Capítulo CXXIII: Sancho IV “El Golpista”

Los últimos años del Rey Alfonso X el Sabio se vieron empañados por la defección de su hijo y los enfrentamientos entre los defensores de los derechos dinásticos de los Infantes de la Cerda (hijos del fallecido primogénito de Alfonso X) y los del propio Sancho (segundo hijo de Alfonso). En esta disputa dinástica subyace, como casi siempre, un dilema político: los derechos de los infantes de la Cerda son defendidos por Francia (los infantes de la Cerda eran hijos de Blanca, hija del rey de Francia), y los de Sancho por Aragón, tradicional archienemigo de Francia.

Problema dinástico – político que, a su vez, enmascara un problema más racial: la determinación por alcanzar el poder, el poder absoluto, la capacidad para subir y bajar impuestos, colocar a los amigos en puestos-chollo y perseguir a los enemigos con saña eterna. Esto es España, y si hay que buscar absurdas razones de conveniencia detrás de la búsqueda de la poltrona, pues se buscan. Pero que nunca los árboles nos impidan ver el bosque de poltronas que estamos intentando alcanzar.

Sancho se dedica a mangonear y a buscar aliados contra su propio padre, mientras éste le deshereda y nombra sucesores a los infantes de la Cerda. ¿Por qué le deshereda? Fundamentalmente por el matrimonio de Sancho con su tía, María de Molina, que le cuesta la excomunión por parte de la Iglesia (si la Iglesia hubiera sabido la rentabilidad que da esa calle en el Monopoly, se lo habría pensado dos veces).

Paulatinamente, Sancho va perdiendo apoyos en la guerra civil, pero entonces fallece Alfonso X y Sancho, aprovechando que el rey de Aragón mantiene presos a los infantes de la Cerda, pasa del testamento de su padre, se hace coronar rey en Toledo (Sancho IV, 1284-1295) y obtiene el apoyo de la mayoría de las ciudades castellanas. Como celebración de tan magno evento, y en una nueva demostración de españolidad, Sancho ordena ajusticiar a 4.000 partidarios de los infantes de la Cerda en Badajoz (siglos después, el general Yagüe le haría un sentido homenaje a Sancho IV en la misma plaza pacense).

En agradecimiento por los servicios prestados, nombra como valido a don Lope Díaz de Haro (señor de Vizcaya y su principal valedor durante el conflicto con su padre) con amplios poderes de mando en Castilla. ¿Cómo utiliza don Lope esos poderes? Pues como buen español: abusando de su poder para robar y mangonear.

Pronto se forma un partido de oposición a don Lope y su política proaragonesa: el de María de Molina, que busca la reconciliación con Francia. ¿Y por qué motivo querría ella algo así? Por una razón, de nuevo, eminentemente española: para que el papado, controlado por Francia, otorgue la bula para legitimar su matrimonio con Sancho. ¡María no podía soportar ni un minuto más sin su confesor y sin poder ir a misa diaria!

Y ya saben cómo son estas cosas: todas las tardes María, sentada en el trono, callada, suspirando, y luego callada otra vez. Y Sancho: “¿Te pasa algo?”. Y María: “Nada”. Silencio. Y por las noches aún peor: “¿Hoy también te duele la cabeza?”. Y María: “No puedo vulnerar la ley de Dios”. Y Sancho, todo caliente y frustrado en el tálamo nupcial, pensando en matar a otros 4.000 a ver si así se le pasa.

Luego Sancho se entera de que la Corona tiene hipotecados un montón de castillos y señoríos, en pago de los gastos de tanta guerra, a manos de un rico banquero judío, Abraham Barchilón, vasallo de… Lope Díaz de Haro, casualmente. Le pregunta a María que qué es eso de la hipoteca, que Sancho no es hombre de números, y María, auténtica experta en la materia: “huy, pues muy mala cosa es tener tus propiedades hipotecadas. No puedes edificar, cualquiera puede pasar por ellas sin pagar impuestos, y hasta que llegues a la casilla de salida, cobres y levantes la hipoteca…”.

