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El parto de los montes

Cuando era pequeño, mi abuelo me regaló un libro para que me lo pasase bien en vacaciones, el ladrillo ‘Crónica del siglo XX’. Un libro que repasaba la Historia como si fuese un periódico. Al margen de la dura pugna de nuestro país con Portugal por presumir del régimen fascista más longevo de la Historia, según pasaba las páginas del tomo, ante mis ojos iban sucediéndose olimpiadas, mundiales y demás eventos deportivos con sus correspondientes: España, trigésimo cuarta en el medallero; no se clasificó; cero points; penúltima, etcétera… En setenta y cinco años, que lo menos eran doscientas páginas, España había ganado diez medallas en disciplinas como la pelota vasca, el tiro con pistola y el boxeo, aficiones muy de aquina. Aquellos veranos sumido en la lectura una y otra vez de ese libro coincidieron, además, con que mi ciclista favorito de todos los tiempos, Pedro Delgado, abandonó cuando iba a ganar una Vuelta a España por una gripe, un Tour por la muerte de su madre y tras alzarse con la ronda gala dando positivo de una sustancia que sería ilegal al año siguiente, en su Tour de campeón tomó la salida tarde en la primera etapa y lo tiró a la basura pese a realizar el mejor tiempo si se descontaban los minutos de retraso de ese día. En fin, comprendí a temprana edad que ser español era lo más tope, por supuesto, pero muy descorazonador y sobre todo cansino.

Tampoco ayudó que la primera vez que fui a Francia, mientras que en la panadería de mi barrio se ofertaban cinco modelos de chocolatina, ‘Toke’, ‘Mars’, ‘Raider’, ‘Huesitos’ y ‘Toblerone’, en Burdeos había una gama tal de productos para elegir que te hacía sentir como Yeltsin en su primer viaje a Estados Unidos, que paró la comitiva para entrar en el supermercado de una gasolinera con la mirada vitriólica y pasar un rato meditabundo entre los estantes, seguramente ideando la posterior ‘terapia de choque’ en lo que quedaba de la URSS.

Hasta los grupos españoles de música enrollada empezaron, por esas fechas, a cantar todos en inglés. España era una porquería, en resumen.

Los Mundiales de Fútbol, el acontecimiento deportivo más importante de la Humanidad, más importante para la moral de un país que la propia guerra, no eran una excepción. Y como todos mis compatriotas empecé a experimentar las famosas catarsis del combinado nacional de fútbol profesional. Un fenómeno como la tauromaquia, pero al revés. Asistir a la continua e impenitente humillación de nuestro equipo una y otra vez. Siempre fieles, siempre jurando no volver a hacerlo jamás y regresando una y otra vez como mandriles a por nuestra ración de palos en la boca.

De México 86 no tengo recuerdos más allá de mi VHS de Historia de los Mundiales. Tampoco de la Eurocopa de la Alemania Federal más allá de una página entera del Don Balón dedicada a Vialli, nuestro verdugo en la primera fase, y ríos de tinta abundando sobre la impotencia, la angustia, el cansancio y la desesperación como si se tratase de un ensayo filosófico existencialista. Lo que sí que recuerdo bien, esto es, con el álbum de cromos completo una semana antes del Mundial, fue Italia 90.

A la cita en el país que nos civilizó, España acudió como un negativo de la selección actual. Entrenador barcelonista y equipo cimentado en el Real Madrid. La Quinta del Buitre, quintaesencia del combinado, era una generación fracasada. Por muchas ligas que ganase en casa, en Europa sufrió unos correctivos indecentes. Parte de la propia directiva del Madrid filtró a la prensa el desastre que significaba haber apostado por jugadores de la casa incapaces de competir fuera de España.

ITALIA 90

El consuelo es que contábamos con el que, probablemente, había sido el mejor jugador de Europa esa temporada, Rafael Martín Vázquez, como prueba inequívocamente el hecho de que fuese vendido inmediatamente por el Real Madrid. Pero el que destacó en este Mundial no fue él, sino José Miguel González Martín del Campo ‘Michel’. Gracias al cuál aprendí que España es un país plural y diverso cuando mis vecinos de arriba, del Atlético de Madrid, celebraron los goles contra Corea al grito de “payaso” y “subnormal”. El futbolista, sin embargo, exclamaba “Me lo merezco”, pues en el Bernabeu, por lo que fuese, la afición no le quería y le tildaba de homosexual cada domingo, frustración que el futbolista mitigaba yéndose a buscar a Pizo Gómez hasta su lugar de entrenamiento para insultarle y reírse de lo malo que era (suceso que con la psicología moderna en la mano demuestra que, efectivamente, como había detectado la grada del Bernabéu, se lo quería follar).

