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X–Men. Primera generación

ATENCIÓN: Esta crítica de la película X-Men: primera generación contiene numerosos OJOCUIDAOs (a.k.a. spoilers) que revelan aspectos básicos del desarrollo de la trama. Porque así de cabrones somos en LPD: hacemos una crítica de algo y la llenamos de OJOCUIDAOs, en lugar de limitarnos a especular sobre la poeticidad del intertexto subyacente al relato fílmico

Esta película contiene dos ingredientes que, combinados, garantizan el éxito: está ambientada en la crisis de los misiles cubanos de 1962, y es una película de superhéroes. Comprenderán Ustedes que, ante semejante provocación (mezclar la Guerra Fría [1] con afeminados jóvenes en mallas), LPD tenía que ver esta película y contársela a Ustedes.

No es que los cómics sean una maravilla, pero en todo caso está claro que los X-Men (o “La Patrulla X”, como diría un señor acodado en la barra de un bar decorado con imágenes de toreros, en el improbable caso de que un señor así leyera cómics de superhéroes) son lo peor. Creados, como casi todo el “Universo Marvel” (Spiderman [2]; los Cuatro Fantásticos; los Vengadores; la Masa [3]; …), por Stan Lee, los X-Men siempre fueron el hermano pobre. Un grupúsculo de adolescentes con poderes poco significativos liderados por un improbable “Profesor X” (hagan los chistes que Ustedes quieran con eso; por ejemplo, una atractiva estudiante diciendo, con el clásico hilo musical de fondo: “Profesor X, mis genes están descontrolándose, ¿qué puedo hacer?”) llamado Charles Xavier, el más poderoso de todos ellos, pero confinado a una silla de ruedas.

La Patrulla X en su salsa, con Charles Xavier mandando. Obsérvese el comentario de rendida admiración de la Chica Maravillosa ante el poderío del Profesor X

Los chavales del Profesor X eran mutantes. La gracia del asunto estribaba en que sus poderes no venían de una araña radioactiva, ni de una radiación de rayos gamma, ni de un meteorito radioactivo. La radioactividad era una cosa muy de los sesenta, también en la fértil imaginación de los guionistas de cómics. Pero tampoco podías convertirlos a todos en superhéroes por esta vía, así que Stan Lee decidió tirar por la genética.

El resultado fue un fiasco. Los mutantes pasaron sin pena ni gloria por los años sesenta, convirtiéndose en un cómic menor. Pero años después otro guionista, Chris Claremont, dio con la clave para popularizarlos. Los mutantes… ¡Eran diferentes! Y, como tales, serían perseguidos implacablemente por la Humanidad, temorosa de verse sustituida por ellos.

En ese contexto, el Profesor X intentaría utilizar a su Patrulla X en beneficio de la Humanidad y a pesar de sí misma, para defenderla de los malvados mutantes que, en efecto, pretendían exterminarla. ¿Captan la metáfora? Con ese sorprendente e imprevisto giro del guión, Claremont firmó unos cuantos cómics que entonces parecieron memorables y ahora se antojan ridículos. Y también abrió la caja de Pandora.

Puede que Usted piense que no hay límites a lo que la radiación puede hacer, en términos de convertir a adolescentes normales en individuos sin sentido del ridículo que se atavían con unas ajustadas mallas de colorines y salen a combatir el Mal (o a generarlo, según los casos). Pero, si la radiación no tiene límites, imagínense Ustedes la genética.

En cada número de la Patrulla X aparecían nuevos mutantes. Como las ventas acompañaban, surgieron varios grupos de superhéroes y supervillanos que comenzaban nuevas colecciones de cómics, en las cuales aparecían, número tras número, más mutantes. Los mutantes proliferaron hasta límites que van mucho más allá del ridículo. Cada vez con poderes más absurdos e inverosímiles, cada vez con trajes más horripilantes, y cada vez con historias más aburridas y previsibles. Los mutantes de Stan Lee daban pena, porque nadie (y menos que nadie los lectores) les hacía caso. Los mutantes de Claremont, en los 70-80, daban grima. Y así fue durante mucho tiempo.

La cosa comenzó a cambiar gracias al enésimo intento de Marvel por actualizar a sus personajes, lo que se llamó la línea Ultimate (aparecida a finales de los noventa): reescribir la historia de los principales personajes de Marvel adaptándola a los nuevos tiempos. La cosa salió, por una vez, muy bien, e incluso las historias de mutantes comenzaron a tener algún interés. Casi al mismo tiempo, se estrenaba la primera película de X-Men, bastante digna. Años después, la segunda, mucho mejor. Y hace relativamente poco tiempo la tercera, tan infame que casi podría convertirse en un cómic de la mencionada “Edad Dorada” de los mutantes de Chris Claremont.

