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Ladies of Spain – Andrew Morton (II)

Segunda parte:Corinna Zu-Sayn Wittgenstein y Letizia Ortiz, trepas sin fronteras

 

En la primera parte de esta inacabable reseña [1], comentábamos el perfil que hacía Andrew Morton, inglés especializado en biografías cotillas de miembros de la realeza, de las infantas Elena y Cristina, así como de sus cónyuges. Aquí nos centraremos en las otras dos “Ladies of Spain” que nos faltaban: la reina Sofía y Letizia Ortiz.

El libro comienza con la figura de SM la reina Sofía. Y comienza fuerte, relatando la profunda admiración de la madre de la reina, Federica de Grecia, por una figura histórica extraordinariamente relevante: Adolf Hitler. ¡Toma patada de Godwin en los huevos [2], para empezar!

La esposa del rey Pablo de Grecia era célebre no sólo por su naturaleza directa y dominante, sino por un patriotismo y un anticomunismo extremos, rayanos en el fanatismo. De niña, Federica había formado parte de un grupo de las juventudes hitlerianas, y se dice que, cuando iba al colegio en Italia, defendía a la Alemania nazi. Tres de sus hermanos sirvieron en la Wehrmacht” (págs. 62-63)

No cabe extrañar que, en 1967, Federica de Grecia fuese una de las principales urdidoras del golpe de Estado que acabó con la democracia en Grecia, y que, unos años más tarde, tuvo como resultado la pérdida de la corona por parte de su hijo Constantino, que desde entonces vive –él y su copiosa familia- de gorra a costa del erario público de un hermoso país mediterráneo… ¿Adivinan de cuál? En España, por el contrario, el Rey Juan Carlos I le demostró a su cuñado su enorme maestría en la teoría y práctica del borboneo en el magno evento del Golpe de Estado del 23F, que como es sabido,, desbarató valientemente.

Pero hablar de la reina de España es lo mismo que hablar de las amantes del rey Juan Carlos I. Nos dice Morton que Sofía es muy buena y muy sacrificada. Que estuvo enamorada mucho tiempo de Juan Carlos y que, aunque no le hicieran ninguna gracia, asumió todas sus amantes y su pasotismo. Y que eso es digno de admiración, o algo. Aunque, la verdad, viendo el ritmo asumido por Su Majestad el Rey, la verdad es que admirable, en cierto sentido, sí que resulta:

La lista de actrices que se murmura que el rey sedujo durante las décadas de los setenta y los ochenta se asemeja a un “quién es quién” de las películas de serie B. Está la legendaria Roswicha Bertasha Smid Honczar, más conocida como Nadiuska, que apareció en numerosas películas llevando puesto poco más que un corsé y una sonrisa. Nadiuska, que actualmente vive de la caridad ajena, apareció en televisión alegando que su actual situación de indigencia era consecuencia de lo que ella sabía acerca de personas famosas. Entre otras supuestas amantes reales se habló de la cantante italiana Raffaella Carrà y la jovencísima actriz Sandra Mozarowski, que falleció en misteriosas circunstancias. Hubo siniestras insinuaciones de que su aparente suicidio –lo único que se sabe a ciencia cierta es que se cayó del balcón de su apartamento mientras regaba las plantas- fue obra de personas que temían que la joven pudiera poner en un aprieto a la casa real.

Morton habla también de dos amantes más conocidas, Bárbara Rey y la mallorquina Marta Gayá, este último prolongado durante casi dos décadas:

La amistad entre ambos, que duró dieciocho años, provocó, según Jaime Peñafiel, periodista especializado en la realeza, “grandes broncas” entre el rey y la reina. “Te odio, te odio”, se dice que exclamó el rey. A lo que doña Sofía supuestamente respondió: “Ódiame, pero nunca podrás divorciarte de mí” (…) Cuando aparecieron dos reportajes sobre la relación del rey con la señora Gayá en la prensa francesa e italiana en 1992, el entonces presidente del Gobierno español, Felipe González, denunció que su publicación respondía a una conspiración extranjera. Eso no bastó para acallar los cotilleos. Se cuenta que durante un cóctel que se celebró en Mallorca, el rey le dijo a la reina que iba a saludar a “sus suegros”, una jocosa y astuta referencia a la familia de Marta Gayá (pág. 80).