También aprendí ese año, al mismo tiempo que Michel, que el destino es un cabrón muy voluble, como dicen en Lost, cuando ‘Me lo merezco’ fue retratado perfectamente por la televisión introduciendo la cabeza entre los hombros, de espaldas, con las manos en los testículos y levantando sutilmente una pierna, la misma estampa que hubiera lucido cualquiera de nosotros si te sorprende desnudo la Guardia Civil en mitad del campo a las cuatro de la mañana y te enchufa con el foco del Land Rover. Una postura que no tiene nada de malo si no fuera porque ‘Me lo merezco’ se encontraba en la barrera justo en el lugar por el que pasó un zurriagazo de Stoijkovic que nos echó del Mundial “cuando mejor estábamos jugando”.

En realidad, lo que ocurrió es que los yugoslavos plantaron un autobús que sólo fue capaz de atravesar Martín Vázquez en jugadas desde la banda él contra el mundo en las que se meaba a dos o tres jugadores y después chutaba muy fuerte fuera para poner luego cara de anuncio de desodorantes masculinos de la época. La selección tuvo la posesión, eso que gusta tanto, e hizo todo lo que acostumbra, reclamó ‘penaltis clamorosos’, tiró al palo y el portero yugoslavo llegó a parar un cabezazo de Górriz con la cara. Todo, tanto, para que nos metiesen un gol en su única llegada y otro a balón parado.

Aprendí también, en aquellas fechas, que había ciertos jugadores calificados como indiscutibles que a mí, desde la inocencia de un niño, me parecían, con todo respeto, una puta mierda. El protagonista en este caso era Emilio Butragueño Santos, que contra Yugoslavia falló un par a bocajarro. Una gran decepción, pues el madrileño se había consagrado marcando a puerta vacía hasta en tres dificilísimas ocasiones contra Dinamarca en el 86. Pero él no era el único. Zubizarreta, el portero, ya daba muestras de irse al suelo con el flamear de la manga de la camiseta del rival al iniciar la carrera desde su campo, y Julio Salinas, ‘Julito’, tenía gol, vale, pero sólo si la jugada adquiría tintes humorísticos, cosa que no ocurría a menudo precisamente.

EUROCOPA DE SUECIA Y LA QUINTA DEL COBI

Para la Eurocopa de Suecia, Panini sacó su colección de cromos sin la presencia de España. No llegamos a clasificarnos. Nos adelantaron Checoslovaquia y Francia. Al vecino le pusimos contra las cuerdas con gol de Bakero en el minuto 10 en el Parque de los Príncipes y respondió como es su costumbre: metiéndonos tres. Y por medio del luego entrenador del Athletic de Bilbao, Luis Fernández, y Papin, con un cero a dos en Sevilla nos dejó sin opciones. Esa era la España de Michel y Butragueño y era lo que había. Pero cuando parecía que estaba todo perdido, una generación de jugadores sub-21 consiguió el oro en la Olimpiada de Barcelona. Por supuesto, el entrenador, Vicente Miera, fue inmediatamente destituido.

Llegó Javier Clemente. El entrenador vasco se había quedado con cierto detalle de la selección olímpica: sólo había un jugador del Real Madrid, Alfonso. De modo que tomó ejemplo y desterró de por vida a la Quinta del Buitre de la selección y llamó a tres cuartas partes de la plantilla del Barcelona, que asombraba al mundo con su juego ‘de toque’, y que entre otros detalles menores, había configurado él haciendo gala de su mayor dote como entrenador: rodearse de sus amigos.

ESTADOS UNIDOS 94, EUROCOPA 96, FRANCIA 98

La Eurocopa de Suecia fue ganada por Dinamarca, la selección invitada en lugar de Yugoslavia, entonces sumida en su particular negociación de los estatutos de autonomía. Los nórdicos, expulsados del Mundial de México goleados por España cuando habían realizado un gran partido, aprovecharon que no estaba España en esa Eurocopa para ganar el título y esconderlo rápidamente fuera del alcance de los nuestros. Como un hurto con nocturnidad. A los pocos meses, España volvió a cruzarse en su camino y los apeó del mundial de Estados Unidos con gol de cabeza de Hierro sosteniéndose en el aire doblando las orejas.

