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Breaking Bad, un infierno de cristal azul

Francesc Miralles i Borrell & Marc Martínez Fuster


Imaginen a un señor norteamericano de mediana edad, profesor de instituto en un instituto público en una ciudad mediana en un estado sureño, desértico y fronterizo con México a quién se le diagnostica un cáncer de pulmón previsiblemente terminal. Cabe reconocer que como comienzo para una serie no promete demasiado. Si el señor es pluriempleado en un lavadero de coches para mantener a su esposa, embarazada de un hijo no deseado, y a su hijo discapacitado, la cosa suena aún peor.

Así empieza la serie: Walter White en el desierto de Nuevo México, fuera de una autocaravana ruinosa, en calzoncillos y con una pistola en las manos. No me digan que no es prometedor.

No sólo no parece un buen planteamiento, sino que se le ve asomar las orejas al típico melodrama de telefilm de sobremesa: la vida anónima de los héroes que sacan fortaleza de dónde no la tienen, tesón, ganas de vivir y muchos más tópicos. O bien la otra cara de la moneda: el que se dispone a vivir y aprovechar los últimos momentos de su vida a cualquier precio, entregado al hedonismo más salvaje. Pero en esta serie hay un ingrediente clave capaz de cambiarlo todo: la metanfetamina.

Para los poco duchos en inglés, todos ésos que piensan que deberían proyectar “Gomaespuminglish” en todos los centros de secundaria del Reino debido a su alto valor pedagógico, el título de la serie seria “Rompiendo mal”; la industria española del doblaje lo dejaría en “Vaya par de anfetas” o “Jungla de cristal: la serie”, pero la traducción más ajustada según los cánones internacionales sería “Yendo a peor”.

El título ya nos da una idea aproximada de cómo NO hay que ver esta serie: cómo la típica historia de pecado y redención a que tanto nos tiene acostumbrada no sólo la industria audiovisual sino en general toda la literatura occidental. No hay finales felices, curaciones milagrosas ni iglesias newage dónde todo termine con abrazos. Puesto que de eso va. De un acelerado descenso a los infiernos por una pronunciada pendiente. Cada temporada supone un nuevo escalón, un nuevo hito: como saltar de círculo en círculo en el infierno de Dante, siempre con las mejores intenciones pero cayendo cada vez más abajo. Y siempre con la sensación de que los personajes hacen lo mejor para ellos y para todos, lo único posible. 

El particular Virgilio de Walter White- pues así se llama nuestro profesor de secundaria- será un ex-alumno suyo de nombre Jesse Pinkman, dedicado al trapicheo de drogas y consumidor esporádico de las mismas. Cuándo el cáncer le es diagnosticado, y habiéndose encontrado con su ex-alumno en medio de una persecución policial a la que acude con su cuñado Hank- policía y agente de la DEA, la agencia antidrogas del gobierno de los EEUU- Walter White tiene la magistral idea de aprovechar los contactos del joven pillastre y sus propios conocimientos como profesor de química para elaborar él mismo la metanfetamina, y así poder pagarse la quimioterapia, además de dejar algo de dinero a su familia.

Tampoco en ésto es Breaking Bad la típica serie sobre el tráfico de drogas: primeramente, que como los otros referentes más cercanos en tratar la temática, como son The Wire o Weeds huye deliberadamente de un enfoque moralista sobre la cuestión, situándose a medio camino entre el realismo descarnado de la primera y el enfoque frívolo de la segunda. La novedad principal en el tratamiento del tema es que no se hace desde el punto de vista de la distribución y los dramas que ocasiona, sino en el campo relativamente inexplorado de la manufactura, su industrialización y los juegos de poder entre los capos.

