manera más o menos homogénea, todos (asalariados, funcionarios, empresarios, pensionistas, Estado…) somos un % más pobres, de una manera muy bonita y marxista, muy igualitaria, aunque con un efecto: quienes gastan más en el extranjero (Estado, comprando petróleo; ricachones, viajando y comprando casas por ahí fuera; clases medias altas, con sus viajes a capitales europeas en vuelos low cost [8]) más padecen los efectos, mientras que el ciudadano medio se empobrece unitariamente y pierde nivel de vida esencialmente como consecuencia de que se encarece la energía y con ello un poco el nivel de vida y con que tiene un Estado más pobretón;

– en una devaluación de estas modernas, interna, sin devaluar la moneda formalmente, la cosa es diferente: como se devalúa rebajando salarios no todos pierden ni todos pierden más o menos lo mismo, dependiendo de su respectivo poder de negociación los pensionistas pueden ganar nivel adquisitivo mientras los funcionarios pierden un 30%, los trabajadores fijos pueden ganar poder adquisitivo mientras los temporales se van por millones al paro… y todos tan contentos, sobre todo, claro, las clases sociales agraciadas en esta pedrea, que suelen ser, lógicamente, las que más resortes regulatorios controlan y más peso social y político tienen.

La devaluación interna es mucho más asimétrica e injusta que la simétrica (y eso sin hablar de que, además, tiende a sobrecargar más precisamente a los menos responsables de los excesos que obligan a devaluar), lo que permite entender mejor las razones por las que no sólo los Gobiernos sino las opiniones públicas, por lo general, siguen siendo muy pro-euro en los diferentes países de la UE más afectados por la crisis. No es de extrañar si tenemos en cuenta que, por lo general, las clases hegemónicas de nuestras sociedades se están encargando muy mucho de lograr que los efectos de la devaluación asimétrica se carguen esencialmente sobre los hombros de trabajadores, inmigrantes, estudiantes, jóvenes y demás colectivos que, por una razón o por otra, tienen menos voz.

Una última reflexión, en esta misma línea, sobre los diferentes efectos para deudores y acreedores de una “devaluación interna” frente a una devaluación clásica permite también entender la razón por la que acreedores (ay, nuestro sistema financiero) y demás colectivos que suelen contar con más posiciones de crédito que deudas (algo que está muy vinculado a la capacidad económica) están muy a favor de este modelo euro de baja inflación, estabilidad monetaria y devaluaciones vía salarios. Compárense, a estos efectos, la enorme diferencia para un hipotecado que supone pagar su hipoteca en pesetas devaluadas (se le han devaluado las pesetas de su sueldo, pero también las que eran el capital a devolver) a hacerlo en euros de su salario devaluado gracias a este sistema de ajuste (y quizás muy devaluado o, incluso, directamente sin salario gracias al masivo desempleo) pero mientras el monto total de euros de su hipoteca sigue inalterado y, en consecuencia, con una proporción de esfuerzo para su pago mucho mayor.

En última instancia, resulta bonito que, como casi todo, esto del euro, desde una óptica mediterránea, sea tan claramente una cuestión de clase. Para que luego haya quien critique a quienes afirmamos que Marx, el pobre, tenía en casi todo más razón que un santo [9].