El emperador del Paralelo. Lerroux y la demagogia populista – José Álvarez Junco

Este libro tiene una característica en principio más que irritante. Se presenta a primera vista como una biografía de Alejandro Lerroux el eterno líder del Partido Radical y primer ministro en la II República (1933-1935)… Y en realidad se centra en la carrera política de Lerroux en sus primeros años, hasta culminar con su papel en la Semana Trágica de Barcelona (1909), para después ventilarse todo lo demás en un último capítulo-resumen.

Y, sin embargo, el libro es interesantísimo. Su autor, José Álvarez Junco, realiza un retrato preciso del personaje y, sobre todo, del contexto (la España de la Restauración) en el que opera Lerroux. De las expectativas de crecimiento electoral, e incluso de derribar la Monarquía, que tenían los republicanos españoles y los abundantes frenos que se encontraron (causados por la desunión, por la incapacidad de sus líderes o por los pasteleos electorales y la censura en el sistema urdido por Cánovas del Castillo). Del nacimiento de una opinión pública que inicialmente está representada por las clases medias, el funcionariado y los profesionales liberales y en pocos años ve cómo la marea de la industrialización cambia las reglas del juego. De los intelectuales, la prensa y los poderes públicos.

El país que nos muestra Álvarez Junco, siguiendo la figura de Lerroux a más o menos distancia según convenga, constituye un perfil más que reconocible: España es un país pobre, donde el Estado es débil y las leyes no se cumplen. Donde los personajes poderosos abusan habitualmente de su poder y la idea de servicio público es una ficción. Donde las cosas funcionan casi a pesar de aquéllos que en teoría han de hacerlas funcionar. Donde la vida es, muy a menudo, surrealista, y el honor y la apariencia siguen siendo mucho más importantes que la realidad. Sirva como ejemplo de todo lo anterior el relato de cómo Lerroux consiguió, tardíamente, completar sus estudios:

Con amistades se podía casi todo en España, y Lerroux tuvo, a partir de cierto momento, buenas amistades y las usó para remendar su agujero educativo. En 1905, con más de cuarenta años, se graduó de bachiller en el instituto de Figueras, bastión republicano; y en 1922, cercano ya a los sesenta, embarcó para Canarias, donde había una Escuela de Derecho con profesorado adicto a su partido, y en un solo día aprobó la carrera completa con nueve matrículas de honor (pág. 43)

Hay que decir, al respecto, que algo hemos avanzado en todos estos años. Es famosa la historia de varios políticos valencianos que cogieron un avión rumbo al Caribe y volvieron unos días después convertidos en lisensiados y doctores. Pero, al menos, algunos de los que subieron en el avión ya eran lisensiados, y sólo se hicieron con un doctorado de urgencia.

Lerroux comenzó su prolongada carrera política en Madrid, entrando a trabajar en el periódico El País, uno de los principales órganos de expresión republicanos, a finales del siglo XIX. Al poco tiempo de entrar a trabajar, Lerroux es nombrado director. Pero no por su olfato periodístico, o por lo bien que se lleva con el editor, o su compromiso con la causa republicana… No, llega a lo más alto porque el director tiene que enfrentarse en duelo con el director de otro periódico, el hombre ya está mayor y decide cederle oficialmente (que no oficiosamente) la vara de mando a Lerroux, entonces joven y vigoroso, para que éste se encargue de los duelos y demás enojosas funciones de los directores de periódico:

La Ley de Prensa de 1883 atribuía la responsabilidad de los delitos de opinión cometidos por medio de textos no firmados –en especial, los ‘fondos’ o editoriales, fuente de la mayoría de los problemas- a los directores del órgano periodístico en que hubiesen aparecido publicados. Era un método de control fácil de burlar. Bastaba con hacer figurar como ‘editores responsables’, directores a efectos legales, a testaferros absolutamente ajenos a la persona que verdaderamente dirigía el periódico –y a quien se solía llamar ‘gerente’-. La vida habitual de esos directores nominales se deslizaba muellemente en los cafés, alrededor de una mesa de mus o una tertulia. Cuando recaía una condena sobre la publicación, el ‘hombre de paja’ se limitaba a trasladar tan apacible existencia a la cárcel, con la ventaja de que cobraba unas dietas estipuladas de antemano (pág. 61)