Sancho, tan admirado por la inteligencia de su mujer-tía como extrañado por su peculiar lenguaje en clave, decide seguir sus consejos y llegar a un acuerdo con Francia. Esto deja muy descolocado a don Lope Díaz de Haro, que no obstante acepta participar en un banquete con los monarcas. En el banquete la gente comienza a beber y beber, y los ánimos a exaltarse. Sobre la mesa, un tema de discusión: las propiedades, compraventas, oportunidades de negocio, reparto de la herencia, … Y ya saben Ustedes lo que pasa cuando hablas de ese tipo de temas en la mesa familiar: la cosa se enrarece rápidamente, la discusión se agria, y la malevolencia campa por sus respectos.

Eso es lo que pasó en el banquete: Sancho IV acusa a don Lope de haber expoliado a la Corona y haberle birlado sus posesiones y éste se niega a devolverlas. Ante esta actitud, el rey ordena que apresen a Don Lope, y este, viendo que sus sueños de poder y recalificación inmobiliaria se desvanecen, hace uno de los mejores Fernando Fernán-Gómez que hemos visto nunca. Vocifera: “¿Como?”…”¿Presos?”…”¡A la merda!”…”¡¡¡A mí los míos!!!”… y sacando su puñal se abalanza contra el rey.

Pero unos nobles atentos le cortan la mano de un espadazo y luego le atizan con una maza en la cabeza. Don Lope muere y a punto está de hacerlo también el infante don Juan, hermano de Sancho IV, que se había puesto de parte de don Lope (y, en verdad, tenía una capacidad inaudita para ir siempre en el bando contrario, pues ya había apoyado a Alfonso X contra Sancho). Cuando el rey se dispone a matarlo allí mismo alguien se interpone entre ambos: ¿quién? La propia Reina, María de Molina, que logra salvar la vida de su cuñado (y sobrino).

Por supuesto, Sancho IV aprovecha para asolar las posesiones de don Lope Díaz de Haro, heredadas por su hermano Diego Díaz de Haro. También firma con Francia el acuerdo propiciado por María de Molina, que por fin ve legitimado su matrimonio. Esto supone un enfrentamiento con Aragón, que se solventará años después.

En sus últimos años, y una vez arreglados los problemas dinásticos (al menos, en apariencia), Sancho retoma la Reconquista y se hace con la plaza fuerte de Tarifa, fundamental puerta de acceso (y de defensa) a África.

Sancho IV le cede el gobierno de la ciudad a Alonso Pérez de Guzmán. Poco después, el hermano de Sancho, el infante don Juan, que ya ha acreditado a estas alturas un instinto para conspirar que sólo rivaliza con su capacidad para sobrevivir, le vuelve a traicionar, se alía con los norteafricanos (los benimerines, sucesores de almorávides y almohades como tribu de salvajes predominante en el norte de África) y sitia Tarifa.

Entonces ocurre uno de esos momentos de leyenda que todos conocemos: don Juan le exige a Alonso de Guzmán que rinda la plaza. Tiene un rehén: el propio hijo de Guzmán, a quien amenaza con matar en caso de que Guzmán persista en su resistencia. Guzmán coge su propio puñal y se lo lanza a don Juan desde las murallas de Tarifa para facilitarle la tarea. Don Juan cumple su amenaza y asesina allí mismo al hijo de Guzmán, pero no logra hacerse con Tarifa, lo que desbarata la proyectada invasión.

Drama español

Dignidad, honra, principios y convicciones como no los veíamos desde Numancia. Imagínense que Pepe, el jugador del Madrid, ha secuestrado a un hijo de Guardiola. Si Guardiola persiste en su actitud de vencer en casi todos los derbies, Pepe amenaza con llevarse al hijo de Guardiola al Bernabéu, vestirlo con la camiseta del Barça y ponerlo a jugar 90 minutos, marcado por el propio Pepe, y con un árbitro del colegio castellanoleonés. Sabemos lo que haría Guardiola (negarse a ceder al chantaje, con humildad y resignación, mientras le tira a Pepe unas botas con tacos de acero para facilitar su tarea), pero pocos tienen unas convicciones éticas de ese calibre. Guzmán el Bueno las tenía (o eso, o que le caía mal su hijo y quería desembarazarse de él, que como vemos era algo más bien habitual).


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  1. ¿La Histeria de España está ya en Megauload?

    Comentario escrito por gottlieb — 20 de January de 2012 a las 1:54 pm

  2. ¡Quedan detenidas todas las descargas!

