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El PP nos aplica un cinturón de castidad mediático

Son tiempos difíciles para el Gobierno, con lo que la buena gente del PP hace lo que cabría esperar que hicieran: lo que siempre hacen. Emplear los medios de comunicación públicos como recurso propagandístico y de control informativo. Tras algunos meses (no muchos) cavilando si mantener o no el modelo de RTVE creado por Zapatero, en el PP llegaron a la conclusión de que menuda tontería era hacerse pasar por lo que no son, a estas alturas, y con los Canal 9, Telemadrid y TVE de Urdaci que les contemplan.

Desde luego, no es que el PSOE haya gestionado TVE con imparcialidad. Pero hay que reconocer, en justicia, que lo ha hecho mejor. Es decir: manipula mejor. Mucho mejor. Los programas son mejores, más presentables, con apariencia de imparcialidad y, por tanto, más creíbles y eficaces. Y, naturalmente, con mayor audiencia.

Todo esto no significa que la TVE de Zapatero no arrimase el ascua a su sardina, que lo hacía. Pero con mucha más sutileza. Diferenciando entre lo esencial y lo anecdótico. Empleando no sólo los informativos (obsesión del PP), sino también el entretenimiento y las series de ficción. Un aspecto en el que, justo es reconocerlo, el actual director de informativos de TVE, Julio Somoano, tiene las ideas claras [1], como manifestó en la infame tesinilla – manual de manipulación de medios de comunicación que en su día escribió a ver si en el PP se lo compraban.

TVE, con Zapatero, manipulaba menos, pero manipulaba mucho mejor. Y, así, no es sólo que llegara a más gente (la TVE del PP ya está hundiéndose en audiencia, y lo que les queda por recorrer [2]); sino que, además, esta gente tendía a asimilar mucho más el mensaje deslizado por el PSOE en TVE. En cambio, la TVE del PP es lo que cabría esperar de alguien como Mariano Rajoy: menos tremendista que en la época de Aznar, pero con la misma noción de los medios como un instrumento propagandístico para tener a tu servicio, en el que decides qué contar y, sobre todo, qué no. Las proclamas y ocultamientos de la TVE de Rajoy se avizoran tan estremecedoramente obvios que su efecto puede llegar a ser contraproducente, como acabó ocurriendo con televisiones autonómicas como Canal 9, con su 5% de audiencia (en sus años de gloria llegó casi al 20%).

La receta del PP para los medios públicos es, ante todo, síntoma de falta de imaginación. De creer que el público actual es como el de los años ochenta, mucho menos alfabetizado audiovisualmente y, sobre todo, con menos opciones y alternativas para configurar su visión de la realidad. Un público que o ve TVE o no tiene nada que ver.

A ver si creamos de una vez, entre todos, una opinión pública crítica española. ¡Que ya vale!

Esto ya no era así en la época de Aznar, en la que los informativos de Tele 5 experimentaron un llamativo crecimiento de audiencia (como ya ha comenzado a ocurrir de nuevo), y probablemente tampoco lo sea ahora, aunque con parámetros distintos. En la época de Aznar, la implicación del público con la información era sensiblemente menor que ahora. España iba bien, había trabajo y los ciudadanos estaban dispuestos a tolerar a ese insufrible señor del bigote. Por ese motivo, la mayoría de las algaradas de Urdaci y similares impactaban relativamente poco al público indeciso / apolítico, aunque irritasen considerablemente a la izquierda. Esto es algo que obviamente no ocurre ahora, con los cinco millones de parados, los catalanes amenazando con marcharse, Moody’s con el bono basura y la troika con el rescate. Por no hablar de los sonoros –y sistemáticos- incumplimientos de Rajoy.

En estos años también se ha configurado una opinión pública más evanescente, en la que la generación menor de 40 años está sensiblemente menos ligada con los grandes medios de difusión de información (prensa-radio-tv), y más con el cachondeo anárquico de la red y sus múltiples flujos informativos. Una generación en la que el actual Gobierno, desde la perspectiva de controlar el acceso a la información instrumentalizando los medios a su alcance, tiene poco que hacer. Y, de hecho, poco hace. Los mamporreros del PP apenas dan el coñazo en Twitter y en la blogosfera, en comparación con lo que acostumbraban cuando estaban en la oposición. Ahora, en una decisión sabia, han optado por hacer mutis -relativo- por el foro.