La tercera película de X-Men, además, se cargaba a un montón de personajes. Lo cual, en sí, preciso es reconocerlo, es algo bueno, dado que la inmensa mayoría de los mutantes son insoportables. Pero también dejaba en un estado precario a los dos personajes más interesantes de la saga: el Profesor Charles Xavier (“Profesor X”), que acababa la película introduciéndose en el cuerpo de otra persona, y su archienemigo “Magneto”, el Amo del Magnetismo (esto es lo mejor de escribir sobre cómics: ¡uno puede meter mayúsculas grandilocuentes por todas partes!), que a duras penas lograba preservar su poder.

Era difícil retomar la saga después de semejante desaguisado, así que la cuarta película de X-Men opta por comenzar desde el principio. Explicando cómo se inició el sarao de los mutantes. Cómo se desarrollaron los primeros mutantes, allá por la Segunda Guerra Mundial.

Como siempre, detrás de cada gran avance de la Humanidad, nos encontramos a los mismos responsables: los nazis [4], que, con sus avanzadas técnicas de concentración y extensión de las capacidades del ser humano, logran despertar las habilidades latentes de Magneto, entonces un niño judío que ve cómo los malvados nazis asesinan a su madre en su presencia. Magneto pasa a ser cobaya de los nazis, escapa aprovechando la liberación rusa y se convierte, allá por 1962, en un atractivo joven, enormemente macarra, con un único objetivo: vengarse del malvado científico nazi que asesinó a su madre.

También en 1962, el Profesor Charles Xavier, “Profesor X”, lee su tesis doctoral en la U. de Oxford. ¿El tema? Las mutaciones. El Profesor X es consciente de su importancia como mutante y de que hay otros como él, así como de que las mutaciones han venido para quedarse y crearán problemas con los débiles y egoístas humanos. También es consciente de que con el rollo ese de la mutación y “mírame, nena, soy Doctor de Universidad. Sí, sí, Doctor. Ahí queda eso” se liga un huevo. Ahora se liga si estás ciclado, tienes un BMW y una expresión de inteligencia en la cara similar a la de Sergio Ramos, pero en los subdesarrollados y antiguos años 60 se ligaba con el intelecto. ¡Así de chapados a la antigua eran los Antiguos!

Mientras tanto, en la CIA descubren que unos malvados mutantes (entre los cuales está nuestro científico nazi favorito) se han aliado con los rusos para provocar la III Guerra Mundial. Esta sorprendente revelación merece un comentario. Por un lado, por “provocar la III Guerra Mundial” la CIA entiende lo siguiente: los rusos saben que los americanos han desplegado misiles atómicos en Turquía, y se dicen “¿que no haré yo lo mismo?, así que se disponen a desplegar misiles soviéticos en Cuba. Es decir, que las cosas, en la película, son como fueron en la realidad. Si EE.UU. despliega misiles en las fronteras de la URSS, es para preservar la paz. Si la URSS hace lo propio en las fronteras de EE.UU., y sólo como respuesta al despliegue americano previo, estamos ante una prueba más del imperialismo de la URSS y su afán belicoso [5]. HazteOír no lo habría explicado mejor.

Por otro lado… ¿Qué significa esto de que un científico nazi se alíe con los rusos? ¿Cómo es posible que, después de la II Guerra Mundial, quedase un solo científico nazi para aliarse con los rusos? ¡Pero si todos estaban en nómina de la CIA, todos trabajaban, orgullosos y contentos, para EE.UU. con el noble objetivo de frenar el imperialismo y el afan belicoso de los comunistas!

Pero el caso es que en esta película las cosas se plantean así. El Profesor X quiere parar la guerra EE.UU. – URSS., pues es así de pretencioso a la par que blandito-Guardiola. Magneto quiere cargarse al científico nazi que asesinó a su madre y le convirtió en lo que es ahora. De manera que ambos se alían en pro de un objetivo común. Para ello, pasan a colaborar con la CIA y se ponen a buscar mutantes por ahí, que se llevan a la instalación supersecreta proporcionada por la CIA.

Esta instalación supersecreta es una especie de parque temático para que los jóvenes mutantes se solacen a gusto. Todo el mundo campa a sus anchas por ahí y cómodas carreteras de cinco carriles llevan directamente a la instalación supersecreta, a la que sólo le falta un cartel en la puerta en el que ponga “Instalación supersecreta”. ¡Qué diferencia con las instalaciones supersecretas de los rusos, que son palacetes neoclásicos decorados con gusto exquisito, en medio de Siberia, lejos de todo! ¡Qué mensaje subliminal, que defiende con vehemencia la superioridad de la democracia del pueblo frente a las plutocracias occidentales, encontramos aquí!