A este Mundial todos los jugadores fueron con perilla. Gran ambiente en el vestuario sólo emborronado por la campaña de la prensa contra Clemente por, entre otros motivos menores, no llevar a José Miguel González Martín del Campo al Mundial. Más grave fue que no llevara al máximo goleador nacional, Carlos Antonio Muñoz Cobo, natural de Jaen, en las filas del Oviedo, y sí a Julio Salinas. El técnico vasco, acusado de resultadista, mostró en esta decisión su faceta más romántica y apasionada al ignorar los números de ese año: Carlos, 20 goles; Salinas, 2.

En esta ocasión, los aficionados vimos de madrugada cómo los coreanos nos remontaban dos goles. Luego enderezamos el rumbo con un gol estilo guipuzcoano a Alemania y nos clasificamos para octavos dando un puñetazo en la mesa, como debe ser, con autoridad, metiéndole un 3-1 a Bolivia con disparo al larguero de ellos nada más empezar y el primer gol nuestro de penalti de risa, que no era ni de broma, y lanzado raso por el centro a los pies del portero, tirando a dar, por Guardiola. Nos salvó una gran actuación de Caminero.

Contra Suiza en octavos resolvimos con facilidad. Anunciaba el Don Balón la temida presencia de Chapuisat en el once helvético y su presencia se quedó en eso, en un anuncio. Igual que nosotros, que les metimos tres y nos anunciaron como candidatos al título. Entonces llegó Italia.

Nuestro equipo titular era para ponerle un marco. Ferrer, Alkorta, Nadal, Abelardo, Otero y Sergi en el mismo once. Y para irnos al ataque a la desesperada, metió en el campo a Hierro por Bakero. El partido fue sencillo. Italia nos dio el balón y dejó que todo transcurriera con naturalidad: España reclamaba un penalti a Luis Enrique por una patada dentro del área de Conte, ellos marcaban desde fuera del área. Fácil, a gusto. No obstante, España logró empatar por mediación de Caminero con un gol en el que el central cambió la trayectoria del balón y vendió a Plagiuca.

Clemente sacó entonces a su amigo Salinas por Sergi y el cambio le salió bien. Hicimos una jugada brillante. Uno de nuestros centrales, desde su casa, envió un patadón impresentable hacia el que sólo corrió Salinas. El vasco se quedó sólo ante Pagliuca, con los defensas a tres metros y antes de intentar la locura de regatear al portero, se curó de espanto disparando al muñeco. Todo dentro del guión. Como que luego Caminero no controlara bien el rechace, que le venía despacito y suave, y tuviera que optar por un piscinazo lamentable. En la siguiente jugada los dieciséis centrales españoles, por lo que fuera, decidieron no moverse, y Baggio recibió solo para sortear a Zubizarreta, a media salida y con los pies, y enchufarla. Para casa y con propina en el codazo de Tassotti, una bellísima persona, a Luis Enrique.

Yo no me acaloré protestando ese penalti. Para mí la pena fue la de Salinas. Y como lo había llevado enchufado, pensé que la culpa era del entrenador. Es decir, pensé que la cosa tenía arreglo. Iluso de mí.

En la Eurocopa de Inglaterra, dos años después, nos enfrentamos en la primera fase con una Francia bastante seria que ya tenía a Zidane, Karembeu, Lizarazu, Djorkaeff, Angloma y Desailly. Y lo hicimos a lo grande, con cuatro centrales: Hierro, Lopez, Alkorta y Abelardo, y dos laterales, Sergi y Otero. Y en punta, la dupla de la Quinta del Cobi, Alfonso y Amavisca. Se adelantaron ellos con gol de Djorkaeff a pase de Karembeu en plan Laudrup y empatamos nosotros por mediación de Manjarín cuando ya estaba sobre el campo toda la artillería pesada, esto es, Julito Salinas (18 goles con el Sporting ese año). Los rumanos también se lucieron con nuestra defensa, meándosela en plan Laudrup para que marcara Raduciou. Aunque ganamos merced a un gol de Amor en último minuto en una jugada tan bonita como la del gol de Mijatovic en la Séptima o el de Zidane en la Novena.

