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Churchill – Roy Jenkins

Personalmente, tenía suficiente Churchill en vena con mis acercamientos indirectos al personaje, vía estudios de la Primera y, sobre todo, la Segunda Guerra Mundial en los que, obviamente, la presencia del personaje contaba con peso específico. Por otra parte, Winston Churchill (1874 – 1965) es, sin duda, uno de los colosos políticos del siglo XX, con todo lo que esto implica de biografías, hagiografías, dramatizaciones y todo tipo de acercamientos al personaje. También es uno de los políticos que más y –por lo visto, puesto que le dieron el Nobel de Literatura- mejor escribió. Churchill cuenta en su haber con unas larguísimas (unas 2500 páginas) Memorias de la II Guerra Mundial, además de otras muchas obras de corte histórico o divulgativo. Todo ello configuraba el escenario de un personaje conocido, interesante pero no fascinante, y con demasiada bibliografía de segunda mano a nuestra disposición como para hacer el esfuerzo de, pongamos por caso, meternos entre pecho y espalda una biografía de 1000 páginas como la elaborada por Roy Jenkins.

¿Para qué este esfuerzo? ¿No habría sido mejor dedicar tanto ímpetu a revisar los mejores discursos de Hipatia de Benidorm, o cualquier obra de Juan Cruz? En condiciones normales así sería, pero en Churchill concurría una circunstancia peculiar: la de ser el héroe por antonomasia de los, digámoslo así, jóvenes cachorros del neoliberalismo confesional español de nuevo cuño, o, abreviando, los fachas españoles. Churchill es para ellos un héroe porque supo mantenerse firme frente a la tiranía del nazismo, supo resistir la tentación del apaciguamiento y predicar en el desierto contra la vergüenza del acuerdo de Munich que destruyó Checoslovaquia en 1938. No como el creador del afamado eslogan “os traigo paz. Paz en nuestro tiempo”, Neville “Zapatero” Chamberlain, dispuesto a todo, a transigir con lo que fuera, con tal de eludir sus responsabilidades (igual que haría Zapatero sesenta años después en Irak, en una situación, nos dicen nuestros amigos fachas, prácticamente idéntica: de no ser por Aznar, Sadam Husein habría conquistado el mundo).

Lo sorprendente de los fachas es que, al mismo tiempo que dicen esto, te sueltan otro rollo sobre la Guerra Civil (1934 – 1939), la legitimidad de la derecha española para dar un golpe de Estado e, ítem más, para:

1) Buscar la alianza del nazismo alemán y el fascismo italiano (sí, los de Munich)
2) Convertirse en su complaciente aliado no sólo en la época de Munich, sino después, cuando bombardeaban Londres día sí, día también
3) Instaurar un estado fascista en España y perserverar en el invento incluso más allá de 1945 (si bien es cierto que, a la vista del éxito de los mentores intelectuales, cada vez con menor entusiasmo)

Imaginemos que la teoría de Churchill sobre el inevitable enfrentamiento hubiese triunfado en 1938. Guerra en Europa. Por muy bien que nadase entre dos aguas, el Caudillo se posiciona, como de hecho se posicionó, del lado del Eje con la guerra aún por finalizar. Gran Bretaña y Francia le declaran la guerra al Caudillo (o viceversa). Éste solicita la devolución del Rosellón y la Cerdaña en 1940, entre la hilaridad general. En fecha tan tardía como 1944 intenta dar marcha atrás, pero ya es tarde, y en 1945 tenemos de vuelta una II República remozada y mejorada, más estalinisto – chekista que nunca dado el aval recibido por los judemasónicos anglosajones que en la práctica, dada nuestra afortunada geografía, tan lejos de Rusia como sea posible, se habrían encargado de liberarnos del Caudillo. Así pues, ¿a qué viene esta pasión del recio fascismo español con Churchill? ¿Otra vez haciendo de la necesidad virtud, y de la historiografía un cuento de niños elaborado apresuradamente?

