Capítulo CXXIV: Fernando IV “El Emplazado”

Habíamos dejado a Sancho IV “El Golpista” muerto, y bien muerto, tras su exitoso golpe de Estado que había logrado llevarle al trono frente a los sucesores legítimos, los infantes de la Cerda (hijos del hijo mayor de Alfonso X el Sabio). Por otra parte, la mujer de Sancho, María de Molina, también estaba en una situación difícil desde un punto de vista espiritual: su matrimonio con Sancho había sido declarado ilegítimo por la Iglesia, porque María de Molina era la tía de Sancho. Y, claro, eso la Iglesia no lo podía permitir.

Así que el panorama que se le pone por delante a María de Molina cuando se dispone a ejercer la regencia en nombre de su hijo, Fernando IV, no es nada alentador: tiene enfrente a los reinos de Portugal y Aragón; tiene enfrente a los infantes de la Cerda, que claman por sus derechos; tiene enfrente a don Diego López de Haro, V del mismo nombre, señor de Vizcaya, que aún está algo molesto por aquello de que Sancho se cepillase a su padre con una maza en pleno banquete de confraternización; tiene también enfrente a la poderosa familia Lara (ya lo estoy viendo: “¡Como esto siga así, los Lara nos iremos de Castilla y pondremos todos nuestros negocios en Cataluña!”); y tiene enfrente, por último, a sus tíos, los hermanos de Sancho IV, que quieren mandar y mangonear y, quién sabe, tal vez ser califa en lugar del califa.

María de Molina presenta a su hijo ante los prohombres de la Corte, que gritan eufóricos: ¡Cargos y prebendas! ¡Dadnos cargos y prebendas!

Por un lado, el Infante Enrique, denominado “El Senador”, que con gran señorío y elegancia, con la gravedad que le confiere el sobrenombre, exige pasta y poder. ¡Dame pasta y dame poder, las instituciones están conmigo! Por otro lado, el inefable Infante Juan, que en su día traicionó a Sancho aliándose con los malvados moros y que protagonizó el show del puñal con Guzmán el Bueno. Juan no sabemos muy bien qué quiere, o qué busca, pero lo que está claro es que le encanta traicionar a todo quisque, clavar puñaladas conforme más traperas mejor, montar todo tipo de conspiraciones y conjuras contra sus teóricos aliados y, a pesar de todo, a pesar de crearse enemigos por doquier, logrando sobrevivir al final. ¡El Pedro J. Ramírez de la época!

María de Molina, frente a tantos y tan poderosos enemigos, aplica los principios en los que ha creído toda su vida: “hijo mío, aquí lo que hay que hacer es lo que hacemos todos los días, cuando nos reunimos en torno al tablero: a los poderosos hay que darles propiedades, si tienen casas y castillos mejor; y si la cosa falla, los metemos en la cárcel una temporada”. Un auténtico Juego de Tronos cañí, en el que María navegará con sumo virtuosismo durante años, toreando a unos, comprando a otros, y castigando a los de más allá. Y con éxito. Al final de su regencia, María ha logrado atraerse a todos sus enemigos; fija las fronteras con Aragón y Portugal (por la vía, eso sí, de cederles plazas fronterizas a ambos); e incluso logra solucionar el carácter ilegítimo de su matrimonio con Sancho, por la vía más cristiana de todas: soltarle 10.000 marcos de plata al Papado a cambio de que se olviden de esos enojosos dimes y diretes (¡quién iba a decir que algo así funcionaría con la Iglesia!), lo que permite legitimar del todo el reinado de Fernando.

La pobre mujer llega incluso a aportar su patrimonio personal, trabajosamente recogido durante años y años expoliando a sus vasallos mientras María esperaba en su castillo a que llegasen las rentas, para sostener el esfuerzo bélico contra los enemigos de su hijo. Por supuesto, cuando este llega a la mayoría de edad, ¿qué es lo que intenta hacer? ¡Desembarazarse de su pobre madre! ¡Pasar de ella! ¡Dejar de tenerla como sostén de su reino, consejera privilegiada e intérprete de la voluntad popular! “Madre, déjeme en paz de una vez, que por su culpa tengo a todos estos gorrones mangoneando en mi reino y los aragoneses me han birlado nada menos que Murcia; ¡Ah, Murcia! ¡Qué hermosa eres!”.

