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Josif Stalin: “¡Me encantan los escraches!”

Estaba Stalin con sus amigotes, después de la II Guerra Mundial, tomándose una de esas mariscadas regadas con buen vodka al alcance sólo de algunos sindicalistas españoles. Stalin, mientras jugueteaba con el botón rojo de su recién adquirida bomba atómica (“ahora la disparo, ahora no; ahora la disparo, ahora no”), se preguntaba qué nueva barrabasada podían hacer ahora. “Camaradas, nos hemos cargado a un montón de gente; ha sido genial™. Hemos matado a millones en la Revolución, a millones en la guerra civil, en los planes quinquenales, en las colectivizaciones forzosas, en las grandes hambrunas, en las purgas, en la Guerra Patriótica y después en más purgas. Y la pregunta que me queda por hacerme es: y ahora… ¿qué?”.

En esto que un meritorio le propuso hacer escraches: “ya sabe, camarada, vamos a casa de algún ruso blanco, o algún menchevique, y hacemos una pequeña manifestación, coreamos consignas, montamos un poco de ruido e informamos a los vecinos de que ahí vive un enemigo de la Revolución. En ocasiones, cuando la cosa se caldee, podríamos incluso… ¡Pegar carteles en el portal de la vivienda!”.

Pero, claro, aquello era pasarse de castaño oscuro. Ni Stalin se atrevió con eso. Hay cosas que ni un dictador inhumano y paranoico, dispuesto a todo con tal de mantener el poder, se atrevería a hacer. Una cosa es exterminar a millones de seres humanos, y otra escrachar. Eso sólo se atreven a hacerlo en Argentina y en España.

Hay quien diría que Stalin no habilitó el escrache como colofón de su nefasto legado porque ya no quedaban opositores a los que escrachar, o estaban muy lejos (a ver quién es el guapo que se va a coger 9000 kilómetros de autobús para escrachar a un menchevique en Siberia, con el frío que hace allí). Pero, en cualquier caso, ahí queda el dato: ¡ni Stalin escrachaba!

La verdad es que a mí los escraches no me gustan. En principio, resulta difícil que a uno le guste eso. Por muy respetuoso que sean, como mínimo resulta ser objeto de la sanción popular; un bochorno, una humillación pública. A mí, desde luego, no me haría ninguna gracia que me lo hicieran. Aprovecho la ocasión, ya que estoy, para certificar que tampoco me haría ninguna gracia que me tirasen tomates, o me dieran una patada en los huevos.

Solemnicemos lo obvio: escrachar está mal. Lo idóneo sería que los ciudadanos, reflexivamente, sin armar escándalo y, por supuesto, sin manifestarse públicamente, con lo que eso perturba al comercio en sitios como la Puerta del Sol (si hubieran parado a tiempo el 15M ya veríamos si aún seguíamos en crisis o si, por el contrario, el empleo y la I+D generados por los comerciantes de Puerta del Sol nos habrían sacado ya de ella), votasen cada cuatro años por su opción preferida. Y ya. Por lo demás, a estar calladitos.

El problema, claro, es cuando votas y tus representantes políticos hacen lo contrario de lo que dijeron que harían. Pasan ostensiblemente del ciudadano para centrarse en su medro personal. Demuestran un alejamiento de las preocupaciones de la ciudadanía tan marcado como irritante. Porque la ciudadanía que se manifiesta está en estado de emergencia. Y puede que eso no legitimite el escrache en términos legales; pero desde luego, lo legitima a ojos de la ciudadanía, con mayorías aplastantes [1]. Porque la gente que participa en los escraches, la PAH, no pide que le aumenten el sueldo un 20%, o que le paguen un televisor de plasma en el baño. Estamos hablando de supervivencia.

Venga, machote, atrévete a escracharme ahora; ¡cambia de canal, si es que puedes!

Pese a lo cual, este indudable salto cualitativo, en términos de protesta ciudadana, en principio debería haber generado algún tipo de simpatía para las víctimas. De ser así, las víctimas (la clase política gobernante en estos momentos) se han apresurado a dilapidarla, por la vía habitual: a) llorando de forma totalmente desmesurada; y b) empleando los medios legales y coactivos, de forma igualmente desmesurada, en su propio beneficio.

La reacción a los escraches es una nueva demostración del alejamiento del poder y los ciudadanos, pero también de algo mucho más preocupante para el poder: de la ineficacia palmaria de sus mecanismos persuasivos. Llevamos semanas viendo cómo las élites político-sociales, sumadas a la mayoría de los medios de comunicación, braman, por tierra, mar y aire, sobre lo malos que son los escraches. Con el PP haciendo ridículas alusiones a ETA, a los nazis o a quien se les ponga por delante. El efecto ha sido escasísimo, por no decir nulo. No sólo a la mayoría de la gente les parecen bien los escraches, sino que, si se les pregunta, lo más probable es que algunos de ellos vieran bien ir más allá. Hablo, en concreto, de violencia, por si alguien no lo entiende.

Y, antes de que me metan también en la ETA, clarifico: no estoy apoyando acciones violentas, es más: me parecería una malísima noticia. Un ejemplo más de la degeneración, en todos los órdenes, que está padeciendo este país. Me limito a describir el caldo de cultivo en el que nos encontramos, y a constatar que la cosa puede pasar fácilmente a mayores. De hecho, creo que habla bastante bien de nosotros, como sociedad, que aún no se hayan producido apenas incidentes violentos contra otras personas, percibidas como responsables de la situación que padece la mayoría de la gente.

El problema, con esta clase política, tan gris como egoísta, es que no da la sensación de que vayan a virar en lo más mínimo, ni en esta cuestión ni en ninguna otra, por mucho que el contexto se enrarezca más y más. En 2011 fueron los movimientos Bambi del 15M, en 2012 movimientos más proactivos, como “rodea el Congreso”, y en 2013 hemos comenzado con los escraches. No parece que haya muchos motivos para ser optimistas, tampoco en lo que concierne a la naturaleza de las movilizaciones ciudadanas, de cara a 2014. Tal vez si la clase política, en su acción cotidiana, no evidenciase, de manera tan clara y palmaria, que una oposición cívica presentable, con una sonrisa, silenciosa y sin incomodar a nadie, es también totalmente ineficaz e invisible, las cosas no seguirían degenerando. Porque, como a nadie se le escapa, desde luego hay mucha gente que está llegando a los límites de su capacidad de resistencia.