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El amigo americano – Charles Powell

Charles Powell es un investigador hispano – británico que propone en este libro un recorrido por las relaciones diplomáticas de España con EEUU a lo largo de un período de veinte años (1969-1989), que también vienen a enmarcar el paso de la dictadura a la democracia en España, en un contexto, en lo que concierne a EEUU, de obsesión con el comunismo a pesar del importante deshielo, en varias fases, que vivió la Guerra Fría durante estos años.

Lo primero que cabe decir es que el libro está elaborado con rigor y, hasta donde puedo enjuiciar, imparcialidad: no es ni pro ni antiamericano, aunque quizás parezca, en alguna medida, esto último. Pero si parece antiamericano se debe, como se deduce fácilmente, de las condiciones en que se establece la relación bilateral EEUU-España. El autor se apoya en la desclasificación de buena parte de los archivos diplomáticos de la Embajada de EEUU en España y del Departamento de Estado, que constituyen, por tanto, material nuevo, en ocasiones de enorme interés, no sólo por los hechos que narran, sino por la percepción que destilan de la España contemporánea por parte de un observador externo; que, además, no sólo observa, sino que también influye, y muy poderosamente.

En el lado negativo, y además de la ya habitual complacencia con SM Campechano I, que casi nunca se equivoca y al que como mucho se le puede reprochar su simpatía y buen ánimo (Powell es autor de una biografía titulada “El piloto del cambio”, que no he leído pero que imagino que se manejará en términos similares a los de la que ya reseñamos de Paul Preston [1]), el libro mantiene una notable asimetría entre la atención que presta a la época de los últimos años del franquismo y la Transición (1969-1980), que ocupan 550 páginas, y la rapidez (apenas 100 páginas) con la que se ventila los Gobiernos de Calvo Sotelo y Felipe González (1981 – 1989). Sobre todo si tenemos en cuenta que en esos años se produjeron acontecimientos de tanta importancia en España –directa o indirectamente ligados con la relación bilateral con EEUU- como en 23F, la entrada en la OTAN y el referéndum sobre la permanencia en la misma.

En parte, el desequilibrio se explica por la carencia de material desclasificado para esos años, pero esto saca a colación otro problema: ¿por qué comenzar en 1969 y no en 1953, año del Acuerdo de Defensa entre España y EEUU? En realidad, inevitablemente, el autor lanza una larga mirada sobre los antecedentes, entre otras cosas porque otra de las constantes del libro va a ser insistir, una y otra vez, casi machaconamente, sobre una única cuestión: las bases militares de EEUU, en torno a las cuales gira prácticamente toda la relación bilateral. Esto, naturalmente, no es culpa del autor, puesto que se ajusta plenamente a la realidad, pero sí que llega a cansar en ocasiones al lector.

¿Cuál es esa realidad? La de una relación bilateral profundamente desigual, consistente en que España cede su territorio para que una potencia extranjera coloque ahí sus bases militares, a cambio de unas migajas de ayuda (militar y económica) y, sobre todo, a cambio de protección y legitimidad. A partir de 1953, el franquismo se siente seguro, puesto que cuenta con el mejor “padrino” posible.

Es preciso poner esta cuestión de relieve, por lo que implica para ambas partes. Para la España de Franco [2], una importantísima cesión de soberanía, que llega casi a lo surrealista para un régimen que, al mismo tiempo y mientras acepta ser metafóricamente sodomizado a cambio de unas cuantas carantoñas, encima tiene el rostro de hacer un discurso nacionalista verbenero y de vender la cabra de que, sin ellos, España sería un satélite de una potencia extranjera (y, con ellos, por lo visto, también). Gracias a Franco, España pasa de tener un Gibraltar a tener cinco (el anterior más las bases de Torrejón de Ardoz, Zaragoza, Morón de la Frontera y Rota), que además están ubicados al lado de importantes poblaciones, incluida la capital, y que en la época de Franco incorporan incluso armas nucleares, con el notable episodio de Palomares de 1966 como gran momento de la relación bilateral. La cosa da mucha vergüenza, pero como aquí hablamos de preservar el poder, pues no pasa nada. En efecto, contrariamente al tópico de “antes roja que rota”, a la derecha siempre le ha parecido muy bien cuartear, trocear, dilapidar el país con tal de que sigan mandando ellos. ¡Por eso la izquierda trata de dejárselo cuanto peor, mejor, para que que luego la derecha no pueda regalarle apenas nada de valor a sus amigos! ¡Y aún se atreven a criticar a Zapatero desde la izquierda!

