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Países Bajos

Folklore: Los Países Bajos son el resultado de la incapacidad histórica de los alemanes [1] de controlar el espacio geográfico que les corresponde, al igual que otros subproductos de esta falta de efectividad germánica a la hora de hacer las cosas bien en lo que se refiere a la gestión territorial como, por ejemplo, la I Guerra Mundial, la II Guerra Mundial o el pase de la selección española de fútbol a la final de un Mundial [2]. Aunque la cuenca del Rhin es un espacio alemán por excelencia su desembocadura siempre ha sido una zona fértil y rica, abierta al mar, en el centro de un área muy importante de tránsito de mercancías y personas. Y el Imperio alemán no ha podido nunca, como tampoco pudieron los Austrias (medio españoles, sí, pero también medio germánicos), retener esa zona. Era demasiado burguesa, demasiado rica, demasiado orgullosa. Una especie de Cataluña, pero con la diferencia de que ellos eran todo eso en serio. O, al menos, se lo creían. Y se notaba. De modo que nunca han sido tan patéticos como para ser incapaces, durante siglos, de montárselo por su cuenta. Y ahí los tienen, con un idioma que es una especie de alemán mal pronunciado, pero sin que nadie se atreva a chistarles y a imponerles que enseñen en la escuela a sus niños en español.  Con veladas pretensiones de anexionarse partes vecinas de Dinamarca y de Bélgica, pero logrando de verdad desestabilizar a los países vecinos mientras que los catalanes lo más que han conseguido es que el equipo de rugby de Perpiñán juegue con una camiseta con los colores de la señera. Con una renta per cápita tremenda. Sí, como los catalanes. Pero ellos se la quedan enterita y no le tienen que pasar nada a Pomerania, por ejemplo. Con una legendaria tradición de capitalismo corsario que les tiene situados en un rinconcito de la historia cómodo y bien caldeado desde hace tiempo. Que se decoran a su gusto. ¡Anda que para imponer leyes xenófobas anti-imigrantes van a tener que ir a pedir permiso a Berlín, a Madrid o a quien sea!

Y, lo que es mucho más importante, con una selección de fútbol propia, plagadita de Van estos y Van aquellos, que puede ir a Mundiales en representación del país e incluso aspirar, si se junta una buena generación de futbolistas (algo que lleva ocurriendo en los Países Bajos desde hace casi medio siglo al menos una vez por década) y se tiene algo de suerte, a llegar a la final. O, incluso, como ha ocurrido esta vez, sin que se dé la primera circunstancia. Mientras tanto, los catalanes se ven obligados a enviar a sus chicos a la selección española, en lo que es la culminación máxima, ni Estatut ni leches, de sadismo para con esa pobre gente. Fíjense en la diferencia: cuando los catalanes tienen una buena generación de jugadores… ¡España se hincha a ganar títulos!

Sólo constatando los lamentables equilibrios de los jugadores catalanes del Barça; por un lado celebrando la Liga con banderas independentistas y haciendo guiños a los sectores más catalanistas; por el otro explicando a los medios de comunicación cuando son convocados que España es un grupo unido donde todos reman juntos; sólo por la esquizofrenia de los pequeños gestos que tratan de no enervarse el cariño (y la pasta derivada de ese cariño) ni de la afición catalana ni de la española, se puede intuir hasta qué punto la situación es crítica para esa pobre gente. ¡Menos mal que lo solventan ganando sus buenos dineros!. Los amantes de la crueldad psicológica que deseen aprender sobre los estragos que la misma puede causar en mentes infantiles, si no quieren abundar en el sino desventurado de estos futbolistas, pueden hacerser una idea también muy apoximada de la magnitud del drama echando un vistazo a la prensa deportiva catalana, que está a punto de deslomarse en un síncope esquizofrénico con sus titulares que no saben a qué pulsión nacionalista (una, la otra) quedarse. ¡Pobre gente! Los Países Bajos, como es notorio, no padecen ese problema.

