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Algo va mal (Ill Fares the Land), de Tony Judt

(Este comentario se publicó el pasado día 16 cortado, debido a un error en el momento de publicarlo. Lo volvemos a colgar de forma íntegra)

Tony Judt, el historiador e intelectual inglés recientemente fallecido, es un viejo conocido de esta página, pues ya hemos tenido ocasión de recensionar alguna de sus obras [1] más señaladas. Se trata de un ejemplo de pensador, comprometido con el estudio, con la sociedad en la que vivía y con sus semejantes que, además, ha producido obras de gran mérito en su ámbito de especialización (como la magna historia de la Europa de la posguerra que desarrolla en Postwar). Con motivo de su muerte se ha publicado en España la traducción de su obra Ill Fares the Land, con el título de Algo va mal. Podría decirse que en este breve panfleto (unas doscientas páginas en formato generoso que tienen su origen en unas conferencias después publicadas como artículo en The New Yorker, ahora ampliadas) el europeísta Judt plasma su testamento cívico si no fuera porque, de una forma u otra, son varios los textos que podrían merecer tal calificativo de entre los que ha completado en sus últimos meses de vida, “aprovechando” la enfermedad que le dejó postrado y finalmente lo ha matado. Uno de ellos, por cierto, una excelente entrevista (“Algo va mal en Europa”) sobre la situación en que se encuentra la Unión Europea que en noviembre publicó una revista española (El Cronista del Estado Social y Democrático de Derecho [2]).

Algo va mal no es un libro revolucionario ni una reflexión original. Pero eso no lo hace menos imprescindible. El breve ensayo, casi un manifiesto, es una especie de personal resumen de la historia política, ética y económica de las sociedades occidentales durante todo el siglo XX, construida con la expresa intención de llamar a la reflexión y a la acción. Ahora bien, se trata de un resumen muy bien hecho, inteligentemente orientado a conducir al lector a través del proceso de construcción y mejora de la convivencia producto de unos acuerdos de mínimos sobre cómo nos conviene a todos construir un marco común de mejora y que aspira a tratar de de explicar cómo es posible que ese impulso se haya acabado perdiendo, se haya evaporado, en los últimos años hasta el punto de que, a estas alturas, apenas si quedan restos de los valores que permitieron edificar el inmenso bienestar de que ahora disfrutamos. En definitiva, que el autor nos ofrece una exposición sintética y rápida, pero inteligentemente encadenada con la indisimulada vocación de lograr, finalmente, llamar la atención sobre la necesidad imperiosa de cambiar el rumbo si no queremos que las cotas de progreso y mejora social alcanzadas sigan deteriorándose como los están haciendo recientemente.

Lo que mejor resume el libro y su intención es la propia declaración de intenciones que encontramos en la introducción, en los primeros párrafos con los que comienza el libro (tienen, por lo demás, las primeras páginas traducidas al castellano aquí [3]):

Hay algo profundamente erróneo en la forma en que vivimos hoy. Durante treinta años hemos hecho una virtud de la búsqueda del beneficio material: de hecho, esta búsqueda es todo lo que queda de nuestro sentido de un propósito colectivo. Sabemos qué cues- tan las cosas, pero no tenemos idea de lo que valen. Ya no nos preguntamos sobre un acto legislativo o un pronunciamiento judicial: ¿es legítimo? ¿Es ecuánime? ¿Es justo? ¿Es correcto? ¿Va a contribuir a mejorar la sociedad o el mundo? Éstos solían ser los interrogantes políticos, incluso si sus respuestas no eran fáciles. Te- nemos que volver a aprender a plantearlos.

El estilo materialista y egoísta de la vida contemporá- nea no es inherente a la condición humana. Gran parte de lo que hoy nos parece «natural» data de la década de 1980: la obsesión por la creación de riqueza, el culto a la privatización y el sector privado, las crecientes diferen- cias entre ricos y pobres. Y, sobre todo, la retórica que los acompaña: una admiración acrítica por los mercados no regulados, el desprecio por el sector público, la ilusión del crecimiento infinito.

No podemos seguir viviendo así.

