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Juego de Tronos

En el pasado la gente se guiaba por la razón, las pruebas y eso. Se suponía que el mundo era mensurable y demostrable según procesos lógicos y coherentes. La gente, en el pasado, no tenía ni puta idea. Ahora, la gente que sabe cree en lo sobrenatural. Los poderosos, los que mandan, la élite intelectual, la intelligentsia, consulta con la bruja Lola, reza sin parar, lee los posos del café. Las decisiones se toman según lo que dicta un gurú, o un profeta, o un guía espiritual. Donde esté un buen crucifijo que se quite la mierda esa del método científico.

Juego de Tronos, y el éxito de historias como la de Juego de Tronos, responde a esta lógica. La de un mundo sometido a la superstición, lo azaroso y las paraciencias. Un mundo donde, detrás de la normalidad aparente, de lo cotidiano, está todo lleno de dioses, brujas, demonios y fantasmas. Pero hay que decir a favor de esta serie que, al menos, no engaña: se ubica en el socorrido género de lo fantástico, subgénero “dragones y mazmorras”. Hay fantasmas porque se supone que debe haberlos.

El mundo de Juego de Tronos se basa en una serie de novelas de George R.R. Martin [1], un autor fundamental para entender la sociedad moderna al que no he leído nunca. La cosa funciona más o menos como en El Señor de los Anillos [2], fundador y alma mater del género. El mundo está dividido en dos regiones: salvajes y mundo civilizado. Al sur hay una jauría de moros salvajes. En el medio tenemos un continente poblado por hombres occidentales, que dedican sus vidas a matar y fornicar, y a menudo las dos cosas al mismo tiempo. La frontera norte de este continente es un gigantesco muro defensivo que intenta resistir los embates de los malvados salvajes norteños, una especie de mongoles y japoneses con pitos minúsculos que buscan, al igual que los taimados moros del sur, conquistar la tierra de leche y miel que también se disputan constantemente entre los señores feudales del mundo civilizado y lograr, por fin, metel.lah.

George R.R. Martin y Alex de la Iglesia le envían un Twitter a la ministra Sinde mientras se bajan una de sus películas

Parece el clásico mundo medieval, pero con la siempre necesaria incorporación del criterio temático que hace furor, en la Edad Media y ahora: los fantasmas, demonios, trasgos, etc., existen. De nuevo, parece lógico que existan en un género como el que nos ocupa. Y lo gracioso es que aquí los que saben que existen y los tienen muy en cuenta en sus cálculos y consideraciones son los más cultos, más listos, y mejor informados. Así, los dragones existen, o existieron, pero muy poca gente lo sabe. Al norte del Muro la gente se levanta después de muerta, que sí, que lo he visto, de verdad, por esas. El linaje y la antigüedad proporcionan superpoderes. Es tener un problema y, nada, con un par de rezos al Dios adecuado, todo se soluciona enseguida.

El momento culminante de la primera temporada acaece en el capítulo nueve. Al maromo que lidera a los supermoros se le infecta una herida y está a punto de morir, lo que daría al traste con la civilización tal y como la conocemos. Así que su mujer recurre a los médicos y les pregunta si existe alguna forma de salvarle: ninguna con los remedios médicos, Excelencia. Esto es lo que hay. Ahora bien, si me deja Usté que yo le haga una imposición de manos, un sacrificio ritual, que le determine el aura del maromo y genere una proyección astral, pues algo podremos hacer. ¡De la sanidad pública al mistérico copago! Y, por supuesto, el maromo, intervención sobrenatural mediante, se salva.

Actualización tras ver el último capítulo: Desgraciadamente, el maromo queda en estado catatónico, y la mujer opta por aplicarle la eutanasia. Además, la mujer pierde a su bebé en el proceso, puesto que, como dice la sacerdotisa, “tu bebé era monstruoso, con escamas de lagarto y alas de murciélago). El sacrificio ritual consiste en quemar al maromo en una pira (junto con la hechicera que lo salvó, pero dejándolo hecho una mierda). Y allí llega el final de la primera temporada: la mujer, que tiene por ahí tres huevos de dragón petrificados (un regalo de boda), los pone en la pira. Luego se mete ella en la pira, de la que emerge al día siguiente, ilesa, y acompañada por tres pequeños dragoncillos.

El argumento de la serie, en su primera temporada, es el clásico culebrón: sagas familiares, odios africanos y gente que se acuesta con unos y con otros. Un cóctel que nunca falla. El género Dragones y Mazmorras es como la comida rápida: es malo, pero sabe bien. La serie es entretenida. Y, además, cuidadito, con el sello de calidad de HBO, la cadena de Los Soprano, Hermanos de Sangre, Boardwalk Empire [3], The Wire [4], … Palabras mayores. “No es televisión, es HBO”.

Y bien claro que nos queda, episodio tras episodio, que esto es ficción de calidad, de primera magnitud. ¡Hay que ver, la de tetas que ve uno en cada episodio! ¡Aquí el contenido inapropiado viene de serie! ¡Si hasta te sacan alguna escena gayer para satisfacer a todos los públicos! ¡Esta gente se pasa la vida fornicando, y no se preocupen, que en pantalla se verá todo lo que hay que ver, salvo planos cortos de esos que te califican una película como “X”! ¡No es televisión, es putalocura HBO!

Ni que decir tiene que la combinación ganadora de culebrón y sexo explícito ha sido un exitazo. El modelo ganador de Los Tudor [5]: tú enséñame tetas y cuéntame una historia manida y previsible de celos y pasión desgarradora, que yo veré poniendo cara de que estoy en la ópera. Y, además, con una vuelta de tuerca que le garantiza a Juego de Tronos el fervor de los fans de la obra de R.R. Martin, que por lo visto son muchos, y que se basa en que toda esta gente que juega al rol y lee dragones y mazmorras, en el tiempo que les queda libre después de asesinar mendigos y raptar niños para vendérselos a Manuel Ruiz de Lopera, es lo que es. Puede que Internet lo haya inundado todo de sexo, pero ¿sexo de mis personajes favoritos? ¿Una sacerdotisa de Nivel 6 tirándose a un enano? ¿Sexo freak? Semejante oferta es imbatible.caricatur online [6]