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Artur Mas hace cosas

Los españoles han salido a la calle a celebrar los resultados de las Elecciones Autonómicas catalanas [1]. Montados en sus tanques, que el Ejército español asigna a cada niño no catalán al nacer, los españoles van por las calles de las ciudades tocando el claxon del tanque y disparando esporádicamente obuses a cualquier catalán que pillan, mientras dicen las palabras mágicas: “¡en cristiano, coño!”.

Los catalanes, en su sempiterno afán por incordiar, han provocado un triple empate en nuestra Porra electoral [2]. Mientras dilucidamos qué hacemos al respecto (si hacemos regalos por triplicado, montamos un sorteo, o utilizamos las elecciones en Uganda o Corea del Sur para desempatar), charlaremos un rato sobre el protagonista de la noche electoral: Artur “se callen, coño” Mas.

Eres un aburrido gestor tecnócrata que ha llegado al poder, fundamentalmente, merced a la incompetencia de la oposición y su nefasta gestión de gobierno. Tienes una cómoda mayoría electoral que te permite gobernar sin demasiados sobresaltos; aplicas salvajes recortes cuya carga política recae en las espaldas de la malvada España, que roba a los catalanes y les impide crecer; te quedan aún dos años por delante y luego, previsiblemente y a la vista de cómo lo están haciendo los demás partidos, a renovar cuatro años más; y entonces, un día, te ves a ti mismo como lider providencial. Padre de la patria. Moisés. Gandhi. Bolívar. Wifredo el Velloso. El hombre adecuado en el momento adecuado. El designado por los hados para llevar a Cataluña hacia la independencia. El encargado de apropiarse de un movimiento, el independentismo, fundamentalmente generado desde la izquierda, pero que ahora tú, Artur Mas, tras décadas de nadar y guardar la ropa, vas a quedarte. Vas a sacar mayoría absoluta y luego… ¡Quién sabe! En Madrid tiemblan.

Y entonces se celebran las elecciones y sacas una mierda de resultado. Un resultado penoso. Doce escaños menos. Ir a por la mayoría absoluta y volver con doce escaños menos. Hacer un Artur Mas. Gobernar en solitario y convocar elecciones para conseguir un socio de gobierno que te permita hacer a la vez leoninos recortes en la línea neoliberal del PP y cumplir tu supuesta promesa de convocar un referendum, como lleva solicitando ERC desde hace varias legislaturas.

Un pueblo. Un líder. Una idea. Doce escaños menos

En unas elecciones con una participación altísima, en la que se detecta sin dificultad la movilización del independentismo, pero también la del voto españolista, el gran, indiscutible perdedor de la noche es CiU. También se ha hundido el PSC, pero esto, al menos, ya estaba asumido por todos. Lo de CiU ha sido una sorpresa descomunal, que sólo la encuesta que publicó Pedro J. vía The Guardian medio apuntaba [3].

El mito de la “mayoría silenciosa” españolista, el voto que se abstenía en autonómicas y aparecía en generales, ha demostrado ser algo más que un mito, pero no tan determinante como se aventuraba en los más desquiciados sueños de los tertulianos de la Brunete mediática. Desde luego, no es una mayoría social, pero sí una minoría importante. El independentismo ya venía movilizado a estas Elecciones, pero en las últimas semanas han servido, fundamentamente, para movilizar también el voto españolista que, habitualmente, pasaba. Las elecciones eran decisivas, porque así se repetía, cual matraca inacabable, en los medios, en los partidos políticos de todo signo y en las conversaciones cotidianas, y la gente ha actuado en consecuencia.

Artur Mas ha proporcionado al españolismo un hermoso regalo. El independentismo sale tocado de las elecciones, con una hoja de ruta mucho más emborronada. Y eso a pesar de que el independentismo “pata negra” (ERC, CUP) ha sacado unos magníficos resultados. Pero solo con ellos no salen las cuentas. De hecho, suman menos escaños que el bloque más nítidamente españolista (ERC+CUP = 24, PP + Ciutadans = 28), sobre todo tras el espectacular resultado que ha cosechado Ciutadans.