(Tony Jusdt, Algo va mal, Taurus, 2010, pp. 17-18)

La reflexión apunta ya, desde un principio, a lo que es el rasgo más importante del libro de Judt, lo que más original lo hace respecto de otras reflexiones parecidas, lo que probablemente lo convierte en una apelación verdaderamente eficaz: el hecho de que apela a la memoria histórica de nuestras sociedades. Un útil que, por mucho que cada vez la empleemos menos, tiene una enorme fuerza y que permite a casi cualquiera con un mínimo de buena voluntad sentirse concernido. Nos recuerda el libro, con una enorme solvencia, las razones por las que se pusieron en marcha los mecanismos niveladores que convirtieron la segunda parte del siglo XX, en todos los países occidentales, en una época de enorme bonanza y de disminución de las desigualdades y la pobreza. Y, además, hace hincapié en la norma histórica, hoy preterida en favor de criterios estrictamente economicistas, que ha llevado a todas las naciones a regular y ordenar la vida a partir de juicios que no sólo se anclaban sobre la eficiencia y el beneficio sino que tenía en cuenta otros muchos, y muy importantes, factores: la justicia social, la solidaridad, la mejora de las condiciones de los más desfavorecidos, la igualdad de oportunidades… Es importante tener en cuenta no sólo que este tipo de consideraciones han sido siempre tenidas en cuenta por cualquier sociedad sino, además, que aquellas más avanzadas y a las que mejor les ha ido históricamente son, precisamente, las que se han preocupado más por ellas, frente a la triste evolución de los grupos humanos que, por el contrario, adoptaron sendas semejantes a la que nosotros hemos elegido en los últimos años.

La obra es un recorrido, así pues, por datos y hechos conocidos. Porque todos sabemos que las sociedades más igualitarias funcionan, a todos los niveles, mucho mejor. Así como que durante varias décadas, aproximadamente hasta los años 80, las sociedades occidentales avanzaron enormemente en la reducción de las desigualdades, con los enormes beneficios sociales que ello conllevó (y, por cierto, también económicos, ¿o hemos de achacar únicamente a la casualidad que esas décadas de mejor social y de acortamiento de las distancias fueran también momentos de enorme crecimiento?). También somos conscientes desde hace ya tiempo de que, en cambio, de un tiempo a esta parte hemos metido la marcha atrás. La década de los 80, pero sobre todo la última del siglo pasado y esta primera de siglo XXI han sido, al contrario, períodos históricos donde las desigualdades se han incrementado enormemente en las sociedades occidentales, coincidiendo con la revolución conservadora, la caída del muro de Berlín, el posterior colapso del comunismo y la consiguiente eliminación de muchos diques sociales y de garantías que, en parte porque quienes vivimos hoy en día en este primer mundo dábamos por sentadas y no valorábamos debidamente (pues no conocemos el mundo decimonónico que las hizo tan imprescindibles), en parte porque la desaparición del contrapoder soviético hizo que no fuera necesario “compensar” a las clases más desfavorecidas con algunos derechos para que no se fueran al lado oscuro de la revolución materialista. Y lo han hecho tanto en momentos de supuesto crecimiento global agregado (los años 90), como tras el crac económico mundial de los últimos cinco años. Mientras tanto, la globalización ha igualado naciones, pero incrementando más si cabe las diferencias económicas en el seno de las sociedades que supuestamente van saliendo del pozo. Una de las historias de éxito de los últimos tiempos, como es la India, se ve con una luz diferente si asumimos que su renta per cápita, por mucho que el PIB global del país haya subido exponencialmente, sigue siendo a día de hoy inferior a la cubana. Por no mencionar, además, que el hecho de que los más ricos de los países menos desarrollados sean cada vez más multimillonarios poco soluciona en términos de justicia global. El pensador inglés recuerda, a estos efectos, someramente, que las sociedades más igualitarias acaban creciendo más, siendo más seguras, permitiendo un mayor grado de éxito y realización social a quienes en ellas viven que aquellas que fomentan un salvaje, descarnado (y centrado en el beneficio a corto plazo) individualismo. Algo de lo que, en el fondo, todos somos conscientes pero que ha quedado sepultado por el sentimiento de que, por un lado, no hay nada que hacer frente a cómo han acabado por ser las cosas y, por otro, que, dado que las circunstancias son las que son, pues lo más inteligente es que cada uno tire por su lado y no ir contracorriente,  pues no se puede luchar contra el signo de los tiempos y cómo son las cosas, y no es sensato perjudicarse a uno mismo y a su familia.

Como decíamos, todos sabemos más o menos eso. También que la manera en que han evolucionado las cosas permite atisbar un negro futuro. Pero parecemos desarmados, incapaces de comprender por qué ha ocurrido todo esto y cómo reaccionar. Judt traza una explicación sencilla y por ello probablemente exacta, basada en la historia y en cómo precisamente el éxito del modelo socialdemócrata y su consolidación ha contribuido a que las clases medias actuales hayan perdido de vista contra qué desastres sociales luchaba y qué tipo de efectos benéficos esenciales les proporciona. Se ven más los costes que esos beneficios, pues los males más terribles, al menos en Europa, han sido eficazmente atajados. Y de ahí surgen sociedades cada vez más egoístas y hedonistas que, simplemente, han perdido la perspectiva de cómo es la vida sin un pacto social redistributivo que funcione de manera mínimamente satisfactoria. Algo que, en cambio, en tiempos más duros y más “liberales”, todos los pensadores, incluso los supuestos apóstoles del librecambismo imperante, tenían muy claro. De Hayek a Keynes, pasando por I. Berlín o cualquier político de mediados de siglo XX. El problema es que en la actualidad, en cambio, sencillamente, es que no nos acordamos de cómo eran las cosas y de por qué eran tan esenciales unos frenos. Hay, por ello, que volver la vista atrás. Y el repaso que se hace en el libro a esa histórica es sintético pero completo. Delicioso, incluso, por momentos, con las citas de pensadores de los siglos XIX y XX que enmarcan capítulos y secciones y que van acompañando al lector en una inmersión en la realidad de la construcción de nuestras actuales sociedades del bienestar. Una historia esencial pero que no nos han contado sino que, más bien, nos han “vendido” de forma adulterada.

