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La llegada del Tercer Reich – Richard J. Evans

A todos nos caen muy bien los alemanes; nos encanta que dicten nuestra política económica [1] a cuenta de dejarse ganar en el próximo Mundial o Eurocopa. Nos gusta que sean una economía productiva y que, con un poco de suerte, se gasten sus excedentes en segundas residencias en España. Viva los alemanes!
Pero la historia de Alemania no es sólo la historia del afán imperialista alemán por dominar Europa a través de la ortodoxia económica. Hay otra Alemania, menos previsible, menos hierática, más dispuesta a innovar, que piensa que también es posible dominar Europa conquistándola militarmente. Es la Alemania de Bismark, del Kaiser [2]y del Tercer Reich, esta última en particular.

 

Por otro lado, mi nivel de Tercer Reich en sangre estaba bajando de forma alarmante; apenas un mísero libro dedicado al tema en los últimos seis meses [3]. Había que adoptar medidas drásticas, y nada mejor que retomar el asunto desde el principio, desde la génesis del nazismo y su ascenso en la República de Weimar, que es de lo que habla este libro. El primero de una trilogía con la que Evans revisa la toma del poder por parte de los nazis, su gestión en época de paz, y finalmente la II Guerra Mundial. Una crítica con el patrocinio oficioso del BCE, para que Ustedes tengan presente que hay cosas peores que la disciplina presupuestaria y los ajustes draconianos.

 

El libro de Evans recorre todo el período de la República de Weimar, que se instaura tras la derrota alemana en la I Guerra Mundial, y es definitivamente destruida merced al ascenso de los nazis al poder en 1933. También presta atención al período histórico previo, a partir de la unificación de Alemania en 1870, fundamentalmente para observar en él las raíces de diversas tendencias ideológicas (el nacionalismo conservador alemán, el antisemitismo) que acaban desembocando en el nazismo. El peso de la guerra y la humillación, así como sus secuelas económicas, son los principales factores que explican el ascenso vertiginoso de los nazis, sobre todo a partir del comienzo de la Gran Depresión y el aumento del paro en 1929, tras unos años en los que Alemania había logrado medio enderezar el rumbo.

 

La derrota en la I Guerra Mundial provoca que Alemania se hunda en el caos; estallan revoluciones por todo el país, sobre todo en Berlín y en Baviera, en este último caso con un matiz ciertamente surrealista:

La noticia de que había estallado una revolución comunista en Hungría impulsó súbitamente a la extrema izquierda [bávara] a proclamar una República de Consejos en la que el Parlamento sería sustituido por un régimen de tipo soviético. Pero el jefe de la República de Consejos bávara no era ningún Lenin. Había salido una vez más a la palestra la bohemia literaria, representada esta vez por un dramaturgo (…), Ernst Toller. De sólo 25 años, se había hecho famoso como poeta y como autor de obras de teatro. Era más anarquista que socialista, y reclutó para su gobierno a hombres de una mentalidad parecida, entre los que se incluían otro dramaturgo, Erich Mühsam, y un escritor anarquista muy conocido, Gustav Landauer (…) Toller anunció una reforma total de las artes, mientras su gobierno proclamaba que la Universidad de Munich estaba abierta a todos los que solicitaran el ingreso salvo a los que quisiesen estudiar historia, que quedaba abolida por considerarse contraria a la civilización. Otro ministro proclamó que se pondría fin al capitalismo emitiendo moneda gratuita. Franz Lipp, el comisario de Asuntos Exteriores (…) declaró la guerra a Württemberg y a Suiza ‘porque esos perros no nos han prestado inmediatamente sesenta locomotoras. Estoy seguro –añadía- de que saldremos vencedores’. (pág. 195)

En este contexto, el nazismo aparece como uno más de los muchos movimientos ultraderechistas que emergen en Alemania como respuesta a la derrota en la guerra y a la posterior situación revolucionaria. La obsesión antisemita, mayor en el partido nazi que en ningún otro movimiento, no es, sin embargo, peculiarmente intensa en Alemania. Países como Francia, que pocos años antes ha vivido el caso Dreyfus, constituyen un vivero potencial de conflictos mucho mayor.