La debacle de CiU convierte este crecimiento en insuficiente. El independentismo, que ayer sumaba 76 escaños, hoy suma… 74 escaños. Tras la Diada, tras dos años de “Espanya ens roba”, tras el griterío de la Brunete, tras los borradores de Pedro J., y después de que la Generalitat pusiera toda la carne en el asador y de que los medios de comunicación catalanes perfilasen un consenso social tan firme y tan ajeno a los matices que les hacía parecerse mucho a la guerra de portadas diaria ABC-La Razón, el resultado es que, grosso modo, nos quedamos como estamos.

Pero hay una gran diferencia: el compromiso de CiU con el independentismo, que ayer parecía firme, hoy se tambalea. Y es normal. ¿Qué sentido tiene apostar por algo que nos hace perder votos y centralidad? Puede que CiU pacte con ERC y siga adelante con el plan. O puede que se conforme con cualquier paripé que le ofrezcan en Madrid y pacte con el PP una agenda de recortes, como durante estos dos años (porque aquí el PP y CiU gritan mucho y se llevan fatal, pero se pasan la vida pactando entre ellos, diga lo que diga el notario). Haga lo que haga, la genial apuesta de adelantar las elecciones para debilitar su posición en plan masoquista va a tener, muy probablemente, consecuencias internas. La principal: ¿exactamente en qué consiste la apuesta independentista de CiU? ¿En perder escaños para que se los quede ERC?

ERC es un partido que lleva muy mal gestionar. Llegó al Gobierno tripartito en 2003 con 23 escaños, un resultado muy parecido al de ahora. En 2006 bajó a 21, y en 2010 se hundió hasta los 10. Un Gobierno con CiU, en el que la cosa consistiría en que ERC se come los recortes a cambio de la promesa de un referéndum, parece bastante suicida. Para ERC, estratégicamente, lo más sencillo sería exigir la convocatoria del referéndum desde el principio, y si CiU se niega dejar que se cueza en su salsa (pactando con el PP o… ¡adelantando otra vez las elecciones!). Y mientras, a crecer a costa de CiU, como el partido netamente independentista que no se aviene a componendas.

Además de ERC y de Ciutadans, los dos triunfadores indiscutibles de la noche, LPD saluda la llegada al Parlament de la CUP (o, como cariñosamente se les conoce en la Jefatura Superior de Policía y en el CNI, “ETA Catalana”) y su modelo de integración horizontal de la participación ciudadana. Y no olvidemos a los triunfadores desde Madrid: el primero, Mariano Rajoy. Los catalanes hacen cosas y una parte de ellos vota milimétricamente al PP, con rocosa solidez, llueva o truene. El viacrucis electoral ha pasado, y supone un éxito indudable para Rajoy: en un mes, ha conservado Galicia y ha visto cómo el monstruo independentista se desinflaba, mientras resistía con éxito los intentos de la troika por forzar su petición de un rescate de España. Y todo esto, aplicando la exitosa “doctrina Rajoy”: Ustedes hagan las cosas que quieran, que yo no haré nada de nada.

El segundo, Pedro J. Ramírez. Es casi seguro que el infame borrador policial, o lo que quiera que fuera eso [4], difundido por El Mundo no ha tenido apenas incidencia en los resultados electorales; la movilización del voto ha tenido motivaciones más profundas que la reacción (en el sentido que sea) al juego sucio de última hora. Pero da igual: Pedro J. podrá sacar pecho (ya lo ha hecho) sobre cómo él, el periodista más influyente del país, ha provocado el hundimiento de CiU y, en consecuencia, ha preservado la unidad de España. Ahora tendrá dos años por delante para preparar los borradores para los siguientes comicios electorales (las Elecciones Europeas, en 2014, si ningún adelanto electoral, por ejemplo otro de Artur Mas pidiendo una mayoría aún más nutrida que la que ha obtenido ahora, se cruza en el camino).