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La Guerra de Sucesión de España (1700 – 1714)

Joaquim Albareda Salvadó

La España de los Austrias, resplandeciente en el siglo XVI [1], se había convertido en una pálida sombra de lo que fue a lo largo del difícil siglo XVII, plagado de derrotas y decepciones. Habíamos pasado de un siglo “Real Madrid” a otro “Atlético de Madrid”, de Florentino Pérez [2] (el modelo de empresario español triunfador) a Jesús Gil (el modelo de empresario español triunfador, pero sin tanta elegancia), y como corolario los Austrias nos otorgaron un último reinado, el de Carlos II, para el recuerdo, con un rey que reflejaba hasta qué punto es dañino el abuso de la consanguinidad a lo largo de varias generaciones, con el Imperio deshaciéndose en pedazos y con los gabachos dando por culo año sí, año también, tanto en Flandes como en España.

La historia de los Austrias es la historia de un Imperio hecho de retales (Castilla, Aragón, Nápoles, Flandes), pero donde sólo mandaba Castilla. El efecto de 200 años de mandato fue que Castilla quedó hecha una porquería, mientras el resto de los reinos se veían poco concernidos con el destino de un Imperio en el que no podían meter la zarpa (por no poder, no podían ni comerciar con las Indias).

Naturalmente, si era el Imperio el que quería meter la zarpa en ellos, se rebelaban, como ocurrió con Flandes, con Aragón, con Portugal y con Cataluña. Particularmente, en este último caso. Los catalanes, siempre dispuestos a dar por culo, se rebelaron en 1640 frente a los abusos de Olivares [3] y de las tropas españolas acantonadas en la guerra contra los franceses, lo que provocó la inevitable llamada al poder francés, “que los gabachos seguro que nos comprenden y respetan nuestra idiosincrasia”.

Tan ilustrativa fue la experiencia que a los catalanes les faltó tiempo para volver al redil de los Austrias, que daban por culo poco y mal, frente a la segura sodomía cotidiana del Estado borbónico centralizado. A partir de este momento, y hasta fechas relativamente recientes, los catalanes son conscientes por fin de que la independencia de España conllevaría muy probablemente una dominación francesa mucho más dura (como de hecho intentaría el propio Napoleón), y su apuesta deja de ser la independencia; ahora lo que intentarán es mandar en España; lo intentarán en el XVIII, en el XIX [4] y en el XX [5], incluso ahora, con estrategias diversas y en ocasiones exitosas.

Si a ello unimos que a lo largo del reinado de Carlos II Cataluña es invadida de nuevo por los gabachos en un sinnúmero de ocasiones, uno puede figurarse lo bien que caían ya entonces los Borbones en esas tierras. Por eso, cuando llega el absurdo testamento de Carlos II, otorgando su Imperio a Felipe V, nieto de Luis XIV (el motivo era que Francia era entonces la principal potencia europea, y se consideró que defendería mejor los territorios del Imperio que cualquier otra potencia; o al menos no arrasaría España, como había hecho en un sinnúmero de ocasiones a lo largo de la segunda mitad del XVII), los catalanes se van con el Archiduque Carlos de Austria.

¿Por qué aparece por ahí alguien con un título tan entrañable como “El Archiduque”? Pues porque las potencias europeas llevaban décadas solazándose con las promesas de reparto del decadente Imperio español, sus enormes territorios, sus variados pueblos, sus suculentas concesiones comerciales, … Ya estaba todo más o menos previsto, en sucesivos tratados previos al óbito de Carlos II que, entre otras genialidades, preveían que Guipúzcoa pasase a manos de Francia (imagínense, qué regalito envenenado), Florida de Gran Bretaña o que los Países Bajos españoles se convirtieran en un protectorado de Holanda. Pero, claro, luego el chollito de la herencia cae en manos de los Borbones y Luis XIV, como buen francés, dice que no está claro, que donde dije Digo digo qu’est que c’est ça y que vamos a intentar quedárnoslo todo.

Sin embargo esto, en un contexto en el que Francia lleva décadas mandando y engrandeciéndose, genera el efecto inmediato de que se monte una Gran Coalición antiborbónica, de la que forman parte Inglaterra, las Provincias Unidas y el Imperio de los Habsburgo, que además aporta candidato, el cual rápidamente desembarca en Barcelona y consigue dividir el territorio español más o menos en los antiguos reinos de Castilla (para Felipe V) y Aragón (para él), pero ambos con la intención de hacerse con el trono de España.

