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Hitler – Joachim Fest

A veces parece que en LPD dedicamos todo nuestro tiempo libre a leer biografías de Hitler [1] y de los demás jerarcas del nazismo, libros sobre el Tercer Reich [2] o la Segunda Guerra Mundial analizaos desde las perspectivas más diversas o novelas que tengan algo que ver, de algún modo, con un periodo tan convulso. Y sí, así es: ¿pasa algo? Aquí hemos reseñado libros sobre la Segunda Guerra Mundial escritos por Richard Overy [3], Michael Burleigh [4], Mark Mazover [5], además de, por supuesto, la monumental monografía de Antony Beevor al respecto [6]. Naturalmente, también nos hemos acercado a biografías de gente tan fascinante como Albert Speer [7], o a aspectos concretos de la guerra, como los bombardeos sobre Alemania (El Incendio, de Jörg Friedrich [8]), o el Día D, acontecimiento sobre el cual reseñamos un breve librito del propio Antony Beevor [9].

En este contexto, la pregunta pertinente no sería la que igual alguno de Ustedes está pensando: ¿es que no tienen nada mejor que hacer que leer libros sobre este tema?, sino la pregunta retórica: ¿es que acaso hay algo mejor que hacer que leer libros sobre dicho tema? Pues la verdad es que no; bueno, no sé, me apunta un amigo desnaturalizado que quizás sea mejor aún leer libros sobre la Segunda Guerra Mundial mientras uno recibe sexo oral, pero me permito matizar que no está claro que sea mejor, porque igual pierdes la necesaria concentración, y que en todo caso lo uno no quita lo otro. ¡En LPD nos gusta tanto leer sobre la Segunda Guerra Mundial como al Campechano ayudar a las empresas españolas a conseguir contratos a cambio de nada! ¡De NA-DA!

A lo que íbamos: ¿merece la pena leerse esta biografía sobre Hitler, de Joachim Fest, con la inversión de tiempo y energías que supone (1100 páginas como 1100 soles)? La respuesta breve es que, sin duda, sí. Ahora, pasemos a los motivos concretos.

El primero: Joachim Fest es un historiador alemán especializado en la época del nazismo. De hecho, la afamada película El Hundimiento se basa en una obra suya, del mismo título. Todo esto nos permite salirnos algo de la a veces opresiva hegemonía de la historiografía anglosajona, no exenta de efectos secundarios (Inglaterra buena, los demás malos, como en “Combate moral [4]”, de Burleigh).

El segundo: el último libro de Fest es una autobiografía de 2007, poco antes de su muerte, titulada “Yo no”. Lo que quería decir con ese título, para entendernos, es: yo no colaboré con el nazismo, a diferencia de ese, ese, y ese de más allá, que son todos unos putos criptonazis que intentaron lavarse la cara, sobre todo Jürgen Habermas [10], mi archienemigo, filosofillo de poca monta que se las daba de demócrata progresista pero a los 14 años bien que formó parte de las Juventudes Hitlerianas, y tan es así que escribió una carta a un amigo explicándole lo cojonudo que era Hitler. Y cuando el amigo, 30 años después, le sacó la carta para avergonzarle (así son los alemanes, amigos, con su implacable persecución de todo lo que les incomoda), Habermas, el eximio filósofo… SE LA COMIÓ [11]. Y con ello, digerida la carta, pretendía ocultar su nefando pasado ¡Pues no! ¡Ah, se siente, no haber sido nazi hace setenta años! ¡Jódete, Habermas, so nazi, que eres más nazi que la perra y el fotógrafo de Hitler juntos!

Habermas y Fest. En España, la polémica se habría dilucidado en Sálvame de Luxe

En resumen: que Fest decidió que su legado, su texto autobiográfico, sirviera para sacar pecho y, sobre todo, para poner en evidencia a los demás. Chapeau. Este hombre es un redomado hijoputa, de esos que llegan a caer bien, de lo hijoputas que son. Razón de más para leernos su libro de Hitler: un hijoputa así no se detendrá demasiado en explicarnos, párrafo tras párrafo, que Hitler era mu malo, que eso ya lo sabemos, y se centrará, en lugar de ello, en profundizar en la personalidad de Hitler y las razones de su éxito.

Que esto es, en efecto, lo que hará Fest: una monumental descripción psicológica, con notable capacidad de penetración, de la figura de Hitler, muy superior, en ese aspecto, a cualquier otra biografía o acercamiento que yo me haya leído del personaje. Tiene otros defectos que, a mi juicio, juegan en su contra, fundamentalmente que deja a veces de lado la contextualización histórica y que es demasiado lineal en la narración temporal (lo que significa que le dedica el mismo espacio a los años veinte que a los años treinta, y más que a los años cuarenta). Por esa razón, yo me seguiría quedando con la biografía de Kershaw [12] (a la que Fest menciona en el prólogo en plan “bueno, se lee bien, pero no aporta nada nuevo”), pero oiga, que, como hemos aprendido al principio del artículo, cuando hablamos de Segunda Guerra Mundial una cosa no quita la otra.