Me he encontrado este collage de supuestas amantes de Juan Carlos I. A mí no me miren, que me lo he encontrado aquí: http://luis-viadel.blogspot.com.es/2012/05/el-rey-juan-carlos-declarado-persona.html. ¡Yo no he sido, yo no he sido, señor Fiscalía!

Y, por supuesto, Corinna Zu-Sayn Wittgenstein, de la que curiosamente Morton tampoco es que cuente mucho. O, al menos, no cuenta nada nuevo, respecto de lo que ya sabemos de ella tras meses de artículos periodísticos y tras el espectacular tour de entrevistas que se pegó Corinna en lo que parece cada vez más claramente una estrategia para legitimar a la nueva amante del rey a los ojos de la opinión pública española, para oficializar paulatinamente el asunto:

“Corinna es joven y atractiva, pero es peligrosa”, dice un antiguo amigo del rey. “Es una bucanera”. Cuando vivía en El Pardo, antes de mudarse a un lujoso apartamento en Mónaco, a menudo se la veía tomando café en algún establecimiento de la zona. “Es como la situación que había entre Carlos y Camilla cuando Diana estaba casada con el “príncipe”, señala una persona cercana a la corte. “Nadie del palacio lo mencionaba jamás. Era un hecho aceptado”. (pág 292).

Aceptado, por supuesto, también por su mujer y sus hijos:

Como me dijo una persona próxima a la Zarzuela: “La reina está comprometida con el rey. Está en su ADN. Le aceptaría aunque su amante estuviera en la cama con él. Por supuesto que sus hijos están furiosos con su padre. Lo desaprueban, pero desde pequeños fueron educados en la idea de que el rey es el rey, y que es la persona más importante del mundo, no solo de España. El príncipe y las infantas saben que su padre no se casó con su madre por amor. Nunca ha estado enamorado de ella. La última vez que durmieron juntos fue hace quince años. Cuando viajan juntos, se alojan en suites diferentes. Sus hijos saben que cuando el rey se va de viaje a Suiza y a Polonia lo hace rodeado por una camarilla de amigos y amantes. Los hijos están acostumbrados. El rey se va mucho de caza. ¿Pero alguien se cree que lo que pretende es escalar montañas? No, lo que quiere es pasárselo bien con sus amigos y amigas”. (págs. 292-293)

Tras este breve y denso repaso a la figura, fundamentalmente pasiva, de la reina, Andrew Morton hace un perfil de las Infantas Elena y Cristina, que ya comentamos en la primera parte [1], y finalmente se detiene en las figuras del príncipe Felipe y Letizia Ortiz. Sobre el Heredero en sí, comenzamos con la letanía habitual sobre lo bien preparado que está y sobre su ausencia de carisma campechano, que le han merecido el apodo, atribuido por LPD hace unas semanas y hoy de alcance universal, de “Preparado I” o “Pre-parado I”, según qué variante prefieran [3]. Pero… ¿qué significa exactamente estar “bien preparado” para esto? ¿Para cobrar? ¿Para vivir del Estado?. El breve perfil que hace Morton de S.A.P. (Su Alteza Preparada) Felipe de Borbón tal vez resulte esclarecedor:

Una persona que trabajó muchos años en el palacio de La Zarzuela se muestra rotunda respecto a los defectos de don Felipe. “Un niño mimado”, dijo tajantemente. “Un niño mimado. El príncipe es un niño, un niño caprichoso. Muy inmaduro” (…) Don Felipe tenía muy poco del carisma o de la naturaleza desenfadada de su padre. Tenía un carácter un tanto distante y, con sus 1,97 metros de estatura, altivo (…) Era, a juicio de quienes conocen a la familia, mucho más parecido a su madre que a su padre. A medida que se iba haciendo mayor, don Felipe se hizo más serio, reservado y un tanto frío, pero, como pretendía el rey Juan Carlos, estaba impecablemente preparado para su papel como futuro rey (…) El escritor José García Abad contaba que don Felipe es “como su madre. Hay un chiste que dice que don Felipe ha heredado la inteligencia de su padre y la afabilidad de su madre, lo que no es decir mucho” (págs 183-185).

A continuación, Morton se deleita en narrar sus líos con sucesivos pivonazos (Gigi Howard, Eva Sannum, incluso Isabel Sartorius), a cual más inadecuada, a ojos del rey. Y cómo, al final, llegamos a Letizia Ortiz.