Tan secreta es la instalación de la CIA que, naturalmente, los malos la descubren. Y como buenos malos se plantan allí, aprovechando la oportuna ausencia del Profesor X y Magneto, se cargan a todos los humanos presentes en las instalaciones e intentan atraerse a los cachorros mutantes a su causa. Y allí encontramos la clave de la película: la Diferencia es el Mal. O, al menos, la Diferencia de toda la vida. Si eres rubio y con ojos azules, WASP, de raza aria, ya puedes tener superpoderes, lanzar rayos, volar, cosas así… Que no pasa nada. La mutación estará integrada en la natural bondad y ganas de trabajar por el bien común propios de los blancos.

En cambio… ¡Ah de ti si, además de mutante, eres Diferente! En tal caso, tu camino por la tierra será un camino de sangre, sudor y lágrimas, infligiendo y recibiendo dolor. Esta terrible lección es la que los malos asestan a los cachorros mutantes. Primero de todo, cargándose a uno de los mutantes: el único miembro del grupo que es negro (que ya es bastante jodido ser negro en los sesenta para, además, ser mutante, y, además, morir).

El resto del grupo se queda atónito ante tal exhibición de maldad. Todos ellos salvo una mutante, poseedora de poderes ridículos incluso para el estándar de un cómic (vuela con unas alitas de hada y lanza bolas explosivas, o algo así, por la boca), de raza latina, o mulata, o una mezcla entre ambas. En todo caso, una raza que no es la buena. Una raza que habría sido desechada por los nazis, y que aquí es acogida en el seno de la Comunidad del Mal. ¡Qué recuerdos nos trae todo esto del Señor de los Anillos [6]!

La Comunidad del Mal cuenta también con un rojo comunista (la Diferencia no es sólo étnica, también puede ser ideológica; aunque habitualmente una cosa lleve a la otra), un piel roja (¿lo ven? ¿lo ven?) y una buenorra comunista, la clásica espía que vino del frío. Todos ellos acaudillados por nuestro científico nazi favorito, que muy diferente no es que sea. Por eso (¡OJOCUIDAO!¡OJOCUIDAO!) al final es asesinado por Magneto, un Diferente que cuenta con mucho más pedigrí para acaudillar a la Comunidad del Mal (un judío mutante… ¡Magneto lo tiene todo!).

El final de la película llega al corazón. El carguero con los misiles soviéticos está a punto de atravesar la zona de exclusión marcada por EE.UU. Las flotas estadounidense y soviética se observan, dispuestas a entrar en combate. En esto que los mutantes buenos se enfrentan a los malos, los vencen, Magneto (como hemos dicho) asesina al malo malvado nazi y todo queda arreglado.

Es en ese momento cuando la Humanidad toma conciencia de sí y americanos y soviéticos, todos a una, deciden unirse en pro del bien común y en contra de sus archienemigos: los mutantes. Así que las dos flotas disparan su arsenal al Profesor X y toda la panda. Magneto para los misiles y los manda por donde han venido para hundir ambas flotas. El Profesor X, más buenista que nunca, dice “¡No! ¡La Humanidad no se merece esto!” y se lanza contra Magneto. En el subsiguiente guirigay, los misiles explotan sin causar males mayores, pero el Profesor X recibe una bala perdida y queda paralítico. Ahí asistimos al clásico “momento cómic”: Magneto profiere desgarradores gritos de horror y pena, se repone, suelta un discursito de “quien no está conmigo está contra mí”, coge a todos los Diferentes que quedan y se pira. Días después el Profesor X, ya en una silla de ruedas, decide institucionalizar su discreto trabajo en pro de los mutantes, en una base secreta, cuya ubicación es ignorada por todos los humanos, desde la cual operará: la casa de sus padres (el Profesor X, en efecto, aprendió mucho de tácticas de ocultación y espionaje durante su colaboración con la CIA).

La película, en fin, resulta muy recomendable. La historia es ridícula, como cualquier historia de superhéroes, pero no tanto. Está muy bien llevada la ambientación sesentera, la cual, en sí ridícula, contribuye a paliar o a naturalizar el mencionado ridículo de la historia. Y el trasfondo político le da bastante miga al asunto. Queda claro, por último, que en igualdad de condiciones los rusos mucho mejor: con una economía precaria, odiados por Occidente, el honrado pueblo ruso edifica una sociedad próspera e igualitaria plagada de palacetes secretos y armas nucleares. Pese a lo cual, la natural bondad de los rusos les dificulta sobremanera responder a las provocaciones y la chulería estadounidenses, y sólo en una situación límite se ven obligados a responder, con el peso moral añadido, además, de ser muy conscientes de lo que están haciendo (comenzar la III Guerra Mundial), con esa mezcla entre lucidez y fatalismo tan propios de Rusia [7].идеи ванных комнат [8]suburbs close to nyc [9]