“Enemigos públicos”, de Michel Houellebecq y Bernard-Henri Lévy

Con el nombre de género epistolar se conoce tradicionalmente el intercambio de cartas entre un escritor reconocido y otra persona, donde las cartas cobran así valor de obra literaria. El acto que otorga ese valor literario a la correspondencia que en teoría debería ser íntima suele ser casi siempre el robo o bien el aprovechamiento de los familiares una vez fallecido el escritor, cuando no que el destinatario decida publicar esas cartas. Género epistolar por tanto supone una suerte de eufemismo que con su rimbombancia protege lo que suavemente llamaremos ligero interés pecuniario. De esta forma si aprovechando la agonía de tu abuelo escritor vas al cajón y le quitas las cartas te conviertes inmediatamente en un cerdo a ojos de los hombres y en un cerdo pecador a ojos de Dios. La cosa cambia bastante si te limitas a coger las epístolas. “Mi abuelo el escritor estaba agónico y fui a por sus cartas que estaban en el mueble aquel”. Cabrón egoísta de mierda, diremos a continuación. “Mi abuelo el escritor soltaba la penúltima bocanada así como cof pero hacia adentro y fui a por sus epístolas que estaban en la encimera”. Bueno… estás al fin y al cabo protegiendo un trabajo de gran valor. En efecto la palabra epístola ennoblece cualquier proceso. Epístola participa del efecto de las esdrújulas al nombrar géneros.Sucede lo mismo con el género bucólico-pastoril, una absurda moñada donde pastorcillos que representan valores ideales… bueno, para qué seguir, ahí está. Y el género epistolar también.

A veces sucede que no es necesario el concurso de un amable familiar tras la muerte del escritor -ese tipo de familiares que nunca han leído un libro pero de pronto no sólo se convierten en editores de las obras completas del finado sino en promotores de una fundación que lleva su nombre- o de la sustracción de las cartas… o de una venganza o de cualquier motivo un poquitín de no muy buena persona, pues recordemos que la correspondencia contiene partes privadas que tratan sobre asuntos de todo tipo, sino que ya el propio escritor tiene voluntad de escribir género epistolar. En ese caso la voluntad supone una carga de intención novelística, o sea que hay un poco de trampa porque desde el principio, desde que se encabeza con Estimado Sr. ya se va a lo que se va. No  es lo mismo una carta escrita como carta que una carta que ya se escribe para exhibirla. Eso condiciona la escritura y las cuestiones sobre las que se va a hablar, pero en teoría el estilo de la correspondencia ha de servir para ofrecer una especie de tono de confesión alejado de los contenidos ficticios y por tanto mostrar ciertas claves de la obra o vida de dicho escritor. De esta forma el género epistolar se convierte en el género egocéntrico por excelencia pero con disimulo. El novelista parece que se da al lector con generosidad, cuando en realidad está diciendo más que nunca “qué guapo soy qué tipo tengo”. Parece que se desnuda, pero en realidad sus nalgas fláccidas guían al lector por el camino que va hacia el vestidor donde se encuentra la ropa de domingo.

Algo así hacen el novelista y poeta Michel Houellebecq y el filósofo (sic), novelista y articulista Bernard-Henri Lévy. Se intercambian correos electrónicos con la intención de publicarlos más tarde. El resultado es el libro que reseñamos, aunque hacemos un alto en el camino para contar su adquisición, algo que tiene que ver en cierto modo con el carácter de este intercambio epistolar.

