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Juego de Tronos: el libro

Juego de Tronos y Choque de Reyes

George R. R. Martin

 

Cuando era niño, mis padres me explicaron que había una planta de jardín, muy habitual en las urbanizaciones y parques de Valencia, enormemente venenosa: la adelfa. Las adelfas, decían mis padres, provocarían indefectiblemente la muerte, entre horribles dolores, a aquél que las probase. Impresionado por tal testimonio, decidí extender la buena nueva entre mis amistades: ¡las adelfas son peligrosísimas, ojocuidao!

Sin embargo, mis correligionarios no acogieron el aviso con la debida reverencia y respeto, sino que, bien al contrario, hicieron mofa, befa y escarnio de él. Y uno de ellos fue más allá: para demostrar mi error (y el de mis padres), cogió una hoja de adelfa y SE LA COMIÓ. Y a continuación se comió otra hoja. Porque así es el español, amigos. Con tal de tener razón, el español es capaz de cualquier cosa. El premio, no en vano, es muy apetitoso. Al tener razón, el español se enaltece, se gusta, se echa para arriba, en resumen: pone el Himno [1].

Tras darse un pequeño banquete con las adelfas, y al no morir ni tener consecuencias dignas de mención para su salud, todos convinieron en que, en efecto, yo no tenía ni puta idea de lo que estaba hablando, y que las adelfas probablemente eran inocuas, e incluso beneficiosas para el organismo (si bien es posible que no lo dijeran con estas palabras). Todos salvo una persona: yo.

Con harta vehemencia, expliqué que, si bien el sujeto que había experimentado consigo mismo aún no manifestaba síntomas, eso no quería decir que las adelfas no hicieran su trabajo. A buen seguro, poco a poco, las jodías adelfas irían menguando la salud de mi amigo, socavándola incesantemente, destruyendo su sistema inmunológico. Y, al final, aunque tardase mucho tiempo, aunque les llevara 50 o 70 años, las adelfas harían su trabajo. Y su trabajo era… ¡La muerte!

Aunque tal perspectiva fue recogida con la hilaridad general de los presentes, este contraataque a la desesperada nos da también una útil lección sobre el español: tenga o no tenga razón, el español nunca, nunca, nunca deberá ofrecer el más mínimo resquicio a la duda. Deberá resistir todos los embates, aguantar, devolverlo todo y seguir en sus trece. Cual Arantxa Sánchez Vicario en el tenis, cual José María Aznar en el paddle, el español, aunque lleve las de perder, aunque devuelva auténticos churros, jamás reconocerá un error. Y así seguirá, a no ser que de repente, años después, y bajo la forma de apresurada búsqueda en Google [2], disponga de nuevas revelaciones que apoyen su caso. ¡No comáis adelfas, amigos! ¡Mi padres y yo os prevenimos de hacerlo! (Y el tipo ese que se comió un par de hojas, pues oigan Ustedes, igual está muerto, yo que sé).

Pero dejémonos de adelfas y hablemos un poco de Juego de Tronos. Hace unos meses se me ocurrió escribir un artículo sobre la exitosa serie de HBO “Juego de Tronos” [3], adaptación de la novela de George R.R. Martin del mismo nombre; la cual, a su vez, forma parte de una saga de siete libros, “Canción de hielo y fuego”. La crítica intentaba dar una imagen positiva de la serie: entretenida y con sexo. ¿Qué más cabría pedirle a una serie de TV?

Sin embargo, el artículo generó una encendida polémica en la que participaron muchos autoproclamados fans de Juego de Tronos, sobre todo respecto de dos cosas que se decían en la crítica: a) la presencia de la magia en la serie, según ellos testimonial y en claro receso; y b) que la visión del libro que se daba en mi crítica era muy negativa (algo notable, dado que sólo se hablaba de la serie, y además positivamente) y que no se hablaba de él con el debido respeto. Y, hay que reconocerlo, me hicieron dudar. ¿Estaría equivocado? A fin de cuentas, me había visto la serie, pero no el libro. Y ellos eran fans de Juego de Tronos, gente que se sabía el asunto de pe a pa.

Fotograma de la primera escena de Juego de Tronos. Un muerto vuelve de su tumba y se le ponen unos ojos que ni Liz Taylor. La magia ni está, ni se le espera

 

Pero claro, el problema de que te hagan dudar es que, tarde o temprano, haces una búsqueda en Google, o te lees un par de libros de la saga, que comienza con Juego de Tronos [3] y continúa con Choque de Reyes. Y de ello se deriva lo siguiente: a) los así llamados fans de Juego de Tronos se han pasado últimamente con la ingesta de adelfas, porque a la vista está que les ha sentado mal, al menos en lo que respecta a interpretar la saga de la que se dicen fans; b) aunque alguna vez vacilé, como en ese infausto episodio de mi niñez antes relatado, me congratulo de constatar que, aquí como allí, tenía razón. En todo, desde el principio hasta el final. ¡Ah, Juego de Tronos, cuántas satisfacciones me estás dando!