Sin embargo, Lerroux juega bien sus cartas, y ello le permite pasar de “director de paja” a “director de verdad”. Y esto le otorga cierta prominencia en el mundillo de los republicanos españoles. Álvarez Junco explica la importancia de la prensa para tener presencia en la opinión pública y, sobre todo, como mecanismo de presión ante los poderes públicos (que habitualmente sobornaban a periódicos y periodistas haciendo uso de sus “fondos de reptiles” ministeriales). La efervescencia de todo tipo de periódicos, la inmensa mayoría ligados a alguna opción política, los convertía en el principal instrumento de oposición al régimen de la Restauración, así como de difusión de consignas y mecanismo de reafirmación ideológico-grupal. O sea, como ahora el Twitter para los militantes de los partidos, que se retuitean entre ellos una y otra y otra vez en una inacabable espiral de retuiteo “hacia adentro”, que casi nunca logra salir de las férreas murallas del partido, salvo para reírse del tuit en cuestión.

Lerroux se hace un hueco y en pocos años logra saltar a la fama, sobre todo gracias a su campaña de apoyo a los anarquistas torturados (y, en muchos casos, también ajusticiados) en el castillo de Montjuich, en Barcelona, en 1896, como consecuencia de un atentado contra una procesión del Corpus en junio de ese año, en el que murieron varias personas. El Gobierno se pasa de rosca desde todos los puntos de vista: detiene a muchísima gente, la tortura y la condena a muerte, incluso aunque las pruebas con las que cuente para encausarlos sean escasas o, directamente, inexistentes. Y allí Lerroux muestra su olfato político, montando diversas campañas de prensa en las que –cosa nunca vista-… ¡Abundan los editoriales antimonárquicos! ¡En el diario El País!

La semblanza de Lerroux sirve como pretexto para mostrar una vívida imagen de las líneas de fuerza de la izquierda española en la época, sus obsesiones y condición precaria hasta la llegada del sindicalismo de masas. La crítica feroz de Lerroux al proceso de Montjuich le permite ganarse una enorme popularidad en Barcelona. A pesar de que ha desarrollado toda su carrera en Madrid, Lerroux se presenta a las elecciones y obtiene un acta de diputado por Barcelona (inicialmente le es negada por el habitual pucherazo, pero monta un escándalo, el Gobierno se echa atrás y le otorga la victoria). Lerroux consigue crear en torno a sí lo que le faltaba a los republicanos: el apoyo de las masas obreras, en franco crecimiento en Barcelona.

Poco después, Lerroux, cuyo nacionalismo español es desaforado, choca con otra fuerza emergente en Barcelona: el catalanismo. Llega, incluso, al paroxismo de denunciar al rey Alfonso XIII, que acaba de visitar Barcelona en 1903… ¡Por catalanista!

El rey recibió en las calles más ovaciones de las esperadas y se ganó al catalanismo moderado con vagas promesas de benevolencia para las demandas autonómicas o proteccionistas que se le presentaron. Impresionó muy favorablemente su solicitud, en el Instituto Catalán de San Isidro, de que le hablaran en catalán, porque deseaba aprender esa lengua ‘española’. Maura negoció además alguna concesión práctica, como un decreto permitiendo el uso del catalán en los correos y telégrafos nacionales, que también causó mucho efecto. En Madrid estaban indignados. La prensa republicana insertaba caricaturas de Maura gobernando una España babélica, con varios idiomas incomprensibles entre sí (págs. 228-229).

