- La Página Definitiva - http://www.lapaginadefinitiva.com -

El hombre que amaba a los perros – Leonardo Padura

Leonardo Padura es un escritor cubano famoso, sobre todo, por su serie de novelas policiacas protagonizadas por un detective llamado (curiosamente) Mario Conde. Como es cubano, pero no castrista, y sí más bien crítico, lo primero que cabría decir es: Leonardo, si alguna de las veces que vengas a España ves que un chaval voluntarioso, recién indultado por el Gobierno merced a sus muchos servicios a la patria y con cero relucientes puntos en su carnet de conducir, se ofrece a llevarte en su coche… ¡NO LO HAGAS! ¡No aceptes, aunque Ángel te asegure que él no es un delincuente, que lo ha dicho Esperanza Aguirre!

La novela que nos ocupa narra, con respeto por los hechos históricos conocidos, y con gran capacidad de penetración en los personajes y en la época, un acontecimiento tan oscuro como fascinante: el asesinato de León Trotski en México, en 1940, a manos del comunista español Ramón Mercader. Un asesinato particularmente truculento por su ejecución: ni veneno, ni pistola, ni radiactividad; Mercader le atizó a Trotski en la cabeza… con un piolet. Y lo peor es que no lo mató de inmediato, sino que Trotski se lanzó contra Mercader, le arrebató el piolet y ordenó a sus guardaespaldas que lo mantuvieran con vida para que confesase el origen del asesinato. Es decir, su vinculación con la URSS y con Stalin, que hay que reconocer que matar a tu archienemigo mediante un agente secreto que le atiza en la cabeza con un piolet es algo muy propio de la Unión Soviética, especialmente durante el estalinismo.

El piolet de marras

Padura narra con maestría el acoso sistemático, paulatinamente más asfixiante, que sufre Trotski en sus años de exilio. Primero, en Turquía. Luego, en Noruega, el único país europeo en el que Trotski es aceptado, y del que es expulsado ignominiosamente por presiones de Stalin sobre el gobierno noruego (Trotski se despide diciendo algo así como “espero que si tenéis que sufrir exilio no os traten tan mal como me habéis tratado a mí”. Y un año después, en 1940… ¡profecía! ¡Momento maya!). Por último, en México, donde Trotski es acogido por el presidente Lázaro Cárdenas, general de izquierdas conocido por nacionalizar el petróleo mexicano y por su apoyo a la II República española (el único país que la apoyó sin exigir a cambio toneladas de oro y control político; es decir, sin hacer lo que hizo la URSS).

Trotski, genio político, gran organizador y excelente orador, creador del Ejército Rojo que logró, finalmente y en una situación de enorme precariedad, imponerse a los rusos blancos y a un sinnúmero de ejércitos extranjeros durante la guerra civil rusa, es, como todos los bolcheviques, un hijoputa desalmado, responsable de miles de muertes. Pero en el libro acaba moviendo a compasión. No sólo por su horrible destino, sino por el camino que conduce a él. Por la irremisible decadencia de su influencia política y su ascendiente en la izquierda europea y mundial. Por cómo contempla en la lejanía las sucesivas purgas ideológicas con las que Stalin asesina a millones de personas y se asegura el control total de la URSS, en un régimen de terror paranoico. Purgas que, Trotski lo tiene claro, preludian su inevitable asesinato a manos de Stalin, como colofón a la muerte de la mayoría de los hijos de Trotski y prácticamente todos sus amigos en la URSS.

Este Trotski crepuscular, agotado, mueve a compasión por su derrota. Individual y también, colectivamente, de la revolución en la que él cree, totalmente pervertida (si es que no lo estaba ya lo bastante) por Stalin. Lo cual no significa que Trotski renuncie a su legado ideológico-revolucionario, que, de hecho, es lo único que le queda, por escaso que parezca. De eso vive (de sus aliados y seguidores en lo ideológico, de sus colaboraciones con los periódicos), y por eso le acogen en México los pintores Diego Rivera (una especie de Joaquín Sabina mexicano: escasa profundidad, pero mucho afán por aparentar) y Frida Kahlo, con la que Trotski, en un affaire tan surrealista y fascinante como el conjunto de la historia, mantendrá una tórrida relación sexual en las mismas barbas de Rivera (¡toma ya, Diego! ¡Cuernos in your face! ¡En tu propia casa!).