Alcázar de los Reyes Cristianos de Córdoba, exterior, tarde. Nos encontramos en el día 14 de abril de 2010. Expectantes y emocionados, los lectores acérrimos de Michel Houellebecq esperamos a nuestro ídolo. El ídolo tarda. No pasa nada, es poeta. Aparece junto al alcalde de la ciudad. Pronto nos percatamos de algo extraño. Lleva la especie de trenka con la que aparece en todas las fotos. Y no muy limpia. No pasa nada, es poeta. Algo así le engrandece. Pronto nos percatamos de otra cosa extraña. Los pantalones no le llegan a los tobillos. Deben ser los que utilizaba con doce años. No pasa nada, también eso le engrandece a nuestros ojos. Pronto nos percatamos de un tercer factor extraño. Lleva un cigarrillo cuyo 90% es ceniza que no se desprende y apenas acierta a llevárselo a la boca. Es un verdadero poeta. Pronto nos percatamos de un cuarto factor a concurso. Apenas puede erguirse y caminar. Está cocido. En la foto de “familia” con el resto de poetas que van a participar en el festival Cosmopoética se coloca mirando para otro lado, como el soldado que equivoca la dirección en un desfile. Apenas puede abrir los ojos. Está cocidísimo, totalmente ya engrandecido a ojos de sus fans y poeta absoluto.

Tras una breve introducción a cargo de un ser subvencionado y del alcalde que le subvenciona sale Michel Houllebecq al estrado. Sin saludar empieza a recitar en francés vianviatrevianluluoiusemuá mientras un atribulado organista toca un teclado donde van pasando los versos traducidos en una pantalla de cine. En tono monocorde vianviantrevianluluouisemuá Houellebecq sigue recitando sin poder abrir del todo los ojos mientras el atribulado organista se equivoca al presionar las teclas y empieza un sin Dios de letras a toda velocidad en la pantalla hasta que de nuevo el teclista con los ojos empequeñecidos de dibujo animado japonés y seis gotas de sudor también japonesas consigue retomar a un Houllebecq que vianviantrevianlulú ya ha terminado el recital de diez minutos va y se sienta sin despedirse. En el mundillo poético se conoce este número como un tomaeldineroycorre, una especie de simpa para los elevados de espíritu e intelectuales. Houellebecq en ese estado no puede correr pero sin duda lo haría si consiguiera dejar de arrastrar los pies.

Orgulloso por todo lo que he visto, con Houellebec ya gigante ante mis ojos de seguidor irredento, extasiado porque quiero ser como él y llenar los bolsillos en un santiamén soltando de corrido durante un rato el simple sonido vuuuuuuuuuu con una gue o un gui en medio para que parezca francés ante un público boquiabierto por muy diversos motivos y la mayoría extraliterarios, decido acercarme a un tenderete situado en el lugar para la ocasión y comprar “Enemigos públicos”, el libro de cartas entre Houellebecq y Lévy. Fuera ya del Alcázar, y con Houellebecq a mi lado, no me atrevo a pedir que me firme el libro porque el tipo me da miedo. Tiene la mirada perdida y gesto inclasificable. Vi un rictus parecido en una película de Dreyer. Barajo la posibilidad de que me dé una puñalada, un beso, me bendiga haciéndome en la frente la señal de la cruz o me arranque la oreja de un mordisco, así que me abstengo. Comprendo que este ser engrandecido ante mis ojos al que han de conducir de la mano está como unas maracas. Eso le engrandece aún más. Pierdo de vista a Michel, a esas alturas ya le llamo Michel, que se eleva como un coloso por encima del recinto amurallado con su gloriosa trenka, una prenda tan mítica como la sábana santa y posiblemente con muchos más restos y posibilidades para cualquier prueba del carbono 14. No en vano es la trenka de un poeta francés.

Y así no me extraño con el comienzo de la correspondencia de “Enemigos públicos”, que empieza con un crochet a la punta de la pera:

Querido Bernard-Henri Lévy:

     Todo, como se suele decir, nos separa, excepto un punto fundamental: tanto usted como yo somos individuos bastante despreciables.

     Especialista de números descabellados y payasadas mediáticas, usted deshonra hasta las camisas blancas que lleva. Íntimo de poderosos, bañado desde la infancia en una riqueza obsecena, es emblemático de lo que algunas revistas un poco de baja estofa como “Marianne” siguen llamando la “izquierda-caviar”, y que los periodistas alemanes denominan con más finura la “Toskana-fraktion”. Filósofo sin pensamiento, pero no sin amistades, es además el autor de la película más ridícula de la historia del cine.