¿Cuál es la personalidad que bosqueja Fest de Adolf Hitler? Claramente la de un psicótico, totalmente desprovisto de empatía por nadie. Hasta ahí, nada nuevo. Pero también de alguien tremendamente hábil para detectar las debilidades de los demás y para aprovecharse de ellas en su propio beneficio, lo que explica, en gran medida, su éxito en la paulatina escalada hacia el poder, e incluso en las primeras decisiones que adopta una vez comenzada la guerra. Y de alguien, por último, con una pulsión destructiva verdaderamente aterradora que está presente desde el principio: tendencias suicidas nunca consumadas hasta que se vuela la tapa de los sesos en el búnker de Berlín, tendencia a realizar apuestas de “todo o nada”, … Y, por supuesto, el desalmado afán por destruirlo todo y a todos, tanto en la victoria contra sus enemigos (salvaje campaña en el Este, Holocausto judío y de otras minorías, como gitanos y homosexuales) como en la derrota con su propio pueblo, que, según él consideraba, debería inmolarse en un final wagneriano una vez asumida su incapacidad para vencer a sus enemigos. Y lo mismo debía ocurrir, en órdenes cursadas que después no se aplicarían, con la propia Alemania: debían destruirse todas las infraestructuras básicas para impedir que los Aliados pudieran aprovecharse de ellas, y sobre todo para llevar hasta sus últimas consecuencias, hasta el exterminio, la derrota de Alemania:

Su concepto sobre la conducción de la guerra, que no era más que la estrategia del grandioso hundimiento, le inspiró sus últimas decisiones (…) Debían ser demolidas todas las empresas industriales y abastecedoras, pero también todas las instalaciones precisas para el mantenimiento de la vida: los almacenes de víveres y los sistemas de canalización, las centrales transformadoras, cables de alta tensión y torres de emisoras, las centrales telefónicas, el tendido eléctrico y los depósitos de piezas de recambio, los documentos de los registros civiles y de empadronamiento, así como todos los registros de cuentas corrientes de los bancos; incluso estaba prevista la destrucción de los grandes monumentos artísticos, en caso de que hubiesen sobrevivido a los ataques aéreos: edificios históricos, castillos, iglesias y teatros dramáticos y de ópera. La naturaleza vandálica de Hitler, que siempre estuvo latente bajo su delgada capa de cultura burguesa –el síndrome de barbarie-, surgía ahora sin máscara alguna. En una de las últimas conferencias sobre la situación se quejaba (…) de no haber desencadenado una revolución al estilo clásico. Tanto la conquista del poder como la anexión de Austria se habían visto afeadas por el “defecto estético” de una resistencia inexistente. De otra forma, “hubiésemos podido destrozarlo todo”, manifestaba Goebbels, mientras Hitler se lamentaba de sus numerosas concesiones: “Uno siempre se arrepiente, después, de haber sido demasiado bueno” (págs. 1007-1008).

Aunque obviamente se centra en la figura de Hitler, y a pesar de que su enfoque deja de lado algunas cuestiones contextuales, la obra sí que narra con precisión los motivos que explicarían el éxito de Hitler en Alemania [2], de tipo económico (la Gran Depresión y las reparaciones de guerra de Alemania), nacionalista, y también político y social, deteniéndose con cierta delectación en explicar cómo los partidos conservadores alemanes ya habían virado hacia el autoritarismo antes de la llegada de Hitler a la Cancillería del Reich, y cómo, cuando éste llegó, le cedieron gustosos todo el poder. Y lo hicieron porque la democracia no era para ellos –para la mayoría de ellos- algo que tuviera ningún valor, sino un fastidio que había que quitarse de en medio para volver al Estado autoritario prusiano de toda la vida, convenientemente radicalizado con la excusa de que la izquierda era más mala que nunca. De manera que aquí no vamos a encontrar una explicación complaciente, de esas que le gustan tanto a cierta derecha española, en plan “es que la República de Weimar ya andaba muy mal, y claro, pues hubo que apoyar a Hitler, qué remedio”. Y esto, conviene decirlo, resulta especialmente reconfortante si tenemos en cuenta que Fest era un historiador eminentemente conservador; y que, de hecho, defendió sus postulados conservadores desde una plataforma tan privilegiada como la sección de Cultura del Frankfurter Allgemeine Zeitung.

Por último, Fest tampoco pone paños calientes, como es lógico, respecto de la actitud pacata y vergonzosa de las potencias occidentales y su estrategia de apaciguamiento “paz en nuestro tiempo” casi a cualquier precio, y que llegaba a extremos a veces ridículos. Sirva de ejemplo la actitud del embajador inglés durante la época de la reinstauración del servicio militar obligatorio en Alemania (1935):

Cuando Hitler (…) llegó a la embajada inglesa, junto con Göring, Ribbentrop y algunos ministros más de su gabinete, el señor y dueño de la casa, sir Eric Phipps, había alineado en el salón de recepciones a sus hijos, quienes extendieron sus pequeños brazos hacia Hitler con el saludo alemán, pronunciando un vergonzoso “Heil!”. (pág. 693).