Es decir: Lerroux hizo lo mismo que han hecho generaciones y generaciones de políticos españoles: echarle la culpa de todo a los catalanes. Es esa la época en la que Lerroux se convierte en “Emperador del Paralelo”, el héroe de ciertas clases populares, y en la que se cimenta el odio eterno del catalanismo, para quien Lerroux fue un agente a sueldo del Gobierno que intentaba destruir Cataluña; un mercenario de la ultraderecha, venido desde Madrid.

Sin embargo, e incluso aunque fuese cierto que Lerroux cobraba un sueldo del Gobierno (en sus primeros años es casi seguro que no; en la época final del reinado de Alfonso XIII, casi seguro que sí), lo relevante no es esto, sino la popularidad electoral que alcanzó en Barcelona, y su capacidad para atraerse a las masas. Una popularidad que, según Álvarez Junco, se cimentaba en la clase obrera, tanto de origen catalán como español, que rechazaba de forma clara el catalanismo de la Lliga porque lo veían –acertadamente- como un movimiento orquestado por y para los patronos y la Iglesia, dispuestos a mantener sus privilegios y un modelo de sociedad premoderno:

En 1901 no era, pues, cierto que el catalanismo encarnara la totalidad de la opinión pública catalana. Tampoco era exactamente ‘popular’ y de ningún modo se identificaba con modernidad y liberalismo. Aunque, como todo movimiento nacionalista, se presentaba como interclasista, su nula sensibilidad social y su conexión con las estructuras de poder económico y clerical le habían alejado de los medios obreros. Y discrepancias políticas de fondo hacían que provocase neta oposición en los medios republicanos. Ambos conflictos existían en aquel ambiente antes y al margen de la llegada de Alejandro Lerroux. Se dejaba sentir la falta de otra fuerza regeneradora y modernizadora, sobre bases doctrinales más democráticas y bases sociales más populares. El ambiente estaba listo para el surgimiento de un lerrouxismo, incluso si no hubiera existido el personaje concreto (pág. 268)

Sin embargo, Lerroux obtiene esta popularidad, y la mantiene durante años, sin ofrecer a su público nada parecido a un programa, unas propuestas en materia política, económica y social. Su discurso es vacío, y suele orientarse hacia él mismo, como ejemplo a un tiempo de debilidad (falsa modestia) y fortaleza (el líder que ha de guiarles). Sus únicas líneas de fuerza dignas de mención son el republicanismo (retóricamente afín a la democracia, pero en la práctica nada reñido con el autoritarismo y las “soluciones” de tipo militar), el patrioterismo español y el anticlericalismo.

Precisamente por eso, a Lerroux no le cuesta demasiado esfuerzo pasar a posiciones cada vez más conservadoras a partir de la Semana Trágica. El poder, que fue su único objetivo, le tiene progresivamente más domesticado: con la Monarquía, con la Dictadura y con la República. Y fue una lástima, verdaderamente, que el personaje no diera más de sí. Porque Lerroux, dada su amplia trayectoria política y a pesar de sus muchas limitaciones (su demagogia, su corrupción, su oportunismo desvergonzado, sus carencias de formación y su débil sustrato ideológico), se acabó convirtiendo en una especie de mito del republicanismo español, que ocupó, con su partido radical, el centro político en la II República. Tal vez si el personaje no hubiera sido barrido por el escándalo de corrupción del “estraperlo” en 1935, y su formación electoral en 1936, el proceso de polarización y enfrentamiento entre los dos bloques de izquierda y derecha no habría acabado como acabó (que acabó… ¡Muy bien, naturalmente! ¡Con un Caudillo al mando encargándose de construir pantanos y extender la prosperidad entre los españoles! ¡Que se podía dormir con la puerta abierta, y…! Me disculpan; he puesto unos minutos Televisión Española y, claro…).


Compartir:

  1. Comentario de CusCus (10/09/2012 10:54):

    Seguro que eso paso hace 100 anos?

