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El Príncipe de Persia: las arenas del tiempo

Tras el primer acto de la tragedia de La Roja [1], nada mejor que un bodrioculón de campanillas para desengrasar. La película que nos ocupa, tan mala como entretenida (en honor a la verdad: más mala que entretenida), cuenta con dos poderosos puntales para ponerse al nivel, casi, de un 2012 [2]:

– Como claro síntoma y reafirmación de la decrepitud de ideas imperante en el cine de Hollywood, la película se basa en un mítico videojuego de finales de los 80, “Prince of Persia”, reeditado y actualizado en un sinfín de ocasiones desde entonces. Y, naturalmente, la profundidad narrativa que ofrece el guión es similar a la del videojuego. Y como “Prince of Persia” es uno de los principales hitos en la historia del género de los videojuegos “de plataformas” (personajes que saltan de un nivel a otro en horizontal y/o vertical), el protagonista de la historia nos regala con un sinfín de saltitos para huir de sus enemigos que se constituyen en su particular seña de identidad.

– Pero, sobre todo: esta película está producida por Disney. ¡Por Disney, amigos! Ya se pueden figurar Ustedes lo que me encontré: sexo y violencia a mansalva. ¡Si hasta me pareció intuir un escote al estilo de los primeros años sesenta en el momento más ardoroso de la película! Y de violencia qué les voy a contar, los personajes parecían salidos del Capítán Trueno [3] o, por poner un referente más moderno, el Equipo A [4]: en la batalla inicial no muere ni Dios, sólo se tropiezan por el efecto de las flechas o se les asesta un amable mamporro que les deja momentáneamente inconscientes.

La cosa se resume así: el Imperio Persa está en manos de un rey y su hermano. El rey tiene tres hijos, uno de ellos (el héroe de la película) adoptado merced a su éxito en pegar saltitos para huir de los esbirrillos del rey cuando era un niño. Contra el parecer del héroe, pero con su fundamental ayuda, toman una ciudad sagrada que custodia una superdaga con poderes mágicos. Al poco el rey llega, les echa un rapapolvo a todos por haber conquistado la ciudad santa y es asesinado. Como no podía ser de otra forma, acusan al hijo adoptado, que tiene que huir despavorido con la superdaga y con la suma sacerdotisa de la ciudad y Guardiana de la Superdaga, que es una choni poligonera a la que le han puesto un vestido de “reina del Tunning” para aparentar un algo medio místico.

Menos mal que al poco el argumento, banal hasta decir basta, da un giro de tuerca con la aparición del malo malísimo, un malo tan subyugado por el Mal, tan contrario al Bien, que incluso está dispuesto a que los buenos mueran víctimas de su maldad . Naturalmente, aunque el malo (el hermano del rey, que quiere ser califa en lugar del califa, emperador en este caso) se revela como tal en el minuto 50 o así, su maldad es evidente para todos desde el principio.

La superdaga permite retroceder en el tiempo, pero sólo un minuto. El malvado malo la quiere para retroceder décadas atrás (para ello tiene que ir a un santuario “superespecial” que es el único sitio donde la daga da tanto de sí) y aprovechar su oportunidad para asesinar a su hermano en la flor de la vida y disfrutar del poder desde el principio. El bueno, como es muy bueno, hará lo que pueda por impedírselo (discúlpenme por destriparles la trama). En cualquier caso, no se esperen una película de paradojas temporales y viajes en el tiempo [5] en plan Regreso al Futuro. La daga funciona como funciona porque es obra de Dios, y punto (nada de utilizar la superdaga y acabar encontrándote con tu abuela o, lo que es peor, fornicar con ella y engendrar a tu padre, como en Futurama).

Como apoyo logístico para hacerse con la daga, el malo contrata a unos malvados “Assassins” (que es la forma de decir “Asesinos” sin nominalizar demasiado el asunto y que quede moderno y cool, es decir, en inglés), que son los miembros de una secta fanática de drogotas dedicados compulsivamente a depurar sus técnicas asesinas. Lo cual, justo es decirlo, tiene mucho mérito, dado que la secta de los Asesinos existió realmente, pero surgió en la Edad Media, siglos después de que se desvaneciese cualquier vestigio del Imperio Persa. Pero sí, en efecto hablamos de un bodrioculón emanado de un videojuego, así que el anacronismo constituye, en todo caso, un mérito añadido.

Los tales Assassins no son tan fieros como los pintan y, a decir verdad, en su mayoría no tienen ni media hostia, pero, desde luego, cuentan con una excepcional campaña de marketing (hay que ver lo malos que parecen en la película, cómo se mueven y la de maldades que parecen estar perpetrando continuamente; ¡pero si hasta son capaces de asesinar en una película en la que no muere nadie!), más o menos como los malos moros que pululan por las películas y series del ramo [6] (“niada se interpondrá en este día sagrado”, repiten mientras manejan el artefacto nuclear de turno). Además, los Assassins luchan ayudados por unas víboras que hay que ver lo bien alimentadas que están (pesarán como 50 kg), y que chupan cámara que es un primor, a lo Belén Esteban. Por supuesto, nada de esto servirá para nada: al final el bueno vence, el Bien impera, y todo lo que estaba mal se arregla por la vía de utilizar la superdaga a voluntad.hollywood caricatures [7]translation to persian [8]