El perfil de Letizia Ortiz es fascinante. Se supone que es cojonuda básicamente por dos motivos. El primero, porque es plebeya. Y, por lo visto, su condición plebeya es una ventaja para los Borbones, porque así se verán más cercanos al buen pueblo español. Morton se basa en la comparación con otras monarquías europeas, como la noruega, la británica o la holandesa, donde sus príncipes herederos se han casado con plebeyas (donde pone “plebeyas” dígase, en dos de los tres casos,”chicas de buena familia deseosas de trepar socialmente un poco más”, y en uno de los tres casos añádase “tras conseguir relevancia social cuando papá trabajaba torturando opositores en la dictadura”, caso de Máxima Zorreguieta). En España se supone que ocurriría lo mismo, particularmente dado que Letizia proviene de una familia de clase media sin particular abolengo social, con lo que el salto, y la historia del “príncipe azul”, es más bonito aún si cabe.

El problema, naturalmente, es que esa milonga no se la traga nadie, o casi nadie, en España. Los Borbones son una familia reinstaurada en el poder por Franco, por los vencedores de la Guerra Civil, tras su expulsión de España por parte de los que perderían la guerra. Años después de la II Restauración, puede decirse que poco ha cambiado: entonces y ahora, los Borbones basan su negociado en un pacto con las élites españolas [4], que les protegen y, a cambio, hacen negocio y tienen en la Monarquía una garantía de opacidad mucho más segura que la de un régimen electivo en la jefatura del Estado. Cuando se rompa ese pacto, adiós Monarquía.

El amor del pueblo, como puede verse en lo que dejan atisbar las encuestas de opinión respecto de la figura de Letizia, desde luego no se recupera, en España, con un cuento chino de estas características, entre otras cosas porque Letizia, que no cae mejor que los Borbones a su supuesta “gente” (el pueblo español), y probablemente la miren peor por su insufrible arribismo, desde luego no es aceptada por la carcundia monárquica de las clases dirigentes.

La segunda virtud de Letizia, según explica Morton, sería su “flexibilidad”. Aunque Letizia proviene de una familia supuestamente republicana, de izquierdas, laica, de “gente normal”, todo esto se tira por la borda, sin dudarlo ni un momento, para medrar. Todas esas sabias enseñanzas familiares no valen, a la hora de la verdad, absolutamente nada. Letizia se nos presenta como una persona dispuesta a absolutamente todo con tal de ascender socialmente. Está dispuesta a renunciar a sus supuestas convicciones republicanas, a ver la luz, como Enrique IV de Francia, y reconvertirse al catolicismo (“cuando conocí a Felipe vi la luz de la fe católica”, página 233), y a lo que haga falta, con tal de medrar.

Morton, en resumen, considera que poner tu vida al servicio de tu promoción personal, a costa de absolutamente todo lo demás, es un factor positivo. Pues oiga Usted, para echarnos unas risas seguro, como veremos ahora a continuación, pero como ejemplo moral, de reconciliación nacional, aduciendo que Letizia es republicana… Una republicana de las que molan, casada con el Preparado [3], que tiene que tragar con él, y con los Borbones, con tal de mandar ella. Hombre, si la perspectiva es que Letizia contribuirá, como ya está contribuyendo, al final de la Monarquía en España [4], entonces sí, justo es reconocer su compromiso republicano. Un poco alambicado, pero eficaz al fin.

La historia de amor entre Preparado I y Letizia es hermosa desde un principio: tanto ella como él combinaban su amor puro con sendas parejas, a las que seguían viendo mientras el Príncipe, acaramelado, le explicaba a Letizia en sus cenas íntimas cosas tan bonitas como “me han pagado a los mejores profesores, y por eso estoy tan bien Preparado y eso, no como los de la pública, jajaja!”:

Como mujer inteligente y experta en medios de comunicación, sabía que salir con el príncipe de Asturias podía significar un vuelco radical a su vida. “No sé qué hacer”, le decía con voz quejumbrosa a una amiga suya. Además, había que tener en cuenta el pequeño detalle de su novio, David Tejera (…) Letizia hizo bien en andarse con cuidado, ya que, según una persona próxima a la corte, don Felipe estaba saliendo con una mujer, cuya identidad se desconoce, más o menos en la misma época en la que estaba cortejando a Letizia” (págs 220-221).