Vayamos primero con lo más urgente: la magia no hace más que aumentar. En el primer volumen tiene una presencia palpable, pero en el segundo, “Choque de reyes”, pasa a ser directamente apabullante. Así, aparece una maga monoteísta que, en hermoso trasunto de la Virgen María, puede engendrar asesinos – sombra, o algo así, y enviarlos para asesinar impunemente a sus rivales; está todo lleno de magos misteriosos en el Este; los muertos vivientes del Norte siguen campando por sus respetos; uno de los protagonistas tiene el don de la precognición en sus sueños, y además se convierte en lobo en ellos, o algo; ¿he mencionado que hay dragones? Y, sobre todo, todo el mundo, en el segundo volumen, da por hecho que la magia existe, que está por todas partes, y que es muy poderosa. Todo apunta, en consecuencia, que en el tercer libro habrá aún más magia. ¡Magia para todos!

Fotograma de la última escena de Juego de Tronos. Realismo crudo, descarnado. ¡Si hasta salen dragones, pardiez!

Así que cabe concluir que los mayores fans de Juego de Tronos, que dijeron en los comentarios del anterior artículo [4] que no había apenas magia en Juego de Tronos, no han leído Juego de Tronos.

Y en cuanto a la segunda cuestión: ¿están bien las novelas? ¿Deberían leérselas Ustedes, y sobre todo aquellos de Ustedes que, siendo fans de primer nivel de Juegos de Tronos, no se las han leído? Pues sí, la verdad. Las novelas son muy entretenidas:

– Las novelas tienen un estilo narrativo muy entroncado en la tradición del bestseller, pero más interesante que, por poner dos ejemplos notorios, Dan Brown (al que no he leído; pero, joder, he visto las películas [5], que es lo mismo que han hecho algunos hiperfans de Juego de Tronos para opinar sobre libros que no han leído) y Stieg Larsson [6] (al que sí he leído, para mi desgracia, y abandoné tras el segundo bodrio de su trilogía). El autor va al grano, ofrece capítulos cortos y fácilmente digeribles y, además, bien escritos.

– La gracia de que cada capítulo se narre desde el punto de vista de un personaje tiene su miga, pero acaba implicando que la mayor parte de los personajes “buenos”, a ojos del lector, sean los que sirven para que la narración avance. A propósito de lo cual: hasta el final del segundo volumen, como mínimo, no hay ni rastro de esa supuesta tendencia de la saga de Juego de Tronos a que “nada es lo que parece, y los Buenos se acaban convirtiendo en Malos, y viceversa”: los Buenos son cada vez más Buenos, y los Malos, Malos, al más puro estilo Señor de los Anillos [7] (igual es que los que decían esto en los comentarios de mi anterior artículo no han leído tampoco Juego de Tronos, sino que vieron un par de episodios de Dinastía y creyeron que Juego de Tronos era eso).

– La trama engancha, y consigue interesar al lector. Al menos a mí, que ya me he tragado dos novelas y probablemente me lea más (aunque sólo sea para responder a los fans que me acusen de nuevo de blasfemar con Juego de Tronos; ahora que lo pienso, como ellos no se las han leído, igual lo que tendría que hacer es no leérmelas, y opinar desde el desconocimiento o desde lo que haya leído en un par de foros de fans de Juego de Tronos, Crepúsculo y Justin Bieber). Los puntos de vista múltiples permiten desarrollar varias tramas en paralelo, y aunque lógicamente algunas son menos interesantes que otras, la certidumbre de que todas acabarán confluyendo mantiene el interés por la historia. Pero sí que hay que decir que el autor abusa, cada vez de manera más notoria, del afán por sorprender y dar giros emocionantes de continuo, en lo que se nota, y mucho, su formación como guionista de TV y la narración episódica basada en los cliffhanger de final de temporada (y también, puesto que hablamos de un culebrón muy bien trabado, episodio a episodio). Al final del segundo volumen, las idas y venidas de los personajes, sus sucesivos ascensos y caídas, son tan abundantes que repercuten en la credibilidad del conjunto (que me imagino que, allá por el quinto volumen, debe andar ya bajo mínimos. Pero bueno, hasta llegar a Lost [8] quedará un trecho, supongo). Precisamente por eso, la primera novela resulta mucho más consistente que la segunda, a mi juicio.

¿Qué valoración global merece Juego de Tronos? De entrada, como toda novela fantástica, con su magia, sus gnomos, y sus príncipes con espadas mágicas y reinos de leyenda, hay que tener claro lo que uno va a leer: una novela juvenil. Tiene sexo, pero el sexo como que queda algo desvaído en las páginas de un libro: mucho mejor que lo narren en HBO, que ese sí que es sexo televisivo del bueno. Y lo demás es lo de siempre. Eso sí, bien escrito, narrado con inteligencia y con capacidad para entretener: una de las mejores novelas juveniles que he leído en el género de fantasía, muy por encima del Señor de los Anillos [9] y su insufrible rollazo pseudomitológico (al menos, Juego de Tronos tiene la virtud de que no da tanto el coñazo con su mitología inventada, que es una tendencia que a los que nos gusta la mitología de la de verdad nos cabrea sobremanera, o al menos así ocurre conmigo).translate from russian to arabic [10]