La historia de esta guerra, que se prolongará hasta 1713 (y, en el caso de los catalanes, hasta 1714), es más interesante de lo que parece, con Felipe V generalmente venciendo en España y los Aliados atizándole, al mismo tiempo, a Francia por todas partes, que daba gusto verlo. De hecho, al poco de comenzar el conflicto los Habsburgo se hacen con Nápoles y el Milanesado y los angloholandeses con la mayoría de los Países Bajos españoles, así como con varias posesiones en España (Gibraltar, que aún mantienen, pues los llanitos “semos británicos de pura sepa y la verdad ej que no entiendo qué me chamullas sobre paraísos fiscaleh, ¿du yu nou?”).

La cosa llega al punto, en 1709, de que Luis XIV abandona a su nieto a su suerte y se dispone a firmar una paz humillante con los Aliados, que no llega a buen puerto por el conocido efecto “y dos huevos duros” de la parte que ocupa una posición de fuerza, que no sabe cuándo parar de pedir cosas. En 1710 el Archiduque entra en Madrid (como ya lo hizo en 1706), pero al poco se convierte en heredero al trono imperial, reproduciéndose la pesadilla borbónica de los británicos (una potencia hegemónica en el continente), pero al revés. Así que Gran Bretaña limita su implicación en la guerra y, dada la pujanza de Felipe V en España, al final todo acaba reconduciéndose al pasteleo antiespañol de Utrecht, donde el Archiduque pasa a configurar un Imperio surrealista (los Países Bajos españoles, Nápoles, Sicilia, Cerdeña y Milán) y Felipe V se queda con España y las Indias.

A partir de ese momento, España pasa a ser regida por Felipe V, que lo centraliza todo según las leyes castellanas y, en consecuencia, se cepilla los privilegios de aragoneses, valencianos y catalanes (pero no de los vascos, que ya saben ellos, a la hora de la verdad, cómo apostar a caballo ganador). El tópico ha defendido siempre que la llegada de los Borbones fue beneficiosa para España, sobre todo por comparación respecto de lo que había antes. Si por “beneficiosa para España” queremos decir beneficiosa para los propios Borbones (que actualmente, que yo sepa, sólo tienen mando en plaza aquí), sin duda. Si queremos decir, en cambio, que las cosas nos fueron bien, pues qué quieren que les diga: Felipe V, Fernando VI, Carlos III, Carlos IV, Fernando VII, Isabel II, Alfonso XII, Alfonso XIII y Juan Carlos I [6](por no hablar del carlismo o del inefable “padre del Rey”, Don Juan, y su exilio en Estoril [7]). Esto es lo que hay.

Puede que con los Habsburgo no nos hubiera ido mucho mejor; a fin de cuentas, hasta que desaparecen tras la I Guerra Mundial [8], los Habsburgo pierden guerras contra la propia España – que les inflige una humillante derrota en la Guerra de Sucesión de Polonia, hacia 1735-, contra Prusia (que les birla Silesia), contra Napoleón (que se folla a la Archiduquesa y se cepilla también a los austríacos una y otra vez), contra Italia (¡!), contra Prusia otra vez y, finalmente, contra Rusia y los Aliados en la Gran Guerra.

Pero no sólo de guerras vive el español (tampoco es que el balance de los Borbones sea más brillante en la materia, excepción hecha de la conquista de Perejil) y, por otra parte, piénsenlo: ¿un francés? ¿Un puto francés? ¿Qué nos está pasando? Y esto sin entrar en la personalidad de ambos candidatos, que al menos el Archiduque era un tío normal (un tío de puta madre, según el autor del libro), mientras que Felipe V, como es sabido, estaba como una cabra y además dedicó su política exterior a colocar a sus hijos en diversos minitronos italianos absurdos.

A todo esto: ¿está bien el libro? Pues la verdad es que en líneas generales sí, es una revisión pormenorizada no sólo de la guerra sino del período que la rodea, que explica bastante bien tanto las alternativas militares y diplomáticas como el gobierno de ambos pretendientes en España. Defiende la tesis de que victoria de Felipe V fue muy negativa para España, no sólo por la pérdida de las libertades de los territorios de la Corona de Aragón (y de los territorios que se quedan el Archiduque o los Aliados), sino por la ineficacia intrínseca del absolutismo; tesis, en general, más que congruente.

Pese a lo anterior, sí que hay que decir que al autor tiende a vérsele el plumero, dando una relevancia a todas luces exagerada a Cataluña y los catalanes (a los que se les dedica al menos la tercera parte del libro), así como a lo que significaba su apuesta por Carlos VI (que implicaba, en esencia, mantener los privilegios de siempre pero mandando, lo que el autor embellece considerablemente). Además, esta obsesión por Cataluña, Cataluña y más Cataluña se combina con un, no por habitual menos irritante, pasotismo respecto de los demás territorios “traidores”, Aragón, Valencia y Mallorca, que aparecen aquí como simpáticos comparsas de provincias (los “Segovia” y “Jaén” de los catalanes).увеличить продажи интернет магазина [9]дизайн ванны маленькой [10]