Con unos milloncejos de habitantes (unos 15, en estos momentos) que los han situado siempre en un orden magnitud unas 5 veces inferior a países como Francia, Reino Unido y Alemania han sido capaces, más o menos, de estar siempre en al menos segunda línea en todos los saraos. Que había que tener un imperio colonial europeo y esclavizar a unos indígenes subdesarrollados, estas buenas gentes estaban ahí, haciendo sus pinitos. Y, en concreto, estaban en Sudáfrica, entre otros lugares. Que había que montar compañías transnacionales, ahí los tenías. Que se trataba de participar en la Operación Libertad Duradera, los tíos iban con una aportación humilde sí, pero en primera fila. Y si, como ahora, se trata de montar pufos financieros de grandes dimensiones e inmensas burbujas especulativas, también los holandeses han sabido estar ahí, haciendo de la necesidad virtud. No importa siquiera que tengan más bien pocos solares para especular, ellos te montan un mercado secundario de tulipanes que nada tiene que envidiar en su estructura a modelos más asentados (ya saben, “compro tulipanes, que eso es un activo que nunca baja”, “como la demanda de tulipanes no puede sino crecer, estoy comprando barato”, “doy de garantía mis tulipanes valiosísimos para pedir el préstamos y me compro un BMW”, “¡el gobierno nos ha engañado al no impedir la bajada de precios en el mercado de los tulipanes!”).

Lógicamente, por todo lo expuesto, si el mundo moderno exige tener una selección de fútbol de renombre, los Países Bajos no pueden sino tener la suya propia. Así ha sido, como es sabido, desde que en los 70 una generación de jugadores fantásticos salvó al fútbol europeo, es decir, al fútbol, en general, de caer en la sima de tacticismo y juego defensivo a que parecía abocado durante los años 60. Desde entonces, además, el juego holandés ha irradiado a otras tradiciones futbolísticas (la más beneficiada, sin duda, ha sido la del Barça, que con Cruyff y su legado pasó de ser un club de perdedores a un equipo reconocible y con una imagen de marca global propia y admirada).

Suele decirse, y se trata de la constatación folklórica más habitual cuando se habla de los Países Bajos en esta materia que “el fútbol debe un Mundial a Holanda”. Y, la verdad, se tiene razón. Perdieron la final de 1974 en un momento en que, sin duda, practicaban un juego más abierto, dinámico, hermoso y efectivo que nadie. Pero se encontraron a una Alemania digna de ese nombre, seria y metalúrgica, en la final y se dejaron remontar. Cuatro años después, en 1978, de nuevo perdieron una final, la del Mundial de Argentina, frente a los anfitriones, con la aparición estelar de Kempes. El equipo holandés, una vez más, había jugado mejor que nadie, con el mérito añadido de que su máxima estrella, Johann Cruyff, había mostrado el par de huevos del que siempre ha hecho gala y se había negado a ir a Argentina para jugar la competición, haciendo gala de su habitual capacidad para conectar bullas de macarra dominador de los espacios y los tiempos (conflictos con la federación holandesa) con una icónica vocación por las buenas causas (alegó que se negaba a ir a Argentina por la vergonzosa decisión de celebrar el Mundial en un país donde el régimen era una dictadura que violaba constantemente los derechos humanos). Esa generación holandesa no ganó nunca nada. Aunque sí lo hizo la de Van Basten, con el famoso gol a Alemania en semifinales, en la Eurocopa de 1988. Pero, qué quieren que les digamos, se trataba de una Eurocopa. Al igual que le pasa a la selección española, no se puede decir, a día de hoy, que los Países Bajos hayan ganado nunca ninguna competición futbolística seria.

Así juegan: Sin enamorar. Defienden con seis tíos atrás, más el portero, y tienen a tres o cuatro más por ahí arriba, desperdigados, tratando de meter gol. Se han acabado las alegrías de antaño y el juego colectivo.

Es verdad, con todo, que dado el panorama del fútbol actual, la definición de ahí arriba permite encuadrar el juego de prácticamente cualquier equipo. Sí, también el de España en este Mundial, si lo piensan. Conviene, por ello, establecer las diferencias que acaban marcando distancias  y que se refieren a pequeños matices. Muy resumidamente, podríamos decir que allí donde España es horizontal y tiene tendencia a circular pausadamente en líneas paralelas a la de fondo, Holanda es horizontal y no da más de tres pases seguidos (eso sí, como salgan sos tres pases se plantan ante la portería rival). También, muy resumidamente, se puede decir que España tiene jugadores que, digamos, son ligeramente mejores. Porque, sinceramente, nadie pondría a la mayoría de los holandeses como estrellitas del firmamento futbolístico mundial.