En definitiva, Judt expone de forma clara, didáctica, que las cosas van mal, muy mal, y que irán cada vez peor si no ponemos remedio a la pendiente egoísta, cortoplacista, economicista en que nos hemos instalado.  Como decíamos desde un primer momento, el diagnóstico no es nuevo ni rompedor. Pero la obra es fantástica, está muy bien construida y logra su objeto de mover a la reflexión y de abrir los ojos a quien se empeña en cerrarlos. No sé muy bien si estas ex-socialdemocracias nuestras atenazadas por el miedo [4], por el pavor ante la actual situación, y que estamos llevando entre todos al desastre a base de comportamientos insolidarios, irresponsables e impresentables [5], tienen o no salvación. Pero está claro que si las cosas han de cambiar (y deberían hacerlo) esa transformación pasa inevitablemente por una crisis de los valores actualmente en boga, por una toma de conciencia general de que estamos haciendo las cosas mal y de que es responsabilidad de todos, colectiva, tomar viejas sendas que, mirando atrás, son las que sabemos que han dado buen resultado en el pasado. Eso sí, para poder iniciar la rectificación hace falta, al menos y para empezar, recuperar la palabra y la capacidad de realizar por nosotros mismos una nueva narración. Así como actuar de manera coherente con esos valores. No es, por ello, gratuito e innecesario leer, hablar y escribir sobre el tema. De modo que bien harían los partidos “de izquierdas” (o lo que sean, a estas alturas) en pagar ediciones de una obra como ésta y tratar de distribuirlas lo más posible. O cambiamos la manera en que contamos cómo tiene que ser nuestra vida, cómo queremos que sea y hacia dónde hemos de conducir a nuestras sociedades o el panorama continuará siendo de lo más inquietante.

De algún modo, de todos modos, la obra de Judt permite aventurar un guión, que él no llega a desarrollar, en el que, inevitablemente, se producirá la reacción social. Porque, en el peor de los casos, llegado un estadio de destrozo cívico y social la evidencia de que es necesario un cambio acabará por ser asumida por la mayoría. La clave es qué nivel de retroceso será preciso, en qué punto del retorno ético y económico a las pavorosas entrañas de injusticia social de las sociedades europeas industriales del siglo XIX, pero esta vez a escala global, nos detendremos. Cuándo nos daremos cuenta. Y, sobre todo, cómo de duro será el proceso de toma de conciencia. Porque, desgraciadamente, estas cosas, como también nos ha enseñado la historia, no suelen resolverse de forma enteramente pacífica. Los privilegiados, aquí, ahora y siempre tratan de preservar por todos los medios los privilegios adquiridos. Y, como es obvio, tienen muchos recursos a mano para hacerlo. Frente a ello, tienen la desventaja de que son menos. Muchos menos. Y, al paso que vamos, cada vez se agigantará esa diferencia de número. Cuestión distinta es cuánto tardarán las sedicentes clases medias en verse a sí mismas más próximas a los inmigrantes ilegales sin derechos o a los trabajadores chinos que no sólo exportan productos a bajo precio sino condiciones laborales autoritarias y vergonzosas a todo el mundo que a unas élites que les venden como supuestamente a su alcance pero que, cada vez de modo más descarado, les están tomando el pelo.

A la espera de que algún partido sagaz de izquierdas se ponga a distribuir el libro entre la población, en lugar de gastar ese mismo dinero en absurdas campañas de imagen a cual más ridícula, no podemos sino recomendarles, por nuestra parte, que se hagan con un ejemplar, o lo pidan prestado, y lo lean. Pero, sobre todo, que luego traten de difundirlo lo más posible. A ver si entre todos, poquito a poco, podemos ir cambiando las cosas. Empezando por el guión que estamos desarrollando y la manera en que lo queramos ir construyendo para que las cosas pasen a ir algo, aunque sea un poquito, mejor.стоимость сео [6]раскрутка сайта в рамблер [7]