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Planeta Rosa – Pepe Colubi

Pepe Colubi es periodista y escritor. En principio, cuando uno lee ese binomio, lo lícito es echarse a temblar. “Periodista y escritor” suena a fabulador profesional de teorías de la conspiración; a autor de novelas insustanciales sobre la jet set y (sobre todo) desde la jet set; a vocero del poder. Suena a Alfonso Ussía, a Elvira Lindo [1] y a Jaime Campmany.

Afortunadamente, Colubi se sale por completo de ese horrible perfil. Es, de verdad, periodista y escritor. Y, además, bueno. Colubi escribe bien y, todavía más importante (en particular, dado el tema que nos ocupa), escribe con gracia. Y no con gracia que sólo le hace gracia a él y a sus amigotes, con chistes de pedos u observaciones a lo Jaime Campmany. Con gracia, con ingenio, del bueno. Uno se lee sus libros con agrado y continuas sonrisas, y a menudo es difícil no soltar alguna carcajada ante las barbaridades que, episódicamente, incluye el autor.

Pero tampoco es que lo que cuente no tenga sustancia, o contenido, a pesar de que se fije en cuestiones que, para los biempensantes, sin duda se ubican en el espacio de la “cultura basura”, como los programas de televisión o (en este libro) la prensa rosa. Bien al contrario, Colubi tiene una singular capacidad para comunicar lo esencial de esos mundos al lector (mundos, no lo olvidemos, en torno a los cuales orbitan millones de lectores / espectadores). Para narrar los hechos y elaborar tipologías en torno a ellos. Y además, como decíamos, para hacerlo con gracia. Véase la declaración de principios de Planeta Rosa:

Los programadores de televisión y los editores de las revistas que más venden en España ven a su público como insaciables aves de rapiña a las que alimentar, paradójicamente, con la nada más absoluta. ‘La gente sólo quiere pasar un rato divertido y olvidarse de los problemas’, dicen los interesados. ¿Y los puzzles? ¿Acaso no son divertidos y nos ayudan a evadirnos? Y una mierda. Que les den a los puzzles”. (página 14)

Planeta Rosa es un libro dedicado a sintetizar lo esencial de ese mundo-engendro, cada vez más grande y más descontrolado, de la prensa del corazón y sus posteriores añadidos televisivos, que han acabado por fagocitarla y por proponer un nuevo escenario: antes los famosos eran los que decían las revistas, y solían ser famosos por algo, por absurdo que este “algo” fuera: toreros, folklóricas, parásitos sociales de sangre azul, … Con la TV, en cambio, los famosos lo son en función de cuánto salgan en la tele. Y para salir hay dos vías, fundamentalmente:

– Esforzarse y llamar la atención como sea, generalmente por la vía de tirarse a algún famoso o decir que te lo has tirado.
– Salir en algún programa de telerrealidad, gigantesco surtidor de famosos de medio pelo en la última década, tras la aparición del primer Gran Hermano (2000) [2]. Pero no basta con salir, naturalmente. También hay que esforzarse y llamar la atención como sea, generalmente por la vía de tirarse a algún otro concursante o decir que te lo has tirado.

Con retranca, pero también con una especie de perversa pasión de entomólogo, Colubi nos narra primero, pormenorizadamente, cómo son los personajes de las revistas del corazón y de los programas de telebasura asociados, desde lo más alto (Isabel Preysler, Carmina Ordóñez, la Duquesa de Alba) hasta lo más arrastrado (algunos ex Gran Hermano, Dinio, Paco Porras, ). Y después, como si no hubiéramos tenido bastante, cómo son las revistas y programas en los que se presta atención a este tipo de cosas, también con distintos niveles (de Hola! y demás bazofia pretencioso-ultraderechista a Aquí hay Tomate y demás bazofias sin más), así como los “periodistas estrella” (las comillas van por “periodistas”, no por “estrella”), como Lydia Lozano, Luis Mariñas o Ana Rosa Quintana, de los que relata algunas de sus mayores heroicidades (Ana Rosa Quintana plagiando un libro [3], Terelu Campos colocada aquí, allá y acullá por su madre [4], Lydia Lozano inventándose noticias), y también cómo éstas no tienen consecuencias prácticas. Una vez han llegado, tienden a mantenerse. Y como te mantienes en un mundo en el que no das un palo al agua y consigues mucho dinero y notoriedad social, pues todo el mundo quiere llegar, claro. Y sí, ese es un mundo asqueroso en el que Usted y yo nunca entraríamos, pero hablamos de gente a la que ese tipo de fama les pone cachondos.