Para EEUU, el balance no es mejor. Queda claro, desde el principio, que a EEUU lo único que le interesa de España son las bases. Que, eso sí, le interesan mucho. Pero a cambio de las bases EEUU tiene con España la particular actitud de la mayor democracia del mundo a lo largo de la Guerra Fría (y también, en abundantes ocasiones, antes y después de la misma): a la hora de la verdad, se acuestan con quien sea para conseguir sus objetivos, y a costa de lo que sea. Por supuesto, ello no es óbice para que luego se les llene la boca hablando de libertad, democracia y bla, bla, bla, valores que se ubican en su justo lugar conforme los diplomáticos españoles descubren, a veces dolorosamente, lo poco que importa, en términos negociadores, que España sea una dictadura o una democracia: eso es algo que a EEUU nunca le preocupó lo más mínimo, y seguirá sin importar en la negociación bilateral. Y tanto es así que cuando se produce el 23F, mientras las potencias europeas condenan sin reservas el golpe de Estado, desde EEUU sólo llega una reacción: la del Secretario de Estado Haig, que se luce con unas declaraciones en las que dice que “es un asunto interno español” y que “es pronto para pronunciarse”. Porque, oye, a mí, si el tipo ese vestido de torero me garantiza las bases, para mí ya está bien.

Contrasta la relación correcta, sin aspavientos, que experimentan los líderes españoles y americanos en la época democrática con la relación de arrobado amor que tuvieron todos los presidentes republicanos con el Caudillo [2] (y con Su Majestad Campechano I también, naturalmente). Sobre todo destaca la figura de Richard Nixon [3], admirador de Franco, al que considera (agárrense) “un hombre muy leído” por el que siente verdadera devoción. Y no puede ser menos, dado que Nixon, indica Powell, tiene claro que lo que él llama “países latinos” sólo pueden gobernarse mediante dictaduras.

Emotiva escena de confraternización entre Nixon y el Caudillo, a la que asisten los nietos de Franco mientras piensan en qué Consejos de Administración se colocarán años después. ¡La familia es importante!

Algo parecido a lo que piensa el supuesto genio de la política exterior estadounidense en los setenta, Henry Kissinger, que no tiene ni la menor idea de cómo es España. En su compendio de tópicos sobre el “orgullo” y la “raza” españolas sólo le falta citar “Carmen” y la tauromaquia. También Ford rinde pleitesía al Caudillo, ya en 1975, si bien en este caso el Generalísimo no le dio tanto juego:

Como revelan las memorias (todavía inéditas) de Antonio de Oyarzábal, el diplomático español que actuó de intérprete de Ford, dada su avanzada edad y peculiar manera de ser, el trato directo con el dictador no resultaba nada sencillo. Sentados los tres en el Rolls Royce que les conducía desde Barajas a la Plaza de la Cibeles, donde el alcalde de Madrid le haría entrega de las llaves de la ciudad, la voz de Ford rompió el embarazoso silencio inicial “con un leve comentario sobre el buen tiempo con que acogíamos su visita. Franco ni siquiera contesta. Nuevas palabritas del presidente norteamericano sobre las joviales caras de la multitud que se apiñaba en las terrazas del aeropuerto. Sigue el imperturbable silencio de nuestro jefe del Estado, esta vez más prolongado y profundo si cabe. Al fin, ya en la carretera de Barcelona, pregunta de Ford sobre los años de esa ‘magnífica avenida’. Franco con voz lejana, perdida, le dice entre rápidos parpadeos ‘veintiséis’, lo cual es acogido con muestras de asombro por el estadounidense, entre bocanadas de una pipa que se había decidido a encender para tener algo que hacer con las manos. Nuevo espacio en blanco y nuevo comentario de Ford sobre las esporádicas caras juveniles que bordean la ruta. Periodo de reflexión de Franco, y, al fin, su inaudible vocecita que dice: ‘la juventud siempre es optimista, si no fuera por la prensa que la envenena’. Grandes gestos de asentimiento del visitante y comentarios sobre lo parecido de la situación en su país” (pág. 221).