Después de esto, de las pistas sobre su peculiar carácter que ya daba en novelas y entrevistas y de haber sido testigo de cómo se las gasta en persona Houellebecq, no fui a por palomitas por no pringar el libro.

“Enemigos públicos” es un libro extraño. Por una parte está Houellebecq, con un estilo de escritura muy atractivo y diciendo barbaridades cada dos por tres. Entre las grietas que dejan las barbaridades se pueden extraer algunas opiniones muy interesantes. Dado que está como un cencerro y es un novelista genial, sus cartas resultan divertidísimas, por algo sale ya en la foto de la portada con su trenka. Por otra parte está Bernard-Henri Lévy, al que en un libro criticado recientemente también en La Página Definitiva describen así:

Padece algunos de los defectos de sus predecesores de la posguerra –el autobombo, el solipsismo, la devoción esclava a las modas intelectuales- si bien carece de casi todas sus virtudes.

No puedo decir tanto porque de Lévy sólo había leído hasta entonces los artículos que publica el suplemento dominical de El País, y lo hacía por ese raro placer que provoca revolcarse en el fango. También lo hago con el extraordinario humorista involuntario que es Juan Manuel de Prada. Ese es el fallo en muchos lectores de Lévy. No se dan cuenta del filón humorístico que hay tras una barrera de vergüenza ajena a superar, como el que sufre la escalada de un escarpado monte pero al llegar a la cúspide obtiene una bellísima vista y la caricia de la brisa en el rostro. Sí, de acuerdo, el escalador ha perdido los dedos de los pies por congelación, pero merece la pena el esfuerzo.

Lévy es cursi, afectado y ofrece una imagen de pelmazo integral. Parece el modelo de esa especie de tipo viajado y cosmopolita que aparenta una modestia tras la que está deseando contarte el viajecito y sus conquistas sexuales. Amigo de todas las causas nobles está allá donde se le necesita, pero con chaqueta, corbata, perfumado y mirada seductora. Al Último Superviviente lo sueltas quince minutos en la taiga y te trae siete picaduras al instante, y además se ha comido poco antes la cacota de una alimaña natural de ese paraje para hidratarse y  de paso se ha meado encima para aligerar peso y poder trepar por una conífera. A Lévy lo sueltas en la taiga y te vuelve en batín de seda, pantuflas, una taza de café, su diario preferido francés debajo del brazo y el Herald Tribune en el bolsillo.  Es un gilipollas integral, de acuerdo, pero reconozcámoslo, también es la hostia. O dicho de otro modo. Si te dan a elegir qué tipo de imbécil quieres ser, querrías ser justo ese tipo de imbécil.

Debido al estilo de escribir de Lévy, de profesor listillo, presuntuoso, que bajo el tono pedagógico quiere en realidad ligarse a la tetona de la primera fila (o a la de la segunda, o a la de la tercera), dan ganas de saltarse sus cartas. Pero aquel que esté avezado en los artículos de El País sabrá que merece la pena refocilarse en la ostentación de este filósofo (sic), salvar la escarpada montaña y disfrutar en la cúspide de ese agradable vientecillo del humor involuntario.

Así que con esfuerzo encontramos en él a un tipo ridículo, que aprovecha sutilmente cualquier excusa para contar cuánto liga desde siempre, para exponer una especie de ética laica que en realidad bebe de la religión canónica, para narrar sus peripecias, para establecer paralelismos sonrojantes entre la escritura y el sexo (en esa parte hay que tomar aire o salir un poco al balcón) y, en el remate de los remates, describir cómo escribe un diario pero no quiere que nadie lo lea, así que relata el modo descacharrante y paranoico que tiene para evitar que tras su muerte sea publicado por algún familiar o amigo (aprovecha aquí para compararse a Kafka), lo que incluye una auténtica red de centinelas y abogados que previo pago supongo formarán una red de la estupidez póstuma a la salud ya entonces nula de este señor.