Trotski y Frida Kahlo. Como para que Stalin se confiase y dejase suelto a semejante shark del sexo…

Será la ideología la que le mantenga y la que le cree problemas. Por ejemplo, con el propio Rivera, con el que la relación se deteriora cuando Trotski se niega a nombrarle secretario de la sección de México de su IV Internacional. Que ya ves qué le costaba transigir un poco al hombre, tras vivir en casa de Rivera y tirarse a su mujer. Pues no: no te nombro, porque eres un fantoche, un pintorcillo de la gauche divine que no tiene ni puta idea de lo que es un movimiento revolucionario, y porque la IV Internacional, incluso ahora, que casi nadie me apoya, debe ser una cosa seria. Y, claro, Rivera se lo toma a mal, y Trotski y los suyos acaban marchándose a otra vivienda, en la que se producirá el asesinato a manos de Ramón Mercader.

Sus historias en México, impecablemente narradas por Padura (Carromero, por favor: ¡no lo hagas!), nos permiten disfrutar con episodios como el encuentro entre Trotski y el creador del Manifiesto Surrealista, el francés André Breton, quien se dispone a ayudar a Trotski con un manifesto dirigido a artistas y escritores revolucionarios. Pero no lo hace con suficiente diligencia, y ocurre lo siguiente:

Liev Davídovich esperaba que Breton le presentara el borrador del Manifiesto, y el poeta le dijo que las ideas se le resistían y no había podido concluirlo. Quizás por las muchas tensiones acumuladas, el exiliado tuvo en ese momento un ataque de ira, sin duda excesivo: le reprochó su negligencia (…) y su incapacidad para entender la importancia de que ese documento circulara cuanto antes en una Europa cada día más cercana a la guerra. Breton se defendió y le recordó que no todo el mundo podía vivir con un solo pensamiento en la frente: la pasión de Liev Davídovich le resultaba inalcanzable (…) Al día siguiente Liev Davídovich recibió la noticia de que se había producido en Breton un fenómeno fisiológico inusual: había caído en una especie de parálisis general. Apenas conseguía moverse, no podía escribir, y se quedó afásico (…) Liev Davídovich no se daba cuenta, porque se hacía esa exigencia a sí mismo desde hacía muchos años, pero no todos podían vivir día y noche enfrentados a la suma de los poderes del mundo: al fascismo, al capitalismo, al estalinismo, al reformismo, a los imperialismos, a todas las religiones y hasta al racionalismo y el pragmatismo. Si un hombre como Breton le confesaba que él estaba fuera de su alcance y se quedaba paralizado, Liev Davídovich tenía que entenderlo: el culpable no era Breton sino el camarada Trotski que había resistido lo que había tenido que resistir en esos años porque era un animal de otra especie (págs. 469-470).

La historia de Ramón Mercader, obviamente mucho menos conocida, resulta aún más interesante, aunque cabe suponer que la inventiva del autor se habrá desplegado aquí en mucha mayor medida (no olvidemos que se trata de una novela, por mucho que esté “basada en hechos reales”, como los telefilmes de sobremesa), pues no cuenta con los abundantes testimonios escritos y audiovisuales en los que pudo apoyarse para narrar la historia de Trotski. Mercader es un comunista bregado en la Guerra Civil española y que acaba entrando en los servicios secretos soviéticos a través de… Su madre y su novia. ¡Más español, imposible! Su madre, fanática comunista, le pone en contacto con los asesores soviéticos en España que buscan jóvenes espabilados para infiltrarlos en Occidente. Su novia, una loca apparatchik sin imaginación, ni sentimientos, ni nada ajeno a la estricta disciplina del Partido, le conmina con sequedad a que él, al igual que ella, dedique su vida al Partido. Una mierda de plan, y de novia. Pero que, claro, está muy buena, así que Mercader está dispuesto a hacer lo que sea para impresionarla.

El resto de la historia de Mercader muestra tanto su éxito –el asesinato de Trotski- como el paulatino desaliento al comprobar las mentiras cada vez más evidentes en las que se sustenta el estalinismo. Respecto de Trotski, y respecto de todo. Antes y, sobre todo, después del asesinato, puesto que Mercader, tras pasar veinte años en una cárcel mexicana, vuelve a la URSS en 1960 y allí vive, odiado y -sobre todo- despreciado por todos hasta que fallece en Cuba en 1978. Tiene, por tanto, muchos años para pensar en sus acciones y en los principios que en última instancia motivaron el horrendo asesinato, en teoría ejecutado en defensa de la URSS y de la revolución. Una revolución que probablemente partía de hermosos principios, pero que fueron anegadas en tanta sangre, y durante tanto tiempo, que al morir Stalin ya no quedaba nada, sólo una dictadura agotada por décadas de purgas, asesinatos masivos y paranoia totalitaria, como se desliza en el siguiente chiste sobre los principios del estalinismo:

El [chiste] que más éxito tuvo fue el de la mejor manera de cazar un león:
– Muy fácil: agarras a un conejo y le empiezas a dar bofetadas y a decirle que vas a matar toda su camada… hasta que confiese que en realidad es un león disfrazado de conejo (pág. 737).