La verdad es que a Churchill no le hacía especial ilusión la supervivencia del franquismo, pero puesto que el Caudillo, en el devenir real de la II Guerra Mundial, cambió de chaqueta justo a tiempo, Churchill no sólo le perdonó la vida, sino que, en Yalta, cuando Stalin propuso cepillarse la democracia orgánica española, con la aquiescencia de Roosevelt, fue Churchill quien abortó la idea con una confusa amalgama de justificaciones parciales sobre la fidelidad del Caudillo a los Aliados en la última fase del conflicto. Quizás es que los fachas le pagan los servicios prestados en 1945, y no su indudable valentía en 1938 – 1941, cuando se encargó de hacer frente casi en solitario al nazismo, el gran aliado de los fachas españoles.

De Churchill destaca, por encima de todo, su capacidad para estar en todas partes. A lo largo de su larguísima carrera política, extendida durante más de cincuenta años, logró una posición de protagonismo en la guerra de los Bóers, en la que participó (y fue capturado, y logró escaparse de la prisión); en el período anterior a la Guerra Mundial y, sobre todo, en la propia Guerra, como ministro de la Armada y después de Armamento (en esta última posición fue uno de los corresponsables de la invención del tanque como vía para superar la guerra de trincheras); en el período de entreguerras, como ministro de Economía durante cinco años, justo hasta el estallido de la Gran Depresión de 1929; durante la II Guerra Mundial, como Primer Ministro a lo largo de casi todo el conflicto (1940-1945); e incluso después de la guerra, con ochenta años cumplidos, de nuevo como Primer Ministro (1951 – 1955).

Para conseguir estar en casi todas partes Churchill tuvo que acreditar una singular ansia por el poder, que era incapaz de disimular, pero también un carácter diletante, que le llevó a pasar del Partido Conservador al Liberal y, quince años después, de nuevo al Partido Conservador, lo que le garantizó estar donde debía estar (con el poder) en los años adecuados (el Partido Liberal se hundió definitivamente después de la I Guerra Mundial y nunca más volvió a gobernar).

Entre sus virtudes destacaba su enorme capacidad discursiva y de trabajo, su diversidad de intereses, su capacidad para pensar a lo grande y su peculiar encanto para hacerse con las personas, que quedaba reflejada en una cierta humanidad, de preocupación por las víctimas, que sin embargo no le impedía avalar los sádicos bombardeos de la población civil de Alemania en los últimos años de la II Guerra Mundial, o diversos proyectos bélicos disparatados en los que tenía tendencia a meterse. A mí me recuerda bastante, incluso en el plano físico, a Manuel Fraga, con el que también comparte su extraordinaria longevidad (bueno, me recuerda a Fraga salvo en la capacidad discursiva, donde a Fraga le perdía la incapacidad para vocalizar, el encanto personal y la humanidad, donde no sé decirles. En lo demás, dos gotas de agua).

Otra persona con la que tenía bastante en común, y que encantará a nuestros amigos fachas, es Adolf Hitler. Me explico. Ambos tenían unos horarios caóticos (se acostaban y levantaban tarde); ambos tenían una gran pasión por la oratoria y los discursos; ambos creían saber más de estrategia bélica que sus militares, y se inmiscuían constantemente, tanto en la estrategia general de la guerra como en aspectos particulares. A ambos les gustaba pintar. Ambos tuvieron cierto éxito como escritores. Ambos se guiaron, a lo largo de la II Guerra Mundial, por el principio básico de la inflexibilidad, la negativa a negociar con el enemigo salvo en condiciones claramente favorables, lo que acabó abocando al principio de una rendición incondicional. A ambos les caía muy bien el Duque de Windsor, que Churchill cortejaría insistentemente en los años treinta, aceptando sorprendentemente los devaneos que ya entonces tenía el Duque con el nazizmo. ¿Acaso sorprende que ambos sean referentes de cabecera de nuestros fachas?

