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Alemania

Folklore: Se supone que esto es una reseña de Alemania en tanto que nación y en tanto que rival en semifinales de este Mundial de 2010 de la selección española. Debiera, por ello, estar plagada de referencias a guerras, al Sacro Imperio Germánico, a Carlos I de Alemania, a la Wehrmacht, a la Segunda Guerra Mundial, a los cascos con un pincho encima y a las gorras de pato. Pero, haciendo un enorme esfuerzo, vamos a dejar pasar la ocasión. Porque la Alemania que se enfrenta a España esta noche es una especie de crisol multicultural bastante sospechoso que en nada refleja un mínimo de coherencia con esta tradición. ¿Cómo es posible? ¿Cómo hemos llegado a esta situación? A esa pregunta trataremos de responder.

En LPD hemos tratado de acercarnos a la nueva Alemania desde una perspectiva cultural [1] ajena a los tópicos al uso en nuestra sección Low Fare [2]. La conclusión que se extrae de esta especie de engendro tutelado por los EE.UU. que se ha ido creando a lo largo de medio siglo largo en parte de los terrenos donde otrora estuvo Alemnia es obvia y se resume de modo sencillo: los alemanes se han amariconado que no veas. Mientras una generación de clases medias y de elites dirigentes supuestamente “desnazificadas” pero en la práctica conectadas con las viejas esencias (cada poco tiempo surgía un escándalo, con una periodicidad que ha llegado a finales del siglo XX, porque se descubría, a su muerte o años después, que tal o cual preboste de la patria democrática, tal o cual juez del Tribunal Constitucional, o Ministro, o alto ejecutivo de una gran multinacional, había pertenecido a una logia nazi secreta hasta el mismo día en que dejó el mando) el país siguió siendo una cosa seria. Acabada la II Guerra Mundial, pusieron en marcha un pedazo de industria pesada que ni España con el cambio de paradigma económico que estamos en estos momento llevando a buen puerto. Y lo hicieron en apenas un par de lustros. Así, tan pronto como en el año 54, como consecuencia de esa visión metalúrgica de la existencia, una selección alemana plomiza como pocas se cepilla en la final del Mundial de Suiza a la alegre y confiada selección húngara, plagadita de estrellitas que mordieron miserablemente el polvo sin entender muy bien qué les había pasado por encima. Mismamente, como los proyectos de Florentino Pérez cuando se enfrentan a un Olympique Lyonnais de la vida.

Las nuevas generaciones de alemanes, sin embargo, sí iban, poco a poco, desnazificándose. Es ley de vida. La espectacular bonanza económica, el chollito de no tener que mantener un ejército (pues de la seguridad y de tener militarizada la frontera se encargaban los “aliados” que todavía ocuparon militarmente durante décadas el país) y la existencia de una clase media y trabajadora educada en la seriedad prusiana que consideraba una cuestión de honor doblar el espinazo para sacar al país de la ruina y devolverle el lustre perdido por la derrota militar fueron generando unas clases medias cuyos hijos empezaron a disfrutar de comodidades de todo tipo, mismamente como los españoles de hoy en día, aunque como no eran tan chulos como nosotros lo del BMW en la puerta no fue nunca tan común allí, por paradójico que pueda parecer, como lo es hoy aquí. No es extraño, en tal contexto, que la agitación del 68 fuera, en Europa, un fénomeno esencialmente alemán (con ramificaciones francesas debido a que en esa época se generalizó la moda entre los universitarios alemanes de pasar un añito de estudios en algún país “poco serio” para ir de fiesta y aprovechar la impresentabilidad del resto de socios europeos, disfrutar de la buena vida y volver a Alemania con un acabado sentido de superioridad al ver cómo se las gastan por ahí; destino que en la actualidad es mayoritariamente España pero que en esa época era Francia, con quien nadie podía competir en Europa en los sesenta y en los ochenta en cuanto a falta de seriedad universitaria). Sin embargo, el fútbol es un nicho que resiste mejor que otros la contaminación ambiental del entorno. Fíjense, si no, en la actual selección española de fútbol, único contexto cultural que en nuestro país resiste orgulloso e inmune al barniz cultural que al menos formalmente otorga a nuestra juventud actual el sistema educativo que regala titulaciones superiores a base de copiar trabajitos de la wikipedia. ¡Si hay varios analfabetos funcionales en el equipo (y eso que al final no se ha convocado a alguno que todos tenemos en mente)! ¡¡Si se supone que el jugador con más formación y “mejor cabeza” es Carlos Marchena!! De modo que mientras la juventud alemana empezaba a acomodarse y a ser revoltosa a la selección alemana de futbol llegaron sólo las greñas, pero la molicie se quedó fuera. Así, beneficiada por el estímulo de competir con la entonces pujante RDA por la hegemonía en los valores germánicos y con un fútbol colectivo y trabajado que todavía respondía a las esencias metalúrgicas, la RFA se impuso en 1970 a la mejor Holanda de todos los tiempos en el Mundial  de casa. Una victoria más del estilo gris frente a las concesiones preciosistas.

