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Por fin se acabó

El final de ETA es, evidentemente, una gran noticia, que habría que celebrar. Pero este país es cainita, como todos sabemos perfectamente, así que no hay que hacerse demasiadas ilusiones: en unos días ya tendremos a unos poniéndose la medallita para ellos solos, y a otros acusándoles de haberse rendido ante el terrorismo y ante una ETA que está “más fuerte que nunca”.

Durante décadas, ETA fue el principal problema político de España. La banda terrorista, un regalito del franquismo y su modelo de Estado, basado en la ocupación del país, continuó existiendo tras la llegada de la democracia. Los dirigentes de ETA, acostumbrados ya a su tejido de relaciones sociales y económicas en el País Vasco, desprovistos de cualquier resto de moralidad, decidieron continuar (y, de hecho, acentuar) sus asesinatos como si en España no hubiese pasado nada, o como si lo que pasó no fuera con ellos.

Sus asesinatos, el apoyo social que recibían en el País Vasco, la sensación de impunidad que tenían los terroristas en su “santuario” francés, su vinculación con las históricas tensiones entre el centro y las periferias en España, y la existencia de grupos terroristas implícitamente avalados por el Estado, como los GAL, mantuvieron años y años a este país en un estado de democracia precaria, con miles de personas amenazadas, con una especie de guerra de baja intensidad en el País Vasco, y con la adopción de medidas legales muy discutibles desde el punto de vista democrático, aunque resultasen de gran eficacia, como la Ley de Partidos, para debilitar al entramado de ETA.

Retrospectivamente, podemos decir que los atentados del 11M acabaron con ETA. Su derrota, en términos militares, estaba muy clara al menos desde la desarticulación de la cúpula en Bidart en 1992. Pero el 11M convirtió a la organización terrorista en un anacronismo. Lo que no dejó de ser, ni por un solo momento, es un útil pretexto político, empleado a favor de determinados postulados de forma machacona e insistente hasta la náusea.

El enfrentamiento a cuenta de la lucha contra el terrorismo ha acabado llevándonos a este final surrealista, promovido por una Conferencia de Paz en el que el protagonismo le ha correspondido a dirigentes de diversos países extranjeros, con el Gobierno español –cabe suponer- poniéndoselo a huevo a ETA para intentar por todos los medios que no fuese el PP el que se llevase los méritos de su final, mientras resultaba más que evidente la poca gracia que le hacía a algunos partidos políticos que ETA abandonase las armas. ¡Para qué acabar tan pronto, con lo útil que resulta! Cabe preguntarse ahora qué hará esta gente, especializada en ligar a ETA con prácticamente cualquier crítica o acusación a sus enemigos políticos.

Pero, en cualquier caso, aunque sea lo que más juego de para el análisis y para ver cómo evoluciona el follón, todo esto es lo de menos. Por fin nos quitamos de encima al ogro, a la bestia negra, a la eterna presencia del terrorismo en nuestra vida política. Me encantaría decir que “por fin seremos un país normal”, pero en realidad todos sabemos que el final de ETA pondrá de manifiesto, una vez más, que la ausencia de normalidad, por desgracia, no era sólo cosa del terrorismo, aunque contribuyera a ello.сколько стоит сайт визитка [1]