A pesar del indudable ascendiente del Caudillo con sus interlocutores, hablamos de una negociación que se dará siempre en términos cercanos al colonialismo: España pide mejorar las condiciones del acuerdo de 1953 y EEUU, sistemáticamente, se niega a dar más de lo que dio en el pasado, y a menudo da menos. Al final, una España necesitada de esa legitimidad por todos los medios acaba transigiendo y “comiéndose” un nuevo acuerdo, humillante en sí y según la pauta de “bases por dinero” con la que se establece la relación. Sólo entrados los 80, y una vez España ya no necesita la legitimidad que pueda darle EEUU, puesto que ya ha entrado en el Mercado Común y se ha convertido, indiscutiblemente, en un país democrático ligado a Occidente, la negociación puede darse en otros términos.

Entre otros factores porque en ese momento el antiamericanismo, larvado durante décadas precisamente como consecuencia del sostén de EEUU a la dictadura de Franco, ha alcanzado niveles altísimos en España. Y aunque el Gobierno del PSOE, tras su notable pirueta dialéctica, consistente en defender primero no entrar en la OTAN, y más adelante no salir de ella, logra vencer en el referéndum de 1986, lo hace a costa de reducir significativamene la presencia militar estadounidense en España. Por otra parte, y por fin, se rompe definitivamente la perversa lógica pedigüeña de “bases por dinero”, cuando González le escupe a la cara al Secretario de Estado de EEUU, George Shultz, que amenaza con no dar nuevos créditos a España:

[Shultz advirtió] a González que la administración no tenía intención de mantener la línea de crédito de 400 millones de dólares contemplada en el Convenio de 1982. Para sorpresa del norteamericano, su interlocutor no sólo no se mostró contrariado, sino que se apresuró a ofrecerle “exactamente la misma línea de crédito en las mismas condiciones pero al revés”, para facilitar la compra de material militar español por parte de Estados Unidos: “Tengo aviones CASA y otras cosas que ofrecerle. No lo hago como un gesto de cariño, sino como un negocio. Como usted. Así me entenderá usted mejor”. (pág. 618)

Además, había disminuido sustancialmente el interés de la supuesta protección proporcionada por EEUU a España tras el lamentable episodio de la Marcha Verde, cuando, en 1975, con Franco agonizando, el Rey Hassan II de Marruecos, a su inimitable estilo de “soy Rey porque, mira, es lo que hay, pero por mí estaría feliz trapicheando con cobre”, aprovecha la ocasión para birlarnos el Sahara Occidental. Por supuesto, con el consentimiento y apoyo tácito de EEUU, de manera que quedan muy claros los términos de la relación bilateral: les das las bases y te traen la Marcha Verde.

El Sahara es un territorio del que, por su parte, España está deseando desprenderse, pero una cosa es que te vayas y luego Marruecos se lo quede, y otra muy distinta que Marruecos te obligue a irte para quedárselo. ¡Marruecos se queda un territorio en el que hay petróleo, por el amor de Dios! ¡Petróleo! ¿Es que no hemos aprendido nada sobre guerras de liberación? Un territorio que, además, y merced al cariño que el Caudillo siempre proveyó a la noción ridículo-imperial de España, técnicamente era una provincia española, y se supone que lo sigue siendo. En resumen: España abandonó a su suerte una provincia española. ¿Hay algo más español que eso?ванная комната дизайн с ванной [4]