En la puerta tienen a un tipo bastante sospechoso, o al menos que así se lo parece a cualquiera que haya visto los goles que marcó Uruguay en la semifinal, con mención especial al primero, donde el nivel de la cagada hace que ni siquera la manida excusa del balón cuele. Yo no lo conozco de mucho más, como supongo que nos pasa a todos. Pero con eso basta, la verdad.

La defensa, por su parte, no sobresale por nada. Pero quien haya visto el gol que les marcó Brasil en cuartos (así como las ocasiones adicionales que les crearon siguiendo el mismo patrón) está en condiciones de afirmar que es una puta mierda, al menos, en lo que a colocación y sentido del juego se refiere. Que te metan 4 ó 5 pases largos rasos al centro de la defensa, desde el campo del rival, que dejen a los delanteros solos ant tu portero es algo que uno no espera contemplar en un equipo que no sea el Atlético de Madrid previo a QSF.

Los medios-centros defensivos, Van Bommel y De Jong, son picapedreros del fútbol que, como es sabido, no tienen espacio en un club español de nivel medio. Así que mejor que no nos vengan con tonterías, que  sabemos perfectamente que ni el Alavés de Pitterman los querría.

Y, en lo que se refiere a la gente que tienen por arriba, a las pruebas de este mismo verano nos podemos remitir, dada la sabiduría con la que Florentino Pérez largó a Robben y Sneijder del Madrid porque no daban el nivel. Por mucho que hayan jugado, ambos, en distintos equipos, la final de la Copa de Europa y por mucho que hayan llevado a una Holanda gris a la final de un Mundial, qué quieren que les diga, no seremos nosotros los que empecemos a ir contra algunas de las más esenciales reglas que cualquier aficionado al fútbol español que, además, sea persona de bien ha de cumplir y no cuestionaremos nunca la sagacidad de un presidente del Madrid (algunos lo hicimos, riéndonos en su día de Lorenzo Sanz, y el fútbol nos dio una lección; otros lo han repetido no hace tanto con Calderón y el balón ha vuelto a poner las cosas en su sitio). De modo que confíen en nosotros y en el MEMYUC: son unos paquetes.

Sólo se salvan dos jugadores peleones de nivel medio de la Premier League inglesa: Van Persie y Kyut. Pero son, ambos, representantes de esa escuela de delanteros holandeses que ha sucedido a Van Basten; la de los buenos jugadores que juegan en punta pero que no tienen gol. Amnistía Internacional ha propuesto que las ejecuciones en EE.UU. las realice un pelotón de fusilamiento formado por estos dos tipos y Patrick Kluivert como medida humanitaria que garantizaría pocas muertes (al menos, entre los condenados, no aseguramos que a los guardas que los costodian, si no se apartan lo suficiente, no pueda pasarles algo).

Eso sí, reconozcamos que los Países Bajos, al menos, tienen una pequeña ventaja competitiva: no son Alemania. No juegan como ellos. No van de multi-kulty por la vida. No se miran en el espejo de España. Son conscientes de sus limitaciones y son, sí, verticales. Quizás porque no tienen otro remedio, de acuerdo, pero no me negarán que se agradece.

La estrellita: Con semejante panorama, no es de extrañar que la estrellita holandesa sea, siga siendo y previsiblemente sea por siempre Su Majestad Johann Cruyff. Y con motivo. Se trata de la estrella polar del fútbol de nuestros días, alfa y omega de todo lo bueno que ha ocurrido en décadas. Ha sido capaz de consolidar como país de tradición futbolística una nación que carecía de ella. Ha logrado que sus clubes cosechen éxitos y se conviertan en referentes. Ha generado una cantera inagotable de futbolísticas técnicos, que entienden el juego, de buen trato con el balón y que, además, son competitivos. Desgraciadamente para los Países Bajos, gran parte de este legado futbolístico lo ha disfrutado y disfruta España. Incluso fenómenos sólo comprensibles a partir de Cruyff, como Van Gaal o Rijkaard, han contribuido tanto o más a cultivar un futuro para el fútbol holandés como para el fútbol español