Pero, al final, Letizia hizo lo que cabría esperar: asumir la divisa que parece haber regido su vida: trepar, trepar y trepar. Es decir: escoger al Preparado y dejar tirado en la cuneta a su novio. ¿Cómo hacerlo? Pues nada mejor que tomar ejemplo de la manera de comportarse en su nueva familia política. Y dicho y hecho; Letizia le hizo –bueno, casi- un “Iñaki Urdangarin”:

A medida que fue consolidándose su noviazgo con don Felipe, se hizo imprescindible que Letizia afrontara su relación con David Tejera. Empezó a distanciarse de él –ya raramente se quedaba a dormir en su apartamento- y al mismo tiempo intentaba ser cuidadosa y considerada. Era consciente de esa verdad universal que dice que a nadie le agrada que le dejen. Tuvieron una importante pelea, puede que orquestada de forma deliberada por Letizia, y ella salió como un vendaval del apartamento de David, llevándose sus cosas. Letizia le dijo que se iba a vivir a casa de una amiga, y que nunca más volvería a verla. Unos días después, unos amigos llamaron a David Tejera y le pidieron que encendiera el televisor. “Te va a dar algo cuando lo veas”, le dijeron. Allí, delante de sus ojos, estaba su novia, en una playa junto al futuro rey de España. Menuda novia (pág. 223).

Superado el incidente, Letizia se acomoda en su nuevo papel como consorte, en el que, por supuesto, no se priva de mandar todo lo que puede y más. La plebeya que iba a salvar a la Monarquía española se irrita si no se dirigen a ella como “Alteza” y se distancia totalmente de su familia y amigos en pos de ser aceptada por círculos más y más elevados, lo que le acaba generando opúsculos críticos como el libro de su primo, David Rocasolano, o el espectáculo del funeral de su hermana Érika:

Las emociones afloraron con toda crudeza tras el funeral celebrado en Tres Cantos, a las afueras de Madrid. Antonio Vigo, exmarido de Érika, estaba tan afectado que se encaró furioso con el rey y le increpó. Un miembro de la familia Rocasolano que presenció el altercado dijo que el rey no reaccionó (…) Por ilógico que fuera, algunos miembros de la familia, y otras personas cercanas, llegaron a la conclusión de que el abismo que separaba las vidas que llevaban doña Letizia y Érika resultó ser la gota que colmó el vaso de la hermana pequeña de la princesa (pág. 249).

Una cosa sí que es cierta de Letizia Ortiz y Preparado: su imagen pública, aunque nunca fue demasiado buena, hoy brilla con luz propia frente a la de cualquier otro miembro del clan, a excepción de la reina Sofía. Para ello, tanto el Preparado como su madre han aplicado las sabias enseñanzas que pasivamente imparte el presidente del Gobierno desde la sala de televisión de Moncloa, mientras consume sosegadamente Marca TV: en tiempos de tribulación, lo mejor es no hacer nada. Y, si lo haces, que no se te note mucho. O, si se nota (como sí se le nota a Letizia), que al menos los demás destaquen más, y la gente piense: “bueno, al menos no es como esos otros de ahí, que a esos sí que no los aguanto”.

Y, para ello, la cosa va de disimular, de ocultar la realidad. Lo mismo que hicieron Campechano y su mujer durante décadas, con el concurso de los medios de comunicación. Aunque ahora no parece que los medios estén tanto por la labor, sí es cierto que se afanan más con la figura de Preparado I. Pero, aun así, no es un escudo comparable al que disfrutó Juan Carlos I. Aparecen grietas por doquier. Por ejemplo, vean esta noticia que nos llega del Programa de Ana Rosa [5] (no se pierdan la última frase. Bueno, ya se la digo yo: “la Princesa se enfadó cuando se acabó el vozka durante la celebración”. Letizia y Felipe no se soportan, dice la noticia, y disimulan como pueden. A imagen y semejanza del monarca. Montan show absurdos de impostada espontaneidad, que cada vez se cree menos gente, como esa maravillosa escena de Preparado paseando por la calle hasta llegar al puesto de la Cruz Roja donde está Letizia. Tan real como los dragones de Juego de Tronos [6]