La metanfetamina azul es, a su modo, una de las grandes protagonistas de la serie

Además, supone un interesante foco de luz sobre un nuevo aspecto de la cultura norteamericana como es su relación con los flujos migratorios hispanos y el propio sustrato latino que hay en los estados del Gran Sur. La familia de Walter White son WASP de clase media, pero la mayoría de los trabajos manuales están desempeñados por inmigrantes. A medida que Walter descienda en la escala social para encontrarse con su mercado- la elaboración, la distribución de su droga, su relación con otros capos- entrará progresivamente en contacto en éste mundo de marginación dónde las bandas latinas y los white trash se disputan la hegemonía. Es en éste contexto, con idas y venidas desde México, dónde aparecen las vidas de varios personajes que llegan a ser esenciales en la serie: el cártel y sus tentáculos son un grupo humano, con sus propias historias vitales y dramas de familia. ¡La serie tiene hasta su propio narcocorrido [1]

Cuánto a los personajes, son pocos y destacables. La serie teóricamente había de centrarse en la evolución de Walter White y su descenso a los infiernos; el propósito es que el espectador se identifique con él en un principio y acabe odiándolo al final visto su historial y actos moralmente reprobables, como engañar a su familia y amigos; lo realmente inquietante es que la serie consigue que el espectador mantenga un hilo de empatía con el personaje.

Otros personajes han ido ganando protagonismo temporada tras temporada: Skyler, la esposa de White, que pasa de ser la perfecta esposa cristiana y inocente a una mujer con tablas capaz de sacarse las castañas del fuego; Hank, el cuñado del protagonista, gordo, calvo, soez, bromista pero a la vez eficaz en su trabajo y leal; y sobretodo Jesse Pinkman, el exalumno y compañero de fatigas de Walter. Aunque concebido para ser un personaje secundario sin demasiado peso específico y condenado a morir de forma temprana, la gran interpretación del actor y el amor del público lo salvaron de la quema y ha ganado muchos activos con el tiempo. El motivo es que con el tiempo ha conseguido encarnar el papel del antihéroe autodestructivo incluso mejor que el propio Walter. La relación especular entre ambos, a veces de amigos, a veces de profesor-alumno y hasta de padre-hijo, es uno de los grandes puntos fuertes de Breaking Bad.

Los personajes secundarios son otro punto fuerte. Ya se ha señalado lo conseguidos que están los personajes del entorno del cártel, des del gran capo hasta el más insignificante sicario. Más interesantes aún son, si cabe, los personajes laterales de la trama. Gus Fring, Mike el “Señor Lobo” o el inolvidable “Better Call“ Saul Goodman [2], el abogado de polígono industrial con soluciones creativas que bien merecería una serie spin-off para él sólo. De momento ya han hecho una web con los servicios que ofrece, para deleite del espectador fiel.  

El abogado turbio y suburbial Saul Goodman, una de las perlas de la serie

La estructura narrativa también tiene un papel determinante: la serie utiliza con maestría los flashbacks i flashforwards y otros recursos que se han popularizado con las series de la última década. También cabe destacar su atención casi minimalista por los detalles; la importancia de las conversaciones y sobretodo el peso de los silencios. Por encima de su argumento Breaking Bad consigue crear un ambiente. Un ambiente sombrío, de agonía vital y desesperanza que es casi el mensaje final de la serie: la ruptura radical entre el fin y los medios, la pérdida de contacto con la realidad. El patetismo de los personajes, todos antihéroes, y la desgracia de su calvario vital. Des de la primera temporada el espectador tiene la sensación que Walter sólo hace “lo inevitable”: la sensación de pendiente de la que hablábamos antes. Aunque la trama deja escapar momentos dramédicos muy en la línea American Beauty el ambiente oscuro y descreído, de cuestionamiento vital, recuerda más que nada a Watchmen y a su vivisección del ya sobado übermensch.

Con estos antecedentes yo no apostaría porque Vince Gilligan nos sorprendiera con un final bonito, feliz y redentor en la pendiente quinta temporada, ello supondría desvirtuar el mensaje de una serie que ya por derecho propio está en el menú de delicatessen del audiovisual norteamericano.