Pronóstico: No parece que haga demasiada falta aventurarlo. Dicho lo dicho, debiera estar claro que España es la gran favorita. Tiene mejor equipo, los holandeses arrastran una leyenda negra en las finales que la tradición marca que debiera continuar y, además, no parece que futbolísticamente la propuesta holandesa sea de las que más incomodan a la selección española. ¡Si estuviéramos hablando del combinado nacional de Chad, o de Perú, o de Moldavia, otro gallo cantaría! Pero va y resulta que esta gente, aunque se ponga a ello, no está preparada genética y culturalmente para cerrarse atrás y plantear un partido rocoso. ¡Hasta los daneses habrían sido un rival más duro!

Además, por mucho que un Mundial en Sudáfrica pudiera recompensar la apuesta reblanquizadora de losa actuales seleccionadores holandeses (una especie de tríada de hegemonistas blancos en representación de Ajax, Feyenoord y PSV que corta y reparte el bacalao a base de consenso) hemos de recordar que España es la selección racialmente unitaria del torneo por antonomasia (excepción hecha de las africanas). La tradición futbolística dice también que los anfitriones suelen ser recompensados. Y, si no, los equipos más próximos culturalmente (en Europa ganan europeos, en América americanos, en Japón mierda-jugadores de video-consola como los brasileños…). Es obvio que España es quien mejor cuadra con el perfil de lo que Sudáfrica significa.

De modo que se avizora un éxito sin precedentes del fútbol español y, de paso, de todo lo que ha sido decidido (y asumido con satisfacción por casi toda la afición) que ha de acompañar a la selección nacional de fútbol, desde banderas con el toro a Plácido Domingo metiendo baza, desde celebraciones con cánticos contra los catalanes a políticos de toda laya haciéndose los simpáticos opinando sobre fútbol y aprovechando para criticar a los antiespañoles, desde canciones pop-rock de ánimo a la selección a cual más asquerosa a campañas de publicidad de firmas comerciales que nada tienen que ver con el fútbol, desde el Ministro de Deportes chupando cámara a Fernando Hierro entrevistado eufórico por Sara Carbonero, desde los comentarios de entrenadores españoles que hacen de locutores y permiten a todos comprender lo sencillito que debe de ser esto de ser seleccionador a los locutores que ven 24 penaltys en el área del rival por partido (ya ha sido recordado que nos arbitra el tipo que concedió un gol ilegal por fuera de juego a Suiza y nos escamoteó 4 claros penaltys en nuestro primer partido contra Suiza)…

El único que parece que no va a disfrutar del éxito, y ha decidido cedérselo generosamente a su hijo y a su nuera, es su Campechana y Siempre Dispuesta a Chupar Cámara Majestad, Juan Carlos I, Rey de España. Por lo visto, si hacemos caso a las crónicas de Mábel Galaz [3] sobre la espectacular recuperación del chequeo que indicaba que todo estaba en orden y el tío como un toro pero que, por asegurarse, derivó en una intervención quirúrgica en un pulmón que determinó que el Monarca no tenía un tumor y que, si era un tumor, era benigno y tan pequeñito que se caía de la mesa y se mataba, está el tío tan bien de salud que ha preferido quedarse en España haciendo abdominales y preparándose para participar en los próximos campeonatos mundiales de levantamiento de piedras y corte de troncos.

Piensen un poquito en Él, en como se sacrifica por nosotros, en cómo pone por delante el trabajo al placer, en cómo se arremanga por el país y acuérdense, cuando estén de celebración, del espíritu austero, espartano, reciamente español que le caracteriza. No me cometan excesos de los que luego se arrepientan, como quemar banderas catalanas, dejar embarazada a una inglesa o apalear a los inmigrantes sudamericanos que están invadiendo las celebraciones de los éxitos de la selección con banderas y camisetas. Que el alcohol es muy malo y si se mezcla con la euforia de un título puede dejar salir la esencia racial de España y ya la tenemos liada. Así que moderación, que luego nos arrepentimos y tal pero el mal ya está hecho. Y no vuelve a haber Mundial hasta dentro de 4 años.продвижение молодого сайта [4]полотенцесушитель для ванной электрический купить [5]