    Comentario escrito por gottlieb — 20 de January de 2012 a las 1:58 pm

  3. Es una pena que en una de esas excomuniones (Alfonso IX, por ejemplo, también anduvo en esos trámites) no le diera a la monarquía hispana por montar un cisma, como los británicos dos siglos después. Habríamos tenido una iglesia que mira solo por los intereses de España en lugar de una España que solo mira por los intereses de la Iglesia.

    Comentario escrito por emigrante — 20 de January de 2012 a las 4:01 pm

  4. Uff, aún faltaban un par de siglos para que esas cosas pudieran concebirse y realizarse, si bien es cierto que la Iglesia Hispana pervivió hasta que Alfonso VI de León la desmanteló a mediados del XII, una lástima visto lo ocurrido más tarde. Igual era como aquello de la OTAN o la CEE ¿realmente se podía mantener al margen nuestro país?
    Ahor que lo pienso ¿por qué los héroes leoneses tienen siempre un lado chusco con los asuntos de familia?

    Comentario escrito por El Jabaril — 20 de January de 2012 a las 4:56 pm

  5. Y después de casi un año, la LPD vuelve a mostrarnos un pedacito de la Gloriosa historia patria. Guillermo sería mucho pedir que le enviara por coreo certificado este capítulo y el anterior dedicado a Alfonso “Gafapasta” X a Antena 3 TV, porque parece ser que están perpetrando un atentado (en la linea de Alatrsite o Viriato) contra la sagrada histeria de Ejpaña.

    Comentario escrito por TABALET I DOLÇAINA — 20 de January de 2012 a las 5:15 pm

  6. Ha vuelto la histeria de españa!!! Hurra!!!

    Venga! Que Aun falta para Isabel y Fernando.

    Comentario escrito por Djiaux — 20 de January de 2012 a las 8:33 pm

  7. Estimado Guillermo, vd. pone ahí “don Lope Díaz de Haro”. ¿No será don Diego López de Haro, fundador de la noble villa de Bilbao? Mire que como se entere el alcalde Azkuna de semejante error le aplica la doctrina Megaupload volando…

    Por lo demás estupendo, como siempre. Dijaux, los monta tanto llegarán, calculo, para cuando Felipe VI abdique en Leonor I, más o menos.

    Comentario escrito por kirikiño — 21 de January de 2012 a las 10:27 am

  8. Estimado kirikiño, lo confirmo: es Lope Díaz, en concreto Lope Díaz III, señor de Haro: http://es.wikipedia.org/wiki/Lope_D%C3%ADaz_III_de_Haro

    Diego López, el fundador de Bilbao, es su hermano: http://es.wikipedia.org/wiki/Diego_L%C3%B3pez_V_de_Haro

    Que digo yo que no les habría costado tanto a los padres llamar a uno de los dos “Yónathan de Haro”, y así nos habrían ahorrado tanto lío

    Un cordial saludo

    Comentario escrito por Guillermo López García — 21 de January de 2012 a las 2:28 pm

  9. jarabil… por curiosidad a que héroes leoneses se refiere cuando dicen que tienen un lado chusco con la familia¿?

    Comentario escrito por lalo — 21 de January de 2012 a las 4:31 pm

  10. García primero que le organizó un golpe de Estado a su padre Alfonso III, Ramiro II y la exorbitación de hermano y primos…

    Comentario escrito por El Jabaril — 21 de January de 2012 a las 11:59 pm

  11. Yo, como golpista, prefiero al conde de Barcelona Berenguer Ramón II “el fraticida”. El padre, Ramón Berenguer I “el viejo” no tuvo mejor ocurrencia que dejar sus dominios, en condominio indiviso a sus dos hijos (gemelos) Ramón Berenguer II y Berenguer Ramón II.

    La historia familiar es digna de un culebrón, y el Campechano es un digno descendiente de esos.

    Previamente, el padre había asistido al espectáculo de ver como su primogénito (Pere Ramón) liquidaba a su madrastra de un sablazo tras una discusión familiar por el mando a distancia o el presunto intento de esa por desheredarlo. Huelga decir que, aún a costa del propio pellejo, lo logró, dado que el homicida tuvo que exiliarse cual Sixto de Borbón tras lo de Montejurra. Eso si, parece que la madrastra en cuestión era como la de los cuentos, no la lloró nadie, la conclusión general fue que se lo tenía bien merecido y por entonces no estaban por esas mariconadas de la violencia género.