"La conducción de las galas corrió a cargo de Terelu Campos, que consiguió el puesto por méritos propios: ella y sólo ella es hija de María Teresa Campos, nadie le puede negar ese mérito" (página 97)

La verdad es que a mí el mundo rosa nunca me ha interesado lo más mínimo. Y esto no es jactancioso, sino descriptivo. Las cuitas de los famosos me parecen un coñazo. Créanme, no lo digo por esnobismo: recuerden que en esta su página hemos glosado las glorias de basuras de mucho calibre, como las sucesivas ediciones de Gran Hermano o el más reciente “¿Quién quiere casarse con mi hijo? [5]”. Lo digo porque a mí el griterío de este tipo de programas me aburre y hastía rápidamente, y como, además, no sé nunca de qué hablan y no me entero de nada…

Y, sin embargo, lo rosa-amarillo es cada vez más importante, está cada vez más presente en la vida del país. Como un run-run de fondo, uno no puede evitar medio saber quiénes son las estrellas de ese mundo, aunque sea por saturación en la tele o en la peluquería, o porque alguno de nuestros conocidos aproveche la mínima ocasión para ponerse a hablar de esas mierdas.

"Está claro que el feo asunto del plagio ha marcado un antes y un después en su vida, pues desde que el escándalo saltó a la luz, la presentadora vive... ¡Mucho mejor, qué coño!". (página 143)

Por eso, entre otros motivos, el libro de Colubi es muy de agradecer. Nos enteramos rápidamente, y pasando además un buen rato, de lo esencial. De hecho, el principal defecto del libro es que, al estar publicado en 2005, obviamente se deja en el tintero algunas cosas que ahora son muy importantes en ese mundo (por ejemplo, el fenómeno Belén Esteban, que en 2005 apenas comenzaba a atisbarse), aunque la verdad es que lo esencial permanece y no ha habido grandes incorporaciones (como decíamos, el que llega suele mantenerse ahí).

Tal vez pueda parecer exagerado prestar atención a estas cosas. ¿Por qué no hacemos como si los chupópteros del mundillo del corazón no existieran, y ya está? ¡Así seguro que desaparecen, como el independentismo en Cataluña! Pero que dé grima que algo así exista no significa que no exista (si me permiten la contradicción), ni que no sea importante. Lo rosa ha cumplido históricamente en España, para las mujeres (sí, ya pueden llamarme cerdo machista falócrata), el mismo papel que el fútbol para los hombres. Pero, en los últimos años, con la mayor competencia televisiva y quién sabe si por la modernidad, en virtud de la cual el recio español y la virtuosa española ya no son lo que eran, las cosas se han difuminado algo. Hay mujeres, muchas mujeres, a las que les gusta el fútbol, y también hay cada vez más hombres que siguen el acontecer de la bazofia rosa con verdadero interés. Naturalmente, este proceso es beneficioso para ambos mundos, y sobre todo para los medios que los sustentan. Cada vez más y más tiempo se dedica a glosar todo lo que allí pasa o parece que pasa, por absurdo e insustancial que resulte.

Al final de su libro, Colubi se pregunta si, puesto que está claro que hemos tocado fondo, esto debería ser el comienzo de algo mejor (una vez tocado fondo, volver a la superficie), o si nos quedaremos en el fondo para siempre. Siete años después, y visto lo visto, yo casi me preguntaría si no estamos en el fondo, con una pala, excavando frenéticamente hacia abajo.