Con eso bastó para pasar. Nos plantamos en Wembley como gallitos de la competición a por el anfitrión. Y, de entrada, nos anularon dos goles legales. Uno a Kiko y otro a Julito Salinas que mereció la pena porque venía precedido de una patada al aire de Hierro que se cayó de culo (seguro que luego torturó a un gatito para resarcirse del ridículo) Aguantamos bien a los británicos, sin embargo, hasta que llegó la jugada en la que sí que sí. Pase medido de alguien -largo, por supuesto- y Manjarín solo, con el balón en los pies, con el portero fuera del área, debió ver al guardameta tan desesperado que le entregó el balón de un toquecito. En torno a la compasión gira todo el cristianismo. Después de eso, que fue bastante más chungo que lo del pobre Cardeñosa, Kiko y Caminero también fallaron prácticamente solos. El madrileño, con su tradicional piscinazo incluido. Así nadie daba un duro por la tanda de penaltis. Sobre todo porque el primero que tiramos, Fernando Ruiz Hierro, se fue al larguero. Para casa. De vuelta y con la sensación, tras lo de Manjarín, de que nos habían echado un mal de ojo.

En el Mundial de Francia, debut de Raúl González Blanco, jugamos el primer partido contra Nigeria, tras un presumible pacto de caballeros, sin porteros, a juzgar por el gol de falta que metió Hierro y la escalofriante actuación de Andoni Zubizarreta Urreta. El once, de ensueño, con Hierro, Alkorta, Iván Campo, Ferrer, Sergi y Nadal. Perdimos tres a dos.

Tras la humillación, teníamos que ganar sí o sí, así que Clemente decidió jugársela contra la Paraguay de Chilavert y salimos solo con tres centrales, Hierro, Abelardo y Alkorta, y dos laterales, Sergi y Carlos Aguilera Martín, ‘el Gatu’. Nos comimos la mierda y, para el recuerdo, porque no sabíamos irnos de un evento deportivo sin dar la nota, le metimos no sé cuántos a Bulgaria, tal vez la mayor goleada en nuestro palmarés mundialista, para nada. Kiko celebró un gol llorando de pena. Basta recordar esa imagen para darse cuenta de la ilusión y el coraje que la selección despertaba en la afición.

EUROCOPA 2000 , MUNDIAL DE COREA Y JAPÓN 2002 Y EURO PORTUGAL 2004

Mientras en España se barajaba el atentado personal para sacar a Clemente del banquillo, Chipre nos derrotó ante 5.000 espectadores con Hierro, Salgado, Raúl y Morientes sobre el césped y forzó la salida del técnico vasco un 10 de septiembre, San Clemente Mártir, para mayor escarnio. Recogió el testigo, tirado en el suelo, José Antonio Camacho. La sensación de que se podía mejorar fácilmente lo de Clemente (conformándose con alinear cinco jugadores defensivos como mucho, por ejemplo) el retiro de Zubizarreta y la eclosión del fenómeno Raúl González Blanco, devolvió a los aficionados ciertas expectativas.

No obstante, apareció un problema nuevo. Si a la selección se la acusaba de apurar el último pase de gol hasta el área pequeña y querer meterse en la portería con el balón, ahora había que añadir otro tópico, el ‘estado de forma’. Se decía que los jugadores llegaban agotados de la abultada agenda con sus clubes, mientras que los países tercermundistas estaban frescos como lechugas. De esta manera, la primera fase de la Eurocopa de Bélgica y la Comunidad Autónoma de Holanda, fue el espectáculo más bochornoso y lamentable que yo jamás haya visto ofrecer a nuestra selección:

Derrota contra Noruega casi sin tirar a puerta con cagada demencial del nuevo y deseado portero, Molina. Victoria contra Eslovenia empleándonos con una agonía y desesperación propia de una final de la copa del Mundo y donde nos metió Zahovic un gol infame que no tocó ni la red. Por si fuera poco, todavía nos quedaba épica para el último partido contra la República Federal de Yugoslavia de Mijatovic. Lo que quedaba del ‘café para todos’ yugoslavo mostró tanta facilidad para meternos goles como para encajarlos. Lo que pasa es que los partidos duran noventa minutos y España, que no iba tan sobrada arriba, necesitó de algo más que un milagro para remontar los tres balcánicos, un milagro en forma de tres horas y media de descuento.