La inmigración, mientras tanto, había llegado al país. Millones de turcos y latinos trabajaban en Alemania y se integraban, poco a poco, mal que bien, en la sociedad. Menos, como no podía ser de otra manera, en la Nationalmannschaft que hacía honor a su etiqueta de equipo nacional. Entendida la nación en sentido clásico, en el sentido del Tribunal Constitucional español y no en el que supuestamente dice defender ERC. En 1986 un equipo germánico uniforme racialmente, en representación de una sociedad que ya no lo era, llegó a la final y a punto estuvo de ganar a la Argentina de Maradona. La sociedad alemana reflexionó y concluyó que el problema del equipo había radicado en que era “demasiado alegre y fantasista”. Y ojito, porque se decía eso de un equipo capitaneado por Rummenige y enrenado por Beckenbauer, de modo que se pueden ir haciendo a la idea. Se plantaron en 1990 con una pareja de delanteros que daba miedo en lo estético (aunque crearon una moda que duró años en materia de peinados) y en lo futbolístico, Völler y Klinsmann, y lograron ganar a Argentina en la final, después de una trayectoria donde cualquier parecido con la diversión fue pura coincidencia. Enterrando, de paso, el mito de esa Argentina que jugaba, supuestamente, como los ángeles y con el “mejor jugador de todos los tiempos”. Y demostrando que la laboriosidad es siempre, si se trata de Alemania, la respuesta.

La sociedad alemana, sin embargo, ajena a los éxitos deportivos del modelo puro, era cada vez más plural, más hedonista, más pura y simplemente capitalista. Su selección nacional tenía cada vez menos donde elegir porque jóvenes sacrificados y metalúrgicamente dedicados a un fútbol serio, colectivo, rocoso, directo y trenzado a partir de voleones había cada vez menos. Clemente estaba en esos años declinando a la española, y con enorme éxito, el modelo (con la más competitiva selección que hemos tenido nunca, excepción hecha de la actual, como resultado, y con el mérito de que quienes componían el equipo, los Otero, Voro, Giner, Alkorta, Nadal… no eran precisamente ejemplos de calidad y de técnica), pero eso era porque España todavía generaba currantes del fútbol, como sociedad no totalmente desarrollada que era. En Alemania, en cambio los chavales ya no querían dedicarse a eso de currar en un campo de fútbol sino que preferían montar grupos de música pop “para expresar lo que llevan dentro” y empezaban a entender la vida como una sucesión de fiestas donde el único objetivo, común a la escala de valores capitalista que ahora lo impregna todo y ha sustituido al casco prusiano como divisa alemana, era divertirse, beber, follar y ganar dinero. Los comprometidos con la sociedad se decantaban por lo último. Los herederos de mayo del 68 cambiaban el mundo centrándose en lo primero. A los que les gustaba el fútbol y le daban a la pelota empezó a invadirles el virus del fútbol como “expresión artística” de lo que uno lleva dentro y demás majaderías que ahora imperan. Y como consecuencia de todo ello la selección nacional alemana se resintió por la scasez de materia prima aunque siguió siendo un reducto donde se reflejaba, y desde el que pretendía irradiar valores, la vieja Alemania. Los alegres 90 (para las sociedades occidentales) fueron años duros futbolísticamente para Alemania. Cada vez menos chavales eran válidos. Aun así, y penando en los mundiales (ni una mísera semifinal que llevarse a la boca en el 94 y el 98), lograron ganar una Eurocopa en el 96 gracias a esa defensa numantina, contra un mundo que cambiaba, de las viejas reglas del fútbol alemán. Incluso en 2002 a punto estuvo de obrarse el milagro, encomendando a un joven del este, Ballack, la defensa de la Vieja Manera Alemana de jugar.

