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Haro Tecglen entrevista a Konstantín Chernenko

En la Unión Soviética hubo un momento mágico cuando, tras el fallecimiento prematuro del enérgico reformista Yuri Andropov, el Politburó puso a Chernenko de jefe del Estado por falta de ganas para seguir dándose de yoyah como ocurrió tras la muerte de Breznev. Todos los anteriores líderes soviéticos habían llegado al poder con una gran esperanza. Stalin iba a lanzar la economía, Kruschev a implantar los derechos humanos, Breznev a reducir las tensiones de la guerra fría, Andropov a reformar un sistema que se iba al garerete, las mismas ilusiones que trajo después Gorbachov. Pero de Chernenko sólo se esperaba que se muriera.

La breve etapa al frente del Gobierno de este ilustre siberiano se distinguió desde el primer día por sus problemas de salud. También por su palabrería hueca, no en vano, había sido propagandista del partido casi toda su vida. Y también por medidas encaminadas a la nada absoluta. Más disciplina en el partido, mejoraremos la producción, sólo le faltó decir algo de arrimar el hombro. Todo eran discursos que parecían ideados para fomentar el alcoholismo de los que los tenían que escuchar porque, de hecho, así era como se cuadraba el presupuesto de la URSS cada año, con los impuestos al bebercio. [1]

Juan Carlos coincidió con Chernenko en una visita de una semana la URSS. El Rey era joven, guapo y demócrata, al jefe del Estado de la URSS le tuvieron que sentar entre varios en la silla. El Monarca defendió la democracia, Chernenko asentía, y los derechos humanos, Chernenko no decía nada. Y Juan Carlos daba recetas para Sudamérica en su estilo bienqueda, “ni subversión ni intervención externa”, para Oriente Medio “derecho de todos los Estados de la zona a vivir pacíficamente”. Luego Chernenko nos agradeció que no admitiéramos armas nucleares en nuestro territorio apuntándole porque si no tendría que hacer lo mismo y sin más empezó el cóctel.

El País narró así la fiestuki [2]: “Chernenko fue ayudado por dos acompañantes para salir del coche y posteriormente le condujeron tomándole por ambos brazos. Chernenko necesitó también que uno de sus ayudantes le abrochara el abrigo. La Reina visitó ayer la escuela del Ballet Bolshoi. Durante la cena, el tono rojo de su vestido largo, de lamé brillante, destacaba entre el gris que uniformaba a los comensales. Doña Sofía, en los brindis, sólo mojó los labios con el vodka de su copa, mientras, don Juan Carlos, al uso soviético, apuró el trago hasta el final”.

Pero ahora han pasado los años y, ay, qué cruel es la Historia, Juan Carlos ya no es ese tío guay, joven, que dejaba post it por todas partes porque no tenía Twitter pero algo burbujeaba dentro de él necesitándolo. Ahora nuestro Rey es el vivo retrato de Chernenko.

Nadie espera nada de él. Que lo deje o que se muera. Sólo queda saber el cómo. Vaya por delante que podremos llegar a echarlo de menos cuando no esté. En esta cuestión en España chocan de frente el idealismo y el pragmatismo. Uno puede ser un republicano de una pieza, pero si se abre un proceso constituyente a mí que no me busquen si se escribe una Carta Magna con mayoría absoluta del PP, que me voy a Teherán… para ser libre.

De modo que la entrevista que dio con ese joven periodista que está empezando, Jesús Hermida, no hizo sino aumentar las dudas y confirmar más aún las certezas. Aunque al menos tuvo ese toque desfasado que le dio gracia al asunto.

En el tiempo que empleó Hermida para formular la primera pregunta, que se resumía en “Feliz Cumpleaños, Juancar” un menor de treinta años ya había abierto el Twitter en el smartphone, wassapeado con tres lolitas y visto la alineación del Dépor para el partido del sábado. Este gran comunicador se hizo famoso por cocinar la información a fuego lento, como horneando un cochinillo con una cerilla, ya años antes de la llegada de su caricatura. Como buen español, se habrá dicho, para qué cambiar. Sólo le queda esperar que un cataclismo acabe con todos y él nos lo pueda narrar despacio, riéndose lentamente: jo…de… ros… to… dos…. Os… o… dio…

La primera respuesta del Rey giró en torno a la idea del discurso de aquella cena con Chernenko. Consenso para afrontar los retos tan chungos que tenemos por delante. Como la doctrina Zapatero: si yo te quiero dar cuatro hostias y tú no quieres que te dé ninguna, lo justo y democrático es que recibas dos.

También resultó cómico que, a continuación, Hermida le preguntase cómo definiría su ayer (pasa un ángel), su hoy (pasa otro ángel) y su mañana. Juancar dijo ¡coño! Pues así a bote pronto, me pilla usted con el paso cambiado. Se sorprendió, como si no hubiera visto las preguntas antes y estudiado las respuestas con sus asesores. Todo muy natural, como gustan los católicos españoles meterla en caliente.

Luego insistió Juan Carlos en que “Hemos conseguido lo que hemos conseguido”, que se refiere a “una España moderna y solidaria”, como especificó después. “Nos hemos unido para todos juntos haber hecho el camino que hemos hecho”, eso es lo bueno de su generación. Y la que viene: “con esfuerzo tendrán que ser solidarios con lo que se ha hecho y seguir adelante y tratar de mejorarlo y configurar del todo lo que se ha hecho”. En realidad quería decir “a lo hecho pecho, cabrones” pero evitó el ripio con suma elegancia. Y “lo hecho” lo tienen ustedes delante, no hacen falta adjetivos.

Lo más importante fue pasar de un sistema a otro. Y quiere ser recordado, aunque no le gusta hablar de sí mismo -para eso llamaron a Hermida-, como el que estaba ahí cuando se pasó de la dictadura a la democracia. Imaginen a Chernenko con Tecglen en 1983, que si la revolución del 17 fue muy importante, que si el Palacio de Invierno paquí, pallá… que ejque la Revolución del 17 cómo lo flipamos, tío. Me llena de orgullo la Revolución. Qué importante ha sido la Revolución…

Para no dejarse ni un solo hit-single de éxito, la ETA salió a relucir en dos ocasiones. Eso ha sido lo peor de lo peor. Mil muertos. De nuevo Chernenko: y los nazis la que nos liaron, la Gran Guerra Patriótica, qué sinsabores, madre mía. Todo lleno de nazis, todo.

Fue más interesante la parte de su hijo, el Príncipe, del que elogió su generosidad, recuerden cómo ha repartido “minutos de gloria” entre las gentes, y al que está muy unido porque, confesó: “le pregunto cosas”. Quizá sean esas “cosas” que hacen los catalanes, que Juan Carlos calificó de “intransigencias que conllevan maximalismos y políticas rupturistas”. Para luego dar su receta para salir de ésta: “juntos, podemos”, como la selección.

En resumen, y entre líneas, parece que el Rey, con que su hijo herede España entera, sin romper, ya se da con un canto en los dientes. A los demás en este momento crítico que nos den por culo, básicamente, pues, tal y como dijo unas tres veces: “estamos muy preparados, más que nunca en la Historia”.