Con el gol de Alfonso, de alguna manera, sentimos que había cambiado la suerte de España. Podían suceder milagros a nuestro favor, no siempre necesariamente en contra. Aupa ahí, nos dijimos. Entonces llegó Francia en cuartos, disparó dos veces a puerta desde la posición desde donde mejor se divisaba en la lejanía la portería española defendida por Santiago Cañizares, y para casa. La propina, la puntilla, el toque español, nuestra firma de calidad, Raúl González Blanco fallando un penalti en el último minuto. Lo lanzó alto, buscando la escuadra, el crack.

Con todo, Raúl atravesaba esos años el mejor estado de forma de su carrera y llegó la hora de demostrarlo por fin en un Mundial. Sobre todo porque hicimos, en el Campeonato del Mundo de Corea y Japón, una primera fase Imperial. Tres goles por partido. Dos de Raúl en sendos rechaces y rebotes espectaculares por lo ignominioso (esencialmente el de Sudáfrica, donde el ex 7 de España le quitó al portero un balón que tenía entre las manos y en el suelo) Los rivales, eso sí, no eran precisamente la panacea: Eslovenia, Sudáfrica y Paraguay.

Llegamos a octavos sobrados. Tanto, que este encuentro, frente a Irlanda, quizá haya sido en el que más ocasiones tiramos a la basura de los últimos años descontando la final de la Eurocopa 2008 contra Alemania. Y como íbamos tan sobrados, Hierro le quitó literalmente la camiseta a un delantero irlandés y se sorprendió de que le pitaran penalti. Eso pasa cien veces al día en el área, vinimos a decir -en el área para follar de una sauna, replicaría el colegiado. Pero se hizo un milagro. Iker Casillas, héroe de Glasgow, decidió dar un giro de 180º a su carrera, esa mañana se miró al espejo y se dijo: voy a parar un penalti. El cambio no pudo ser mejor, paró dos. Ellos colaboraron tirando uno al larguero y pasamos. Ver a España superar una tanda de penaltis era poco menos que sospechoso. De hecho, hicimos lo que estaba en nuestra mano por cagarla, fallamos dos, pero no pudo ser. Irlanda y España, ‘los negros de Europa’, hacían honor a su fama de países de borrachos y resolvían el empate con un “gana tú”, “no, gana tú”, “que no, de verdad, gana tú”.

Y muy mal teníamos que andar por aquel entonces porque después de tamaño espectáculo estábamos plenamente convencidos de que íbamos a ganar el Mundial. Por lo pronto, para pasar de cuartos, porque nos había tocado Corea. Poco hay que contar de este partido que se saben de memoria hasta los querubines de la familia. Metimos dos goles legales anulados, el que tenía que entrar, un globo de Morientes, dio en el palo, Raúl lesionado no pudo hacer el ‘aguanís’ en ningún rechace con rebote a tres bandas, Corea hizo la mejor tanda de penaltis de la historia de este deporte y Joaquín falló. Qué le vamos a hacer. Meter cuatro ya era un logro para nosotros. Lo peor es que el partido fue a las ocho de la mañana, cuando acabó me acosté completamente ebrio y, al despertarme, no me acordaba de que ya habíamos jugado. Me levanté, puse la tele, me rasqué una nalga y caí en la cuenta: ya hemos jugado y encima hemos palmado. Qué más le podíamos pedir a nuestra existencia como aficionados a la selección que un detallito de esa clase, que Dios te ponga un dejavu post amnesia. Cómo explicarle a las nuevas generaciones por lo que hemos pasado.

Porque quedaba cuerda para rato. En la Eurocopa de Portugal, a la que todos los jugadores fueron con mechitas, el equipo salió al campo con lipotimia por subir las escaleras del vestuario. Sólo ante Grecia dio cierta sensación de control, pero ellos, que no sacaban a las estrellitas por decreto, metieron un ratito de nada a Tsartas a dar un pase de cincuenta metros y, de tener la clasificación a tiro, nos fuimos a casa con un tiro lejano de Nuno Gomes en el tercer partido. Imagen patética que como colofón tuvo al Niño Torres enviando al palo la ocasión más clara del partido. Claro que mejor irse pronto que palmar contra Grecia en la final como anfitrión. Pero si Portugal nos ganó en longevidad fascista, como para toserles en ridículos deportivos internacionales.