 

El antisemitismo crecerá en Alemania gracias al ascenso del Partido Nazi, el cual a su vez se alimenta del descontento con la República de Weimar y la crisis económica. De hecho, desde el momento en que los nazis comienzan a subir en los resultados electorales, su antisemitismo pasa a un segundo plano, a la espera de emerger de nuevo con toda su fuerza a partir de la toma del poder en 1933.

 

La República de Weimar es un sistema que nace entre enormes dificultades: los políticos que traen Weimar, sobre todo los socialdemócratas, son vistos como culpables de la derrota y de la “puñalada por la espalda” del Tratado de Versalles y sus enormes deudas de guerra, mientras que los militares, en especial los mariscales Hindenburg y Ludendorff, parecen héroes, a pesar de su absoluto fracaso en la gestión de la guerra.

 

Alemania tiene que hacer frente a la enorme factura de la guerra, que se suponía se pagaría con la victoria (para que luego digan de los PIGS: ¿acaso esa visión tiene algo que envidiar al modelo español de crecimiento económico vía ladrillo?). Además, también han de pagar las reparaciones de guerra a los Aliados, que hacen con Alemania lo que Alemania pensaba hacer con ellos. La suma de ambos conceptos supuso una losa insalvable para la República de Weimar en sus primeros años, lo cual condujo al desastre en 1923: la ruina, el impago de la deuda, la ocupación francesa del área minero-industrial del Ruhr para cobrarse directamente la deuda y, finalmente, la hiperinflación. Y cuando hablamos de “hiperinflación” no queremos decir que los precios se doblasen en un año. Mariconadas con la inflación, en Alemania, las justas:

El que quería comprar un dólar en enero de 1923 tenía que pagar por él 17.000 marcos, en abril 24.000, y en julio, 353.000. Era hiperinflación a una escala verdaderamente aterradora, y la tasa de cambio marco-dólar del resto del año alcanzó cifras más largas que las que puedan figurar en una guía telefónica: 4.621.000 en agosto, 98.860.000 en septiembre, 25.260.000.000 en octubre, 2.193.600 millones en noviembre y 4.200.000 millones en diciembre (pág. 141).

 

Un abuelo a su nieto: "¡Toma, chaval, mil millones de marcos, para que te compres un helado! ¡Pero date prisa!"

Los efectos sobre la vida cotidiana de una inflación en estos términos pueden imaginarse:

El estudiante Raimund Pretzel recordaba más tarde que los finales de mes su padre, que era funcionario de alto nivel, en cuanto cobraba el sueldo corría a comprar un abono para el ferrocarril para poder acudir al trabajo durante el mes siguiente, enviaba cheques para cubrir los gastos regulares, llevaba a toda la familia a cortarse el pelo y luego entregaba lo que quedaba a su esposa, que iba con los niños al mercado mayorista local y compraba montones de víveres no perecederos, con los que tenían que alimentarse hasta que llegase el siguiente paquete del sueldo. El resto del mes, la familia no disponía de dinero. Había que enviar las cartas con los últimos billetes pegados al sobre, porque no se podían imprimir sellos postales del valor correspondiente con la suficiente rapidez para cubrir el aumento de precio. (págs. 141-142).

Esta situación de crisis propició el primer intento de los nazis por hacerse con el poder, el putsch de la cervecería de Munich en noviembre de 1923. El fracaso absoluto de esta iniciativa obligó a los nazis a buscar en el futuro la vía democrática, con el fin, más o menos declarado, de apropiarse de las instituciones e instaurar una dictadura. Por otro lado, la situación en Alemania, tras la renegociación de la deuda y la creación de una nueva moneda, el Reichsmark, mejoró sensiblemente, lo que mantuvo al nazismo en unos niveles de aceptación ridículos (por debajo del 3% en las elecciones legislativas anteriores a 1930).

 

En efecto, los nazis constituyen un producto coyuntural, explicable sólo por la peculiar congregación de circunstancias históricas, sin las cuales nunca habrían alcanzado el poder democráticamente. La Gran Depresión explica su triunfo (y retrospectivamente puede decirse que su programa económico de destrucción creativa fue un éxito: ¡ni una pieza de maquinaria anticuada para 1945!).

