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Nostalgia de Raúl

Raúl nunca habría permitido que al Madrid se le escapase el partido de ayer. En lugar de dormirse y hacer posturitas de gimnasio equívocamente pseudoviriles, Raúl habría cogido el toro por los cuernos, habría provocado un Ushiro Nage y habría certificado el pase del Madrid a la final de la Champions. Raúl tampoco se habría conformado con una rueda de prensa blandita como la ofrecida por Mourinho. Bien al contrario: habría tirado del carro. Raúl no habría vacilado en coger el teléfono y llamar al alcalde (ahora, a la alcaldesa) para exigirle que acondicione la Cibeles para celebrar la Liga este fin de semana.

Raúl sí que sabía ejercer el señorío; no como los macarras desnaturalizados que mancillan hoy la zamarra madridista

Después de todo, tres Copas de Europa contemplan al Más Listo de la Clase con el Real Madrid, al verdadero “7” (Juanito apenas pisoteó unas cuantas veces a Matthaus en el Olímpico de Munich, que ese y no otro es el espíritu de Juanito), incontables ligas… ¿Y Cristiano Ronaldo qué ha ganado con el Madrid? ¿Una ridícula Copa de Corinna Zu Sayn-Wittgenstein [1]? Y bueno, sí, puede que también una Liga que ya está prácticamente descontada, aunque nos avisan de la Redacción – El Pardo que Juanito se arrodilló en el campo una vez, en un gesto muy similar al que hizo Mourinho ayer… Y la Liga se la acabó llevando la Real. Ahora no pasará, pero ahí queda eso.

El asunto tuvo un preludio particularmente satisfactorio. El Barcelona demostró que ante rivales serios que se le saben cerrar su fútbol comienza a ser más y más y más horizontal, más cercano al que hace La Roja y menos al de los mejores momentos del Barça, que cuando se pone en plan parabrisas comienza a asemejarse, por momentos, a una película francesa: ocasionales momentos de gratificante contenido sexual que espolvorean una historia por demás tan aburrida como pretenciosa.

Después de tantos meses, el Barcelona ha acabado notando la ausencia de Villa. La falta de delanteros, y también de banquillo. No ha podido vivir de Messi para aguantar en las tres competiciones, y al final se quedará (en el mejor de los casos) con la pedrea de la Copa del Rey, cuyo mejor momento, como es notorio, se celebra antes del partido, durante la solemne y masiva pitada del Himno Nacional [2]. Probablemente el Barcelona haya dilapidado la eliminatoria, en la ida y en la vuelta, contra el Chelsea, pero nada puede excusar el cierre del partido de vuelta: un equipo que permite que Fernando Torres meta un gol no tiene perdón. ¿Y ahora qué? ¿Torres Selección?

Viendo esto y la portada del Bild del otro día con la alfombra roja Campechana a uno le dan ganas de suscribirse a la prensa amarilla de pedigrí, y dejarse de portadas de La Razón con sindicalistas y demás zarandajas

Eliminado el Barcelona, todos hemos podido asistir al vendaval madridista, paulatinamente más intenso, de “fin de ciclo”, “Messi YPF”, “Rajoy, exprópialos” y demás. El Madrid se iba a llevar el doblete de calle, Mariano Rajoy reduciría el déficit al 0% en un par de meses y con lo que le sobrase ficharía más estrellitas y reactivaría el ladrillo. Todos íbamos a volver por la senda de la felicidad.

La cosa empezó con la propuesta a la que el Madrid nos tiene acostumbrados: tensión competitiva, esfuerzo y velocidad. Un equipo de fornidos macarras de gimnasio dispuestos a ofrecernos un Blockbuster, con sus fallos de guión, sus escenas previsibles y su glorificación de la violencia y el exceso. Una propuesta, en resumen, más “de toda la vida”, y probablemente más divertida que la que últimamente ofrece el Barcelona. El partido parecía casi resuelto en los primeros diez minutos (con penalty “Villarato” incluido), pero el Bayern de Munich no se arredró (recuerden: casi todos sus jugadores son alemanes) y se lanzó a por un gol para igualar la eliminatoria.

Así llegó la cosa al segundo tiempo, a la prórroga y a los penalties. Aunque el Madrid se había recuperado en la prórroga, los penalties no parecían una mala solución, dado el contraste entre la solvencia de Casillas y el portero alemán, que daba más miedo que Soraya Sáenz de Santamaría cuando se pone a detallar los nuevos decretazos en la rueda de prensa post Consejo de Ministros, así, abriendo mucho los ojos, como diciendo “Mariano la verdad es que no sé dónde está; ¡pero yo estoy mu loca!”.

Casillas cumplió sobradamente (dos penalties de cinco). Pero algo le ocurrió al Madrid. Algo que sólo habíamos visto, en los dos primeros penalties, los marrados por Cristiano y Kaká (165 millones de € entre los dos; los vendes y te ahorras un recorte en Sanidad o Educación), en aquella maravillosa final de Copa de Europa de 1986, en la que el Barcelona, con todo a favor (en Sevilla, contra un conjunto menor), logró fallar todos los penalties que lanzó, lo que provocó una disrupción en el continuo espacio – tiempo: el Steaua de Bucarest, el ojito derecho de Ceaucescu, se convirtió en un grande de Europa.

 

Ahora tenemos una disrupción casi comparable. Aquí habíamos quedado en que España era campeona en paro, en déficit, en prima de riesgo, en burbuja inmobiliaria, en corrupción, en fraude fiscal, en descrédito de las instituciones, … Pero que, a cambio de todo ello, también sería campeona en fútbol. Como hacen los grandes países, que lo fían todo a los éxitos deportivos para compensar sus múltiples carencias en todo lo demás. Como hizo Alemania Oriental en su momento con ayuda de unos suplementillos vitamínicos y hacemos ahora nosotros, con los suplementos, si se tercian [3], y, desde luego y en lo que se refiere al fútbol, con la ayudita de las instituciones y los promotores inmobiliarios las empresas más punteras del país.

¿Y todo para hacer el ridículo y que los dos equipos más grandes del mundo, nuestros mejores embajadores en el extranjero (¿qué mejor embajada que un poema de Chendo o una patada en los huevos de Pepe?), caigan ignominiosamente en semifinales? ¿Y ahora cómo vamos a inspirar confianza en los mercados y captar inversiones del extranjero para reactivar la economía? Así no. Rajoy ya va afilando un par de nuevos decretazos [4]. Para que aprendan a jugar con nosotros.