MUNDIAL DE ALEMANIA

Cuando llegamos a esta cita mundialista ya llevábamos bastantes años sentándonos a ver los partidos de la selección con todo un repertorio preparado de chistes, maldiciones y juramentos. Desde Villarroya hasta Vicente habíamos visto a sin fin de jugadores de banda ‘revolucionar’ los partidos, desde Salinas a Torres nuestros delanteros habían fallado en el último minuto puntuales como relojes. Con Zubizarreta apreciamos el sabor de la aventura jugando cinco mundiales sin portero. Ahora tocaba una sensación nueva: jugar con un cadáver.

Su nombre era Raúl. El Mito. En 2006, ex jugador de fútbol desde hacía tres años. La Leyenda le metió un gol ¿de rebote? sí, de rebote a Túnez que certificó nuestro pase (bien logrado en el primer partido contra Ucrania por un once sin él, con doble pivote, Alonso y Senna, y tres delanteros con Xavi por detrás)

Con ese gol de ‘Rulo’ que fue tan estético como lanzar arena de playa mojada con el empeine, a nadie le cabía la menor duda de que íbamos a ganar el Mundial de calle. Delante se puso Francia y aquí no hubo por donde lamentarse. Fue una derrota sin paliativos y nuestro gol, de penalti muy dudoso. Las portadas del Marca tipo ‘Vamos a jubilar a Zidane’, y al día siguiente ‘Zidane ¿nos perdonas?’ y las explicaciones de Luis Aragonés de que no tenía seña para echarse todos atrás con el marcador a favor, confirieron a esa derrota un sabor amargo como pocos. Daba asco, pena y vergüenza animar a la selección española, que de rebote, como un gol de Raúl, entró en la mayor crisis institucional de su historia, con todo el país pidiendo la destitución del entrenador.

Y ocurrió lo inimaginable: Luis Aragonés mandó a Raúl a hacer gárgaras. La historia es bien conocida: El Sabio de Hortaleza logró ganar la Eurocopa de 2008 con un fútbol espectáculo de impresión. E, inmediatamente, cómo no, fue destituido.

EPÍLOGO

Todo puede cambiar en esta vida. A peor, a mejor. En los ochenta, había gente que encontraba muy cool tatuarse un escudo de Batman en el brazo. Llegó la película de Batman de Tim Burton a la cartelera y de ser lo más tope pasaron a pobre gente. Alguno había también que encontró gracioso, bizarro y salvaje tatuarse un toro de Osborne. El singular dibujo, obra del diseñador militante del Partido Comunista, Manolo Prieto, pasó a ser en menos un lustro la seña de identidad de la España de las ciudades dormitorio. Menudo disgusto. Yo tengo un amigo, JM, que en 2002 se tatuó un hermoso pulpo entre el pezón y la ingle. Le mando un afectuoso saludo…

Todo puede cambiar. Ese es el mensaje. Los dibujos de Oliver & Benji que tanta risa nos daban, resulta que se han hecho realidad. España ha jugado la final de un campeonato del Mundo con un balón de playa, una final que ha durado una eternidad, donde los malos se han empleado de forma sucia y rastrera, y donde hemos marcado en el último minuto con un chico que está enfermo y puede morir en cualquier momento. Oliver & Benji eran realismo soviético y nosotros nos reíamos. Otros se reían de la selección. En cuatro años España se ha plantado con mejor palmarés que Francia e Inglaterra. A Platiní le dio un amago de infarto el otro día cuando cayó en la cuenta.

Cuando a España le han marcado el centro del campo con seis tíos, en lugar de acumular más hombres y ser sorprendidos a la contra, hemos reaccionando mandando unos pelotazos que casi le destrozan las cervicales a Xavi. Hemos superado seis catenaccios seguidos sin que nos hayan dado el inevitable disgusto que se suelen llevar los equipos que ‘juegan bien’. Vamos a ver, para que nos demos cuenta de la dimensión de esto: un señor de Albacete desmembradillo ha marcado le gol decisivo de una final de la Copa del Mundo de voleón.

En estos momentos, en los que seguramente se esté terminando de redactar en la sede de la RFEF la destitución de Vicente del Bosque, es cuando por fin podemos afirmar: a mí el fútbol me la suda.online sketch from photo [1]translation services dutch to english [2]