Así que el gran valor de esta desconcertante correspondencia es que Houellebecq empieza como un boxeador enloquecido, va a por todas y se encuentra desatado. Ya hemos visto como en el primer párrafo casi se le cae el protector bucal. Lévy empieza moderado, condescendiente, diplomático. La comunicación entre ambos va cambiando las tornas poco a poco para asombro del lector, al que se le va descolgando la mandíbula como en los dibujos animados. Ya al final compadecemos a un calmado, casi sedado, Houellebecq que ha descrito situaciones familiares durísimas. Comprendemos su estado y también que sea poeta e incluso francés que vive en Irlanda. Pero Lévy ha ido transformándose en un loco de atar, con manía persecutoria, delirios de grandeza y seis o siete síndromes más y todos ellos con su nombre: síndrome de Lévy I, síndrome de Lévy II… La correspondencia lleva a uno de la locura a la cordura, y a otro de la cordura directo al frenopático más cercano, con camisa de fuerza y sala acolchada. Houellebecq encuentra en las cartas una terapia. Lévy encuentra en las cartas una liberación y no descarto que en estos momentos esté recorriendo en albornoz mientras degusta un cóctel las calles de Monrovia. Eso sí, todo esto ocurre sin que se despeine al escribir en ningún momento. Que Lévy es mucho Lévy. Nada menos que un filósofo (sic) francés.

El acercamiento entre ambos produce por esta parte humorística involuntaria otros momentos hilarantes. Hay pasajes donde uno interpreta una cita de un escritor antiguo de una forma bastante clara. El otro, que más da quién, le contesta que eso está muy mal y que la interpretación correcta es muy distinta. El primero contraataca diciendo que el otro se ha equivocado y que su interpretación en realidad era justo esa, que ha malinterpretado la interpretación. A lo que el otro contesta que él no ha malinterpretado interpretación ninguna, y que la cosa es así, coincidiendo con la primera opinión del interlocutor. O sea, que se intercambian las opiniones como la pelota en un partido de tenis pero todo lleno de referencias sesudas y se quedan tan anchos. Cada uno por separado tiene sus cosas, pero juntos son los mejores.

Por supuesto, como decíamos, Houellebecq es un muy buen escritor con una particular visión del mundo que hay en su cabeza y una certera y aguda visión del pequeño trozo de mundo real que es capaz de percibir, y al fin y al cabo Lévy está viajado, leído y curtido en mil batallas. Por ello, y pese a tanto momento circense, también hay pasajes serios y aprovechables. Como aprovechable entendemos todo aquel pasaje que se puede hacer propio con unos retoques para ligar. Las confesiones de Houellebecq sobre su infancia desgraciada resultan muy interesantes, al igual que los intercambios de ambos acerca del mundillo literario, la crítica y la persecución de la que son objeto por diversos grupos. Y dentro de estos fragmentos más graves y de más calidad Lévy casi se redime con una confesión inusual: reconoce que toda su vida en pos de la defensa de nobles causas responde al afán de aventura y a las ganas de destacar, lo que no invalida su labor en pro de los desfavorecidos. Ahí hay que quitarse el sombrero. A Lévy lo que es de Lévy.

Al final hay que concluir que se puede considerar “Enemigos públicos” como un libro de autoayuda. El lector verá que tras el talento literario, la genialidad o la vida disipada de algunos conocidos escritores se encuentran también grandes carencias, sufrimientos o unas dosis de idiotez por encima de lo normal. Ese mismo lector pensará un tradicional y español “que se jodan” y aceptará mucho mejor a partir de entonces su rutina, falta de expectativas y vida mediocre porque “los poetas y los filósofos (sic) franceses también lloran”.french english business translationкупить электрический полотенцесушитель в ванную


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  1. Pingback de Tweets that mention La Página Definitiva » “Enemigos públicos”, de Michel Houellebecq y Bernard-Henri Lévy -- Topsy.com (07/06/2010 15:09):

    […] This post was mentioned on Twitter by Guillermo and Popota, La Página Definitiva. La Página Definitiva said: Nuevo artículo: "Enemigos públicos", de Michel Houellebecq y Bernard-Henri Lévy – http://tinyurl.com/26byxpn […]

  2. Comentario de casio (07/06/2010 16:32):

    Muy buena critica. Y con la virtud adicional de apartar de mi la fuerte tentación que he tenido de lcomprarlo.