Pero, a partir de ahí, la selección nacional alemana se ha roto definitivamente. Ha renunciado al sueño de representar lo que fue Alemania y ha optado por la integración y por abrirse definitivamente a la realidad. Ha preferido no encarnar el mito para tratar, al menos, de ganar títulos. Y ha empezado a llenarse de hijos de la inmigración y represantantes de la nueva juventud hedonista que representa mejor que nada lo que es la Alemania actual. Con un resultado desconcertante: Alemania juega como si fueran… algo, no sé qué, pero definitivamente no como alemanes.

El equipo nacional alemán actual, que empezó a gestarse en su Mundial de 2006 y en la Eurocopa de 2008 (con buenas actuaciones en ambos casos aunque lejos del clímax que supone ganar el título en ambos casos, perdiendo contra campeones menores como Italia, en semifinales, o España, en la final) es una traición a su historia y su tradición. Eso sí, está diseñado para tratar de ganar por la vía actualmente más posibilista. Y refleja mucho mejor la realidad actual del país que la senda tradicionlista, por mucho que ésta sea mucho más hermosa. ¡Pero quien dijo que el fútbol ha de tener que ver con la  realidad, que la selección nacional ha de reflejar fidedignamente lo que es un país! Miren a la selección francesa de 1998, único éxito reseñable de Francia en esto del fútbol, y comprenderán que se puede triunfar con un equipo que en nada se parezca a lo que eres como nación.

Así juegan. Pues bastante bien, la verdad. Lo peor de la Alemania actual, si nos referimos al fútbol que despliega, es la defensa, donde siguen predominando alemanes de pura cepa que, lógicamente, no acaban de sentirse reconocidos con el actual equipo y que, por ello, están bastante despistados y se muestran inseguros y poco solventes en cuanto les llega un balón. Es normal porque, al margen del efecto devastador para esta buena gente de ver todo el centro del campo y la delantera llena de jugadores de origen extraño, el tipo de juego que estos extranjeros a la idea alemana del buen balompié han impuesto deja a la defensa desguarnecida cada dos por tres. Y Friedrich o Lahm son defensas que viven mejor arropaditos y confiados en que son un equipo donde van todos a una. Afortunadamente, tienen a un hijo de gahnés y madre alemana (cuyo hermanastro, para más desdoro, juega con la selección ghanesa), que corre que se las pela por la banda izquierda, que es negro y que lesionó a Ballack en un partido de la liga inglesa cargándose cualquier posibilidad de que la vieja esencia germánica, representada en un jugador educado en la antigua RDA, pudiera reaparecer. Al menos, para compensar, corre como un cabrón y cubre huecos en una defensa flojita. La portería, con Neuer, es también endeble. Alemania puede haber llenado de mestizaje y tolerancia su centro del campo pero no está preparada para ceder la puerta, todavía, a un jugador de origen extranjero. De modo que el portero sigue siendo un ario con cara de perplejidad ante lo que despliega su equipo por delante, con el resultado de que se ha convertido en un tipo timorato, lejos del carácter y macarrismo que han identificado a generaciones de porteros alemanes, desde el mítico Schumacher, tan agresivo en la portería del Mundial 82 antes de que se dedicara a la Fórmula 1 como lo ha sido luego pilotando coches, hasta el dudoso portero de los últimos años, Oliver Khan, que salvaba con salvajismo sus carencias técnicas. Y no le iba tan mal.