Por supuesto, todo eso de Internet a Rajoy le da igual (¡son tantas y tan variadas las cosas que le dan igual a Rajoy…!). Rajoy es un señor que cree vivir en los años setenta, cuando la gente era seria; la realidad, apacible; y los medios de comunicación, pocos y reconocibles. Por eso gestiona España como si fuera un colmado, y pasa olímpicamente, o eso parece, no sólo de lo que opinan de él los jovenzanos modernos con gadgets tecnológicos, sino también el conjunto de la prensa internacional.

La apuesta de Rajoy es centrarse en el público que sigue nutriéndose de los medios de comunicación convencionales (públicos y privados), actualmente dominados por su partido en una medida mucho mayor de lo que nunca consiguió Aznar. Fundamentalmente, porque Aznar tenía enfrente a medios privados de la oposición mucho más poderosos que los actuales (hablo del grupo Prisa), y mucho más “fiables” desde la perspectiva de constituir un bastión contrario al PP (por contraste con la errática deriva actual [3]). O lo que en su día denominamos “Todos con Rajoy [4]”. Un “Todos con Rajoy” en el que los medios públicos, y la mayoría de los medios privados, van sumándose al ilusionante proyecto popular, aunque muchas veces con matices. El control de los medios públicos es siempre más fiable, que para algo los gestionas tú directamente. En los privados siempre puede haber sorpresas, nefando afán por llegar a otros públicos, … No todos los empresarios de medios son tan razonables como José Manuel Lara, que ya ha dejado claro que La Sexta, con él, seguirá siendo de izquierdas, pero dentro de un orden, sin contenidos agresivos ni chabacanos [5] (en otras palabras: que todo apunta a que se cargará el programa del Gran Wyoming y ya veremos qué más).

Rajoy, por tanto, sí que puede aspirar a moldear significativamente el mensaje de los medios convencionales. Pero es difícil –al menos, mientras dure la actual crisis- que esto le sirva para que esta parte del público cambie su percepción de la realidad según los intereses del Gobierno. En todo caso, podrá suavizarla, y servirá para convencer, por enésima vez, a los ya convencidos. En cuanto a los otros, hay muchos que sólo le votaron para conseguir trabajo (el modelo de riqueza del ladrillo: jóvenes semianalfabetos que primero ganaron 3.000 euros al mes y luego, y durante mucho tiempo, nada). Hay otros que no se irán del todo mientras la principal alternativa de poder, el PSOE, siga en el mismo estado catatónico. Y, por último, queda el voto cautivo por excelencia: los pensionistas. El único colectivo al que Rajoy ha protegido hasta ahora, subiendo las pensiones mientras recortaba todo lo demás. Un colectivo al que Rajoy les propone ahora una apasionante programación audiovisual, con Lina Morgan, Pedro Ruiz, una editora distinta del Telediario 2 cada semana (conforme dimita por no informar de la Diada, o no informar del 25S, o no informar de la desaparición de la paga extra de verano, o no informar de la derrota del Madrid) y unos informativos de chuparse los dedos, con continuas alusiones a cómo el PSOE destruirá España, prohibirá los toros y luego cogerá tu pensión y se la dará a los catalanes.

Una apuesta que, desde el punto de vista de Rajoy, tiene todo el sentido. Los pensionistas continúan nutriéndose de los medios que han consumido toda su vida (y, en particular, los medios públicos). Son más sensibles a que les toquen lo suyo, en términos de decisión del voto, que otros colectivos. Y su defensa a ultranza como voto cautivo – caciquil (en un contexto en el que se ataca a casi todos los demás colectivos) se corresponde perfectamente con la estrategia de “control de daños” que se está llevando a cabo en el PP en estos tiempos difíciles: resistir, buscar la victoria en Galicia como sea, y esperar a ver si suena la flauta y las cosas mejoran en 2014. Porque si no mejoran, por muchos pensionistas que voten al PP (y eso suponiendo que pueda mantener las pensiones incólumes), las cuentas electorales no salen.