Pero no es tan fácil desembarazarse de una madre solícita, siempre dispuesta a mangonear y forrarse arrimar el hombro por su hijo y en el mejor interés del Reino. ¿Es que no hemos aprendido nada de “¿Quién quiere casarse con mi hijo?”.De manera que María, en el surrealista vaivén continuo entre los poderosos de Castilla que será el reinado de Fernando, casi siempre ocupará una posición central, aconsejando a Fernando que actúe con mano izquierda y perdone a sus enemigos. ¡Y vaya si perdona Fernando! Al cabrito de su tío, el infante Juan, que le traicionará no menos de diez veces a lo largo de su reinado, le perdona una y otra vez, casi siempre a instancias de su madre. Y Juan, naturalmente, encantado: ¡muchas gracias, sobrino! ¡así podré traicionarte más veces!

Las traiciones de Juan abarcan todo lo divino y lo humano, y llegan incluso a emitir moneda falsa en grandes cantidades para intentar hundir la economía castellana, lo que en efecto logran. Por más que María se pase la vida haciendo declaraciones sobre la sólida economía del Reino, sobre sus fundamentos y el carácter laborioso de sus gentes, la inflación sube que da gusto. Fernando pasa por verdaderas dificultades económicas, que se ven agravadas en el sitio de Algeciras, en el que apenas puede pagar a sus mercenarios. Momento en el que el infante Juan, siempre atento, aprovecha para traicionarle por enésima vez, largándose con sus tropas en lo peor del asedio, de manera que Fernando tiene que acabar aceptando un pasteleo con los musulmanes, del estilo de “tú te quedas con la parte alícuota de la deuda española y yo te dejo independizarte, con selección de fútbol propia y todo y con derecho a jugar en la Liga castellana”. Un desdoro y una vergüenza para el Reino.

Como compensación, Fernando logra conquistar Gibraltar, plaza fuerte de fundamental importancia estratégica. Los lugareños, alborozados, acogen a Fernando con gritos de alegría: “Güer ar yu from, quillo? ¡Aquí el marqués me chamulla inglés! Que tieneh un arte y un tronío que te salen por tós los poros de la piéh, Milórd!”.

El reinado de Fernando, en general exitoso, termina prematuramente con la muerte del Rey, a los veintiséis años. Por primera vez, Fernando había decidido pasar de los consejos de su madre, débil mujer que le aconsejaba siempre compasivamente, con gusto por el pasteleo y el perdón perpetuo. Pero ya con 26 años (¡y a punto de cumplir 27!), Fernando era, por fin, un hombre. Y los hombres no contemporizan; no sopesan pros y contras; no buscan una resolución ecuánime y moderada. Los hombres actúan, ¡coño! Y, cuando Fernando se entera de que han asesinado a su amigote Juan Alonso de Benavides, y que hay dos sospechosos, los hermanos Carvajal, que según la Guarda Civil de la época “pasaban por allí”, el Rey, tan majestuoso como colérico, decide impartir justicia española de la buena: los hermanos Carvajal son condenados a muerte. Se les meterá en una jaula de hierro llena de púas y se les despeñará por un barranco.

Pero los hermanos Carvajal, con una apabullante falta de sensibilidad para apreciar el valor artístico y moral del castigo que se dispone a aplicarles el Rey, le acusan de cometer una injusticia y le conminan a comparecer ante el juicio de Dios en el plazo de un mes. Fernando IV les dice que sí, que muy bien, pero que por lo pronto ellos, hala, a despeñarse por el barranco, que ojalá tuviera un Himno de Castilla ad hoc para que los músicos de la Corte lo interpretasen conforme los Carvajal vayan cayendo por el barranco.

De manera que el Rey, ufano, se retira a sus aposentos tras haber demostrado al mundo, pero sobre todo a su madre, cómo se imparte justicia y un mes después… ¡MUERE! ¡Muere presa de sus pecados, por no hacer caso a su madre y por aplicar un castigo (ponderado, ecuánime en su gravedad) a quienes no debía!