El centro del campo alemán, en cambio, sí ha demostrado solvencia. Lo ha logrado por la vía de liquidar el protagonismo de la última gran esperanza aria y, para más señas, bávara. Así, el ineficaz y patético Schweinsteiger al fin ha abandonado la delantera o sus cercanías y ha sido reconducido al eje del campo, a labores más industriales, como es propio de un paquete de su calibre. Gracias a que le secunda un tipo llamado Khedira (y creo que no hace falta añadir más para hacerse una idea) el despliegue en la contención está garantizado. Por arriba juegan Podolsky, de origen polaco,  y en ocasiones un tal Tschkolsky, que, llamándose como se llama, debió de salvarse por los pelos de ir en el avión donde hace poco se estrelló el avión del presidente y demás gerifaltes polacos. Secundados por la gran esperanza blanca (blanquísima, de hecho, compite con Iniesta por el Trofeo que la FIFA, patrocinada por las farmacéuticas más potentes del globo, otorga al jugador más idóneo para hacer anuncios que el próximo invierno acojonen a la población y a los gobiernos con un nuevo tipo de gripe caballar que puede devastar el mundo y cargarse al 90% de la raza humana) de toque, calidad y dinamismo ofensivo que es el tal Özil, de procedencia turca, y que al parecer es una súper-estrella, como demuestra que juega en el Werder Bremen habiendo logrado allí éxitos de la talla de perder contra equipazos como el Valencia y el Atlético de Madrid en la Europa League. En la delantera, al menos, se conserva algo de decencia, pues Klose, por mucho que sus padres fueran polacos, juega de tal forma que incluso el Führer habría aceptado sin problemas que fuera nacionalizado. Por arriba, recogiendo rechaces, cabeceando, aguantando el balón, demostrando exhibiciones de verticalidad hasta para ir al baño… Y, sorprendentemente, mezcla bien con estos chavales multiculturales de toque alegre y visión moderna del mundo. Cosas veredes. Aunque esto es algo que en España ya sabíamos que pasa gracias a Julio Salinas y sus portentosas actuaciones en el Barça de Cruyff.

La estrellita. Pero la estrellita, sin duda, es Müller. Y lo es por varias razones, todas ellas de peso. En primer lugar, porque es un jugadorazo, de los que sólo el genio de Louis Van Gaal puede descubrir y pulir como nadie. El Barça y la selección española todavía viven, en gran medida, de las rentas procuradas por la manera en que Xavi fue educado futbolísticamente por el holandés, probablemente el mejor entrenador de fútbol de los últimos 20 años. Pues el tío, este año, no sólo ha llevado a un Bayern de Múnich con jugadores de derribo (empezando por el pringado de Schweinsteiger, que era su supuesta estrellita -no se rían, por favor- y continuando con desechos de tienta de equipos como el Madrid a la manera de Sneijder) a ganar la Liga alemana y tocar con la punta de los dedos, para pasmo general, la Copa de Europa sino que se ha sacado de la manga a un chavalín de 20 años del equipo de Tercera y lo ha convertido en lo que es el pedazo de Müller que estamos viendo en el Mundial, donde, sin ninguna duda, no sólo está jugando mejor que nadie sino que, además, está siendo decisivo partido tras partido. Ya sé que alguien estará pensando ahora en Guardiola y Pedrito pero conviene fijar algunas diferencias, reconociendo el mérito del entrenador del Barça: Van Gaal lleva haciendo obras de arte 20 años, de modo que a Guardiola le queda camino por recorrer para que se le pueda comparar; Pedrito está en el Mundial de comparsa, como demuestra el hecho de que incluso Fernando Torres juega antes que él, mientras que Müller está haciendo barbaridades partido tras partido.