La figura de Churchill queda habitualmente empañada por su papel crucial, mítico, en la II Guerra Mundial. Empañada para bien, como queda claro si hacemos una revisión somera de los resultados de su acción de gobierno. La verdad es que su papel en la I Guerra Mundial sería recordado, sobre todo, por la delirante operación de desembarco en la península de Gallípoli en 1915, fundamentalmente obra de Churchill, cuyo objeto era sacar a los turcos de la guerra (y que se convirtió en la primera victoria turca en un conflicto con Occidente por lo menos desde la conquista de Creta a los venecianos en el siglo XVI), y que provocó su salida del Gobierno.

Su papel, años después, como ministro de Economía y Hacienda, no fue destacable por nada en particular, aunque quedó de nuevo emborronado por el estallido de la Gran Depresión (no porque fuera culpa suya –a tanto no llegaba-, sino porque –como casi todo el mundo, dado que entonces no existía LPD- no supo verla venir). Sus devaneos con el Duque de Windsor hablan por sí solos. Incluso en el período inicial de la II Guerra Mundial, cuando se había incorporado al Gabinete de Neville Chamberlain, le dio tiempo a perpetrar una nueva operación periférico – anfibia, en Noruega, saldada por un nuevo fracaso.

Durante el resto de la guerra, y obviando su papel fundamental de bastión frente al nazismo, su habilidad como agitador de masas para sostener la moral británica, y su empecinamiento, coronado por el éxito, por meter a Estados Unidos en la guerra (a veces los británicos tienden a pensar que fueron ellos, de hecho, quienes involucraron a EE.UU. en el conflicto; la verdad es que yo creo que los japoneses también tuvieron algo que ver, si bien es cierto que desde el principio se impuso en Washington la doctrina de “Alemania primero”, o Alemania como principal enemigo, no siempre bien comprendida por el público estadounidense, que lo que quería era vengarse de Pearl Harbour), el papel de Churchill se caracterizó por su obsesión por esquivar la apertura de un segundo frente en Francia (en cambio, volvía, una y otra vez, a los escenarios periféricos, en el norte de África, en Italia y en los Balcanes), por el miedo al oso ruso, combinado por una sorprendente fascinación por Stalin, y por meterse cada vez más en su papel de gran estadista, obsesionado por montar Cumbres y más Cumbres de relumbrón y por viajar al extranjero, como diciendo “mirad cuánto pinto” (cuando, en realidad, pintaba cada vez menos; ¡qué gran Presidente del Gobierno español se ha perdido el mundo!). No fue casualidad que el gran héroe de la guerra lograse perder las elecciones cuando la guerra estaba a punto de finalizar.

A todo esto, ¿qué tal está el libro? ¿Merece la pena? Pues la verdad es que, sin dudarlo, no. En este caso tienen suerte de que, una vez más, LPD les permite aparentar que han leído algo… ¡Sin necesidad de leerlo! Se trata, a mi juicio de una biografía fallida: larguísima (1000 páginas), de carácter eminentemente descriptivo pero, al mismo tiempo, centrada en los discursos y no en las acciones. Casi todo el rato estamos soportando el relato de si Churchill pasó tres semanas en una villa de descanso o en otra, de tal alocución en el Parlamento, de la carta que le envió a tal o cual personaje, … Pero el autor, por razones que no alcanzo a entender, nos ahorra explicarnos qué hizo Churchill en cada una de las muchas posiciones de poder que ocupó.

Esto se obvia o se ventila rápidamente, como de pasada, para dejar así más espacio para hablar de la sucesión lineal de acciones de la “persona humana” y sus escritos, que de esto va esta biografía, fundamentalmente una pérdida de tiempo, cuyo principal atractivo, de tener alguno, es que su autor es un parlamentario inglés de noventa años que, en consecuencia, propone un estilo típicamente decadente, al modo “La gran duquesa, espléndida como siempre, contestó al premier británico con la elegancia que le era consustancial”.

Pero, sin duda, con esto no basta. Da la sensación, en suma, de que los británicos son mucho mejores escribiendo sobre otros países o sobre acontecimientos globales que sobre sí mismos. Pero tengamos compasión y seamos magnánimos con esta pobre gente: hace cuarenta y cinco años que no ganan el Mundial, y sólo lograron ganarlo a base de montárselo en casa y con árbitros a su medida.portuguese english translation [1]ванный комната [2]