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  1. Comentario de emigrante (11/10/2012 14:52):

    Fernando IV fue el primer rey castellano casado con una princesa portuguesa. En total fueron siete los matrimonios reyes Castellanos y Españoles con princesas portuguesas, más los doce matrimonios de reyes portugueses con infantas y nietas de reyes castellanos. En total suponen 19 intentos de unir ambas coronas. Casi se consigue en dos ocasiones, durante el interregno de 1383-85 y entre los tres Felipes de Austria.

    Y sin embargo, Isabel la Católica que debía haberse casado con el rey de Portugal, desobedeció a su hermano casándose en secreto con el Príncipe de Gerona y aquí estamos.

    Es una idea de historia-ficción que me obsesiona, qué hubiera sido si España hubiera resultado de la unión de Portugal y Castilla en vez de Aragón y Castilla?

  2. Comentario de Jiri (11/10/2012 15:30):

    #1: ¿Una macrofrancia? La Corona de Aragón lo hubiera tenido chungo en Italia, vamos, me veo a los valencianos parlando fgansé.

    Yo también lo he pensado a veces. Mira que se intentó, pero ná. La verdad es que alguien podría escribir toda una serie de libros de historia paralela con tal posibilidad, una especie de CAnción de Hielo y Fuego, pero sin dragones ni zombises.

  3. Comentario de asertus (11/10/2012 15:32):

    Sí, claro, y ya puestos llevar la capital a Lisboa como cualquier gobernante medio inteligente hubiera hecho, para explotar el tema americano, en vez de una villa aislada en el centro de la península….

  4. Comentario de emigrante (11/10/2012 16:37):

    Pues sí, en algún universo paralelo en el que la Beltraneja ganó la guerra se hablará frances desde Pamplona hasta Torrevieja. La España alternativa será un estado unido y con un solo idioma: el gallego. Que también será la lengua de toda América, toda África Subsahariana y quizás Oceanía. Habrá una próspera minoría judía que será el germen de la ciencia moderna y la revolución industrial. La revolución bolchevique no ocurrirá en Rusia sino en Latinoamérica y no será atea sino cristiana ya que tendrá su origen en la distribución del trabajo de la misiones jesuitas. El protestantismo habrá triunfado en el resto de Europa al no haber tercios españoles en Flandes que le paren los pies. El primer hombre en la luna será un gallego.

  5. Comentario de xXl (12/10/2012 09:15):

    Felicitaciones por su didáctica y documentada crónica de historia de la península ibérica con que nos deleita de vez en cuando, aunque la disfrace con un camuflaje de cachondeo.
    Es lo que tienen los relatos basados en el Testimonio Histórico, que no podemos conocer la verdad por nosotros mismos, la distancia de lugar y el tiempo nos lo impiden. Tampoco lo podemos sacar por raciocinio por que la historia depende sobre todo de la autoridad humana.
    Teniendo como base unos pocos acontecimientos históricos con sus fechas, lo demás se rellena al libre albedrío del historiador. Por eso tantas versiones contradictorias de los mismos acontecimientos.
    Un saludo.

  6. Comentario de joanet (12/10/2012 23:21):

    Como história alternativa bastante viable esta, la espanya catalana en vez de castellana, el rei fernando II se puso los pantalones:

    http://2.bp.blogspot.com/-gDl7RB4GpFg/UDar5583z6I/AAAAAAAAJCE/VqORy0Bas8o/s1600/apmapcatesp.jpg

    todo invertido a lo de ahora da mucho para la imaginación, los victimistas los toledanos, raül que no quiere jugar en la selección porque no se siente espanyol.

    la rae con que el espanyol (el cristiano) es el catalan, etc.

  7. Comentario de gus (15/10/2012 13:05):

    #4 El primero no, pero el decimotercero si:Mariano.

  8. Comentario de emigrante (16/10/2012 09:17):

    #7, yo estaba pensando en cierto comandante bajito y con voz de pito. Sus primeras palabras al poner el pie fueron “Españoles:…” Dicen que se quedó a vivir allí.

  9. Comentario de hombre producto (24/10/2012 00:47):

    A ver si empezáis a acelerar que el “Cuéntame” ya ha contado todo esto y está a punto dellegar al presente y causar una paradoja temporal.

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