    En fin, a lo que iba, los dos gemelos se la tenían jurada mutuamente, y “el fraticida” fue más rápido que su hermano y presuntamente mandó asesinarlo antes de que éste lo hiciera con él. En honor a la verdad, fue un crimen bien perpetrado, tenía coartada y, si bien Fraga todavía no era ministro de Gobernación, los Mossos tampoco se tomaron demasiado en serio lo de incriminar al que a partir de entonces tenía que firmar las nóminas.
    Por suerte, ya existían justicieros dignos de Pedro J., y se creó una opinión pública tan desfavorable al presunto fraticida que al final tuvo que hacer algo tan poco hispánico como dimitir. Supongo que por eso los historiadores le pintan bastante mal.
    Finalmente, tuvo que comparecer ante la Audiencia Nacional, en aquella época era la corte de Alfonso VI. Alli fue juzgado al estilo de la época, es decir, enfrentándose con las armas el que lo había retado a duelo judicial y, como en casi todo lo que emprendió, fue derrotado, quedando demostrada más allá de toda duda razonable su culpabilidad. En épocas de recortes como ésta, deberíamos aprender de nuestros antepasados, todo ese rollo de jueces, secretarios judiciales, abogados, procuradores, fiscales, jurados y demás cuestan un pastón, podríamos volver a las ordalías y la justicia sería más rápida y barata, que es de lo que se trata. Por ejemplo, al presunto etarra lo echamos de cabeza a la calle o a un río, si no muere es señal que es culpable y se le mete en la cárcel. Aunque creo recordar que algo así ya se intentó, siendo muy bien recibido por la opinión pública.

    En fin, que me he liado otra vez. A lo que iba. El “fraticida” ese, de lo mejor de la tradición hispánica. Para mi, superior incluso a lo de Enrique de Trastámara o lo del Campechano con su hermano menor.

    Comentario escrito por Lluís — 23 de January de 2012 a las 8:04 pm

  12. Y hablando de golpistas y usurpadores, tampoco hay que olvidar a Isabel la Católica.

    Comentario escrito por Lluís — 23 de January de 2012 a las 8:06 pm

  13. A mí me ha hecho gracia siempre que fuese Alfonso VI el que hiciese de “árbitro” en el juicio de Berenguer Ramón II. Bueno, al menos no se puede decir que el juez no supiese sobre los muchos accidentes que le pueden pasar a un hermano coronado a la que se despiste. Qué mala suerte para el bueno de Berenguer que tuviese que ser Dios el que decidiese.

    Comentario escrito por Bah — 24 de January de 2012 a las 12:58 am

  14. supongo que se debe al aguerrido caracter cazurro que no se fia ni de su padre.. a lo que hay que sumar el orgullo caracterisitco..

    Comentario escrito por lalo — 24 de January de 2012 a las 6:45 pm

  15. Guillermo, tienes que explotar más lo de las acusaciones de “maurofilia” que en aquélla época lanzaban contra cualquiera que tuviera aficiones inquietantes como éso de leer ¡¡ y escribir !! libros, o sospechosos intereses por la cultura en general o la islámica en particular.

    Y con lo de que la maurofilia era un eufemismo de la época para la homosexualidad, ya la tenemos liada…

    Comentario escrito por Dr. Gregorio de la Casa — 06 de February de 2012 a las 9:14 pm

  16. Ah, que se me olvidó:

    En una edición de las Opusinas “Edades del Hombre”, en Burgos, hace un porrón de años, vi ropa de la época, y algunas espadas (no recuerdo cuáles). Pero el caso es que el material del tal Sancho IV “el Bravo” sugiere que el tío debía medir como dos metros de altura y no sé si lo mismo de anchura.

    Me imagino al tipo con una espada tipo Claymore en una mano (ya, ya sé que se blandían con las dos, pero qué mas dará, coño), y en la otra volteando un Lucero del Alba…tenía que dar susto al miedo.

    Comentario escrito por Dr. Gregorio de la Casa — 06 de February de 2012 a las 9:20 pm

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