  2. Comentario de Karpov (10/09/2012 12:16):

    hasta que punto el psc no se había beneficiado de ese mismo voto ‘no catalanista’ y cuando ha comenzado a perderlo es por haberse dejado llevar…
    me parece un personaje muy desconocido, difícil de ubicar en el panorama actual, y que representa lo peor de la política española.

  3. Comentario de Datil (10/09/2012 14:50):

    De la Barcelona de 1919-1923, del terrorismo patronal, sindical, y de estado, trata el libro “Los años del pistolerismo” de Leon-Ignacio, libro medio fácil de encontrar en librerías de segunda mano e Internet. Muy recomendable. Como una novela negra de Dashiell Hammet, pero historia real y española.

  4. Comentario de Beltza (11/09/2012 01:47):

    Siempre me ha intrigado la ausencia de sindicatos nacionalistas catalanes, por lo que deduzco del texto la Liga Catalana eran basicamente los burgueses y el alto clero ; el nacionalismo vasco, que aunque el originario fuese el muy católico EAJ-PNV (como bien dice en el artículo aun hoy se definen como partido interclasista) se montó su propio sindicato; ELA-STV (1911). Me imagino que a cuenta de un texto del Papa León XIII que decia que había que implicarse con los trabajadores, si no recuerdo mal. Me imagino que los de CiU/Liga se pasaron esa encíclica por el forro de…
    #1 Que no hombre, que no hay parecido posible; excepto el Borbón, la corrupción, Rosa10 intentando emular a su predecesor ideológico, la caspa…

  5. Comentario de de ventre (11/09/2012 12:10):

    queremos detalles de la anécdota de esos lisensiados che ya pero ya!

    j

  6. Comentario de Joan (11/09/2012 17:40):

    Beltza, has de tener en cuenta que el obrerismo en Cataluña estaba copado totalmente por la CNT.

    En cuanto a organizaciones gremialistas pequeñoburguesas y de pequeños propietarios agrarios, estas se solían encuadrar entre las filas herederas del republicanismo federalista representado por Pi y Margall. Estos fueron quiénes acabaron dando una base social a la Liga Regionalista, dado que esta antes de la Gran Guerra incluía en su programa importantes elementos de modernización y reforma social. Su apoyo seria decisivo para que la Lliga obtuviese sus diputados en las Cortes, la alcaldía de Barcelona y, sobretodo, para el llamado episodio de insumisión fiscal que se denominó entonces como “cierre de cajas”.

    Tras la defección perpetrada por Cambó y la Lliga en verano de 1917 – esto daría, estas bases abandonaron la Lliga y empezaron a orientarse en organizaciones diversas que, en 1931, acabaron uniéndose en un nuevo partido, Esquerra Republicana de Catalunya (ERC). Debe observarse que este partido, durante el convulso período de 1931-1936, era quién más se beneficiaba del voto obrero anarquista cuando la consigna desde la CNT era no llamar a la abstención, de ahí que obtuviese las rotundas victorias electorales de 1931 y Febrero de 1936; en cambio, cuando la CNT llamaba a la abstención como fué el caso de las elecciones legislativas de Noviembre de 1933, entonces ERC retrocedía.

    Un saludo,

  7. Comentario de Joan (11/09/2012 17:42):

    Una corrección en la primera parte de mi último párrafo: “Tras la defección perpetrada por Cambó y la Lliga en verano de 1917, cuestión que daría para un excurso muy prolongado, estas bases abandonaron la Lliga y empezaron a orientarse en organizaciones diversas que, en 1931, acabaron uniéndose en un nuevo partido…”

  8. Comentario de Beltza (11/09/2012 19:47):

    Moltes grácies por la explicación Joan. En historia estudiamos que la CNT era fuerte en Cataluña y en Andalucia pero no profundizamos mucho en el tema.

  9. Comentario de Judge Dreed (12/09/2012 11:46):

    Y a mí que me parecía que estaba describiendo la trayectoria político-vital, válgame la redundancia, de Rosa Díez…

Comentarios cerrados para esta entrada.