Con semejantes credenciales y dándose la sorprendente conjunción astral de que el tipo sea alemán, alemán, de que su apellido sea inconfundiblemente germánico, de que incluso retrotraiga a nombres históricos del fútbol de allí, ¿quién puede hacer sombra a este chaval?, ¿quién puede extrañarse de que la selección alemana, en la práctica, se reduzca a él y 10 más? ¿Quién puede ser el loco que se compre una camiseta de Özil en Alemania pudiendo comprar una de Müller?

Pronóstico. Gana España. Les aseguro, además, que no es un pronóstico hecho con el corazón sino con la cabeza. Porque el fútbol suele ser cruel con quien renuncia a sus orígenes y a su identidad. Y Alemania lo ha hecho. Lo que está haciendo Alemania en este Mundial puede ser vistoso, puede ser multicultural, puede ser cool, pero no es futbolístico. Y será castigado. En sentido inverso a cómo, en el 96, de la nada, fueron capaces de ganar un título, los esfuerzos de este Mundial prometen acabar como en 2006 o en la pasada Eurocopa: mucho remar multiculturalmente para morir en la orilla de quienes se han traicionado a sí mismos.

Adicionalmente, este Mundial se celebra en Sudáfrica y ya tuvimos ocasión de explicar desde el primer día que primaría a los equipos racialmente coherentes. Dado que era imposible que el efecto sede jugara a favor de los anfitriones (ni Nelson Mandela chutado o el presidente Zuma en medio de una de sus orgías de mujeres habrían apostado por un buen desempeño de su equipo en la competición), era inevitable que favoreciera a selecciones que representan las esencias de la identidad nacional sudafricana aun siendo de fuera. Por eso tenía que ser un Mundial europeo, no nos engañemos. Y aunque Alemania pueda representar el falso igualitarismo (curran los de todas las razas y la gloria y el dinero es sólo para los blancos) de la actual Sudáfrica la selección española, la única del Mundial absolutamente pura desde un punto de vista racial (desde que depuró a Senna como agradecimiento por habernos ganado una Eurocopa con la excusa de que eso de traerse a un jugador en proceso de recuperación de una lesión sólo es válido para Fernando Torres, 9 por la Gracia de Dios), simboliza mejor todo lo que África dle Sur ha dado al mundo a lo largo de su historia y no sólo este Estado moderno y con una capa de pintura integradora que tenemos ahora y que incluso organiza campeonatos deportivos de relumbrón .

Quien duda de hasta qué punto estas cosas son importantes en un Mundial puede analizar cómo una Holanda patética, pero a fin de cuentas heredera de los afrikaaners, ha llegado a la final. Lo ha hecho con un equipo sorprendentemente blanquito, para lo que eran los útimos años de Holanda, donde el más oscuro, Van Brockhvonstf o como se llame, ni siquiera lo es demasiado y donde han desaparecido los Bogardes, Reizigers o Kluiverts de antaño para lograr una brillante clasificación en un entorno propicio como Sudáfrica.

Y, ya puestos, si nos dejamos de chorradas y no fijamos en el juego y alineaciones de ambos equipos, no podemos sino concluir una obviedad: Alemania juega bien pero es blandita. Y le falta su estrellita, Müller, sancionada por una mano absurda en el partido contra Argentina. Es decir, que tiene todos los números para cagarla. Mientras que España no ha jugado una mierda a lo largo del campeonato pero ha demostrado, al menos, que tienen claro que  su función esencial es defender a falta de inspiración en ataque, encomendarse a la suerte y los arbitrajes y rezar para que la cosa salga bien. De hecho, la selección contrató a Vicente del Bosque, un técnico especializado  en desarrollar ese preciso modelo de fútbol. Con lo que, dado que además el juego de contención y contras al que se está abonando España parece especialmente indicado para batir a una selección como la alemana, con una defensa que inspira menos confianza que la clase política de la Vega Baja alicantina, la conclusión no puede ser más obvia. A Alemania le van a caer un par de golitos como mínimo y es muy complicado que marque otros tantos sin Müller por ahí.

Así que, la verdad, pocas dudas pueden albergarse: España será finalista del Mundial de 2010 y se lo jugará, a cara de perro, contra Holanda.online italian translator [3]english to spanish translation google [4]