 

A partir del momento en que los nazis se convierten en uno de los principales partidos, el libro se centra mucho en los resultados electorales y en su análisis. Tal vez demasiado, aunque resulta interesante seguir su evolución y la amalgama de partidos políticos (extrema derecha, derecha nacionalista, centristas católicos, socialdemócratas, comunistas, nacionalistas bávaros, partidos sectoriales, …) existentes en la República de Weimar, que propiciaba la abundancia de opciones y minorías freaks gracias a un sistema electoral basado en el principio “un hombre, un voto”.

 

El apoyo a los nazis se centra en las clases medias bajas y el campesinado. Al crecer va ensanchando sus apoyos, aunque tiene más dificultades con obreros industriales y católicos. En general, el principio que explica el crecimiento del voto a los nazis es el aumento del paro: conforme más paro, más votantes conseguían los nazis, no sólo por el voto protesta de los parados (del que también se beneficiaban, y mucho, los comunistas), sino porque el nazismo aparecía como el espolón de proa de la defensa de la tradición alemana y el sistema capitalista frente a la amenaza de la revolución marxista, muy presente para muchos votantes y poderes fácticos (como el empresariado o la Iglesia, tanto protestante como católica).
Por supuesto, una vez los nazis alcanzan el poder, en enero de 1933 y en un gobierno de coalición en el que están en minoría (pero en el que Hitler se reserva para sí la cancillería y el control de los servicios de seguridad), la escalada de violencia y recorte de las libertades es rapidísimo, y alcanza a todos los estratos de la política y la sociedad alemanas.

Hitler y Hindenburg en 1933. Hitler saluda como si fuera la Fallera Mayor de Valencia

Se trataba de destruir sistemáticamente cualquier forma de oposición, a través de intimidación y torturas, aplicando la ley o sorteándola para prohibir publicaciones, sindicatos y partidos políticos. Los nazis emplean el principio de la “escalada desde arriba y desde abajo”, utilizando el poder del Estado y de sucesivas disposiciones legislativas, por un lado, y de la violencia e intimidación de los matones de las SA (los paramilitares del Partido Nazi), por otro.
Sorprende, por último, la escasa oposición que encontraron los nazis en el proceso de conversión de Alemania en un Estado totalitario, que consumaron en apenas unos meses. La deslegitimación de la República de Weimar y sus defensores, la defección de muchísimos alemanes y su conversión apresurada al nazismo para salvarse, y por supuesto la violencia sistemática y la carencia absoluta de escrúpulos con la que se guiaron los nazis, explican su éxito. A lo que hay que sumar, por supuesto, el apoyo que encontraron por parte de un sector considerable de la población alemana, afín a los principios del nazismo y/o deseoso de medrar gracias a ellos. Por ejemplo, uno de mis estudios de caso favoritos al respecto, el filósofo alemán Martín Heidegger, oscuro e incomprensible, y precisamente por ello amado por varias generaciones de profesores universitarios que no se dejaron impresionar por la miseria moral inherente al gran pensador:

El 27 de mayo [de 1933] Heidegger pronunció su discurso inaugural como rector. Dirigiéndose a los dignatarios nazis de camisa parda y a los profesores que habían acudido, proclamó que ‘la libertad académica ya no será la base de la vida en la universidad alemana, porque esa libertad no es auténtica, sino sólo negativa’. Heidegger no tardó en meter en vereda a su universidad. Ingresó oficialmente en el Partido Nazi (…) e introdujo entonces el principio de jefatura en el gobierno de la universidad, eludiendo o silenciando los órganos colegiados democráticos y representativos, y echando una mano en la redacción de una nueva ley de Baden que convertía al rector en el ‘jefe’ no electo de la universidad por un periodo ilimitado (…) Heidegger denunció a un colega, el químico Hermann Staudinger, a las autoridades del estado basándose en acusaciones falsas, y ayudó a la policía política en sus investigaciones sobre él (…)Heidegger también aplicó sin el menor escrúpulo la norma relativa a la expulsión de los judíos del personal docente de la universidad (…) Entre los judíos obligados a romper su relación con la universidad figuraban el propio ayudante de Heidegger, Werner Brock, y su mentor Edmund Husserl (…) Uniéndose al culto generalizado a Hitler, en rápido crecimiento, Heidegger explicó a sus estudiantes: ‘El Führer mismo y sólo él es la realidad alemana, presente y futura, y su ley. Estudiad para saber: de ahora en adelante, todas las cosas exigen decisión y toda acción, responsabilidad. Heil Hitler!’. (págs. 462-463)