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De las preguntas insidiosas de Rubalcaba al Presidente del Gobierno

Recién concluido el debate entre Rubalcaba y Rajoy, podemos dar por cerrada la primera parte de la campaña electoral, que lleva durando meses: ha sido el propio Rubalcaba el que ha admitido la derrota y ha declarado presidente del Gobierno a Mariano Rajoy. Queda apenas una docena de días para liquidar la segunda parte de esta película, destinada a cuantificar la victoria del PP de Rajoy. Que si mayoría absoluta, o absolutísima, o lo que va después.

El debate no ha sido tal, sino una especie de larga entrevista realizada por Rubalcaba a Mariano Rajoy en la que el socialista le preguntaba una y otra vez a Rajoy por sus planes, por su programa y por lo que hará en unos meses… Ante esas preguntas, Rajoy, reposadamente, clamaba constantemente al cielo, al grito de “¡Insidia, insidia, insidia!”, por no perder la costumbre de dejar un toque decimonónico en cada una de sus intervenciones y que quede claro que él es un Señor, Registrador de la Propiedad y todo, solvente, serio y esas cosas. Obviamente, y por muy insidiosas que fueran las preguntas o las previsiones de Rubalcaba, tampoco han llegado a serlo lo suficiente como para conseguir que Rajoy se dignara a contestar o a concretar algunas de sus medidas de gobierno. ¡Ni falta que le hace!

El programa de Rajoy se reduce, según ha comentado él mismo en el debate, a un revolucionario menú de 5 puntos:

– Nuevo Gobierno.

– Que el nuevo Gobierno sea competente.

– Que el nuevo Gobierno sepa de lo que habla.

– Que el nuevo Gobierno no vaya improvisando y tenga un plan.

– Que el nuevo Gobierno inspire confianza.

Un programa económico y social, como puede verse, que ilusiona. El problema que puede tener el PP es qué ocurrirá de aquí a unos meses, como la crisis económica en Europa continúe y eso del Gobierno que inspire confianza empiece a ser puesto en cuestión.

El debate-entrevista, que tiene la ventaja de que ha postulado a Rubalcaba como posible sustituto de Ana Pastor al frente de las entrevistas matinales incisivas en TVE, puede resumirse a partir de las muchas cosas que Rubalcaba le ha preguntado a Rajoy y sobre las que éste, de una manera u otra, ha preferido pasar de puntillas, no responder, ni decir nada con un mínimo de contenido (más allá de denunciar que se trata de una insidia impresentable el mero hecho de que alguien le pregunte sobre lo que piensa hacer): sobre lo que tiene pensado legislar sobre el seguro de desempleo, o sobre el IVA, o sus soluciones al problema de la vivienda, su posición respecto de las ayudas a la banca, sus planes con la sanidad pública, con la educación, con el matrimonio homosexual…

Sin embargo, hiciera lo que hiciera Rubalcaba esta noche, e hiciera lo que hiciera Rajoy, daba igual. El pescado en estas elecciones, con 5 millones de parados y un cabreo social generalizado con el Gobierno, está todo vendido. Rajoy no se compromete a nada, no dice nada, se limita a recordar a Rubalcaba que han gestionado fatal y que ninguna solución de las que pueda proponer el del PSOE le vale porque han estado en el gobierno y si no la hicieron antes, ¿qué credibilidad tiene eso? Con eso le ha bastado. Porque los debates políticos son así: la gente quiere que gane Rajoy, lo considera un tipo serio y solvente (o, al menos, más que el actual gobierno) y eso basta. Mañana vamos a ver periódicos, webs y encuestas saludando al nuevo Tribuno del Pueblo, que ha ganado, literalmente, sin bajarse el autobús.

En cualquier caso, resultó un debate algo más animado que de costumbre porque tanto Rubalcaba como Rajoy (quizás porque ambos sabían que no se jugaban demasiado) aceptaron que podía haber interpelaciones entre ellos, lo que permitió alguna réplica con cierta interacción. En un contexto normal, si hubiera habido cierta incertidumbre sobre el resultado, Rajoy se habría visto obligado a responder a alguna de las preguntas de Rubalcaba e incluso a preguntarle a éste sobre qué tipo de propuestas tenía. Pero como esto es España quizás en un contexto donde eso se pueda producir los candidatos no habrían aceptado un formato como el de hoy.

En las formas, como era de prever, un Rubalcaba nervioso anduvo, sin embargo, algo más suelto frente a un Rajoy muy pegado al papel, leyendo en muchos tramos del debate. No es una sorpresa. Quizás sí lo fue el hecho de que Rubalcaba estuviera menos suelto de lo habitual y se le notara, hasta el punto de que no fue hasta el final, con el tiempo cumplido, cuando se soltó con alguna broma muy del estilo del personaje (me ha pegado un estacazo, dice Rajoy; sí, pero con cariño, responde Rubalcaba) que siempre es de agradecer. Rajoy, por su parte, estuvo fielmente cosido a su papel de señor que va un poco a su bola, al que todo le da un poco igual, que no se sabe bien si va o si viene, que considera esto del debate y de la política un mero trámite, molesto incluso, frente a la posibilidad de tirarse en el sofá a ver un partido de la Mejor Liga del Mundo.

En resumen, Rubalcaba estuvo mejor, más sincero, más natural, con más contenido, más valiente, arriesgando mucho más, explicando cosas y tratando de dar una respuesta a los problemas. Es decir, que Mariano Rajoy ganó el debate de largo sin hacer nada. Como ganará las elecciones.