  3. Comentario de Andrés Boix Palop (07/06/2010 21:24):

    Me pasa como a Casio. Con el agravante de que tengo el libro en el panier de Amazon.fr desde hace meses y no me atrevo, no me atrevo. Puto BHL

  4. Comentario de CusCus (08/06/2010 06:15):

    Hoygan, a mi esta reseña me parece el mejor anuncio que se le puede hacer al libro. Voy a ver si lo encuentro en taobao o en alguna librería para guiris de por acá.

  5. Comentario de Bunnymen (08/06/2010 11:03):

    Gracias por la reseña, no conocía este libro y a mi de Houellebecq hasta la basura me parece interesante. Por cierto, entre las ocupaciones de este te has dejado las de director (y guionista), por que hizo la cinta de “la posibilidad de una isla”, la cual no he visto, por que para eso me tiene que pillar un día con los webos mu gordos.

  6. Comentario de Jordi P. (08/06/2010 11:16):

    A mi Houellebecq incluso con todas sus pasadas de rosca, también me parece un autor muy interesante. Felicidades por la reseña.

  7. Comentario de Alfredo MG (08/06/2010 12:25):

    La verdad es que recomiendo este libro a todo aquel al que le guste mucho Houellebecq. Al menos sus cartas valen la pena. La lástima es que se vaya apaciguando al encontrarse con el “loco disimulado” de Lévy.

    Y por cierto, Houellebecq también tiene un disco de música electrónica por ahí. Recuerdo haber oído alguna canción en el goear.com. No he mirado en el spotify porque tampoco me hizo mucha gracia. Era el cantante, pero no cantaba. El muy tomaeldineroycorre recitaba.

  8. Comentario de Nacho Pepe (08/06/2010 19:28):

    Pues servidor, que es inculto y no llega a los insignes culturetas que se pasean por esta página, no concía a ninguno de los dos hasta leer las reseñas de Alfredo. Además suelo evitarme leer El País porque aprecio sobremanera la poca salud mental que me queda
    Lo cual no quita que al leer esto me haya recordado que esta mañana, en el tren viniendo de Madrid a casa he ojeado dicho periódico y me haya encontrado con el genial artículo del tal Lévy (¡y hasta me he acordado que era suyo al leer esta reseña!) en el que nos abre los ojos sobre el bloqueo a Gaza que “no nos cansaremos de recordarlo, solo atañe a las armas y a los materiales que sirven para fabricarlas”.
    Vaya, menos mal que este sñor ha venido a desentrañar toda esa desinformación a la que nos someten las agencias de NNU, las ONGs extranjeras y locales, los periodistas de todo pelaje que pasan por allí o hasta los ojos de un servidor que ha vivido y trabajado por allí varios meses y estúpidamente me pareció que “en las calles de la ciudad de Gaza se “muere de hambre” “, o al menos de asco porque no hay ni agua para limpiar. Pero vamos, que si el señor dice quemiento, pues nada, ya ajusto cuentas conmigo mismo en privado ahora que me ha mostrado La Verdad.
    Tienes razón, la escarpada montaña de ¿vergüenza ajena?, yo diría revuelto estomacal que hay que atravesar para poder alcanzar el final del artículo e este señor requiere de auténticos valientes. Como yo no soy uno de ellos fui incapaz de pasar del segundo párrafo y tuve que esperar a llegar al nido familiar para que mi padre, mucho más sabio y paciente, me desentrañara el resto del comentario.
    Par ahumor involuntario me quedo con Losantos, al menos es Español como Dios Manda, para que me revuelva las tripas un jodido gabacho con ínfulas seguiré leyendo LPD en vez de la prensa.

  9. Comentario de Nacho Pepe (08/06/2010 19:29):

    Perdonen mi puntuación y mal teclear.
    Me he descargado unos programas de mecanografía para tratar de no hacer más el ridículo en LPD.

  10. Comentario de Indiana JJJJJJJJJJONES (09/06/2010 16:06):

    Congratulations LPD IS Nuking the fridge

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